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El primer amor, en medio de una batalla
El puño de Kike detuvo abruptamente su trayecto. Osquitar y Lucho abrieron los ojos como si hubieran visto un alien saliendo de su nave espacial. El papá de Paolita, incrédulo por lo escuchado, se llevó la mano a la boca.
Daniel Hinostroza
15 de enero de 2026
13 min de lectura
Son las 9 a. m. de un día templado y nublado de junio. El batallón alemán se desplegaba entre una nutrida vegetación en busca de acción. El vil y oscuro dictador, Adolf Hitler, estaba en serios problemas: los norteamericanos ya habían tomado posesión de algunos territorios invadidos por la Alemania nazi y sus ejércitos tenían que replegarse. Los soldados alemanes, con elegantes uniformes gris oscuro, botas brillosas e impolutas, llevaban esos cascos que parecían sacados de los Stormtroopers de la saga de La Guerra de las Galaxias; sin duda, George Lucas, el creador, se los copió. Realmente, esos alemanes estaban adelantados a su tiempo. Los centinelas del Tercer Reich estaban atentos y prestos a dar aviso para la acción en contra del enemigo amenazante.
Mientras tanto, los soldados yankees, vestidos de verde oscuro y con un diseño no tan prolijo como el alemán, avanzaban en sentido contrario. El enfrentamiento era inminente, estaban a poca distancia para abrir fuego. Los alemanes, armados con ametralladoras MP40 y la temida MG 42, podían destrozar cuerpos en pedazos en cuestión de segundos. Los norteamericanos tenían los eficientes fusiles M1 Garand y la potente pero pesada ametralladora Browning 1919. Todo estaba listo para el encarnizado enfrentamiento.
De pronto, sin aviso alguno, aparece Tito y le dice a Samuel: —¿Qué haces, muelón?
Samuel, sorprendido y un poco molesto porque Tito había interrumpido la sangrienta batalla que imaginaba entre nazis y norteamericanos, diferenciados solo por el color de sus uniformes y sus armas de plástico, le responde: —Aquí, jugando con mis soldados en el jardín. ¿No me ves?
Tito, sorprendido por la seria y seca respuesta de Samuel, replica: —Ya, muelón, no te molestes. ¿Puedo jugar contigo?
Tito tenía 12 años, tres más que Samuel. Era un chico menudo, de ojos claros, cabello castaño y piel blanca. Astuto y pícaro, además tenía buena pinta. Samuel, en cambio, era un poco más alto que Tito y no tenía nada especial, salvo que sus dientes superiores eran un poco grandes y no le gustaba cortarse el pelo porque quería parecerse a Mario Alberto Kempes, el goleador argentino que, un año antes, se había alzado con la Copa del Mundo. Como anécdota, para pasar a la final con Holanda nos dejó un recordado, humillante y controversial 6 a 0 que la selección peruana se comió. Varios que vieron ese partido en directo dicen que fue una "echada". La misma idea tenían Samuel y Tito.
Samuel, que seguía importunado por el abrupto paréntesis en su imaginaria batalla, le dice a Tito: —Ya, está bien. Ven, pero no me digas muelón. Soy Samuel.
Tito responde: —Ya, Sammy, no te piques, que somos patas.
Tito entra al jardín de Samuel y se agacha para jugar entre el pasto y la tierra, donde había frondosos arbustos de granada que cercaban el frontis de la casa de un piso de Samuel, ubicada frente a un gran parque.
—Yo soy los verdes, los americanos siempre ganan las batallas. Como en Combate —dice Tito.
Combate era la serie bélica favorita de la segunda guerra mundial de Samuel en los 70, con Vic Morrow como actor principal. Lamentablemente, este actor falleció en una escena de acción de una película: la hélice de un helicóptero lo decapitó.
Samuel, con cierta resignación, dice: —Bueno, pero los norteamericanos no vencían en todas las batallas. Así que prepara tus hombres.
Con cierto silencio, ambos acondicionaban las posiciones de los soldados, armados con sus armas de plástico, para el inminente combate. En eso, los arbustos de granada que cubrían parcialmente el frontis de la casa de Samuel se remecen, como si algo pesado se apoyara sobre ellos. Samuel pensó que alguien había colocado su bolsa de mercado en el muro que antecedía a los arbustos. Tito, que estaba más atento, le hace una señal de silencio con su dedo índice, como en los antiguos pósteres de enfermeras en las clínicas.
—No hagas bulla, huevón. Solo observa —susurra Tito.
Había visto a Paolita venir mientras estaban en silencio organizando a los soldaditos en un lúdico escenario de combate. Paolita era una niña que vivía a unas tres casas del hogar de Samuel. Estaba próxima a cumplir 10 años, de piel tostada, brillante y tersa. Se había desarrollado corporalmente más de la cuenta. No era la más bonita del barrio, pero tenía llamativos atributos: caminaba erguida con unos grandes y redondos senos que tambaleaban a cada paso y unas caderas amplias y sinuosas, dignas de una chica con libreta electoral. Su cabello oscuro y lacio cubría más de la mitad de su pueril espalda, haciendo juego con sus ojos marrones oscuros con forma de almendras y una dulce sonrisa que hacía resaltar sus dientes brillantes como perlas humedecidas por el mar.
Tito, con voz envilecida, murmura al oído de Samuel: —¿Ves ese culazo? Es tu oportunidad de ser hombre.
Samuel, molesto, le responde: —¿Qué? ¿Qué te pasa?
—Vamos, hazte hombre… Métele la mano… o quieres que le diga a la gente que no te gustan las mujeres… que eres un maricón… un cabro.
Samuel, ofendido, le increpa: —Yo no soy ningún maricón… ni cabro.
Tito, azuzándolo a cometer ese vil acto, lo alienta: —Entonces hazlo… Métele la mano… o eres un afeminado…apúrate, que algo ya huele a rosquete.
Samuel cierra los ojos y, alzando su temblorosa mano derecha, responde: —Yo no soy afeminado…ni rosquete… Lo haré, cojudo.
Samuel lo hizo. Metió su mano trémula entre los bien formados glúteos de Paolita, temiendo que Tito dijera a toda la gente del barrio que era un maricón por no tocar a la pueril e inocente púber. Ella sintió la perversa mano que mancilló su ingenuidad, con un sonoro “¡Aaaayyy!”, saltó como una gacela huyendo de un depredador en la sabana, llamando la atención de los transeúntes y de su familia, que recién llegaban en su auto Hillman naranja. Paolita, al ver de reojo al infractor, corrió sollozando a su casa, sintiéndose ultrajada y denigrada por tan bajo acto de machismo.
***
En ese momento, Paolita les contó a sus familiares el bochornoso suceso. Estaban presentes sus dos hermanos, Lucho, de 18 años, y Kike, de 11, así como sus hermanas quinceañeras, Susy y Candy.
Lucho, al enterarse del incidente, increpó al pobre Samuel, que estaba pálido y asustado.
—¿Qué le has hecho a mi hermana? ¡Te crees muy vivo... ahora vas a ver, pendejo te crees!— exclamó furioso.
Mientras tanto, Kike, su compañero del barrio, también vociferaba improperios.
—¡¡Qué chucha te crees... meterle la mano a mi hermana!!—gritó.
Sammy, incrédulo, comenzó a pellizcarse la mano izquierda por los nervios, como si quisiera despertar de aquella pesadilla que, para sus cortos nueve años, era demasiado real. Kike, con el puño amenazador listo para una trompada, lanzó una frase más mortífera que cualquier golpe:
—¡Huevón, la has deshonrado... ahora te casas con ella!
Justo cuando la mano embravecida de Lucho iba a sujetar a un absorto Samuel del cuello, la mano amiga de Osquitar lo detuvo. Osquitar era un chico que estudiaba Matemática Pura en la UNI, un loquito con momentos de cordura.
—No, Lucho... no le pegues. Te pueden denunciar y no vas a poder viajar—dijo con serenidad.
Afortunadamente, Lucho se detuvo. Samuel, al verse acorralado y entender que aquello no era un sueño, le respondió a Kike, quien estaba a punto de lanzarle una “bomba” en forma de puño:
—Sí, me caso—dijo sin pensar demasiado.
El puño de Kike detuvo abruptamente su trayecto. Osquitar y Lucho abrieron los ojos como si hubieran visto un alien saliendo de su nave espacial. El papá de Paolita, incrédulo por lo escuchado, se llevó la mano a la boca. Susy y Candy se empezaron a cagar de risa escandalosamente, abrazando a su hermana porque ya tenía novio asegurado. Paolita, con los ojos llenos de lágrimas, esbozó una ligera sonrisa.
Después de unos segundos de silencio total, Kike miró a Samuel, que ahora sí tenía cara de huevón, sin dimensionar el impacto de sus palabras en los testigos.
—Está bien, ya lo prometiste. Te iba a sacar la mierda... pero ya no. Te casas con ella. Desde ahora, eres mi cuñado.
El autor intelectual de aquel escándalo de barrio, Tito, se revolcaba en el jardín por debajo de los arbustos frutales del jardín, extasiado por lo logrado. Ya tenía algo que contar por décadas.
***
Dos semanas después del incidente del “tocamiento indebido ”, Paolita y Samuel se lanzaban miradas cuando salían a jugar por las tardes en el barrio. Al anochecer, Paolita se despedía con un sonoro:
—Ya nos vemos, Samuel.
Y salía corriendo a su casa, mientras las risotadas cómplices de sus hermanas la alentaban. Samuel solo ondeaba la mano en señal de despedida, recordando su palabra de honor, mientras Kike le repetía la palabra “cuñado” en cada partido de fútbol o juego que se inventaban para pasar el rato.
Lo que Samuel no sabía era que toda la familia de Paolita se iría a Italia. La situación en el país no era buena, y un futuro en Europa parecía mejor que quedarse en un Perú que aún se recuperaba de los ácidos gobiernos militares. Samuel se enteró por Tito que Paolita partía el próximo domingo por la mañana.
***
Aquella mañana de julio, una ligera llovizna cubría la ciudad. Samuel se levantó temprano y abrió la puerta con cierta angustia; sentía un nudo en el corazón, un sentimiento extraño para él, era la primera vez que eso llamado amor lo confundía. Se iba Paolita, su prometida de juramento. Llegó hasta el muro donde había algunas granadas pequeñas e inmaduras, el lugar donde había cometido uno de los actos que quedarían grabados en su memoria para siempre.
Desde ahí vio cómo la familia de Paolita organizaba sus maletas en su viejo Hillman y otro auto de un pariente. No todos cabían en un solo carro. Dio unos pasos más para que notaran su presencia. Susy y Candy lo vieron, cabizbajo, y de inmediato llamaron a Paolita, que estaba dentro sacando un bolso.
—Despedíte, tu novio ha venido—le dijeron al oído, entre risas y alboroto.
Paolita se acercó a Samuel y le dijo con una mezcla de tristeza y ternura:
—Espero verte algún día, Samuel.
Samuel tomó valor y respondió:
—Yo también.
Entonces, Paolita se inclinó y le dio un delicado beso que humedeció la mitad de sus labios. Kike, que vio aquel fugaz e inocente gesto, apresuró a su hermana con un tono burlón:
—Paola, apúrate, ya se hace tarde... Chau, cuñado.
Paola subió al auto y partieron. Samuel se quedó solo con el corazón apretado, viendo cómo el Hillman naranja se llevaba a quien, para él, fue su primer amor...
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