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Firulais
Un serenazgo ahuyentaba con su mochila a un Firulais que llevaba días abandonado en la calle. Mis ojos se inundaron al ver como el perrito asustado y confundido retrocedía.
Thalía Correa
19 de noviembre de 2025
3 min de lectura
Salí a caminar al parque con Tequila como todas las mañanas, mientras ella olfateaba curiosamente el césped revise mentalmente lo que tenía en la nevera para preparar comida, solo me quedaban par de huevos, arroz viejo y un poco de cebollin. Lamente haberle dado la última salchicha a Tequila la noche anterior mientras jugaba a entrenarla. En realidad la situación no era mala, por lo menos tenía para comer antes de que terminara la semana. Agregando un poco de siyao, sal y pimienta quedaría rico y si cerraba los ojos mi cerebro podía llegar a creer que estábamos comiendo un verdadero chaufa.
-¡Vete de aquí! No cruces a este parque- Busqué de dónde provenía aquel grito.
Un serenazgo ahuyentaba con su mochila a un Firulais que llevaba días abandonado en la calle. Mis ojos se inundaron al ver como el perrito asustado y confundido retrocedía. Pensé en llevarlo conmigo a casa, en abrazarlo y hacerle saber que todo iba a estar bien. Agarré con fuerza la correa de Tequila, mis pies no se movieron, abrí la boca y no dije ni una palabra.
Firulais se fue. Tequila y yo regresamos a casa. Al llegar, me temblaba el alma, corrí a cerrar todas las cortinas, no quería saber de nadie, me acosté y me volví una con la oscuridad.
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