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El divorcio

Los años nos habían atropellado sin darnos cuenta. Así tan rápido. Muchos de nuestros sueños se quedaron atrás.

Milagro Concha Del Carpio
04 de noviembre de 2025
7 min de lectura
Martha se vistió casi obligada. En realidad, no quería salir esa noche, ya estaba en pijama. Y menos a comer parrilla. Estaba saciada con lo que comió en el almuerzo. Pero para no rechazar la invitación y no defraudar a Juan Francisco su marido, aceptó esa salida de viernes por la noche. Martha y Juan Francisco ya eran un matrimonio de más de 18 años. Casi ni hacían el amor. Si a eso se lo podría llamar hacer el amor. Martha últimamente sólo lo hacía para complacer a Juan. Ya no sentía ningún deseo por ese hombre que dormía a su lado, roncaba y se tiraba pedos sin ninguna vergüenza. Juan decía que ella hacía lo mismo mientras dormía. ¿Qué pasó con ellos? Pensaba Martha. Los años nos habían atropellado sin darnos cuenta. Así tan rápido. Muchos de nuestros sueños se quedaron atrás. Esos viajes que se prometieron y nunca se dieron por pagar los gastos de la casa y el colegio de los chicos. Acababan de ingresar a la universidad. Eran dos chicos fabulosos. Tan estudiosos y bien portados. Nunca hubo ninguna queja de ellos en el colegio. Esperaron con tanta ilusión la llegada de esos dos mellizos robustos y llenos de energía. Como extrañaba a esos pequeños tan tiernos que la hacían reír con sus ocurrencias. De pronto nuevamente los años, los años se los comieron y aparecieron esos jovencitos más serios y distantes que no querían ser abiertamente mimados por mamá. Cuando ella había sido un todo para ellos, ahora ella casi, casi ya no era nada. Ya no era necesaria. Sentía que ni sus abrazos eran necesarios. Recordó cuánto pedía internamente que crecieran rápido por todo lo trabajoso que era criar a un par de mellicitos sola. Que extenuante. Y ahora sentía un gran vacío, mientras extrañaba los mimos y los abrazos. Las miradas tiernas. Los juegos y las risas interminables. Las riñas y los ajetreos cuando no querían dormirse. ¿Habían sido buenos padres? Seguramente como todos con sus defectos y virtudes. Que miedo pensar en haber dejado marcas imborrables en unos seres inocentes e indefensos. ¿Habían sido buenos padres? y ¿Buenos esposos? ¿Eran un buen modelo a seguir? Llegaron al restaurante. Dejó que Juan pidiera la parrilla como casi siempre. La misma que pedían, en el mismo restaurante al que hace años iban. Porque Juan decía que esa parrilla era deliciosa, que servían bien y a un precio justo. Lo cuál era cierto. Pero a Martha secretamente le aburría ir siempre al mismo sitio, pero nunca se negó. Consideraba que era una forma benévola de complacer al marido. Juan Francisco pidió el mismo vino tinto argentino Malbec que les gustaba. A Martha le parecía gracioso y a la vez bochornoso que siempre se acercara uno de los mozos para ofrecerles la carta, los dos fingían revisarla y al final Juan pedía lo mismo de siempre. De pronto, otra vez un silencio incómodo se repetía entre los dos. No había nada al parecer de qué hablar. Esto ya venía de algunos años atrás. Entonces era Martha la que generalmente rompía temerosamente el desagradable silencio. Contando alguna anécdota, algún chisme o alguna desgracia familiar cercana. Esta vez se decidió por lo último. - Te cuento que el padre de mi prima Fanny está mal. Tiene cáncer. Fanny tuvo que dejar su trabajo y agarrar el primer avión y venir a hacerse cargo porque ninguno de sus hermanos quiere cuidar al pobre enfermo. - Por favor Martha, no malogres nuestra cena con esa historia. Háblame de cosas más alegres. Dijo Juan Francisco de forma brusca, gruñona y descortés. - Por Dios Juan que falta de empatía para con Fanny, con su padre y por último para conmigo. Que ordinario y grosero te has vuelto. Otra vez el silencio volvió a reinar. Esta vez Martha adrede no dijo ninguna palabra más. Y el silencio llegó a abrumar. Martha decidió callarse hasta lograr incomodar a Juan Francisco. Juan Francisco no soportó el desagradable mutismo y dijo. -Uhmmm, y ¿Magda? Cuéntame mejor ¿qué es de Magda? -Está muy bien. Gracias. Contestó escueta y vengativamente Martha. Inmediatamente levantó el brazo para llamar al mozo. Pidió nuevamente la carta. Escogió de la lista el plato que nunca se le hubiera pasado por la cabeza pedir, el más raro. Pidió también otra botella de vino, el más caro. Y con el rostro enojado y muy serio, desafiante, miró a los ojos de su esposo y esperó su reacción. -Pero, Martha ¿qué haces? -Lo que debí hacer hace muchos años Juan. Ah y por cierto quiero el divorcio.

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