Volver al blogTallerista - Grupo presencial
El exorcismo
Roberta tardó unos segundos en percibir el golpe seco abriéndole el cráneo y se desplomó, manteniendo la mirada fija en la figura de Ella, que observaba su caída con distancia. Su cabeza rebotó un par de veces contra el suelo y su visión comenzó a teñirse de un rojo espeso...
José Bernaola
12 de enero de 2026
13 min de lectura
La destrucción es lo único real de tus mentiras.
El olor a azufre quemado proveniente de la cocina hizo que Roberta abriera los ojos, y al ver la habitación teñida de rojo pálido no se sorprendió: sabía que las invocaciones funcionarían y que, cuando todo se tornase rojo intenso, Ella se manifestaría. A partir de ese momento, tenía pocos minutos para ejecutar el corazón del ritual y debía hacerlo de forma exacta, con cadencia milimétrica, no quería que nada saliera mal.
Roberta abrió el cajón donde guardaba sus utensilios con precisión obsesiva, como si fuese una bandeja quirúrgica en vez de un cajón viejo en la cocina de una espiritista o de una lunática, como la llamaban algunos insolentes de la zona. Qué podían saber ellos, Roberta, ninguno de esos sucios vecinos provenía de tu linaje, ninguno podía tener conexión directa con Ella. Pero tú sí, y tú sabías bien lo que se tenía que hacer. Aunque estaba extasiada, seguía la coreografía de forma estricta para que, cuando Ella llegara, premiara su obediencia, su acatamiento irrefrenable de las voces que, hace semanas, le recordaban que él no era su hijo, que estaba maldito y que debía exorcizar el mal que lo habitaba para ganar el favor de Ella. Roberta sacó un largo y oxidado cuchillo, que comenzaba a emanar un brillo rojizo, y por su reflejo vio el cuerpo dormido del niño, atado por las extremidades en la vieja y pesada mesa de roble de la cocina, donde tantos animales habían sido sacrificados por antiguas matriarcas para invocar, para amarrar, para predecir y para soltar. Pero nada se comparaba a esta noche.
Desde una esquina, Paulina observaba la escena con horrorizado mutismo, atada a la vieja silla donde Roberta la había confinado con violencia. Paulina intentaba inútilmente dejar de temblar, sujetando los apoyabrazos con tal fuerza que se lastimaba los dedos. Sus ojos, sollozantes y aterrados, estaban anclados en la imagen del niño indefenso atado sobre la vieja y pesada mesa de roble, y su mente estaba atrapada con la voz de su propia madre, que años después de muerta seguía increpándole su debilidad, sus temblores paralizantes, su incapacidad de defenderse, aunque ella misma -la madre- se había aprovechado de eso durante años y ahora, convertida en un espíritu insidioso, visitaba a Paulina en noches afiebradas de recuerdos, traumas y espanto. Por eso Paulina había caído en las garras de Roberta, creyendo ingenuamente que la espiritista podría ayudarle a enfrentar al fantasma que la perseguía, poniéndole los límites que no supo ponerle en vida. Pero sacrificar animalillos para que Roberta le enseñara a contactar al espíritu de su madre era una cosa, y sacrificar al niño indefenso atado en la vieja y pesada mesa de roble era otra. Cierra los ojos, Pau Pau, le ordenaba la voz de su madre en su cabeza, como tantas otras veces en que la pequeña Paulina obedecía temblando, creyendo ingenuamente que si cerraba fuerte los ojos el trauma no la penetraría, pero el trauma siempre encuentra la forma de supurar en los rincones, ¿a que sí, Paulina? Si no miras, no está pasando de verdad, le repetía su abusadora, ahora como entonces, pero los cuchillos que Roberta iba colocando en la mesa de la cocina eran reales, los artefactos ritualísticos que iba colocando en hilera, en medio de brebajes y cánticos susurrados, no eran otro espejismo de la mente lastimada de Paulina: el niño sí estaba atado, drogado todavía, ignorante del mal que su madre planeaba hacerle. Dios mío, que no despierte, por favor que no despierte, o mejor que despierte yo, que esto sea una pesadilla, por favor Dios, por favor… Pero no es una pesadilla, Pau Pau; hay niños malos, y a los niños malos hay que corregirlos.
El grito desgarrador del niño debió alertar a algún vecino, pero Roberta sabía que disponía de tiempo suficiente hasta que alguien pudiera interrumpirlos. Brazos y piernas desesperados intentando liberarse, gritos que parecían aullidos de cachorro torturado, preguntas angustiosas sin respuesta, todo superado por el volumen ensordecedor de cánticos y alabanzas que Roberta escupía, invocando Su presencia, Su favor. Rojo. Líbranos de este mal, Tú Santísima, que sea Tu Voluntad. Rojo intenso. El cuerpo empezó a convulsionar, víctima de un ataque de pánico mezclado con vómito, confusión y heridas abiertas profanadas por las viejas manos de la vidente, incapaz de ver el cuerpo lacerado, los ojos suplicantes, porque su atención estaba cocida a la mancha roja del techo de la cocina que iba creciendo como su excitación, y de la cual Ella bajaría en un remolino penetrante de acre. Está funcionando, Roberta, sigue invocando el bien ejecutando el mal, tú sabes lo que se tiene que hacer.
Cállate, le exigía el fantasma de su madre a Paulina, enredada en su cabeza, mientras cerraba con fuerza los ojos como si eso la pudiera acallar. ¿Quién crees que te va a ayudar, niña estúpida? Siempre fuiste débil, Pau Pau, siempre fuiste una decepción, cierra los ojos hasta que pase. Pero al romperse sus uñas contra el viejo apoyabrazos de madera, a Paulina le sobrevino otra voz, la suya propia, y la sacudió con fuerza sobre la silla, obligándola a abrir los ojos de una vez. ¡Grita, Paulina, grita, alguien te tiene que escuchar! Deja de rezar a un dios que no te va a desatar, grita, arrójate al suelo con todo y silla, patea, lucha aunque no sepas cómo luchar, porque el niño no tiene la culpa de nada, Paulina, así como tú tampoco la tuviste. ¡No dejes de gritar!
Todo se silenció para Roberta, perdida en la imagen de Ella descendiendo desde la mancha roja del techo, triunfal, sin prisas, porque hay deidades que disfrutan del espectáculo. Era real. Era brillante, solemne y real, como Roberta siempre supo que sería; Roberta siempre supo que esto debía pasar, que ella tenía que hacer que esto pase. Extendió sus manos, en éxtasis, tocó sus alas espesas color rojo sangre y se las llevó al rostro, embriagándose en su olor a paz, la paz que siempre la había esquivado. Muy rojo. Los golpes en la puerta no paraban, un corillo de voces alarmadas, amenazantes, ¡abran la puerta, qué está pasando ahí, abran la puerta ahora! El rojo ya invadía cada rincón de la vieja cocina. Las manos manchadas de Roberta frotaban músculos, amasaban vísceras y se elevaban hacia el rostro de Ella, que observaba complacida e imperturbable cómo Roberta seguía el ritual, haciendo caso omiso de la carne agonizante, de su destrucción. El apoyabrazos finalmente se rompió y Paulina lo tomó por instinto, clavándose las astillas; sin tiempo para escuchar la voz despectiva de su madre en su cabeza, blandió el trozo sólido de madera con una fuerza que había acumulado por años y que esta vez no permanecería inmóvil.
Roberta tardó unos segundos en percibir el golpe seco abriéndole el cráneo y se desplomó, manteniendo la mirada fija en la figura de Ella, que observaba su caída con distancia. Su cabeza rebotó un par de veces contra el suelo y su visión comenzó a teñirse de un rojo espeso, pero no era sangre, no podía serlo, era la presencia de Ella, porque Roberta se había hecho merecedora de obtener Su gracia y sabía que, del otro lado, Ella la recibiría satisfecha por su obediencia, y se aferró al cuchillo en sus manos, abrazándolo, sin percatarse de que se estaba cercenando los dedos. La vista de Roberta, cada vez más desenfocada, alcanzó a ver el pequeño bulto de carne en la vieja mesa de roble, de donde espesos hilillos de sangre descendían, mezclándose con la sombra roja de Ella, que continuaba expandiéndose por los rincones. Roberta respiró tranquila, había hecho lo que se tenía que hacer, y su última exhalación reveló una mueca monstruosa en su arrugado rostro.
Nada fue a su encuentro.
¿Te gustó este artículo?
Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil