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La posada de las voces

Tania no cabía de alegría y de agradecimiento. Le plantó un sonoro beso en la cabeza al perro y, saltarina ingreso a la posada. Cierto es que eufemísticamente podía ser calificada como posada, pues en realidad era apenas un salón rodeado de seis habitaciones— tres a cada lado—, tan pequeñas que en estas solo cabía un ínfimo catre: eran como celdas. Pero esto no le preocupaba a Tania; tenía un techo sobre la cabeza y unos muros que atraparían el calor; era lo único que necesitaba.

Margot Orozco
27 de enero de 2026
15 min de lectura
—Señora, señora, señora. El hombrecito de pelo hirsuto intentó levantarla, primero con una voz apenas audible, para pasar a casi dar un grito. —¿Qué pasó? —respondió Tania sobresaltada, entre confundida y asustada. —Ya llegó, aquí es Frías, ¿va a bajar? — dijo el hombrecito, como queriendo que le confirmara algo improbable. — ¿Frías? —frunció el ceño. Por breves segundos había olvidado quién era, dónde estaba y qué demonios era Frías. Como saliendo del lodo de un pesado sueño, empezó a atar cabos en su farragosa mente, estaba reconociéndose ahí sentada, echa bola, sin sentir sus piernas, con un leve hormigueo hueco en la cintura, aplastada por canastos, mantas, pieles de ovejas, y hasta unos pollitos metidos en una caja, que le habían acunado con su débil piar y logrado lo imposible: el plácido sueño. — ¡Oh sí Frías!, Sí, sí, sí—Recordó al fin quién era y qué hacía en ese lugar. —¿Qué hora es? —esta vez ya en alerta, preguntó Tania. —Son casi las diez de la noche, señora, ¿va a bajar aquí? —reiteró el hombre con duda. —Sí, bajo, bajo. —Esta vez, atolondrada, recogió su mochila, su bolsa y su manta que por el despertar repentino termino regándolas entre los estrechos asientos. Tania bajó de forma calamitosa, como casi todo lo que hacía. Enredó sus pies con la manta, la mochila mal amarrada iba soltando parte de sus pertenencias, el bolso ladeado se atoraba con el reposabrazos del asiento. De un brinco y después de trastabillar, al fin pudo bajar del destartalado vehículo. —Tenga cuidado mamita—dijo el hombre persignándose, mientras el bus se alejaba. La noche era translucida. El firmamento rebosaba de astros titilantes; era danza cósmica que ejercía un flujo hipnótico en Tania. Se quedó unos minutos absorta ante la inmensidad. Respiró profundo y pensó en lo pequeños que eran los seres humanos, con sus insignificantes vidas, historias y dolores, en ese mar de grandiosidad. Ella estaba precisamente encargada de levantar y registrar esas insignificancias. Había empezado su viaje dos meses atrás. Su encargo era preciso: debía hacer autopsias sociales, escarbar en la vida e historia de las personas de varios pueblos rurales, que habían sufrido la pérdida violenta de alguno de sus familiares. Debía encontrar aquellas determinantes sociales y culturales que provocaban esas muertes crueles en poblados, aparentemente tan pacíficos. Así, su rastreo la había traído como último destino a Frías. Cuando Tania se pudo deshacer del hechizo astral, se percató que el pueblo no estaba ahí mismo. La habían dejado muy atrás. Debía caminar todavía un trecho ascendente, que se iba hacer más pesado con todo el estorboso bulto que llevaba encima. Y le estorbaba también el frío, que se introducía punzante en sus huesos. Se preguntó cómo es que no lo había sentido al bajar del vehículo. Hizo un mohín despreocupado con su boca, levantó los hombros y olvidó inmediatamente la pregunta. Así era Tania: despistada y huidiza hasta para sus propios pensamientos. Manos a la obra; al mal paso darle prisa; al mal tiempo buena cara; ojos que no ven, corazón que no siente —se animaba mentalmente—, y se rio de este último refrán. «¡Qué boba soy para los dichos!», pensó. Las gracias que se iba contando a sí misma iban aligerando su caminata cuando, sin darse cuenta, ya había llegado al pueblo e incluso, despistada ya lo estaba dejando atrás. Dio media vuelta y retornó a lo que parecía la calle principal, más bien la única. No le llamó la atención que todo estuviera tan silencioso y solitario: estos pueblos se recogían muy temprano; la estampa de pueblo fantasmal era lo habitual. Llegó a una placita, muy diminuta, casi ridícula; debía ser el corazón del pueblo. Lo regular era que ahí se encontrara alguna posada donde guarecerse por la noche, y que era lo único que necesitaba. En el anterior poblado, de donde venía, le habían dado el dato vago de un lugar llamado rimbombantemente, “La Posada de las Voces”. Se suponía quedaba en un lugar impreciso cerca de la plaza central. No había mucho por recorrer, así que Tania pensó que no sería difícil encontrarla. Pero se equivocó. Intentó primero llamar la atención de algún poblador que estuviese despierto, —«¡pues tampoco es tan tarde!»—, dando grititos ahogados, repitiendo con la voz más amigable que pudo: hola, hola. Pero nadie respondió. Ni siquiera vio que alguna de las casitas de los alrededores encendiera algún mechero. Entonces decidió peinar la zona. Recorrió las pocas callecitas revisando las fachadas de cada casa, intentando encontrar alguna señal que delatara su condición de hospedaje. Fue de derecha a izquierda, de arriba abajo, de lado y de frente, y nada. Hizo los mismos recorridos hasta en tres ocasiones y no encontró lo que buscaba. Había pasado casi una hora deambulando de un lado a otro. No le quedaba otra que poner en marcha el plan B: debía improvisar su guarida. Su pequeña carpa ya la había salvado antes. No lo deseaba, era muy incómodo — ¡y más con el frío que hacía! —; su cuerpo iba amanecer molido al día siguiente. Así que, aún sin mucho convencimiento, se acomodó en una de las esquinas de la plaza, paseó su mirada por todos los perímetros de ésta para localizar aquel espacio que pudiera guarecerla mejor del frío. De pronto vio, desde una de las calles que cruzaban a la placita, una sombra que se arrastraba lentamente, se aproximaba a ella. No lograba divisar qué era; solo escuchaba un débil tintinear de algo metálico, que podía ser un cascabel o tal vez una campana. Se incorporó, y nuevamente volvió a sus grititos ahogados: —Hola, hola, ¿me puede ayudar? Cuando vio lo que se aproximaba, cayó sentada, resignada. Era un perro blanco que llevaba en el cuello, sí, un cascabel en forma de corazón. — ¡Ay amiguito mío! ¿De dónde vienes?, ¿tienes dueño? — le acarició sonriente la cabeza al perro. Este la empezó a olfatear y a pasearse entre sus piernas, reconociéndola y acariciándola con la cabeza, mientras se oían pequeños cantos de su cascabel. —No importa amiguito, al menos me harás compañía ¿no? Ya, si quieres, nos abrigamos juntos— le cogió la quijada, regalándole la mejor de sus sonrisas. El perro le movía la cola y seguía zigzagueante entre las piernas de Tania, cuando de repente, se dio cuenta que su nuevo amiguito, le daba suaves topecitos con la cabeza, como obligándola a seguirlo. Cuando se percató de la intensión del perro, Tania decidió ir detrás de él. Total, no perdía nada, pensó. De rato en rato el perro volteaba a comprobar que ella lo siguiera y, como si la comunicación de ambos formará parte de un idioma secreto, le respondía: —Estoy aquí, amiguito. El animal la llevó por una calle que ella reconocía, pues ya había pasado por ahí antes, cuando de pronto giró hacia una especie de pasaje que no había visto en ninguno de sus recorridos anteriores. Al final de ese callejón, había encendida una débil luz roja, muy pequeñita, que apenas iluminaba. —¿Y esto? no puedo ser más despistada amiguito, ¡cómo no me di cuenta! — se río para sí. Afinó la vista y vio, arriba de la bombilla encendida, un letrero tallado donde decía “Posada de las Voces”. Y pegada a la puerta una nota que decía: “Si viene con buenas intenciones y con el corazón abierto, pase usted”. Si no encuentra a nadie a su llegada, ocupe alguno de los cuartos abiertos, en la mañana el posadero pasará a cobrar la tarifa, si se va antes de que este llegue, deje lo que su voluntad mande” Sea feliz Tania no cabía de alegría y de agradecimiento. Le plantó un sonoro beso en la cabeza al perro y, saltarina ingreso a la posada. Cierto es que eufemísticamente podía ser calificada como posada, pues en realidad era apenas un salón rodeado de seis habitaciones— tres a cada lado—, tan pequeñas que en estas solo cabía un ínfimo catre: eran como celdas. Pero esto no le preocupaba a Tania; tenía un techo sobre la cabeza y unos muros que atraparían el calor; era lo único que necesitaba. Buscó con la mirada a su amiguito y lo encontró sentado en la puerta. Lo llamó cariñosamente, pero este no se movió del lugar: se había plantado como una efigie egipcia, cuidando el umbral. Tania no lo cuestionó; pensó que esa debía ser su casa y ahí, el lugar donde usualmente descansaba. Sin más, se ubicó en la primera habitación que encontró sin seguro. Dispuso su bolsa de dormir, se puso toda la ropa abrigadora encima y se tapó con la manta que llevaba, la consigna era contrarrestar el frío. Toc, toc…toc, toc. Escuchó Tania en la madrugada. Miró su reloj: apenas eran las tres. Pensó que era un sueño. Toc, toc…toc, toc. Guardó silencio intentando identificar si esos ruidos eran reales o formaban parte de su duermevela. No oyó nada. Volvió a acurrucarse, y otra vez: Toc, toc…toc, toc. Tania se incorporó, se sentó sobre la cama, para intentar captar el sonido. Toc, toc…toc, toc. Era como un latido apagado, hueco e ininterrumpido que se oía próximo, pero inubicable. «Tal vez es mi amiguito, que anda topándose con alguna cosa», pensó. E inmediatamente, empezó a llamar: —¡Amiguito!, ¡amiguito!, susurró. No hubo respuesta. Y otra vez: Toc, toc…toc, toc. Tal vez era el posadero que acababa de llegar, pues se sabía que la gente del campo empezaba muy temprano sus labores. —¡Señor posadero! — dio un gritito melodioso. Tampoco hubo reacción. Qué raro, pensó. Toc, toc…toc, toc. ¿Y si había otros huéspedes? Como era tan tarde y oscuro cuando llegó, no se percató de si había otros cuartos ocupados. Toc, toc…toc, toc, toc, toc, toc. Los golpecitos se hicieron más constantes e insistentes. Tania ya no pudo con la curiosidad. Se incorporó, se puso la manta encima y salió de su habitación. A tientas, pegando la oreja en las otras puertas, buscó el origen del sonido. Toc, toc, toc, toc, toc. —Aquí estas— pensó. Lo encontró detrás de una puerta. Se quedó unos instantes escuchando cuando, de pronto, la puerta se abrió. Y ella, entre sorprendida y apenada por haber sido descubierta espiando, bajó la mirada y ofreció una sentida disculpa. —Pasa mamita, te estábamos esperando— dijo una voz dulcificada del interior de la habitación. Tania levantó la cabeza y no vio nada; solo escuchó la voz. Un pasó un frío le recorrió el espinazo y estuvo a punto de huir, pero la voz la detuvo. —No temas mamita. Sabemos que viniste a escucharnos. A nosotros ya nadie nos escucha, pero tú sí. Sabemos que tienes buen corazón y que harás que nuestras historias no se pierdan. Tania no podía creer lo que escuchaba. No temía, pero si le invadió una profunda pena, por la voz —afligida y casi extinta— que estaba escuchando. —Le agradezco que confíen en mí, ¿Quiénes son ustedes?, ¿Cuántos son? Se atolondró Tania. Disculpen mi impertinencia, pero… —Te entendemos mamita. Hay uno en cada habitación. Somos a quienes has estado buscando: en voz propia, sin intermediarios. —Con mucho respeto, ¿puedo registrar lo que me digan? —pidió Tania. —El tiempo aquí ya no pasa. Te esperamos. Tania corrió a su habitación. En el trayecto tropezó y cayó de bruces, pero no hizo caso. Logró dar con su cuaderno de campo y algo con lo que escribir. Podía hacerlo a oscuras; no iba a ser la primera vez. Estaba tan acostumbrada en su trabajo a las peores circunstancias, algo así no la detendría. Tania retornó a la habitación donde dejó la voz y empezó a anotar: —Fui Martina Huallay y me asesinaron cuando… La noche se paralizó. Era el momento de la madrugada en la que parece todo queda suspendido, como si el tiempo ya no lo habitara; donde los segundos, los minutos, las horas se convierten en instantes perennes, en materia tangible, imperecedera. Y Tania escuchaba, y escribía, y lloraba, y reía, y preguntaba, y entendía.

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