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Quinto

Aguardó paciente en la barra, negándose a aceptar la bebida. Un hombre atravesó una cortina mientras se acomodaba la bragueta. Quinto alcanzó a ver a Pilar sentada en una cama, apenas si podía ponerse la ropa. La muchacha salió del cuchitril y sintió vergüenza al reconocer a Quinto.

Francisco Dahoud
27 de febrero de 2026
18 min de lectura
No hubo velorio. Un nicho sin lápida fue lo único que Quinto pudo costear para su esposa. No vino nadie. No lloró: los hombres no lloran. Se sintió seducido por el nicho vacío que estaba junto al de ella. Derramó el concho de la botella de cañazo, y se marchó a hacer lo que había hecho durante toda su vida: pescar. Atravesó esas brasas descalzo, con una soga al hombro, tiraba de su bote bautizado como Dionisia en honor a su mujer y jaló con la fuerza de la impotencia contenida, buscando alcanzar el mar. Las olas reventaban con furia en la orilla. El aguardaba tranquilo ese momento de claridad y entraba a tropel, zambulléndose en las fauces de ese viejo conocido. El anciano se encontró como un lunar en esa inmensidad y, por primera vez, se sintió solo. Su bote rebosaba de peces aleteantes, y el sedal ya había lacerado sus manos callosas. Pero temía regresar a esa casa vacía y continuó pescando, hasta que empinó la última gota de su garrafa de yonque. Al tocar la orilla, abandonó la carga. Arrastró los pies en la arena hasta el antro de putas. Aventó unas monedas en la barra y recibió una botella sin etiqueta que dejaría ciego a cualquier mortal, pero no a Quinto. —¡Viejo, ven, que yo invito, carajo! —gritaba, entre las sombras rojizas, el tuerto, escoltado por dos sugerentes colochas. Quinto ni se inmutó, se concentración recaía en llenar su vaso. El tuerto se desplazó hacia el otro lado de la barra. Alcanzó a una muchacha que se pintaba menor de edad y la incitó a abordar al viejo. —Anda nomás. A ese viejo borracho ni se le para; le puedes sacar unos buenos cheques por una manoseada. La chica conocía la situación de Quinto; todos la conocían. Y sintió pena por él: veía reflejado a su abuelo, o quizá a su padre, todos pescadores. —Pero… —¡Pero nada, puta madre! Ya anda nomás. Le sujetó con violencia el brazo, y mirándola con la mandíbula desencajada, la aventó con desprecio. La muchacha, cabizbaja, se presentó donde Quinto, acariciando con sutileza el nudo entre el cuello y el hombro. El rostro del viejo estaba enterrado en el vaso; lo giró lentamente y achinó los ojos, intentando enfocar la vista. Su mente divagó unos segundos, buscando hilar palabras. —Dionisia… ya, vamos a la casa —balbuceó Se levantó, apoyándose con torpeza sobre la menuda chica. Esta, dirigió la mirada hacia el caficho, que, con una expresión siniestra, le aclaró: debía sacarle plata. Quinto cayó como ancla sobre su catre oxidado por la brisa del mar. A la mañana siguiente despertó sorprendido al ver su covacha ordenada. La chica, de espaldas al viejo, lavaba unos trastes. Su largo cabello negro y lacio brillaba al sol, como el de Dionisia en sus años mozos, haciéndole creer a Quinto que era su espectro. —¿Dioni? —preguntó el viejo, mientras su mente se debatía entre el miedo y la calma. Un tímido susurro aclaró sus pensamientos. —Soy Pilar… ¿me recuerda? La mente de Quinto fue bombardeada por una ráfaga de memorias. —La del bar. —Sí, ya debo regresar. Quinto sacó unos billetes refundidos en una lata con anzuelos y se los puso en la mano; ella se encogía, negando con la cabeza hundida hacia el suelo. —Por la limpieza —insistió el viejo. Sabía que, si regresaba con la bolsa vacía, se ganaría sus buenos azotes. —Gracias —dijo la chica, y salió presurosa, esperando llegar antes de que despertara su amo. El anciano se mantenía fiel a su rutina. Se levantaba al alba, con los poros aún destilando alcohol. Se hacía a la mar, pescaba lo justo para cubrir su provisión de cañazo y regresaba a su habitación, donde bebía hasta la inconciencia. Estaba atrapado en ese bucle tóxico. En su cabeza, además del peso de la pérdida, resonaba la imagen de aquella niña indefensa que había dejado a merced del Tuerto. Día a día, esa imagen volvía para inquietarle el sueño. Al final, aquel remordimiento insistente lo empujó a actuar, y un viernes volvió al antro a arreglar cuentas con el Tuerto. —A ver viejo, ¿qué quieres? —La chica… Pilar. —Ah, te gustó la ñañita, ¿uhm? ¿No quieres probar algo diferente? —El Tuerto señaló hacia la barra, donde aguardaba una exuberante morena que no dejaba nada a la imaginación. —Vengo por Pilar — dijo Quinto, decidido. —Entonces te toca esperar viejo. Tómate un trago; yo invito. Aguardó paciente en la barra, negándose a aceptar la bebida. Un hombre atravesó una cortina mientras se acomodaba la bragueta. Quinto alcanzó a ver a Pilar sentada en una cama, apenas si podía ponerse la ropa. La muchacha salió del cuchitril y sintió vergüenza al reconocer a Quinto. —Ahí la tienes —ofreció el Tuerto. —La quiero en mi casa, como la otra vez —respondió Quinto. El Tuerto le lanzó una cifra absurda y, encogiéndose de hombros, añadió: —Es lo que recibo; todavía le quedan unos cinco polvos. Quinto hurgó en su morral, le entregó todo lo que llevaba y replicó: —Mañana te completo el resto. Tomó a la chica de la mano y la haló hacia la salida. El Tuerto los detuvo. —Viejo, tú sabes que conmigo no se juega. Anda nomás; mañana me mandas el resto con la ñaña. Llegaron a la casa, Pilar aún mantenía la mirada de vergüenza. —No pasa nada, acompáñame con un lonche. Aunque el festín se reducía a un filtrante compartido y un par de chaplas duras, disfrutaron un momento fraternal que, por un instante, los hizo olvidar la soledad. —Quédate acá. —No puedo; mañana el Tuerto vendría a buscarme. —Que venga entonces —respondió Quinto, apretando el puño. —No, no… —susurró Pilar, con el miedo de un niño perdido en la oscuridad. Se sumieron en un largo silencio, sin respuestas, hasta que Quinto habló: —Mañana vamos juntos a pescar. Salimos temprano, así podrás llegar a tiempo. Compartieron el catre tomados de la mano y se dejaron arrullar por la quietud de la noche. En la soledad del océano, Quinto le enseñaba su antiguo oficio: cómo en el silencio, podía escucharse el vaivén de los peces, y cómo intuía, el instante preciso para soltar el sedal. Por un momento, Pilar logró captar esa armonía y atrapó un inquieto pampanito, que le arrancó una sonrisa inocente. El tiempo corre con otro ritmo en el mar; el rugir de un bote los despertó y los devolvió a la realidad. El Tuerto se aproximaba, decidido a reclamar a la muchacha. Ancló junto a la pareja y, con un sarcasmo siniestro, mencionó: —Viejo, creo que se les hizo tarde. El Tuerto jaló con violencia a Pilar hacia su barcaza; ella, paralizada de miedo, se dejó arrastrar. El viejo, viendo cómo le arrebataban otra vez a su compañera, no lo pensó dos veces: reventó la garrafa de yonque contra el ojo sano del abusador. El Tuerto soltó un alarido desesperado, intentando acomodarse el ojo vaciado. Quinto le ató el ancla al cuello mientras el Tuerto, desesperado, aleteaba buscando defenderse. Con la fuerza que solía emplear para arrastrar su bote a diario, aventó al maldito al agua como carnada. La pareja se miró con una complicidad silenciosa; luego, se giraron hacia la costa. El bote avanzó, borrando tras de sí cualquier rastro de lo ocurrido, la escena fue devorada por el agua antes de que alguien pudiera recordarla.

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