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Capítulo 3: Rulos

Arrancaron dando rienda suelta a la euforia. Competían para ver quién se coronaría el más intrépido. Sorteaban cuanto obstáculo se les cruzaba y hacían renegar a más de un vecino.

Francisco Dahoud
13 de enero de 2026
20 min de lectura
—Este va a ser tu cuarto —dijo Teresa desde el umbral de la puerta. Sol se apoyó en una de las paredes de la habitación y, cabizbaja, recorrió con la mirada ese espacio ajeno, mientras su pecho se inundaba con una sensación de vacío. Aún permanecía intacta la angustia provocada por sus padres. La sensible Teresa notó esa melancolía revolvente en la niña y, con un par de aplausos, buscó despabilarla: —Ya, ya, a alegrar esa cara; tómalo como unas vacaciones. Distrajo su mirada hacia la pila de cajas arrimadas que esperaban ser acomodadas. —¡Cuántas cosas tienes, niña! Ni modo... a ver, ¿cómo las hacemos entrar? Teresa se tomaba la cabeza conteniendo los latidos de su sien. A Sol le llegó aquella franqueza y le robó una sonrisa. —No te preocupes, tía, que yo me encargo. —No me lo tienes que repetir dos veces —respondió Teresa a modo de chascarrillo. La abrazó con ternura y, le buscó esa mirada vacía. —Mi niña linda… vamos a estar bien. —susurró, antes de darle un beso maternal en la frente. Al retirarse, agregó con su acostumbrada energía: —Si necesitas algo, me avisas. Voy a aprovechar para preparar un pan de plátano mientras tú ordenas. La campana del horno, rompió la quietud del momento. Un aroma casero empezó a inundar el departamento. Ivana nunca había horneado nada, así que aquella experiencia debía serle ajena a Sol. Sin embargo, en cuanto percibió las primeras notas de vainilla y plátano, la sorprendió una sensación regocijante, parecida a la de volver a casa después de un largo viaje. Aquella emoción inesperada la alegró, haciéndole sentir que, quizá por primera vez en mucho tiempo, realmente estaría bien junto a Teresa. Sol prosiguió con sus labores hasta que un barullo proveniente de la calle la distrajo. Acercándose a la ventana, se asomó con suavidad, dejándose envolver por el tul de las cortinas. Desde ahí vio a dos chicos de entre trece y catorce años, y a una niña algo menor, encaramados en sus bicicletas. Reían mientras llamaban a otro chico, guiándolo hacia ellos con entusiasmo. —¡Por aquí!, ¡por aquí! —gritaban los chicos, haciendo ademanes que estaban demás. Un delgado niño, de curiosas orejas salidas, alzaba el rostro y se tomaba su tiempo para captar esas voces que flotaban en el aire. Con cautela, se dirigió hacia el grupo, cotejando cada paso mientras barría el suelo con su bastón blanco. René lo alcanzó en la bicicleta, derrapando apenas a centímetros de su amigo y dejando tras de sí un aroma a caucho quemado. Aquel perfume pareció orientarlo: plegó el bastón y lo acomodó a un costado, de su cinturón. Como era el mayor del grupo, René se sentía responsable de los demás y ponía especial atención en Pablo. Era el típico rebelde de naturaleza mansa, de esos que robaban suspiros a las niñas del barrio. Montaba una BMX con pegs, esos cilindros metálicos atornillados al eje trasero. Allí se paró Pablo y se sostuvo con firmeza de los hombros de su amigo. Arrancaron dando rienda suelta a la euforia. Competían para ver quién se coronaría el más intrépido. Sorteaban cuanto obstáculo se les cruzaba y hacían renegar a más de un vecino. Pablo confiaba plenamente en René y disfrutaba ese vaivén de sonidos que siseaban a su paso, lo bastante vívidos como para dibujarle el camino en la mente. —¡Agárrate fuerte, que viene una rampa! —gritaba René antes de encontrarse con esa vereda levantada por las raíces del anciano ficus. Esas milésimas en que la bicicleta se suspendía en el aire se sentían eternas. Podías palpar el goce en el rostro sonriente de Pablo, que miraba hacia el cielo como buscando el calor de algún rayo de sol. Esta vez, otra Sol los observaba, extasiada por el cuadro que se había desplegado ante sus ojos. —¿Quién es ese chico? —apuró Sol a su tía, que desmoldaba el queque. Teresa se aproximó a la ventana, sacándose los guantes del horno, y divisó al grupo. —¿Cuál de todos? —El que está trepado en la bicicleta. —Ah, Pablo. El hijo de mi amiga, la vecina del costado. ¿Y por qué preguntas?, ¿te gusta? Sol sintió un vuelco repentino que le arrancó una sonrisa nerviosa. —La verdad, tía… no lo sé. Un cruce de miradas puso el sello de complicidad. Cerraron el pacto con un pedazo de queque que aún humeaba, perfumando el espacio de vainilla y plátano. A pesar de la comprensión de Teresa, el ánimo de Sol seguía siendo intermitente: había días buenos y otros en los que le faltaba el aire. Para despejarse, se aventuraba por la extensa vereda que unía las tres etapas del conjunto residencial. Se detuvo a medio camino para contemplar una grieta en el cemento, la misma que René había usado días atrás como rampa. A un lado, el ficus expandía sus raíces y exhibía hojas secas. Sin la alegre pandilla, la escena la dejó presa del desconsuelo. Eso ocurre con un alma quebrada: basta un detalle para reavivar un dolor dormido. Esas tardes en que Sol volvía del colegio, apenas probaba bocado y se recluía en su dormitorio con la excusa de hacer las tareas, las advertía Teresa. Conocía de primera mano los silencios que impone la depresión, no se quedaría de brazos cruzados. Tocó delicadamente la puerta y asomó con prudencia. —Niña… ¿puedo pasar? Sol se incorporó de la cama donde se había agazapado; de un tirón se sentó en el borde y fingió estudiar. No quería mostrar las grietas de su pena. —Pasa, tía —respondió, con la mirada enterrada en un libro agarrado al vuelo. Teresa entró despacio, dándole tiempo a que terminara de orquestar su pantomima. —Voy hacer unas diligencias. Vuelvo en media hora. —No te preocupes, tía. Aquí me quedo… avanzando—respondió Sol, pasando una página al azar. —Chao, mi niña. Teresa sintió la urgencia de darle un beso y no se contuvo. Salió de la habitación dejando un rastro de ternura que Sol recibió como un roce inmerecido. La había visto desde su ventana y fue a su encuentro. Bajo la sombra del ficus, una niña de melena oscura y alborotada ocultaba su rostro regordete y pecoso. Cargaba nueces en la mano, esperando a la ardilla que cada tarde acudía por su banquete. —Hola, niña —rompió Teresa la calma del momento. Abrió los ojos demás, alzó el rostro entre sus greñas y respondió: —Hola. Al ver a Teresa, se quedó embobada contemplándola y añadió, con una inocencia desvergonzada: —Señora, usted parece actriz. Siempre la había visto… bueno, todos la ven. No pasa desapercibida. ¿Vive en Las Magnolias, verdad? Se dibujó una sonrisa en el rostro de Teresa. —Sí, vivo ahí. Y gracias por lo de actriz. Soy Teresa. ¿Y tú, cómo te llamas? —Soy Rulos —respondió la niña, inflando el pecho. —Pero… ¿y tu nombre de pila? Arrugó la nariz, pareció no entender y contestó: —¿Qué es eso de pila? Dígame Rulos. Es mi nombre artístico, como Madonna. Le robó otra sonrisa a Teresa. —Bueno, Rulos serás. Más bien, quiero pedirte un favor. —Sí, dígame, ¿qué necesita? —Mi sobrina se acaba de mudar conmigo. Como no conoce a nadie, pasa sus tardes medio aburrida. Es algo tímida, y quería saber si podías pasar a visitarla. Quizá se anime y se incorpore a tu grupo de amigos. —Claro, mañana paso por su departamento. ¿Qué número es? —El 304. Pero ni bien llegues a tu casa, pides permiso. —Así lo haré. Una ardilla, erguida en dos patas, esperaba ansiosa mientras miraba la bolsa que cargaba la niña. —Parece que te están esperando. Te veo mañana —dijo Teresa. —Chao, señora. Mañana nos vemos. — respondía con ilusión en la voz. Rulos comenzó a soltar las nueces, dejando un rastro alrededor del árbol. Teresa regresaba emocionada: su plan, al fin, empezaba a tomar forma. Teresa había optado por no forzar un encuentro directo con Pablo. Prefirió acercar a Sol al grupo a través de Rulos: la inocencia de la niña sería un puente más amable. Un reencuentro inesperado con Pablo, lo sabía, podía resultar incómodo. Sol llegó del colegio y acompañó a su tía en el almuerzo. Esta vez acabó el plato, señal de que su ánimo era el correcto. Pidió permiso para retirarse a su cuarto. Mientras se cambiaba el uniforme, sonó el timbre. —Yo abro —avisó Teresa. Del otro lado de la puerta, una niña, aún con uniforme, se empinaba para robarle un beso en la mejilla a esa mujer de postura solemne. —Hola, señora. ¿Dónde está su sobrina? Teresa se derritió ante tanta espontaneidad. —Hola, Rulos. Sígueme; te la presento. Atravesaron la sala rumbo al cuarto. —Qué bonitos sus adornos— dijo Rulos, fascinada con la infinita colección de figurines de porcelana que copaban una repisa. Teresa se detuvo un instante a contemplarlos. Cada uno le recordaba las llegadas de su esposo, que solía traer souvenirs de sus viajes como piloto. Cuánto anhelaba que algún día apareciera un figurín más. Sacudió la cabeza, tomó aire y volvió al presente. —Gracias —respondió Teresa al halago. —Más tarde me cuenta de cada uno— añadió la sensible Rulos, que había comprendido el momento. Llamaron a la puerta de la habitación de Sol, apenas se había cambiado. Teresa ingresó con delicadeza. —Te presento a… Rulos irrumpió como un bólido de palabras. —¡Hola! Soy Rulos. Qué linda eres. Igual que tu tía; parecen actrices. Tú eres Sol, ¿no? —Sí… —Sol apenas alcanzó a procesar el atropello. —Las dejo para que conversen —Teresa cerró la puerta lo suficiente como para dificultar cualquier escapatoria. —Tu tía nos contó que nos viste en las bicicletas. Yo soy la única chica del grupo; si te unes, ya seríamos dos. Pablo también nos habló de ti… y de lo bonito que cantas. Las mejillas de Sol se encendieron. Rulos seguía hablando, sin esperar respuestas. —Yo quiero ser cantante, como Madonna. Esa chica nueva… Britney, no me gusta. Y si hacemos un dúo, que Pablo toque; vive pegado al piano. —A mí me gusta pintar —apresuró Sol, aprovechando un breve claro en la verborrea. —Entonces puedes pintar mi ardilla y su árbol, y yo canto. Se puso a cantar. Aunque se le escapaban algunos agudos, no lo hacía nada mal. “Like a virgin, hey Touched for the very first time…” Sol soltó una risa ligera y la acompañó silbando. Teresa, desde su cuarto, se regocijaba con lo que alcanzaba a oír. —¿Y qué edad tienes? —preguntó Sol. —Tengo doce, pero voy a cumplir trece pronto. Vas a venir a mi tono. La invitación fue tan repentina que hizo dudar a Sol, pero como negarse a ese rostro ilusionado. —Sí, claro. Ahí estaré… ¿Qué quisieras de regalo? —Lo que sea de Madonna —parecía tener la respuesta en la punta de la lengua. Sol se acercó a su cómoda, revisó los cajones y encontró un pañuelo de seda negra. Se lo ató a Rulos como si fuera un lazo y la puso frente al espejo del tocador. —Tus rulos, parecen los de Madonna morena. Ahora solo falta conseguirte los guantes. Rulos quedó fascinada con su reflejo. Se giró hacia Sol y la abrazó con fuerza —Gracias, nadie había hecho algo tan lindo por mí, en el colegio las chicas no se juntan conmigo. Tu seguro tienes un montón de amigas. —No creas. — respondió Sol atrapada en sus pensamientos. Si bien socializaba bastante, Sol no sentía que encajaba en ese mundo de apariencias, y las pocas que se revelaban a eso la evitaban, juzgándola por su aspecto. —¡Sol! — Rulos grito regresándola a la realidad, y sonriendo le dijo: — Eres como yo, mi mamá siempre me dice que ando en las nubes y eso me hace soñar en que puedo volar. — Rulos se empino y alzó los brazos. —Oye, no te vayas a aventar por la ventana. —Soy volada pero no sonsa. Se quedaron pegadas mirándose por un instante y al unísono se carcajearon. La química fluyó de inmediato. Parecía que ambas habían encontrado a alguien con quien contar. —Me dijiste que pintas, a ver muéstrame. Sin permiso, Rulos se hizo con el cuaderno de dibujo que descansaba sobre el escritorio, Sol no tuvo tiempo de reaccionar. Pasó las hojas con brusquedad hasta que una captó su intermitente atención. —Este es Pablo… ¿te gusta? —soltó Rulos, señalándolo con un dedo que serpenteaba con picardía. El lienzo proyectaba a un niño apoyado en la ventana; la luz de la tarde trazaba una sombra firme, pesada, que invadía la habitación. Sol tenía ese talento para captar atmósferas melancólicas: un don digno de los consagrados, como Edward Hopper. —No, no es eso. Es el modelo que tengo a la mano; a diario sale por su ventana como si buscara algo y se queda allí un buen rato. Entonces aprovecho. —Sí, claro. Te gusta. No digas más. El viernes te presento a los chicos —replicó Rulos, atarantando a Sol. Mientras oían un disco de Madonna que, convenientemente, Rulos llevaba encima, siguieron conociéndose. El vínculo espontáneo crecía con cada intercambio, y la soltura de Rulos contagiaba a Sol, liberando tristezas. —Niñas, pasen a tomar algo —anunció Teresa. La mesa estaba servida. Disfrutaron de la bollería entre risas y charlas, hasta que empezó a oscurecer. Rulos agradeció a Teresa la invitación y caminó con Sol hacia la puerta; allí, intentó devolverle el pañuelo que todavía llevaba enlazado al cabello. —Es tuyo —Sol, lo reacomodó con suavidad. —De verdad, gracias —susurró Rulos. La abrazó de improviso. —El viernes nos vemos. Vas a conocer al grupo… y a Pablo. Sol contuvo un suspiro que amenazaba delatarla. —Ahí estaré Al cruzarse con su tía, Sol la abrazó. Luego se dejó caer en la cama y se quedó contemplando el techo como si fuera un cielo estrellado. En la habitación flotaba un susurro apenas audible: el disco de Madonna que Rulos había olvidado. El vientre de Sol se pobló de mariposas y quedó allí, inmersa, fantaseando con el encuentro del viernes.

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