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Mocca: Las aventuras de un león

La sabana era silenciosa, la lluvia caía y el cielo oscurecía. Mocca no sabía a dónde ir. Solo se acurrucó entre las húmedas hierbas a los pies del árbol esperando una señal, que alguien lo ayudara.

Fátima Alfaro
23 de enero de 2026
8 min de lectura
— Entiendo que te sientas así — comenta la rana — pero aquí no podremos ayudarte. Mocca sale cabizbajo del pantano, no había ni una sola huella de su familia ni de sus amigos, solo silencio, de vez en cuando interrumpido por el sonido de las hojas de los árboles que chocaban con el viento. Era el verano más caluroso en la sabana y Mocca aún recordaba su rutina al despertar. La pequeña cría de león era conocida por su entretenida personalidad. Cada mañana saltaba de los brazos de su madre y saludaba a todos los leones de la manada, ignorando si aún dormían. — ¡Lenna! ¡Mira! Que ha llovido toda la noche y hay charcos para saltar — exclama Mocca sacudiendo a su hermana con sus pequeñas patas. — Déjame en paz, Mocca, ya no soy una cría para jugar contigo— se queja Lenna cubriéndose los ojos. Pero esto no detendría al pequeño Mocca. — ¡Reo! ¡Reo! ¡Mira! Que ha llovido toda la noche y hay charcos para saltar — exclama Mocca por segunda vez, meneando la cola con ilusión. Pero el joven león no le prestó atención, estaba ocupado escondiéndose en las bajas hierbas para cazar. — Ahora no, hermano, ve a buscar a alguien más— dice Reo, enojado por haber perdido a su presa quien salió corriendo por el grito de Mocca. Por tercera vez, Mocca se acerca a su mejor amigo: Roy. — ¡Roy! ¡Roy! ¡Mira! que se ha — Mocca es cortado abruptamente por el rugido de la madre de Roy. — ¿Que no ves que estoy bañando a mi hijo? — ruge ella — ¡Lárgate y no vuelvas a interrumpirnos! Mocca sale corriendo del susto. Sin nadie con quien jugar, Mocca se siente irritado. — ¿Por qué nadie juega conmigo? — se preguntó. Mocca ya caminando en círculos cada vez más grandes, sus pisadas fuertes a pesar de ser un pequeño león. — ¿Por qué todos son aburridos? ¿Por qué a nadie le gustan los charcos de la lluvia, o perseguir a las aves que migran? — se preguntaba Mocca con el ceño fruncido. La pequeña cría siguió caminando perdido en sus pensamientos hasta olvidar dónde se había metido. — ¡Mocca! ¡Mocca! — llamó su madre, pero él ya no podía escucharla. *** — Han pasado un par de semanas desde ese entonces — Mocca susurró con las orejas caídas. — ¿Nadie te ha ayudado? — preguntó la rana. — El elefante Dante me dice que han migrado por el calor, que debo encontrarlos — explicó Mocca. La rana del pantano no puede evitar sentir simpatía por el pequeño león y salta de su laguna al hocico de Mocca. — Los ñus son excelentes migradores, ellos te ayudarán. — ¿Dónde los encuentro? Tengo miedo de ir yo solo — admitió Mocca. Pero la rana no podía darse el lujo de guiarlo, así que Mocca salió solo, a superar sus miedos. La sabana era silenciosa, la lluvia caía y el cielo oscurecía. Mocca no sabía a dónde ir. Solo se acurrucó entre las húmedas hierbas a los pies del árbol esperando una señal, que alguien lo ayudara. — Oye, tienes suerte que soy yo y no te comeré — susurra una voz misteriosa. — ¿Quién eres? — pregunta Mocca con los ojos entreabiertos. — Soy Nuit, de la Gran Migración de los Ñus — responde el felino con los ojos brillantes de curiosidad — Cuéntame todo, ¿qué hace una cría de león solo en la sabana? — Mi manada ha migrado y no sé dónde están — responde Mocca, su hocico se arruga de las ganas de llorar. Nuit lo mira con los ojos abiertos de par en par. — ¡Vaya! ¡Justo vi pasar a una leona muy hermosa esta mañana! — rió Nuit — ¡Sígueme! Y así el pequeño Mocca siguió al ñu con la esperanza de encontrar a su familia, y sus pequeñas patas le complicaban seguir al gran felino, tambaleándose de vez en cuando. — Ya casi es por aquí — asegura Nuit. Pero para la sorpresa de ambos no había ninguna leona, solo un vacío desierto, sin respuestas ni huellas que les den pista alguna. Rodeados por la seca arena y bajo el insoportable sol, Nuit y Mocca se topan con una sorpresa. — No puedo creer que me hayas confundido con una leona, Nuit —Suspiró una puma, sacudiendo la cabeza. Mocca pestañeó una, dos, tres veces, dudaba si el calor estaba afectando su vista, sus ojos se entrecerraron escépticamente y Nuit no podía evitar mover los bigotes de la vergüenza, con una sonrisa nerviosa. — Sí, no están. — ¿Tampoco en el desierto? — Pues no La puma miró a la criatura, extrañada, ladeando la cabeza se quedó pensativa hasta que recordó un dato muy importante: — Entonces, deben estar lejos de nuestro territorio, donde habitan los humanos. La sonrisa curiosa del ñu se desvaneció totalmente, como si la mera mención de los humanos se igualara a haber visto a un fantasma. —¡Niño! ¡No podemos ir allá! —Protestó Nuit— Nos cazarán y usarán nuestra piel en abrigos ¿Por qué no mejor te quedas conmigo? Pero Mocca como siempre no hizo caso, caminó por el desierto bajo el brillante e intenso sol día tras día con determinación hasta salir de la sabana a lo desconocido que antes solía temer. Una noche silenciosa Nuit desapareció sin dejar huella el pavimento, la inesperada falta de apoyo y compañía fue el recordatorio que el pequeño pero fastidioso Mocca necesitaba: Las manadas de leones no migran, pero la pequeña peste valió el riesgo.

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