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Esperanza
El Señor P. me daba miedo. Mamá no lo sabía, pues siempre andaba ocupada en el chiquero, o yendo a buscar comida para los cerdos, o a la caza de clientes para venderlos. Cuando llegué el Señor P. se portó muy amable conmigo, más que mamá incluso. Me decía Esperancita, y lo odiaba. Cuando mamá me mandaba con él al pueblo, a comprar las provisiones, buscaba siempre hacerme conversación, y me decía Esperancita, ya tienes novio, Esperancita no vayas hacer caso a los chicos, Esperancita aunque estés gordita, estás muy bonita. Y lo odiaba más.
Margot Orozco
20 de enero de 2026
13 min de lectura
Veneno para ratas, decía el sobre, una gran cabeza de rata mirándome, muy abajo y atrapado en un círculo rojo cruzado por una banda, la imagen de una calavera. Le di vuelta y había letritas que en diferentes idiomas decían cosas que no entendía, algo de carbonato, sustancia fosforada, y palabras que desconocía.
La primera vez que llegué a Hualtacal, fue aquella madrugada hace casi un año atrás. Empezaba a amanecer, casi todo se veía como sombras. Cuando salí de Piura era de día aún, hacía tanto calor, que cuando tía me dijo que cogiera el abrigo, pensé que se había equivocado de prenda. El abrigo, le repliqué. Sí respondió ella, allá hará frío, no es como aquí que poco nos falta quitarnos la piel. No olvides que debes bajar en el peaje a la entrada de Chanrro, ahí te esperará tu mamá para llevarte a su casa. Y cómo voy a saber quién es mi mamá, pregunté. Tía sonrió, no creo que a la hora que llegues a Chanrro encuentres a más personas esperando, debes estar a eso de las cuatro o cinco de la mañana. Abrí bien los ojos y me recorrió un frío por la panza, eso es aún noche, pensé.
Cari, tranquila no te asustes, adivino tía mis pensamientos. Es tu primer viaje de chica grande, tú no recuerdas, pero cuando eras más pequeña, tú papá te trajo de Hualtacal a mi casa, decía mi tía, pero yo casi no la escuchaba, el miedo de llegar a un lugar que no conocía, a encontrarme con una señora que tía decía era mi mamá, me paralizaba, mi sudor se fundió con una lágrima que empezaba a caer por mi mejilla.
Y si no sé bajar, y si el carro me lleva más allá, y si me pierdo, y si…me interrumpió tía, para intentar calmarme. Yo te llevaré a la estación de buses, le encargaré al chofer para que te bajé en el peaje, de todos modos, te daré algo de dinero, no mucho, por si tienes que llamarme y regresar. Toda va a salir bien Cari, ya tienes catorce años, solo tienes que estar más vivita, y dejar de ser tan confiada. Yo ya no puedo quedarme contigo, el dinero no me alcanza, tu papá hace tiempo que no manda nada, y con lo poco que envía tu mamá, no compró ni la leche. Como para que no me quede duda de la seriedad de su argumento, compuso una gran arruga en medio de su frente, como siempre lo hacía cada vez que me hablaba de un asunto serio.
*
Caminé hacia la mesa, sobre ella estaba las tijeras, con las que mamá trabajaba su costura. Hice un pequeño corte en una de las esquinas del sobre. Observé por varios segundos el agujero que había hecho, paseé la mirada por la habitación. Un gran salón, que era sala, comedor y habitación, todo a la vez. Apenas tenía muebles, una mesa, tres sillas, un esquelético sofá sin patas, un cuadro de colores brillantes de mamá y el señor P, parecía el retrato de dos muertos. Una cama rota y vieja, en una esquina, y en la otra el colchón donde había pasado mis noches este último año. Colgado sobre mi cabeza en la pared de adobe, un calendario del año y mes en que llegué, pareciese que el tiempo se hubiese detenido.
Peaje Chanrro, jovencita bájese, gritó el chofer. Estaba aún oscuro, pero no tan negro como cuando va a amanecer. Cogí mi maleta, tan asustada, que casi caigo sobre ella cuando bajé del bus. Solo la garita de control, con su luz amarilla, iluminaba la noche. Una mujer dentro, cabeceaba de sueño. Un reloj detrás de ella marcaba las cinco y diez. Tenía razón tía, hacía frío, me puse el viejo abrigo que decía tía usó cuando era joven y que ahora era mío. Olía a mojado, a viejo, a sucio. No había nadie más, me avergonzaba la idea de acercarme y despertar a la mujer de la garita, caminé hacia un lado de la vía, me senté sobre la maleta, con las piernas encogidas, las abracé, para controlar el frío. Esperaré a que se haga de día, pensé. Cuando la mujer de la garita esté bien despierta, le pediré el teléfono y regresaré con tía, me aliviaba. De pronto, a lo lejos vi que alguien se acercaba con una linterna, solo se veía la luz, y no a la persona que lo transportaba. Sabía quién era, pero no quería que llegara. A unos pocos metros, apareció. Una mujer huesuda, pero con prominente panza, el pelo recogido, y una bufanda que le cubría hasta la nariz. Esperanza, me llamó. No respondí, nadie me decía Esperanza, yo era Cari. Esperanza, insistió. A un palmo de mí, abrió sus brazos, esperando que la abrazará. Soy mamá, me decía. Me levanté y por inercia y con susto la abracé, olía a madera quemada. Soy mamá, soy mamá, repetía como para creérselo ella. Vamos a casa, dijo, cogió la maleta y caminamos por un lado de la carretera. Vamos a caminar mucho, por lo que lo mejor es empezar ya, debió decir detrás de la bufanda. Caminamos, solo iluminados por la linterna, pero pronto ya no fue necesaria usarla pues el cielo empezó a aclarar. Nunca había visto un cielo tan lindo, tan azul. Dejaron de ser solo sombras las montañas que veía a lo lejos, se veía altos árboles, que lo bordeaban. Un delicioso friecito congelaba mi nariz, olía a tierra húmeda. Mamá, hablaba, pero por la bufanda apenas la entendía, no quería escucharla, prefería ver las montañas, el cielo, los árboles. Dejamos la carretera, nos desviamos por un sendero terroso, que cruzaba campos de cultivos, cerca se veían vacas y borregos pastando. Atravesamos varios sembríos, algunas casitas de donde salía humo, seguro de algún fogón donde preparaban los alimentos, tía me había dicho que en el campo la gente se levanta muy temprano. En el trayecto algunos perros se nos acercaban otros nos ladraban, mamá los ahuyentaba con la linterna y con una especie de escupitajo. Aclaró, atravesamos riachuelos, y trochas donde se perdía el camino, rodeamos matorrales, y de la nada aparecieron otras casitas, algunas con huertas, otras con cobertizos. Mamá iba delante de mí, y de cuando en cuando volteaba para asegurarse que seguía ahí, ya no hablaba, solo percibía su respiración agitada. Seguimos caminado, el paisaje que hasta ese momento era verde, frondoso, lleno de vida, empezó a cambiar. Cada vez había menos árboles con copas verdes, cada vez menos casas que atravesar, los cultivos desaparecieron, así como el ganado, solo los perros a lo largo del camino permanecían. Este nuevo ambiente no me gustaba, todo era seco o podrido, matorrales de espinos, árboles sin hojas que parecían como si hubiesen agonizado tras un incendio, sus ramas eran como brazos que buscaban a donde asirse, algún animal muerto en el camino aparecía a nuestro paso. Recordé el miedo que había sentido durante el viaje, el frío en la panza, la punzada en el pecho. Adivinándome, mamá se adelantó a mis pensamientos y dijo, ya falta poco pequeña. Las rodillas me dolían, nunca había caminado tanto. De pronto, detrás de uno de esos árboles fantasmales apareció una casa, que más parecía una de esas casuchas que había visto a las afueras de Piura. Un perro corrió hacia nosotras, mamá lo recibió con un grito, se acercó luego a mí, me estudió, me olfateó y sin hacerme más caso siguió su camino. Llegamos a la puerta de la casa, y está se abrió. Bienvenida, salió la voz de un hombre, alto, desgarbado y sucio. Buenos días, respondí con una sonrisa. Aterrada.
*
Salí a la cocina que estaba fuera de casa, traje una taza con café, una cucharita y el pan que el señor P me había dejado para desayunar. Estaba aún con el uniforme gris de la escuela. Regresé al gran salón casa, conté mentalmente las cucharadas que debía tener el sobre del veneno para ratas. Debían ser como treinta. Será suficiente, me dije.
Esta es Esperanza, su nueva compañera viene de Piura, y deben ayudarla a ponerse al día, levantó muy alto la voz la maestra para presentarme. Y casi al mismo tiempo que terminó su última palabra, desaparecí para ella. Me ubiqué hasta atrás del aula, muy cerca de los basureros. Las miradas curiosas de mis compañeros me dolían, sus risitas me atravesaban. Apenas tomé asiento, las lágrimas se arremolinaban, mi pupitre se hacía inmenso, yo me hundí en él, me sentí perdida ahí. Pero esto solo era el presagio de lo que sería convivir con esos seres crueles, que sin conocerme, me obsequiaron su repulsión inmediata, dicen que existe el amor a primera vista, en mi caso fue el asco. Y cada día fue peor, nadie me llamaba Esperanza, menos Cari (cuanto extrañaba ser Cari), era la gorda piurana. La gorda pobre, piojosa, hija de la mujer de la cabaña que apestaba a cerdo, a la que nadie se acercaba porque decían que provocaba arcadas. Pero para ellos, yo no solo no era la gorda inmunda, sino además opa, y es que desde que llegué, casi no hablaba, me creían imbécil. El pavor que sentía era mayor a todo, se tragaba mis palabras. No lograba soltar más que monosílabos ante cualquier pregunta, y aun cuando luchaba contra eso parecía que siempre estaba a punto de llorar. Hasta la profesora una vez cansada de mí, me dijo, si no pones de tu parte voy a recomendar a que te pasen a la escuela de los retrasados, dando pie a la gran risotada de toda la clase. Cuando la maestra se dio cuenta de que sus pensamientos los había dicho en voz alta, intento acallar la burla que me hacían, pero ya era tarde, era como si cada uno de mis latidos se convirtieran en los latigazos de ortiga que mamá me daba cuando me equivocaba en sus indicaciones.
Muy pocas personas me dirigían la palabra, una de ellas era Juan. A diferencia del resto, Juan no me miraba con asco o desprecio, solo traslucía lástima hacia mí. Ya era algo. Él y yo teníamos casi la misma ruta, y nos acompañábamos gran parte del trayecto de la escuela a la casa. Juan vivía al otro lado del sendero, donde aún es verde. Aunque casi nunca me hablaba, me reconfortaba que él no me evitará, e incluso me gustaba pensar que le agradaba mi compañía. Juan era tímido, hablaba muy poco y a veces hasta tartamudeaba, era hijo del carpintero, había aprendido el oficio, así que cuando alguien necesitaba que le repararán algún mueble, a veces incluso hasta la carreta, acudían a Juan, pues sabían que él no sabía decir no, por eso no le molestaban. Nos hicimos amigos en silencio. El último día antes de las vacaciones de medio año, cuando retornábamos a casa, antes de que el sendero nos separará a cada uno, me acerqué y le dije, toma, levanté la mano que la llevaba hecha un puño desde que salimos de la escuela, le entregué una figurita de arcilla que tía me había regalado en unos de mis cumpleaños. La verdad no sé por qué lo hice, tal vez solo quería agradecer que, aun cuando no lo supiera, era mi amigo. No quise ver como recibía la figurita, seguí caminando sin voltear y sin decir nada más. Cuando volvimos de las vacaciones, Juan ya no volvió a caminar conmigo.
*
Me senté en el gran tablón que hacía de mesa, puse lo que sería mi desayuno sobre esta, probé el café estaba amargo y frío. Me toqué el vientre, está duro, pensé. Valió la pena ser tan gorda, sonreí sin ganas.
El Señor P. me daba miedo. Mamá no lo sabía, pues siempre andaba ocupada en el chiquero, o yendo a buscar comida para los cerdos, o a la caza de clientes para venderlos. Cuando llegué el Señor P. se portó muy amable conmigo, más que mamá incluso. Me decía Esperancita, y lo odiaba. Cuando mamá me mandaba con él al pueblo, a comprar las provisiones, buscaba siempre hacerme conversación, y me decía Esperancita, ya tienes novio, Esperancita no vayas hacer caso a los chicos, Esperancita aunque estés gordita, estás muy bonita. Y lo odiaba más. La primera vez que sentí su aliento a podrido, sentí que me iba a desmayar, pero no podía hacérselo notar. Me acostumbré. A todo se acostumbra uno, me decía tía. Y no era cierto.
Sentada frente a la mesa, removí el café con la cucharilla lentamente, mientras recordaba los consejos de tía, no confíes Cari, los hombres son diablos y tú muy ingenua. Pero ya era tarde, había pasado más de cuatro meses y mi vientre por dentro crecía, no soportaba más los dolores, el miedo, el asco que por mi sentía. Tomé el primer sorbo, luego el segundo, luego el tercero, recordé el calendario que me vigilaba con sus días muertos desde que llegué. Es hora de soñar.
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