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Los tres hombres (Capítulo 6)

Lo hice. Sentí calidez en la entrepierna. No sabía si estaba adentro o afuera, solo comencé a moverme, mientras ella seguía contando como tres hombres la habían domeñado en esta misma habitación. Empezó a gemir, a gritar, mientras le apretaba el cuello por inercia, sin pensar.

David Vidal
06 de noviembre de 2025
15 min de lectura
¿Qué tienen en común la Ciudad y Los Perros, Pantaleón y las Visitadoras, Los inocentes, No se lo digas a nadie y el Sexto? Aparte de que ocurren en Perú, y fueron escritos por peruanos, hay un tema que pulula entre una y otra obra. Explícita en algunas, y subrepticia en otras. Una labor que primero fue religiosa, aceptada, hasta regulada y, con el pasar de los años, envilecida y hasta despreciada, pero no por ello, eliminada. ¿Ya adivinaron a cuál me refiero? De seguro sí. Es a lo que iban los cadetes del colegio Militar Leoncio Prado como parte de su iniciación masculina. Es a donde fue Joaquín, acompañado de su padre, a probar su hombría. Son las visitadoras que acudían a los recodos más alejados de la amazonía a dar nuevos aires a los valientes soldados. Se los digo de una vez: las putas. Las Escorts. O, para los entendidos, las kinesiologas, ¿no, estimado parroquiano? ¿Qué de llamativo, de sensual, de alucinante tiene este antiguo oficio, ahora azotado por el látigo moral, de esos que juzgan porque pueden hacerlo, pero que piden a viva voz legitimar su discurso? Yo nunca pertenecí a los paladines de la moral, pero legitimaba su discurso. Miraba con tapujos la labor de las damas de la noche, a una distancia segura, y bastante crítica. Miraba con asco a los que iban a por sus servicios. Miraba con desdén a mis conocidos que no escatimaban detalles al momento de contar sus historias puteriles. Miraba, y solo eso. Solo miraba. Y ahora mírenme. Ya voy por la puta número 10, pero del presente año. Es como una adicción insana a la que ahora me entrego alegremente. Y con fe llegamos a la número 20. ¿Qué tiene de meritorio? Nada, supongo. Solo, tal vez, que ahora entiendo la fascinación de tantos autores por este tema. Entiendo el porqué muchos escriben sobre ello. Y no es por placer. Es por las historias. Uno se impregna de ellas, sin querer. Mira rostros desconocidos, aspira aromas frutados, y besa labios ajenos y, si eres atento, descubre historias impensadas, fascinantes. Y, si tienes más suerte, uno puede hasta las protagonizarlas. Solo por eso, por esas historias, vale la pena escribir de ello. Y entregarse al eros. * Cuando me llegó el correo de los puntajes del tercer reto tuve miedo. No estaba seguro de si mi texto había sido lo suficientemente bueno, honesto, o ambos. Tenía mis dudas, pero también mis certezas. Había descrito tal cual lo acontecido, con algunos matices, algunas ligeras bifurcaciones, pero los relatos eran verídicos. Y si Jonás había escrito sobre la última experiencia, el jurado podría corroborar la verosimilitud de mis historias. Hice clic. Respiré hondo. 74/100. ¡Eureka! Nada mal. Mediocre, mucho menos que Jonás, de seguro, pero nada mal. Estaba por buen camino, ahora ya muy lejos de esos 57 puntos del primer reto. A estas alturas no recuerdo con certeza el cuarto y el quinto reto, solo que fueron relatos simples a partir de imágenes muy similares al segundo reto (el de la puerta entreabierta). Obtuve puntajes mediocres, alrededor de 70 a 75 puntos, nada memorables. Pero del sexto reto no me olvidaré jamás. Ten sexo con alguien desconocido(a), págale por ello y crea un relato de la experiencia (de entre 1800 a 2200 palabras). Si se detecta que fuiste insincero se considerará como si no hubieras enviado el texto. Idioma: cualquiera. Plazo: 72 horas. Me quedé helado al leerlo. ¿Por qué tal reto? ¿Con una desconocida, o desconocido? ¿Y si se me pegaba algún bicho? No, este no era solamente un reto de escritura, también querían verificar si tenías las agallas de hacer lo que fuera necesario para escribir. Pero, espera un momento. Tener sexo con una desconocida y pagarle por ello no sonaba tan extremo. Eran las prácticas que solían hacer mis amigos, mis colegas, hasta mis jefes. No era difícil para los estándares actuales, para nada. Lo era para mi, que no había vivido. Lo era para alguien que no había querido ni tenido las intenciones de experimentar, de lanzarse al placer, de abrazarlo, olerlo, mirarlo y analizarlo. Estaba jodido. Pensé en Jonás, en esa noche en la que me invitó a tomar los servicios de la amiga de esa prostituta. Me vi arrinconado, tuve que elegir. Pero, había otra pregunta: ¿hombre o mujer? Jonás me gustaba, pero era el único hombre por el que sentí algo. Nunca había tenido enamoradas, pero sí, sí me atraían las mujeres. En especial las actrices porno, protagonistas de los videos que tanto veía, a la par de mis lecturas. ¿Por qué entonces, si veía porno, no había sido capaz de finiquitar el acto aquella vez? No sabía, no lo entendía. No eran mis tapujos, ni mis valores, ni mis buenas costumbres. Era el miedo, solo eso. Tomé una gran bocanada de aire y me puse a buscar antiguos chats, a recordar aquella vez, cuando casi concreto un servicio. * Cuando literalmente me escapé de la casa de Jonás no pude sino caminar, sin sentido, por barranco. Fui a ver el mar, las olas, a respirar el aire que también él respiraba, para verificar si era solo eso el ingrediente que me faltaba. Cualquiera habría aceptado la invitación de follar con esa mujer desconocida. Era eso, un polvo gratis, y lo había rechazado. Estaba seguro de que Jonás, ahora sí, presentía que era maricón. Tomando en cuenta su homofobia, era más que seguro que iba a dejar de hablarme, de considerarme su amigo. Pero, ¿es que no se daba cuenta de que me moría por él? Pero, no solo eso, era el único hombre por el que alguna vez había sentido atracción. No lo comprendía. ¿Era admiración encubierta? ¿O era maricón? Mierda, tenía que demostrarle que no, que no era maricón. Más que a mí, a él. Vi mi reloj, ya habían pasado dos horas, nada podía hacer. No creía que Jonás todavía estuviera con esa chica, ni mucho menos que me contestara. No. Opté por escribirle, solo eso, y pedirle el número de esa mujer a la que no tuve el gusto de follar. Me respondió al día siguiente. Me envió un audio en el que se le escuchaba entre feliz y aliviado. Me dijo que al salir de su cuarto me había buscado y que pensaba que me había disgustado la chica, y que ella creía que yo era maricón. Tragué saliva. Le respondí que la chica de esa noche no me agradó, y tampoco sus comentarios, pero que sí me interesaba contactar con su amiga, si todavía se podía. Me dijo que sí y en menos de cinco minutos ya tenía en mis manos el número de aquella desconocida. Dile que yo te recomendé, me escribió Jonás. Yo la conozco bien, si me entiendes, recalcó. Coordiné con ella. Karina, se llamaba. Fue bastante amable, muy asertiva. Quedamos en un servicio en la noche en su departamento. Fui temeroso, con una gorra y lentes de sol (sí, así de absurdo). El portero me pidió mis documentos y subí por el ascensor. Me ví en el espejo. No me gustó mi reflejo amarillento, en tono sepia. Parecía menor, pero no por ello más sano, todo lo contrario. Toqué su puerta. Esperé. Conté: uno, dos, tres, y recuerdo que llegué hasta 10 cuando sonó el pestillo y se abrió. Allí estaba ella, vestida con un bikini morado. Tenía el pelo largo, castaño y lacio. Sus ojos se encontraban maquillados y su mirada destilaba lascivia. Me invitó a pasar, y es allí que la vi caminar. Tenía buenas caderas. Sus pechos eran turgentes, parecían dos cabezas de bebé, expuestos a cualquier caricia. Su cintura era estrecha, aunque algunos rollos se asomaban por el vientre. Tal vez había sido madre, quién sabe, igual no quería preguntar. A eso no había venido. Me invitó a sentarme. —¿Cuánto vas a querer, cariño? —Una hora, por favor. Le pagué. Traté de conversar con ella. —¿Conoces a Jonás? —Sí, claro, el que me la mete por detrás —y Karina se rió. Me demoré un poco en entender el chiste. —Él mismo—repuse alegremente. —Claro, es viejo cliente. Me contó que la otra vez estuvo a punto de llamarme—hizo una pausa y me mostró sus pechos. Los acercó.—Me contó también que querías un servicio conmigo. Me dijo que no te decepcionara. No dije nada. Retrocedí un poco sin darme cuenta. —No temas, que no muerdo—se desprendió de la poca ropa que todavía tenía puesta—vamos, ¿qué esperas?¿O quieres esto? Tocó mi entrepierna con una mano. Me levanté al instante, agitado. Por más que su cuerpo me atraía, no me sentía bien, me palpitaba el pecho, respiraba agitado, mi boca estaba reseca. La vi en la cama, con expresión de confusión en los ojos. —¿Estás nervioso, bebé? —S…sí. Es, es mi primera vez. —Tranquilo, respira. Déjame que te traigo agua. Se fue de la habitación. Me quedé ensimismado sobre la cama, disminuido a mi más mínima expresión. Traté de respirar lentamente, pero no funcionaba, me sentía agitado. La sensación era similar a cuando rendí el examen de admisión a la universidad. ¿Qué me estaba pasando? ¿Era esto también un examen para mí? —Toma, cariño. Bebí toda el agua. —Gracias. —Cuéntame, ¿qué te pasa? —Es que, es que no me siento bien. No sé, de repente es el día, el estrés, no sé, pero no me siento bien. —Entiendo. ¿Quieres que te baile? ¿Te masturbo a ver si se te para? ¿Te la chupo? —No, no. Solo, solo quiero que no le cuentes esto a Jonás, por favor. —Entiendo… —Sí, por favor. Solo, no le digas, si puedes… Sonrió. —Le diré que follamos como locos, no te preocupes. Que me la metiste por la boca, por la flor, que hicimos la del perrito y la del pollito tomando agua. Ambos reímos. —¿De veras harías eso por mi? —Claro, cariño. Yo siempre finjo, no me va a costar nada fingir una historia así. Aparte, me caíste bien. Eres bastante caballero. —O tímido—sonreí. Ella también. —En cualquier caso, no te preocupes. —Gracias. Me levanté. —¿Ya te vas? —Sí, no creo poder esta vez, la verdad. Es triste, estás muy bien, solo que, no sé. Hoy no puedo. Se levantó de la cama, todavía desnuda. —Espera un momento, cariño. Se retiró de la habitación y volvió un par de minutos después. —Toma tu vuelto. —No…no entiendo. —Recién pasaron veinte minutos, cariño. Me pagaste por una hora. Le agradecí infinitamente. Fue un gesto inesperado. Caminé hacia la salida, con una mezcla entre malestar y alivio. Voltee a despedirme. —Espero vuelvas, cariño. Aquí te espero, para cuando estés listo. Te trataré bien, como hoy, ya verás. —La contactaré de nuevo, eso se lo aseguro. Y me retiré de su edificio. A los dos días Jonás me escribió para felicitarme por mi gran desempeño. Le agradecí a Karina por el detalle. Me respondió que esperaba con ansias volver a vernos y concretar lo que no pudo ser. No supe qué responder. Por suerte, guardé su contacto. Nunca sabes cuándo vas a necesitar de alguien. * Habían pasado dos años desde la última vez que la había escrito. Tuve miedo de que tal vez hubiera dejado de trabajar de escort, pero no, todavía seguía activa. Me sorprendió de que todavía me tuviera guardado entre sus contactos. Claro, te recuerdo, el amigo de Jonás, me respondió. Su nuevo departamento se ubicaba por la pacífico, entre San Isidro y Lince, cerca de una avenida transitada. Esta vez fui sin indumentarias de más, solo con mi ropa habitual y el efectivo. Ingresé al edificio y, de nuevo, me vi reflejado en el ascensor. No me vi diferente. Seguía siendo el mismo chico que hacía dos años la había visitado. Mi corazón palpitaba fuerte, zapateaba ansioso y rechinaba los dientes. Seguía siendo el mismo. Mi mirada todavía atenazaba la inocencia de un puberto, la experiencia de un inexperto. Este era un examen, e iba a reprobarlo. Qué importa, pensé, aún así lo repruebe tengo que contarlo. Caminé por el pasillo, mis pasos retumbaban en las paredes. Casi no había ruido. Me detuve. Frente a mí estaba el departamento. Respiré hondo, tragué saliva y toqué el timbre. Esta vez no tuve que contar hasta 10, pues Karina me abrió al instante, como si me hubiera estado esperando detrás de la puerta. Su cuerpo parecía el mismo. Tenía una bata oscura con una apertura en medio que permitía apreciar un par de prominentes pechos, más grandes y turgentes que como los recordaba. Su cuello tenía más arrugas. Su pelo estaba recién laceado, pero un par de canas bailaban sobre su frente. Me sonreía juguetonamente. Le devolví el afecto, me acerqué a saludarla, pero ella se adelantó y compartimos un pequeño beso. Me sorprendí, solo la miré con una sonrisa. Ella también, pero había algo en esos ojos, algo que no podía ser dicho pero que se sentía. Los años, las malas noches, la vida, todo en conjunto habían alterado la mirada libidinosa de la vez pasada. Parecían cargados, como nubes de tormenta. Me invitó a entrar a su cuarto. Le pagué por una hora. Ponte cómodo, me dijo, y desapareció un instante. Me senté, vi el espejo, las cortinas blackout, un paquete de condones, y una pequeña lámpara con una tenue luz sepia. Escuché el retumbar de sus tacos, apareció vestida con un bikini transparente. Puso música y empezó a bailar sensualmente. Todo en ella destilaba sexo, todo, menos sus ojos, que parecían tristes. Se quitó la ropa, se acercó y me invitó a desvestirme. Lo hice. Se acercó, nos empezamos a tocar y me invitó a acostarme. La vi espléndida, sensual, irresistible. Con un rápido y certero movimiento me tocó la entrepierna. —¿Nervioso de nuevo, cariño? Tragué saliva. Mi boca se empezó a secar, mis latidos se acrecentaron. Tuve sed. Mucha sed. Demasiada sed. Me besó y empezó a manosearme. Sus manos estaban calientes, su aliento también. Sentí sus resuellos, y el crepitar sensual de su piel sobre la mía. Empezó a gemir, poco a poco, mientras acariciaba a mi soldado dormido. —¿Qué pasa? Cuéntame, ¿es el estrés de nuevo? No dije nada. Solo la miraba, confundido. Podía incluso escuchar mis latidos. Ella sonrió. —¿Quieres que te baile? ¿Que me masturbe? Se empezó a tocar. Sus gemidos acompañaron el retumbar de mis latidos. —No…no sé. Me siento…nervioso. —¿Y qué sueles hacer para excitarte?—dijo ella, mientras se tocaba. Lo pensé por un momento. Me vi al espejo, me recordé que estaba desnudo. Sentí frío. —La verdad es que soy virgen. Solo me he tocado viendo porno. —Es eso cariño. Mucho porno, eso te pasa por ver mucho porno—respondió Karina, mientras sonreía con ojos cansados. Solo asentí, con pena y decepción. Una de dos, pensé: o pornero o maricón. Sea cual fuera el caso, el resultado era el mismo. Se acercó, sensual, al oído. —¿Quisieras que fuera tu actriz porno? No entendía. Solo sé que esas palabras, ese tono, algo en esa frase gatilló algo dentro de mí. —S..sí. —Entonces seré tu actriz porno. Dime, ¿qué quieres que haga?¿O prefieres que te cuente alguna de mis aventuras? No sé por qué, pero empecé a excitarme. —Quiero que…quiero que me cuentes tu experiencia más loca. Sonrió. Agarró mi mano y se la puso en el cuello. —Un día, alguién me cogió del cuello, me embistió allí en la cama. Luego vino otro, y otro más. —To…¿todos a la vez? —Sí, sí. Y allí, en esa esquina, me la metieron por todos los huecos, fuerte. Aprieta, ¡más fuerte! Apreté la mano. Estaba excitado. Poseso por una fuerza exógena que no comprendía. —Y me agarró así, del cuello, me la metieron por la boca, el culo y la flor, al mismo tiempo. Aquí, en la cama, allí, en la esquina, y… Mi brazo se movió por instinto. La tumbé en la cama y me abalancé encima. Me la empezó a chupar, lento, suavemente, luego aceleró. Me empecé a sentir incómodo otra vez. Se lo saqué de la boca. —Sígueme contando, sigue contando… —Me agarraron entre los tres, y yo gritaba, gritaba. —¿Te gustaba? —Sí, sí, me encantaba. Sudábamos, pero no nos importaba, seguían reventándome… Me volvió la excitación. Me colocó el preservativo. —Vamos, métemela—y puso mi mano en su cuello—mételo, como esos tres. Lo hice. Sentí calidez en la entrepierna. No sabía si estaba adentro o afuera, solo comencé a moverme, mientras ella seguía contando como tres hombres la habían domeñado en esta misma habitación. Empezó a gemir, a gritar, mientras le apretaba el cuello por inercia, sin pensar. Me ví al espejo. Mi reflejo no era yo. Mis ojos, mi cuerpo, eran míos, pero mis movimientos y mi mirada, los de otro. Continué, le pedía gritar más fuerte, que continúe su historias. Ella trataba, pero su relato emergió salpicado por gritos, gemidos, y tropiezos. Empecé a descontrolarme, más y más, hasta que un estremecimiento crispó mi cuerpo y el suyo. Volví en mí, mi mano se encontraba en su cuello, apretándola. La solté, le pedí disculpas. Ella solo sonreía, mientras se aclaraba la garganta. —Al fin, cariño… Yo solo respiraba, agitado. Sentía una sensación inexplicable por mi cuerpo que me hizo recordar a cuando ingresé a la universidad. Había pasado mi examen de hombría, lo había hecho, por fin…y con una mujer. —Bueno, te veo contento—dijo Karina, sonriendo. —Es que nunca había…tu sabes. —Si, cariño, lo sé. Bueno, ahora ya dejaste de ser pito. —Por fin. Me miró con sus ojos cansados. —No es tan malo ser pito. A ustedes les duele, pero para nosotras es lindo. Es, es excitante cuando nos toca alguien así. La miré con extrañeza. —¿No les da pena alguien que es virgen? —No, para nada. Perder la virginidad no es un mérito. Por lo menos, para una mujer, no lo es. —¿A los cuántos años lo perdiste? Se miró al espejo. La vi triste por primera vez. —A los catorce—respondió. —No es la gran cosa. Hubiera…hubiera preferido guardarlo para alguien especial. Me quedé en silencio. Ella también. —¿Y esa primera vez..? —Ya te conté. Entorné la mirada. —No recuerdo, no creo… —Sí—volteó a verme a los ojos—la de los tres hombres. Esa fue mi primera vez. Sentí vergüenza. Sentí su mirada, lacerante. Dejé de verla a los ojos, no podía. —Yo…yo, no, no… —No te preocupes—dijo.—No sabías. —Lo siento. Nos quedamos en silencio, desnudos. Levanté un brazo e hice un amago de un abrazo. Se levantó de la cama y fue a ver su reloj. —Casi llegamos a la hora, cariño. —Gracias. De veras, no… —No tienes que pedirme disculpas. Solo, eso si, deja de ver mucho porno, por favor—y su sonrisa pareció retornar del más allá, pero su mirada no. Nos despedimos con un beso. No sabía si iba a volver, pero le dije que lo haría. Cuando llegué a mi casa escribí el relato. Salió de golpe, sin mucho esfuerzo, no fue necesario ensalzar mis palabras, ni escogerlas. Hice un relato crudo, Bukowskiano, sin remilgos, sin lisonjas. Solo escribí, y me sorprendí excitado mientras recordaba, una vez más, la historia de los tres hombres.

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