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El niño bajo el árbol
Con todo planeado me traje una linterna, me tire por la ventana y me fui al bosque… Algo que noté apenas entré fue que los árboles no eran tan gruesos sino eran extrañamente delgados. Como lo planeado fui marcando el camino con piedritas. A medida que avanzaba, más gruesos los árboles resultaban.
Fernanda Zanabria
27 de enero de 2026
7 min de lectura
Mi historia empezó un lunes, el peor día de la semana. Acababa de regresar del colegio y como no tenía mucho que hacer entonces me asome por la ventana. Todavía llevaba el uniforme puesto, la camisa un poco arrugada y las zapatillas llenas de polvo. Estaba exhausta y aburrida; no tenía una gran vista del mundo exterior desde mi ventana del cuarto. Solo había unas casas cuyos dueños se fueron de vacaciones.
Un recuerdo que tengo desde que tuve memoria fue que a la izquierda de mi casa había un bosque. Siempre había estado ahí, como parte del paisaje de mi vida. Parecía un bosque sacado de película, de esos oscuros y tenebrosos y de los que si entrabas eran tan silenciosos que podrías escuchar el zumbido de una mosca. Tenía unos 9 años ese día y sentía una curiosidad enorme e insaciable hacía el bosque. De un momento a otro supe que quería ir ahí. Yo era una buena niña, siempre obedecía y ayudaba a todos. Cuando le dije a mi madre acerca del bosque y que quería acercarme, su mirada cambió totalmente.
“¡Natalia, el bosque es muy peligroso! Te puedes perder si es que vas ahí… ¿Tienes idea de cuantas personas desaparecen por culpa de los bosques? Te prohíbo que vayas.”
Como antes mencionado, soy una buena niña y hago mi mejor para no decepcionar ni desobedecer a mi madre. Lo que ella dijo de hecho me convenció, me mantuvo alejada del bosque físicamente. Pero no mantuvo mi mente alejada de las preguntas y del urge de explorar el bosque. Ese mismísimo día lo decidí. Iba a explorar el bosque.
Antes de entrar al bosque me detuve a pensar. Mi madre estaba correcta en algo: Me podría perder. Por eso intenté buscar una solución, pensé y pensé y al final recordé. En el cuento de Hansel y Gretel ellos al principio marcaron el camino del bosque hacia sus casas con piedritas. Eso fue hasta que su madrastra les quitó las piedras. ¡Podría hacer lo mismo!
Mi mamá estaba ocupada limpiando la casa, era mi oportunidad. La ventana de mi cuarto estaba alrededor de como un metro y medio sobre el piso así que no me podría lastimar al saltar. Con todo planeado me traje una linterna, me tire por la ventana y me fui al bosque… Algo que note apenas entre fue que los árboles no eran tan gruesos sino eran extrañamente delgados. Como lo planeado fui marcando el camino con piedritas, a medida que avanzaba, más gruesos los árboles resultaban. Llegó un momento en el que los árboles eran tan gruesos y frondosos que hubiera sido imposible encontrar el camino de regreso si es que no fuera por las piedras. Caminé y caminé por árboles y más árboles, hasta que mis ojos se percataron de algo diferente…
Pensé que era la única en el bosque, pero al parecer no. Había un árbol distinto a todos, era un pino, más alto y recto que los demás. Y en el pino había un niño sentado…
-Hola – dijo, con una voz como si ya me conociera.
-Hola… – respondí, sinceramente estaba dudando si debería hablar con un extraño como él.
-¿Cómo te llamas? – me preguntó
-Natalia – dije, un poco nerviosa
-Yo me llamo Mateo – dijo, Mateo
-Te has tardado bastante – añadió
Abrí mi boca para hablar, pero las palabras no salían de mi boca así que la volví a cerrar. Quise hacer demasiadas preguntas: ¿Por qué me hablaba como si ya me conociera? ¿Por qué me dijo que tarde bastante? ¿Por qué estaba en el medio del bosque sentado? ¿En dónde vive? Finalmente me decidí a hacer una pregunta.
-¿En dónde vives? – pregunte curiosa, ¿Que me podría responder?
-Aquí por supuesto
-Mi mamá me dijo de que era peligroso estar acá… – dije tartamudeando un poco
Esta vez Mateo no respondió, pero se limitó a sonreír. Era una sonrisa, que no se vio forzada. Se vio genuina.
Hubo un silencio incomodo que duro como unos 6 segundos y en ese momento fue la primera vez que desee estar en casa. Me quise dar la vuelta para irme, pero Mateo me detuvo.
-¡Espera! ¿Vas a volver? – exclamó ansioso
Me tomé un rato a pensar, pero cuando lo vi, algo dentro de mi respondió por mi:
-Si… – respondí dudando mientras me iba
-¡Entonces, hasta luego! – me grito Mateo a lo lejos
Al día siguiente y luego al siguiente de ese día fui a visitarlo. Se convirtió en mi rutina regresando del colegio. Seguimos así por una semana hasta que la siguiente semana al regresar del colegio me dirigí a la ventana para saltar. Cuando salté de la ventana miré por todos lados… No vi ningún bosque. ¿Qué habrá pasado? Mi mamá estaba cocinando, decidí acercarme a ella y preguntarle por el bosque.
-¿Mamá donde está el bosque? – le pregunte exaltada
-¿De que hablas cariño? Nunca hubo un bosque…
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