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Debías

Un calor sofocante te invade de inmediato, tu respiración se acelera, tu cuerpo se encorva y tensas la mandíbula, como si hubieras cometido el peor de los pecados. Das un puñetazo a la mesa. Respiras profundamente; cambias de app y entras a ver vídeos para distraerte con el scroll infinito. Abres una bolsa de papitas Lays y te la devoras.

Valeria Sandoval
22 de febrero de 2026
16 min de lectura
Sentías un frío que te calaba los huesos y la humedad te arrancaba estornudos; el invierno no perdonaba. Estabas harto de hacer siempre lo mismo: de seguir órdenes alejadas de tus principios en pro del crecimiento de la empresa. Por eso te independizaste. Te lo repites todo el tiempo. Sobre todo hoy, mientras tamborileas tus dedos en el escritorio de madera, y miras por la ventana las pompas de algodón grisáceas que se yerguen como sombras sobre tu improvisada oficina. Ya perdiste la cuenta del tiempo que no sales de tu departamento por estar trabajando. El chillido de la tetera que pusiste hace diez minutos rompe tu ensimismamiento. Te levantas de un salto como si el pitido fuera una llamada de atención a tu tiempo muerto y observas a unos cuantos metros la libertad de Bojo, durmiendo patas arriba en su cama mullida. ¿Es feliz con solo dormir, jugar y comer? No hay duda. Esbozas esa clase de sonrisa que denota que no encuentras las palabras para explicar una emoción que grita dentro tuyo “aquí estoy”. ¿No se suponía que trabajar de manera independiente y remota era sinónimo de libertad? Sientes un fuego en el estómago y una piedra pesada en la garganta, esas claras señales de tu cuerpo que somatizan contradicción. ¿O es que solo has dormido tres horas hoy? Entras a la cocina y apagas la tetera, mientras percibes apenas el calor del vapor en tus manos. Miras a un punto fijo del estrecho espacio blanco y tus mejillas empiezan a mojarse. ¿Estás llorando? Secas los riachuelos de tu rostro. Tomas el móvil. Lees las inquietantes burbujas verdes: el mar de notificaciones con las respuestas a las cincuenta y dos conversaciones que habías iniciado sin mucho entusiasmo hacía dos horas. “Hola, América, ¿a qué te dedicas?”, “Hola, Carlos, ¿hace mucho ofreces psicoterapia?”, “Hola, Cristina, ¿tienes problemas con tus sesiones?”. Saludos idénticos. Preguntas calculadas. Una respuesta te sobresalta: “Hola, Paolo. Estoy harta de que finjan tener interés en mi trabajo para luego venderme algo. Mi tiempo es oro y tú lo estás desgastando con mensajes vacíos e insistentes. No me interesa trabajar con alguien que tiene métodos superfluos para acercarse a las personas. Por favor, deja de escribirme y haz algo que de verdad agregue valor”. Un calor sofocante te invade de inmediato, tu respiración se acelera, tu cuerpo se encorva y tensas la mandíbula, como si hubieras cometido el peor de los pecados. Das un puñetazo a la mesa. Respiras profundamente; cambias de app y entras a ver vídeos para distraerte con el scroll infinito. Abres una bolsa de papitas Lays y te la devoras. Vuelves al trabajo. Tienes que contestar las conversaciones pendientes de acuerdo al script, aunque percibas que todo ello son anzuelos disfrazados. ¿De cuándo acá te cuestionas eso? Solo quieres que te respondan; lo único que te interesa es abrir una conversación para vender tus servicios y ganar dinero, ganar al menos algo de lo que percibías cuando trabajabas para esa empresa a la que renunciaste. ¡Qué egoísta eres! Chasqueas con la lengua y agitas la cabeza, como queriendo quitarte esas ideas que te invaden y te impiden avanzar con el trabajo autoimpuesto. Pero no lo logras. Estornudas. Dejas el móvil boca abajo en la diminuta mesa de plástico de la cocina y das unos pasos hacia la sala, arrastrando los pies, para buscar en el estante la cajita de cartón azul; la sacas con delicadeza, sientes su rigidez, pero a la vez percibes tranquilidad. Extraes un incienso de ella y lo enciendes, contemplando cómo la llama del fósforo titila con dificultad, como si fuera a apagarse en cualquier momento sin necesidad de soplarla. El olor a palo santo te devuelve la respiración pausada, pero no seca la humedad de tus manos. Vuelves a la cocina por tu móvil. Todo se ve tan rígido y monótono, empezando por los electrodomésticos que siempre están en el mismo sitio sin espacio para cambiarlos de lugar. ¡Pobres! “Finge interés; sígueles la conversación y nutre sus puntos de dolor metiéndoles el dedo en la llaga. Luego véndeles tu programa”. Palabras del gurú. Era muy sencillo para ti… ¿o no? Siempre has sabido conversar. Conversar de verdad. Pero esto es distinto. Aquí hay una intención que te raspa por dentro: vender de la nada fingiendo interés. No te sientes honesto. Cierras los ojos. El pelaje de Bojo roza tu pierna: una caricia al alma confusa. Tus labios se mueven ligeramente hacia arriba. Paz por diez segundos. ¿Es esta la única forma de monetizar tu mentoría de negocios? Si no quieres invertir mil dólares mensuales en publicidad, sí, dijo el gurú. ¡Carajo! Otra vez siguiendo órdenes. ¿Para qué renunciaste a tu trabajo entonces? Nada tiene sentido. Estornudas. Lees las respuestas en tu móvil: “Hola Paolo, hago psicoterapia cognitivo-conductual. Te dejo mi número 986473230 para que me contactes si necesitas ayuda. Con cariño - América”. ¡Mierda! ¿Cómo se contestaba eso? Te diriges a tu escritorio y abres tu Macbook; encuentras el archivo con las respuestas “idóneas”, pero ninguna para este caso. ¿Cómo debes seguir la conversación para llegar a la maldita venta? Cierras tu laptop. Das un largo suspiro. Acaricias a Bojo que te había seguido en tu ir y venir desesperado y desganado y confundido y estresado. Miras el viejo reloj de pared que sigue funcionando con las pilas de hace tres años. Han pasado más de noventa minutos desde que esos desconocidos te respondieron. Debías haber contestado máximo en cinco minutos. Debías haber seguido la conversación según las pautas. Debías haber insistido. Debías haber cerrado ventas que aún no se dan. Debías, debías, debías… ¿En qué momento los “debías” reemplazaron a los “querías”? El pequeño departamento se hace aún más diminuto. Solo existes tú y tu móvil que no para de sonar. El tic tac del reloj se convierte en protagonista de tu ridícula realidad y te recuerda que la vida sigue andando, y no haces nada por ella. Continúas siguiendo órdenes de gurús, de clientes, de tutoriales, pero nunca tus propias órdenes internas. Estornudas. Abres la conversación de América, agregas su número a tus contactos y le escribes por WhatsApp: “Hola, América, soy Paolo. Me comuniqué por Instagram y me compartiste tu número. Estoy interesado en tener una sesión de psicoterapia contigo”. A la mierda los scripts de los gurús. No tienes por qué impostar un interés solo para llamar la atención e intentar vender tu programa a toda costa. Esto no va con tus principios ni con tu idea de libertad. “¿Cómo te va, Paolo? Cuéntame en qué te puedo ayudar”. No pensaste que respondería tan rápido. Sus palabras se repiten como un eco incesante dentro tuyo. ¿Qué le debes responder? Recuerdas que hace unos años continuar una conversación era sencillo, pero ya te olvidaste de hacerlo sin las frases clichés de venta. Respira. Concéntrate. Olvídate de las recomendaciones y fluye. —América, me siento atrapado en mi mente. Renuncié a mi trabajo dependiente para emprender, y ahora estoy más preso que antes. Siento que no soy fiel a mis principios y eso me causa angustia —escribes una letra por cada seis segundos. —Entiendo, Paolo. Agendemos una sesión para mañana a las 10:00 am. ¿Te acomoda? —al leer esto, pierdes el color del rostro. ¿Habrás cometido un error? Dudas en responder. —Sí, está bien —pulsas el triángulo de Enviar y ya está. Todo se ralentiza a tu alrededor. —Nos vemos mañana, Paolo. Te quedas en silencio sentado en una silla de plástico con Bojo a tus pies mirándote. Es la primera conversación real en semanas. Bajas la mirada. Frunces el ceño. Lloras a borbotones por primera vez en años. Bojo lloriquea a tu lado. Lo acaricias. Respiras profundamente. Ya no estornudas. Veinte minutos después, buscas en tu móvil las conversaciones con tu mamá, tu hermana y tu mejor amigo de entre las ochocientas cuarenta y dos con desconocidos. Te das cuenta de que llevas trece días sin saber de ellos. Les escribes, borras las conversaciones con los prospectos, te sientas en el piso con Bojo, lo abrazas y miras por la ventana, esperando tener pronto tu sesión de psicoterapia. Sin scripts. El invierno sigue ahí. Pero algo en ti ya no tirita.

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