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Dos maneras de nadar
Un día de verano, mientras jugaban lejos de los adultos, una corriente arrastró a la mayor. Aunque se esforzaba con sus brazadas estilizadas y rítmicas, solo conseguía remover espuma y exponerse a los golpes del agua. En pocos minutos se sintió agotada, nerviosa y muda de miedo.
Gerardo Cárdenas
09 de febrero de 2026
6 min de lectura
La hermana mayor entró a la piscina en un clavado limpio, como siempre. Apenas perturbó la superficie. En la radio sonaba el reporte del tiempo, pero ella no lo escuchó. Mientras descendía, rodeada de burbujas, recordó lo que le había costado llegar hasta ahí.
Cuando eran niñas, los adultos solían decir que, si veían a una de las hermanas, era porque la otra andaba cerca. Juntas habían aprendido a amarrarse los pasadores, a pintar sus dibujos y a manejar bicicleta. También aprendieron a nadar. La mayor entrenada en un recinto temperado, techado, con un profesor de polo blanco y silbato. En aquellas clases, la hermana menor se aburría. Prefería bucear y esquivar, con los ojos cerrados y los pulmones henchidos, las alborotadas olas del mar.
Un día de verano, mientras jugaban lejos de los adultos, una corriente arrastró a la mayor. Aunque se esforzaba con sus brazadas estilizadas y rítmicas, solo conseguía remover espuma y exponerse a los golpes del agua. En pocos minutos se sintió agotada, nerviosa y muda de miedo. Al borde de la renuncia, vio a su hermana menor acercándose mientras se sumergía entre las olas. Llegó hasta ella, la tomó del brazo y la llevó hasta la orilla. Ese día, la mayor prometió que cuidaría siempre de su hermana. Y que no volvería a nadar en el mar.
Había cumplido su promesa durante 30 años, pensó la mayor mientras avanzaba relajada bajo el sol del mediodía. Llegó al borde opuesto. Descansó unos segundos, en los que captó una voz en la radio. “Pescadores del norte dieron cuenta de oleajes anómalos. Lo atribuyen al Fenómeno del Niño. Y aunque…”. No escuchó el resto porque se sumergió de nuevo en el agua.
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La hermana mayor, contadora y administradora de empresas, sostenía un matrimonio, dos hijas y tres viajes vacacionales al año. También auxiliaba, de vez en cuando, la economía de su hermana menor, quien, convertida en actriz, era vista pocas veces en el teatro, una vez en el cine, nunca en la televisión. La menor hablaba de proyectos con la facilidad de quien puede, llegado el momento, abandonarlos. La mayor la escuchaba, convencida de que la constancia es también una forma de libertad.
Por eso, cuando la mayor supo que ambas habían heredado una casa frente al mar, decidió que sería suya. Para ella, era el lugar perfecto para las vacaciones, además de una merecida recompensa por décadas de apoyo a su hermana. Para la menor, en cambio, la casa era una oportunidad. Podía alquilarla, dictar clases o instalar un taller. No sospechó que la mayor la pediría para sí.
La controversia legal se resolvió rápido. Se dividió la casa en dos. La parte delantera, frente a la playa y donde se ubicaba la piscina, le correspondería a la mayor.
–Ni siquiera te gusta el mar –reclamó la menor, sin alzar la voz, en la calurosa sala de audiencias.
–Pero sí la piscina.
En una esquina, una vieja radio transmitía con interferencias la noticia de que la temporada de lluvias llegaría en tres meses, y que había una alta probabilidad de que sea en extremo intensa, como no se había visto hacía muchos años. La menor giró la cabeza unos segundos antes de volver a mirar a su hermana.
–Entonces quédate con la casa. Ya no la quiero.
Se levantó antes de que alguien respondiera.
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Una promesa de 30 años vale tanto como una de 100, pensó la mayor. Esa certeza la tranquilizó al terminar su rutina en la piscina. Antes de salir, miró el cielo despejado, tomó aire, lo expulsó en un largo suspiro. En la radio alguien comentaba algo, pero a ella no le importó.
Pocas semanas después vino el maretazo. Las olas azotaron la casa durante días. El techo se vino abajo. La piscina se desmoronó y rompió en dos. Sus aguas transparentes se mezclaron con la lluvia y las olas. Como en la desembocadura de un río, atravesaron juntas la playa antes de perderse para siempre en el mar.
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