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Invitación al viaje (Capítulo 5)
Solo sonreí. Me invitó a entrar. Su departamento estaba infestado por una masa etérea, como niebla, flotante. Su sala tenía un bong verde, con una escultura de un alienígena. Me senté en su sofá. Las vibraciones en mi piel me hicieron dar cuenta de que había música en el ambiente.
David Vidal
21 de octubre de 2025
25 min de lectura
¿Te imaginas a Huayna Cápac fumándose un porrito? Bueno, nada cuesta hacerlo, pero la verdad ese crossover nunca llegó a darse. Por esos años existían otras plantas por estas tierras, como la coca, el San Pedro y, la nada despreciable, ayahuasca. Pero con la llegada de los españoles el panorama cambió. Aunque como todo buen cambio, no fue abrupto.
Primero llegó camuflada bajo el soporífero y casposo nombre de cáñamo industrial. Esta inocua y nimia planta fue cultivada a pequeña escala con el propósito de fabricar cuerdas, textiles y redes de pesca. Con el paso de los años se extrajeron aceites con fines medicinales, acorde a las tendencias de los blancos originales (europeos). Luego empezó a utilizarse de forma recreativa, y su popularidad se disparó por el siglo XX, así como su nombre, que empezó a pulular por la boca de admiradores y enemigos: marihuana.
No sé si habrá sido el nombre femenino (la unión de maría y juana), o la competencia descarnada con otras industrias (alcohol, textil, farmacéutica), pero el mundo se ensañó con el antes inocuo cáñamo industrial. La acusaron de ser la puerta de entrada a los demás vicios, el opio moderno, y la propulsora de las locuras más descarnadas.
Esta hierba compuesta de nombres femeninos fue condenada al ostracismo, y aún cuando se la persiguió con vehemencia y, a pesar de la mala fama, algunos escritores hicieron caso omiso. No sé si por rebeldes o simplemente porque escribir es un acto de insurgencia y exploración. Y cualquier prohibición, para alguien que escribe, es una invitación subrepticia a romper con la norma.
La lista no es corta.
Y para prueba, un botón. O, en este caso, varios botones.
¿Uno peruano, como Huayna Cápac? Carlos Castaneda. ¿Alguien más famoso? Julio Cortázar. ¿Más famoso todavía? Bukowski (este no sorprende). ¿Mujer? Simone de Beauvoir. ¿Legendario? Dumas. ¿Que no sea escritor? Sigmund Freud.
La lista es inmensa.
Y no, esto no es una invitación a que te drogues.
Es una invitación al viaje. Pero no al exterior, que cualquiera (con plata) puede. Al interior.
Este es un recordatorio de que alguien que escribe debe de romper algunas reglas, algunos tabúes, algunos tapujos.
Y, más que un recordatorio para el que lea esto, es uno para mí. Que, a pesar de que reniegue de este concurso, de todo lo que tuve que hacer, al fin y al cabo, me dejé llevar.
Acepté la invitación al viaje. Aunque, ¿a qué costo?
Y sí, escribí esto volado. Salió desordenado, pero solo eso.
Sigo vivo.
A diferencia de Jonás.
*
76 sobre 100.
Mierda, vaya progreso. Progrezaso, diría yo.
Nada mal. La clave era eso: el conflicto. Todo se reducía a ello. Y Piglia, por supuesto, infalible, la vieja confiable. Mi sonrisa en el rostro lo decía todo.
Pero abajo del puntaje venía otro mensaje. Un nuevo reto: Drógate, y haz un relato de tu experiencia. Si se detecta insinceridad, se considerará el texto como no enviado. Plazo: 72 horas. Idioma: cualquiera.
El reto me tomó por sorpresa. ¿Realmente tenía que drogarme? El mensaje era claro: no se admiten mentiras. Y una cosa, aparte del conflicto, me había quedado claro de la charla con Jonás: write one true fucking sentence. Otra vez, estaba jodido. Si no me drogaba no había conflicto que contar. ¿O si? La otra pregunta caía de maduro: ¿Valía la pena cruzar esta frontera? Tenía mis dudas. Era un dilema nuevo, y caía en los clichés de historias de literatos y sus ambientes bohemios. Me imaginé escribiendo, drogado, a solas, protegido bajo mis cuatro paredes. Sentí tranquilidad. No, no era el tapujo lo que me impedía cruzar esa frontera, era el miedo. El miedo a lo desconocido. El terror, para ser más exactos. ¿Cómo iba a escribir si me temblaban los dedos ante un reto que para muchos sería tan simple de cumplir? ¿Realmente quería escribir? Di un largo suspiro. No había dudas, me estaba ahogando en una tina. Este reto no era complicado, era el tercero, no tendría que ser un problema. Tenía que cumplirlo, no podía ser yo el que mande a la pre-eliminación a mi grupo.
Ya decidido, otra pregunta surgió en mi mente: ¿Con qué me iba a drogar? Había probado alcohol, prácticamente obligado por meros protocolos sociales. Lo detestaba a más no poder. Solo me daba sueño, si me emborrachaba era probable que perdiera el reto. Nada bueno saldría de una mala resaca. Aparte, es la droga más sencilla de conseguir. Estarían cansados los jueces de escuchar tanto relato de puro amateur Bukowskiano. ¿Qué otra droga me quedaba? Piensa, piensa. No había nada que pensar. La respuesta era más que obvia. Estaba allí, frente a mis ojos, impreso en ese polo que Jonás me había regalado en un cumpleaños. Marihuana. Suspiré nervioso. ¿Quién podría tener un dealer? La respuesta, para variar, estaba también en ese maldito polo: Jonás.
¿Qué me dirá? ¿Aceptará darme su dealer? Igual podría no ayudarme, somos contrincantes, lo queramos o no. Una llamada interrumpió mis dilaciones. Era Jonás. Hasta parecía que me leía la mente.
—¿Cuánto?—preguntó.
¿Era una pregunta con trampa? Si le decía mi verdadero puntaje probablemente dejaría de ayudarme. Tenía que mentir, rebajarme un poco, hacerlo sentir superior, muy superior.
—65 —mentí.
Hubo un silencio.
—Bien, bien, pendejo. Así se hace. La próxima ya vas por los 70.
Solo me reí.
—¿No vas a preguntar por mi puntaje, huevón?
—Eh..sí, claro. ¿Qué tal…
—89. Parece que hacerte recordar cómo se escribe surtió el mismo efecto en mí.
Lo felicité. Le pregunté por el nuevo reto, el de drogarse. Me dijo que era pan comido, que solo se fumaría un porrito como para recordar antiguas aventuras. Ya tenía experiencia, a diferencia de mi. En eso, y en muchas otras cosas, me llevaba una larga delantera. Solo tenía la remota esperanza de que, aparte de mi, el chinito también se debería de estar cagando de miedo. De todas formas, ¿con qué se drogan allá en Japón? ¿El saque podría ser considerado droga? Ni idea. En mi imaginación no era el más jodido, pero quién sabe, lo estaba subestimando.
—¿Esta vez sí te animas?
Me quedé en silencio.
—Dale, solo estaremos los dos, para que te resulte más sencillo—recalcó Jonás.—No como la otra vez— y Jonás rió desde el otro lado de la línea.
Me fue imposible rechazar esa voz. Mi corazón empezó a retumbar más y más fuerte, me imaginaba que Jonás sonreía. Me imaginé que me sonreía a mi.
Yo también le devolví la sonrisa.
*
No era la primera vez que Jonás me invitaba a volar. Hace dos años, o un poco más, me llamó a su casa. Era un sábado por la tarde y no había mucho por hacer. Y no era la primera vez que iba a su cuartel de escritura, como él mismo decía. Ya antes había estado allí para algunas lecturas conjuntas de relatos, o recitales de poetas fracasados, o para ver la proyección de alguna que otra película de clase B en su gran pared blanca. Pero esa vez su voz sonaba diferente. Sus palabras sonaban arrastradas, soltadas a una cadencia torpe, desmañanada. Me fue imposible decir que no.
Tomé un taxi, no porque tuviera mucho dinero. No. Trabajaba y ganaba lo estándar, pero casi no salía. Siempre estaba refugiado en mi propio cuartel de escritura, aunque en mi caso, para ser más sinceros, era un cuartel de lectura. Podría haber tomado un micro, o un colectivo, pero no. Me daba miedo la interacción social, la gente, sus rostros, sus miradas. No. Prefería gastar mi dinero en taxis.
Cuando llegué ya estaba atardeciendo. Por su zona casi no había carros y, a lo lejos, se escuchaban las olas del mar. Se respiraba tranquilidad, bohemia. No me sorprendía que Jonás haya escogido ser un escritor. Este lugar, sus calles pequeñas, la diletancia de los barranquinos, todo llamaba al arte. Toqué su timbre y esperé. Su condominio no era tan grande, solo de cinco pisos. Me abrió la puerta y, a través del timbre, me invitó a subir. Estaba cambiado para la ocasión, no sé por qué había escogido mi mejor ropa, el mejor perfume. Bueno, la verdad es que sí sabía, solo que, para variar, trataba de no pensar en ello. Escalón tras escalón (su condominio no tenía ascensor), mis latidos se aceleraban. ¿Cuál era el motivo? Era una visita como las de siempre. No, no era una visita común. Su voz, sus palabras a través del timbre, del teléfono, eran más que una simple invitación.
Toqué su puerta. Esperé, acompañado por el vaivén de mi pie derecho. Escuché sus pasos, iban lentos, casi torpes. Escuché otros pasos, ¿tacones? La puerta se abrió. Allí estaba, Jonás, con la camisa entreabierta, su look descuidado, y una barba de varios días. Estaba sonriente, con los ojos rojos. Un olor particular invadió el ambiente. Nunca tuve un buen olfato, pero era tan particular que mi anosmia no pudo protegerme.
—¿Por qué tan arreglado, putita?
Solo sonreí. Me invitó a entrar. Su departamento estaba infestado por una masa etérea, como niebla, flotante. Su sala tenía un bong verde, con una escultura de un alienígena. Me senté en su sofá. Las vibraciones en mi piel me hicieron dar cuenta de que había música en el ambiente. Yo solo estaba asustado, atento a Jonás, que no dejaba de caminar de un lado a otro, lento, como un fantasma. Se veía feliz.
Finalmente se sentó a mi costado. Hablamos de temas irrelevantes, de sus últimos libros. Me señaló una ruma de libros en el piso, y que estaba por comprarse un librero nuevo. Yo solo asentía.
—¿Quieres?—me invitó.
Vi ese bong, lo vi a él. Sus ojos rojizos me invitaban a nadar en ellos. Pero tenía miedo. Me recordé de las advertencias de mis tías, de mi madre. No, dile que no a toda droga. A toda invitación a lo desconocido. Quería decirle que sí, pero un hilo invisible me ataba, me impedía aceptar. Mierda, quería volver a mi casa. Pero allí estaba Jonás, estábamos solos, al fin. Si le decía que no podría pensar que era un cobarde, un marica, pero ¿eso era, no? ¿No quería que se entere?
Unos pasos me regresaron a su sala. Eran los mismos que había escuchado cuando toqué la puerta. No, no estábamos solos. Tac, tac, tac, se escuchaba más fuerte. Jonás volteó hacia su pasillo. Una silueta oscura apareció, camuflada por la niebla. No había mucha luz, hasta parecía caminar en cámara lenta. Era una mujer, en sus 30s probablemente. Tenía una bata oscura y holgada que ventilaba un seductor escote. Vino, con sensualidad y, sin mesura, se sentó al costado de Jonás y compartió con él un beso salivoso.
—¿Qué te parece? —preguntó Jonás.— Habla, ¿le digo que traiga a su amiga?
Ella me regaló una mirada lasciva y una sonrisa coqueta.
—¿Qué dices, bebé? ¿Quieres conocer a una amiguita?—dijo la desconocida.
Me quedé callado. El solo pensarlo me incomodaba. Drogas, mujeres, ¿para qué era esta invitación?
—Huevón, yo le pago, no te preocupes. Aparte, ¿sale su oferta? ¿dos por uno?
La desconocida sonrió.
—Te cobramos un poco menos, pero no tanto. ¿Qué dices?—replicó, y se abrió la bata. Me mostró un sostén de hebras rosadas y un pecho turgente.—¿Te gusta?—Me mostró un pezón, luego el otro.
Estaba hipnotizado. Nunca había visto uno en persona, y ver dos juntos y en estas circunstancias era totalmente inesperado. Mi cabeza todavía no procesaba la experiencia cuando Jonás se le abalanzó encima. Ambos empezaron a besarse, a tocarse, con fruición. Jonás era agresivo, la agarró del cuello, y le arrebató la bata. No sé por qué eso me excitó. Me gustaba verlos performar frente a mí, como posesos de una fuerza extraña. Jonás la terminó de desvestir, y comenzó a aflojarse la correa. Allí estaba, inflamada, su masculinidad, todavía encubierta.
—¿Y te vas a atender, o solo verás?—Me dijo Jonás, con el torso descubierto.
—¿Ver?
—Es broma, ni que fueras maricón. ¿Llamamos a su amiguita? Te la cachas aquí en la sala, si gustas. O en el cuarto de visita. ¿Qué dices?
Apreté la mandíbula.
—Vamos bebé, mi amiguita es igual de puta que yo—dijo ella, y acercó sus pechos a mi rostro. Sentí un olor frutado.
—¿Qué dices, huevón?
Me quedé callado. Empecé a respirar con agitación. Ellos seguían allí, ella desnuda frente a mi, y él parado con una evidente erección. Fue demasiado. La aparté y les dije que iría al baño y que luego decidiría. O, al menos, eso creo que dije.
Me escondí allí. Escuché unos pasos en el pasillo, varios besos, y una puerta cerrarse. Escuché la hebilla de la correa retumbar en el piso, el paquete del condón romperse, a ella atragantarse. Luego vinieron los aplausos, varios, y los gemidos. Los escuchaba más y más fuertes. Palmadas, unas tras otras, y mis latidos, cada vez más acelerados. No pude soportarlo. Abrí la puerta del baño y, sin mirar atrás, salí de su departamento, mientras un largo e impúdico aullar salía del cuarto de Jonás.
Se había venido.
*
De nuevo, frente a su puerta. Me daba temor de solo tocar el timbre. Agucé los oídos, atento a cualquier paso entaconado, pero no, no oí ninguno. Solo se escuchaban el canto de los grillos y el romper de las olas.
Toqué.
Me abrió. Se veía un poco más avejentado, con más canas, pero con la misma mirada. Me invitó a pasar. Recordé su sala, ese pasillo, y el olor Ya había comenzado su viaje. Me senté en el sofá. Reconocí el mismo bong, pero esta vez el alienígena esculpido en su base me pareció más amistoso.
—¿Qué tal la música?—me preguntó.
Recién me percaté que un parlante reproducía, a bajo volumen, música reggae. Sonreí y asentí con la cabeza.
—¿Sabes usar un bong?
Moví la cabeza en negación. Tenía miedo de hablar, no vaya ser que se me quiebre la voz por lo nervioso que estaba.
—Mira, agarras aquí, colocas tu boca en este agujero, y con el encendedor prendes la hierba. Es importante que aspires al mismo tiempo. Así, mira —y lo hizo con la prestancia de alguien experimentado.— Y luego dices… cuatro veinte —dijo, mientras sonreía botando un hálito vaporoso de su boca.
Agarré el bong, repetí lo que me dijo, tal cual, pero con más lentitud. Aspiré lo más cuidadoso que pude. Sentí cómo el vapor ingresaba, era amargo, hasta molestoso, lo sentí bajar por mi garganta, de allí subir, se estancó, tuve que toser, una y otra vez. Jonás, al frente, me veía sonriente, hasta burlón.
—Ya huevón, ya aspiraste mucho. Ahora, solo espera.
Lo miré.
—¿Esperar qué, pendejo?
Sonrió de nuevo.
—Cuando pegue, lo sabrás.
Todavía no entendía. El ambiente empezó a llenarse de vapor. Se veía más y más nublado, pero todavía no me pegaba. Jonás se impresionó. Me invitó a usar el bong una vez más. Así lo hice, y esperé. De pronto, empecé a sentir la música, cada beat rebotaba en mi piel. Mis latidos parecían alineados a ese ritmo sosegado, a la voz relajada. Me empecé a distensar. Mis nervios se esfumaron. Jonás, despatarrado en su sofá, levantó el dedo pulgar.
—Te falta el último paso, huevón.
—¿Ah?
—Cuatro veinte, no te olvides…
—Cuatr… Cuatro veinte. Si, cuatro veinte.
Por alguna razón, esos tres números despertaron en mí una vena cómica desconocida. Empecé a reír irracionalmente, a hablar con Jonás, a rajar de sus integrantes de su grupo, a rajar de los míos. De allí debatimos de libros, de autores, que Vargas Llosa era un genio, que Borges lo troleo al decir que parecía más un agente inmobiliario, que Valdelomar se la tragaba entera (y que eso lo hacía más legendario). Jonás, en este punto, pareció más comprensivo. Hasta se mostraba amistoso ante los rumores de la presunta homosexualidad del legendario escritor. Luego le pregunté por Moro y sus poesías. Hice una competencia entre sus poemas y los de Bukowski. Jonás sonreía, pensaba, botaba humo, yo hacía lo mismo. Moro, me dijo, Moro mil veces. Lo miré con ojos juguetones. Con que prefieres al cabrito, le dije. Cruzamos miradas, sus ojos rojos, esos malditos ojos adormilados, parecían ya no dos lagunas, sino dos océanos en lo que hubiera querido sucumbir, ahogarme. Nos acercamos. Seguíamos riendo. Nuestras narices casi se tocaban, más y más cerca. Mis latidos se aceleraron. Era hoy, por fin, era hoy. Cerré los ojos, pero no sentí sus labios. Sentí un picor en la garganta. Empecé a toser. Jonás se rió, muy fuerte. Abrí los ojos, y me di cuenta de que me había lanzado humo al rostro. Lo vi dar vueltas en el piso, más feliz que nunca.
Me sentí traicionado, pero no pude recriminarle. No, solo quería recostarme en el sofá, sentir la música, disfrutar, solo eso. Y a Jonás. Cuánto quería sentir esa boca vaporosa, saborear su aliento, sus labios. No, no podía. Nuestra amistad valía más que un beso. Sabía que lo nuestro era imposible, que este Jonás amistoso, hasta sensual, solo era una careta, un estado hipnótico.
Me quedé unas horas más, escuchando la música, escuchando malos chistes que parecían buenos. Me retiré, usando como excusa a Bob y sus paseos matutinos. Antes de irme Jonás me regaló una pipa y un poco de hierba. Me sentía feliz, a pesar del fracaso. Al menos ya tenía qué contar en el relato.
A diferencia de Jonás, que lo envió en menos de un día, me tomé mi tiempo para escribirlo. Armé un párrafo que contaba toda la historia, luego lo dividí en partes y empecé a desarrollarlas una por una. Me dieron 3 días para cumplirlo, y me tomé los tres casi enteros. Pude enviar mi texto con dos horas de antelación.
Estaba contento por fuera. Pero la imagen de Jonás tan cerca y, a la vez tan lejos, parecía arrinconarme. Me empecé a sentir incómodo, hasta ansioso.
Y me sorprendí invitándome yo mismo a otro viaje.
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