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La duda
Desde las sombras, un ruido leve pero constante, como de estática, empezaba a materializarse. La pequeña Flor debía tener no más de cinco años en aquella foto; Margarita alrededor de doce, y de Rosa no se podía saber, su edad había sido otro de sus muchos secretos y mentiras. En la foto, los brazos de Rosa cercaban a sus dos hijas, en un abrazo tenso que las retenía. Flor suspiró por lo que fue y por lo que acabó siendo.
José Bernaola
29 de enero de 2026
19 min de lectura
Riega el árbol, mi dulce primor,
que cuidar sus hojitas es un acto de amor.
Protégelo siempre, como él a ti alguna vez;
porque ahora lo tienes y no sabes después.
Flor despertó con un sobresalto que la hizo sentarse en la cama. Con una mano en el pecho, intentó regular su respiración para calmarse. Poco a poco fue volviendo a su normalidad. Se estaba diciendo "fue solo un mal sueño" cuando posó su pie desnudo sobre la gruesa raíz del árbol, que atravesaba el piso de su habitación como la arteria inflamada de un gigante insaciable que se rehúsa a sanar. Con la mirada, siguió la figura serpenteante de la raíz que invadía su espacio desde la habitación de Rosa, su madre, epicentro donde el árbol había comenzado a desbordarse. Por las enredaderas, que formaban una roída cortina en su ventana, se filtraba apenas un hilillo de luz. El reflejo baboso que revestía la raíz la asqueó, pero se contuvo: tenía tareas que cumplir.
A las seis en punto de la mañana, como de costumbre, Flor fue a la habitación de su madre, Rosa. Esta vez avanzó haciendo equilibrios para evitar tocar las raíces y ramas que seguían multiplicándose sin prisa y sin pausa. Tocarlas volvía todo demasiado real. No pudo abrir la puerta por completo; una raíz, que rompía el suelo dentro de la habitación como una trombosis descontrolada, se lo impidió.
– Mamá – le avisó a través de la rendija –, te traje tu desayuno.
Esperó alguna respuesta que no llegó. Insistió:
– Por favor, tienes que tomar tus pastillas.
Silencio. Por la respiración severa que percibía, Flor sabía que su madre seguía molesta, días después de que ella cometiera el error de pedirle que se fueran ese lugar olvidado por Dios.
– ¿Hasta cuándo vas a dejar de hablarme? – reclamó Flor, y se recordó a sí misma de pequeña, angustiada cuando su madre le quitaba el habla por horas o incluso días, como castigo por no hacer caso.
Flor suspiró. Quiso dejar la bandeja en el piso al lado de la puerta, como hacían ella y Margarita, su única hermana, cuando su madre caía en silencios depresivos y tocaba cuidarla. Pero la vista de escarabajos, ciempiés y gusanos arrastrándose entre las raíces hizo que decidiera llevar la bandeja de vuelta a la cocina. Se giró. Parada frente a la puerta de la habitación de su madre, contempló las raíces que salían de adentro de la habitación y se expandían como tentáculos decididos a atraparlo todo. “Tengo que irme de aquí”, se dijo de nuevo. Apresuró el paso, bandeja en mano, intentando no tropezar con raíces que no recordaba haber visto ahí hace un momento.
“¡¡Mala!!”.
La voz de su madre la sorprendió y la hizo tropezar. De rodillas, ambas manos se hundieron en una materia viscosa y pestilente. Flor se incorporó como pudo e intentó alcanzar a su madre, que desapareció doblando al final del corredor.
– ¡Espera, mamá! – le pidió, pero la única respuesta fue el golpe de la puerta de la habitación materna, cerrándose con violencia. Abrió el caño, esperó que dejase de vomitar agua amarillenta y se enjuagó las manos con desesperación, intentando quitarse la sensación pegajosa. Se las secó contra el pantalón. Caminó hacia la habitación de su madre, donde nuevamente oía su respiración cortante a través de la puerta entreabierta. Abrió la boca para insistirle, pero desistió. ¿Qué caso tenía? Regresó a su habitación, tomó una bolsa y empacó frenéticamente unas ropas viejas. A su alrededor, delgadas ramas descendían por las fisuras del techo, como la cabellera mojada de una presencia que se cernía sobre el ambiente.
Flor llegó a la entrada principal y la encontró bloqueada por el viejo reloj de pie, que había sido derribado por las inquietas ramificaciones. De cuclillas, empujó con fuerza el pesado mueble, pero apenas lo movió unos centímetros. Cerró los ojos, jadeando. La sensación de un aliento gélido sobre su hombro la paralizó.
– ¿Tú también me vas a abandonar? – escuchó decir a su madre en tono seco, muy cerca de su nuca. Flor podía percibir su aliento enfermo, resoplándole. “No puede ser – se dijo a sí misma –, mamá ya está muy enferma para entrar y salir como si nada de su cuarto”. Apretó los ojos con más fuerza, no se atrevía a mirarla; desde niña sentía que su madre la fulminaba con la mirada cuando osaba siquiera pensar en desobedecerla. Casi ni escuchó su propia voz, murmurando:
– Voy a volver, mamá. Pero necesito que alguien me ayude con todo esto.
– ¡¡Eres una maldita!! – le retumbó su madre en el oído. Flor se giró, con un hartazgo que se quebró al ver que no había nadie ahí. Una corriente fría le recorrió la espalda. Alzó la mirada hacia la habitación materna, donde la puerta entreabierta arrojaba una luz tenue que formaba figuras siniestras. Caminó hacia la habitación y de un tirón cerró la puerta. “Lo siento, mamá”, pensó. Silencio. Silencio sepulcral. Flor se agarraba la cabeza con ambas manos, afuera de la habitación matriarcal. De repente, el silencio fue destruido por un murmullo persistente de palillos, desde el interior de la recámara. La velocidad iba en aumento. ¿Qué era eso? ¿El árbol estaba mutando? ¿Su mamá estaba bien?
– ¿Mamá?
Flor empezó a abrir la puerta para acercar la mirada, pero sorpresivamente la puerta comenzó a ser sacudida desde el otro lado. El ruido de palillos se convirtió en golpes macizos, del otro lado de la puerta. Golpes retumbantes, cargados de ira. Desesperada, sujetó la manija con ambas manos. Los golpes se multiplicaban. Algo quería salir y ella lo quería bloquear. Una baba espesa cayó en sus nudillos. Soltó la manija y se fue de espaldas contra la pared. La puerta se detuvo en seco. Flor cayó adolorida, confundida, derrotada. Las bisagras crujieron y la puerta se abrió lo suficiente para que una rama tétrica saliera del interior, enroscándose en la manija que Flor había sujetado hace unos instantes. Le pareció una lengua monstruosa saboreando la victoria.
Con una leve cojera se encaminó hacia la entrada principal. Nuevas ramas atravesaban el techo y se incrustaban en el piso, creando un laberinto imposible. Caminó despacio, intentando en todo momento ignorar el llanto acusador de su madre, que resonaba en las paredes. Desembocó en el ala izquierda de la casa, frente a lo que había sido la habitación de su querida hermana, Margarita, convertida en un altar clausurado desde que se fue. En la madera antigua de la puerta, Flor reconoció la inscripción que hicieron hace años, sellando el pacto de estar juntas siempre, para cuidar de su casa y de su madre, como correspondía.
– Mamá es buena, Margarita, pero a veces no se mide – se recordó consolando a su hermana mayor, una vez que la encontró llorando en ese altar vetado, cuando todavía era la habitación de una chiquilla que coleccionaba recortes de chicos guapos. ¿Por qué se fue? Flor solo recordaba que las peleas entre Margarita y su madre fueron escalando conforme empezó a protestar por vivir aisladas, prisioneras en lo que ella llamaba “la casa de una loca que odia a los hombres”.
– Solo tallé mi nombre con el de Luis en el árbol, Flor. ¡Ese maldito árbol! ¡Y mira todo el loquerío que hizo mamá! – había continuado quejándose Margarita esa noche, secándose las lágrimas, harta de tantas reglas, tantas condiciones, tantos sueños prohibidos y tantas formas de castigo que Rosa suministraba con frialdad–. Un día nos vamos a ir, hermanita. Un día yo te voy a sacar de aquí – le dijo Margarita a Flor, tomándole el rostro con ternura.
– ¿Pero y mamá? – replicó una pequeña y asustada Flor, incapaz de imaginarse abandonando a su madre, que tanto había hecho por ellas. La mirada herida de su hermana no pudo ocultar su pena:
– Ojalá un día la veas como yo – le dijo Margarita, y hasta ahí llegaba el recuerdo de Flor de aquella noche de llanto, promesas rotas y ataques exagerados de Rosa, todo porque su primogénita amenazaba con largarse con un chico.
Flor tocó el relieve de la inscripción sobre la madera fría y cerró los ojos. Intentaba recuperar a través del tacto la presencia de su hermana, que un día simplemente desapareció. Sin adioses, sin más explicaciones. ¿A dónde se fue? Pegó su rostro contra la puerta, recordando sus abrazos. Entonces le pareció percibir un llanto tenue, lejano, y una respiración agonizante. El susto la hizo alejar el rostro de la puerta. ¿Era real lo que estaba escuchando? En ocasiones, los lamentos y demandas incansables de Rosa viajaban por las tuberías oxidadas. ¿Estos ruidos en verdad venían de la habitación–altar de Margarita? Flor pegó de nuevo la oreja, empujando la puerta sin querer. La puerta cedió. Una cadena, colocada por Rosa, impidió que Flor pudiese entrar, pero el espacio fue suficiente para meter su rostro. Era difícil distinguir algo en la oscuridad. Olor a moho, zumbido de mosquitos. Flor creyó percibir una sombra a lo lejos, una silueta, un algo que quizás no debía estar ahí, pero que permanecía ahí dentro manteniendo un pacto. ¿Qué era lo que estaba viendo? El viento susurraba a través de los vidrios rotos de una ventana invadida por polvo y telarañas. ¿Era una respiración apagándose? Entre lo poco que su vista distinguió y lo mucho que su mente completó, un terror frío la hizo temblar. En verdad no debía husmear tras puertas cerradas.
El suelo comenzó a remecerse. Eran las raíces reacomodándose, como las tripas de una bestia que despierta con hambre. Los pocos adornos de las paredes cayeron, los utensilios de la cocina se estrellaron contra el piso, las enredaderas arrojaron arañas y otros insectos. Flor empezó a correr hacia la entrada principal. Intentaba no patinar sobre el suelo sudoroso, se sujetaba de ramas viscosas, no se quería caer. Debía llegar a la entrada, debía abandonar la casa. La visión en el viejo altar no la seguiría ahí afuera. Luego de correr en círculos, envuelta en una pesadilla de ramas, lianas y hojas infestadas, cayó de rodillas frente a la entrada principal. Lágrimas se estrellaban contra la tierra, que se alimentaba sádicamente de su dolor.
Lloró sin emitir sonido.
Al levantar la mirada hacia la entrada, notó que el reacomodo de las raíces había desplazado el cadáver del reloj. Se puso de pie y se propuso no pensar. Ni en su madre, ni en Margarita, ni en su habitación convertida en altar. No pensar en nada y solo salir de ahí. Con una inhalación, giró la manija. El peso, el chirrío, el polvo desintegrándose al abrir la puerta. Flor pudo abrirla de par en par y tardó unos segundos salir de su estupor. La inmensidad del exterior le causó un vértigo leve; después, una profunda sensación de vacío. Flor se sujetó del marco de la entrada.
Volvió despacio al interior de la casa, a recoger la bolsa de ropa que estaba a unos pasos de la entrada. Una súbita sensación de debilidad se fue apoderando de ella. Al lado de la bolsa, un cuadro con el vidrio roto enmarcaba una foto amarillenta. Con manos pegajosas, Flor rescató la foto.
Desde las sombras, un ruido leve pero constante, como de estática, empezaba a materializarse.
La pequeña Flor debía tener no más de cinco años en aquella foto; Margarita alrededor de doce, y de Rosa no se podía saber, su edad había sido otro de sus muchos secretos y mentiras. En la foto, los brazos de Rosa cercaban a sus dos hijas, en un abrazo tenso que las retenía. Flor suspiró por lo que fue y por lo que acabó siendo. Al reverso, reconoció su letra infantil intercalada con la de su madre y la de su hermana, inmortalizando la canción que Rosa repetía durante las muchas horas en que juntas cuidaron ese árbol, esa casa, ese sistema.
Riega el árbol, mi dulce primor…
¿En verdad iba a ser capaz de abandonarlo todo? ¿No le daba pena desechar lo mucho o poco que quedaba? ¿No podía intentarlo un poco más?
…que cuidar sus hojitas es un acto de amor.
Desde la oscuridad del corredor central de la casa, una rama raquítica la alcanzó y se enredó en su muñeca. Con un tirón sutil, la hizo retroceder un paso, adentrándola más en la casa.
Protégelo siempre, como él a ti alguna vez…
¿Qué tal si, en el fondo, estaba equivocada? ¿Qué tal si estaba exagerando? La rama ya no tiró, y aun así Flor dio otro paso hacia atrás, seducida por esa vieja y dulce advertencia:
…porque ahora lo tienes y no sabes después.
Flor retrocedió un paso más. La hipnotizaba el susurro de voces saliendo de las paredes. ¿Era ella como su hermana? ¿Margarita se habría arrepentido de retar a su madre? ¿Y si estaba mejor dentro de la casa? Flor apretó la foto entre sus manos y giró hacia el interior de la casa, dando la espalda a la puerta abierta tras de sí. La amalgama de troncos, ramas, enredaderas y raíces formaba un túnel retorcido que se perdía en una oscuridad sin fondo.
¿Y si el ruido era creer que debía huir?
Despertó de un sobresalto en medio de la oscuridad. Con una mano en el pecho, Flor intentó regular su respiración para tranquilizarse. Ya no sabía cuántas veces había soñado con lo mismo. Ya no sabía cuántas veces se había prometido lo mismo. Agudizó la mirada, intentando descifrar la oscuridad que la rodeaba: ¿en verdad había monstruos reptando en el suelo o le reptaban por dentro? ¿Qué era real y qué no lo era? En su mente, la única certeza enraizada era esa vieja canción, invitándola:
Riega el árbol, mi dulce primor…
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