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El café que lo cambió todo (Capítulo 1: La cálida niñez de Isa)
Algunos encendían sus radios antiguas en la frecuencia AM, donde sonaba “La hora del lonchecito”. La música se mezclaba con el bullicio de los niños y el crujir de las herramientas al limpiar el guano de las vacas y los burros.
Juana Rosales Jara
28 de octubre de 2025
4 min de lectura
Dicen que el café guarda secretos… que en cada sorbo puede esconderse un recuerdo. Para Isa, ese aroma era más que una bebida: Era su infancia, la risa de sus padrinos, las tardes de juegos interrumpidas por el perfume cálido que lo envolvía todo.
No sabía entonces que ese mismo café volvería a su vida, años después, para recordarle que el destino siempre encuentra la manera de regresar, no podía sospechar que aquel café, que parecía tan inocente, iba a cambiarlo todo.
Donde vivía Isa todos eran cercanos, aunque cada familia guardaba sus diferencias y secretos. Cuando el sol se escondía detrás de los cerros, los niños corrían a jugar en la plaza, mientras sus madres salían también, formando un círculo de conversación. Unas bordaban, otras tejían, y algunas hilaban las lanas recién trasquiladas de las ovejas. Entre risas y carcajadas, parecía que se quitaban de encima el peso de un día largo y cansado.
Los padres de Isa tenían muchos animales de granja. Se dedicaban a la agricultura y sus días eran tan ajetreados como los de cualquiera en la aldea. Sin embargo, había un instante que todos esperaban. Cuando el reloj marcaba las cuatro de la tarde, el pueblo entero parecía hacer una tregua con el trabajo.
Algunos encendían sus radios antiguas en la frecuencia AM, donde sonaba “La hora del lonchecito”. La música se mezclaba con el bullicio de los niños y el crujir de las herramientas al limpiar el guano de las vacas y los burros. Entretanto, las madres más presurosas encendían el fogón: Era hora de la merienda y como siempre en el aire se impregnaba del aroma a café recién tostado y recién pasado. Ese perfume era la señal inconfundible de que el día comenzaba a cerrar su telón. A las seis, la merienda ya estaba servida en cada casa y poco a poco el pueblo se recogía en el silencio de la noche.
Después de las seis, el pueblo se recogía en un silencio profundo. Solo los grillos entonaban su canto y de tanto en tanto, algunas luciérnagas iluminaban la oscuridad como si fueran un pequeño batallón de estrellas jugando en la tierra.
Cada casa se alumbraba apenas con mechas o velas, que se apagaban rápido para no gastarse antes de tiempo. Las casitas, hechas de ichos, barro y madera, parecían murmurar historias antiguas bajo la mirada de la luna.
Cada mes, la llegada de la luna llena era motivo de alegría en el pequeño pueblo. Su esplendor duraba tres noches y todos los niños la esperaban con ansias. Después de la merienda de las seis, salían a la plaza a jugar, mientras las madres reían y chismorreaban junto a sus esposos y compadres.
Isa, con los ojos brillantes, esperaba impaciente la salida de la luna desde el cerro más grande y empinado. Poco a poco, la veía asomarse detrás de las montañas, y entonces comenzaba a saltar, una y otra vez, intentando alcanzarla. La abuela le había contado que, durante esos tres días, mientras más alto saltara, más crecería. Así que ella y sus amiguitos saltaban y cantaban entre carcajadas:
—¡Sale la luna, sale el sol, sale la vieja sin calzón!
Las madres sonreían al escuchar los cantos y silbidos de los niños, hasta que, pasada una hora, el pueblo se apagaba de nuevo en silencio, arrullado por los grillos.
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