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Capítulo 5: Jim Carrey
Fueron directo a boletería. El rostro de Jim Carrey, en primer plano, formado por infinitos televisores a modo de píxeles, dominaba el afiche luminoso que, con letras gruesas, anunciaba: EL SHOW DE TRUMAN.
Francisco Dahoud
29 de enero de 2026
18 min de lectura
El señor Álvarez era un hombre cuyo reloj interno parecía calibrado por maestros suizos, incapaz de tolerar el más leve desfase. Todas las noches, tras planchar cada mínima arruga, colgaba su clásico traje a cuadros con chaleco en el monigote de madera, cuidando que quedara perfectamente alineado. No necesitaba despertador. Se levantaba siempre a la misma hora; "así se comporta un caballero". El aseo, el vestido y el desayuno no eran simples tareas, sino engranajes de una secuencia inalterable: su ritual matutino.
Cuando el péndulo de la sala marcaba las 7:30 a.m., una campanada seca le indicaba que era momento de los últimos ajustes frente al espejo, despedirse de la familia y salir. Vivía en uno de los dúplex de la residencial y trabajaba como catedrático en el Instituto de Periodismo Jaime Bausate y Meza; a poco más de quinientos metros. A diario repetía el mismo trayecto: cruzaba entre los edificios evitando pisar los jardines —para no ensuciar sus zapatos relucientes—, alcanzaba la avenida Gregorio Escobedo y caminaba unas cuatro cuadras. Siempre hacía una pausa de treinta segundos frente a la iglesia y luego continuaba hasta llegar al instituto, exactamente a las 8:00 a. m.
Dictaba clases hasta las dos de la tarde, lo que le permitía almorzar en casa. Regresaba sobre sus propias huellas y, al llegar, el plato lo aguardaba humeante en la cabecera del comedor. Masticaba los alimentos de forma cíclica y luego de treinta minutos, terminaba. Tenía la costumbre de comer cada ración sin mezclarlas: si empezaba con el arroz, continuaba hasta acabarlo y solo entonces tocaba el pollo.
Lavaba meticulosamente el menaje; después, se acomodaba en el sofá para disfrutar de un espresso mientras pasaba las hojas del diario El Comercio. El péndulo sonaba: eran las 3:30 p. m., y la campanada lo ponía en alerta. Su ojo izquierdo, comenzaba a vibrar de forma involuntaria. Entonces, la puerta se abría de golpe y ella irrumpía, dejando regados por el suelo todos sus utensilios escolares.
— Hola, papá, es jueves de estreno ¡Préstame el periódico! —Le arrebató al señor Álvarez el diario, como si hubiera estado leyendo en medio de un ciclón.
— Larita, mi amor, pero pide permiso…
— Te dije: préstame —respondió Rulos, mientras enredaba las hojas en busca de la cartelera del cine.
Sabía que él era el culpable de la afición de su hija por las películas. Todas las semanas alquilaba algo en el videoclub del barrio, que quedaba de camino a su trabajo, sobre la misma avenida Gregorio Escobedo, cuyo letrero poco original decía simplemente VIDEOS, en blanco sobre un fondo rojo. Sintiéndose derrotado, no le quedó más que decir:
— ¿Y… cuál quieres ver?
— La nueva de Jim Carrey. Debe ser su película más graciosa. Se trata de un show.
— ¿Cuál es esa?
— Esta, papá: El Show de Truman.
— Pero aquí dice que es un drama.
— Ay, papá… ¿cómo va a ser un drama si es un show? Nada, está decidido. El sábado la voy a ver con mis amigos.
El señor Álvarez se limitó a mecer la cabeza, ese razonamiento no admitía réplica.
— Anda a almorzar. El sábado te adelanto la propina para que vayas al cine.
— ¡Gracias, papá!
Emocionada, le robó un beso en la mejilla, le devolvió el diario convertido en un rompecabezas y, con la misma energía de ciclón, se dirigió al comedor.
Rulos, apenas terminó de almorzar, se fue a su cuarto. Sacó de la cómoda una libreta que parecía un acordeón magnético, levantó el auricular de su teléfono de Garfield descansando, — de esos que al contestar abre los ojos— y marcó.
— ¿Aló?
— ¿Aló… señora Teresa?
— ¿Sí?
— Soy Rulos.
— Ah, hola Rulos, no había reconocido tu voz. ¿Quieres hablar con Sol?
— Sí, por favor.
— Dame un segundo, la llamo.
Sentada en la cama, Rulos esperaba enredando el dedo en el cable espiralado naranja, ansiosa por contarle a su amiga el plan del sábado.
— ¿Aló? —respondió Sol al fin.
— Hola, Sol. Te cuento que ya estrenaron la nueva película de Jim Carrey. El sábado vamos al cine; iríamos con los chicos.
— ¿Y Pablo? —preguntó Sol, sin disimular la inquietud.
— Te preocupa mucho Pablo, ¿no? —sonrió Rulos al otro lado de la línea—. Sí, también iría.
— ¿Pero cómo…? —preguntó Sol, extrañada, dejando la frase en suspenso.
— A él le encanta ir al cine. Además, le fascina la canchita servida en esas bolsas de papel kraft, de las que tienen dibujado a un indiecito sonriente. Bueno… creo que a todos nos gusta.
— Si, a mí también. ¿Y dónde la veríamos?
— En Plaza San Miguel. Nos iríamos todos en la 9, ese micro blanco con negro que pasa por Escobedo.
— No sé si a mi tía le convenza la idea de que viajemos solos en micro —dijo Sol, con cautela.
Rulos guardó silencio por un instante, como midiendo sus palabras.
— Le decimos que nos va a llevar mi papá y listo, al mío le he dicho que nos va llevar tu tía. No va a pasar nada. Además, después del cine vamos a pasear por el centro comercial con los chicos… y vas a tener más tiempo con Pablito.
— Oye… —Sol se dio una pausa para masticar la idea—. Bueno, hagámoslo. Pero tratemos de no regresar muy tarde; no quiero preocupar a mi tía.
— ¡Hecho! — exclamó Rulos inquieta —. Mañana le contamos a los chicos el plan.
Se despidieron. La emoción por el encuentro comenzó a revolotearles en la cabeza y ya no las abandonaría hasta el sábado. Rulos iría al cine con su única primera amiga, compartiría con ella su ritual favorito, y nada podía ser mejor si Jim Carrey era el protagonista. Sol, por su parte, pensó en Pablo más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El sábado no se hizo esperar. Rulos había acordado con el grupo reunirse a las cinco en punto —una hora antes de la función vermouth, porque ya no estaban para matiné—, nada menos que en el lugar de siempre: a la sombra del ficus.
Faltaban minutos para las cinco cuando Pablo llamó a la puerta de Sol. Alguien se asomó por la mirilla y, al reconocer la silueta distorsionada que hacía ver a Pablo como un chupete Bom Bom Bum, abrió sin dudar.
— Hola, Pablo. ¿Vienes a recoger a Sol?
— Hola, tía sí. ¿Puedes avisarle? —dijo Pablo, notablemente impaciente.
— Tranquilo, ya sale. Dame un minutito.
Pablo se quedó en el umbral, picoteando levemente el piso con la punta del bastón. A los pocos minutos apareció Sol.
— Hola, Pablo.
Sin decir palabra, él le ofreció la mano. Sol, atenta al gesto, la tomó de inmediato, y Pablo, de un tirón, la jaló con premura hacia el ascensor. Apenas alcanzó a cerrar la puerta, sin despedirse.
— ¿Por qué tanta prisa? —reclamó Sol.
— Rulos nos citó a las cinco, pucha, y no sabes cómo se pone si llegamos tarde.
— Sí, me lo puedo imaginar —dijo Sol, escapándosele una sonrisa.
Rulos había heredado de su padre la puntualidad inglesa, pero en su caso solo afloraba por puro interés. Así que, a las cinco en punto, ya estaba plantada junto al ficus, con la mirada clavada en su Swatch Pop, cada tic del reloj, avivaba una ira progresiva que empezaba a descontrolarse.
A paso ligero, Sol y Pablo avanzaban por la vereda que desembocaba en el ficus. Desde el ala este irrumpían René y Pato. En segundos, se armó un triángulo perfecto: Rulos pivotaba entre las parejas, generando un cruce de miradas cargadas con una tensión que se podía atravesar con cuchillo.
Aquello parecía la escena cumbre de El bueno, el feo y el malo. Solo faltaba la inigualable música western de Ennio Morricone silbando en el viento: Rulos ya estaba desenfundando la pistola, lista para disparar.
Los chicos llegaron con el corazón en la boca; parecía que habían competido por ver quién alcanzaba primero la meta. Fue un empate. Rulos tensaba la mandíbula y resoplaba: el atraso había sido de apenas ocho minutos.
— Ya pues Rulitos, ya estamos aquí. — René intentó suavizar la situación, mientras le sobaba el hombro.
Sol se acercó con disimulo al oído de Rulos y susurró:
— No te enfades… me demoré un poquito porque quería estar bien arreglada, tú ya sabes…
Esas palabras conmovieron a la niña, y su semblante pasó de la ira a una pícara sonrisa.
— Uhm… sí, por Pablito —murmuró.
El comentario llegó al oído afinado de Pablo, que giró el rostro hacia las compinches.
— Ya, vamos vamos —apuró Rulos viendo a su amiga con el rostro hecho un arcoíris.
René se acercó con disimulo hasta ella y le dijo en voz baja:
— No creo que vaya.
— ¿Cómo que no? — resopló
— Ando un poco gastado…
— No, tú vas, yo te invito —respondió Rulos—. Total, prefiero que vayas a comprar canchita.
René quedó en un silencio incómodo.
— Es la película de Jim Carrey —insistió ella—, y si no la ves, no voy a poder comentarla toda la semana. Así que avanza, que ya estamos tarde.
René la abrazo rodeándole la espalda, y se mantuvieron así hasta llegar a la avenida.
Una carcacha se hacía oír antes de dejarse ver. Se detuvo a mitad de cuadra para recoger a la pandilla y retomó su trayecto, dejando tras de sí un rastro tóxico de humo negro.
Apenas alcanzaron a subir antes de que el micro arrancara; a Pato lo jalaron a último momento y sus pies aletearon en pleno movimiento. Mientras se internaban en busca de los mejores asientos, los pocos pasajeros miraban al grupo como si fueran aliens. Más de uno se giraba con disimulo para observar a la niña de cabellos rojos, demasiado visible en aquel micro semivacío. En Sol aún no había malicia, por lo que no advertía esas miradas. René, atento a la situación, los condujo hacia los asientos traseros, arrinconando a Sol y a Pablo, que disfrutaron del trayecto, aunque aquella esquina del micro supusiera una tortura en cada bache.
El cobrador hacía tintinear un ripio en la mano, pasándolas frente a los rostros mientras cantaba:
— Saje, saje, saje.
— Una china hasta San Miguel —regateó René.
— Cheste… ¿Cuántos son?
— Cinco.
— Ya, ya… tres luquitas por los cinco.
Hicieron una chancha y pagaron.
— Gracias —dijo René.
El hombre ya se había dado la vuelta, meciendo la mano y repitiendo el canto entre los demás pasajeros.
Aún se mantenía latente una interrogante en la cabeza de Sol. Temía que, al expresar su duda, incomodara a Pablo; pero luego recordó la ligereza con que sus amigos le hablaban y se animó:
— Pablo... ¿Cómo es que disfrutas el cine?
La pregunta le arrebató una sonrisa.
— Disfruto de la experiencia. Voy a intentar explicártelo —se acomodó en el asiento—. Cierra los ojos. Ahora dime, ¿qué alcanzas escuchar?
Sol se dejó llevar. Se tapó los ojos con la mano libre; la otra no soltaba la de Pablo.
— La radio salsera —respondió ella.
— Sí, ¿y qué más? Pon atención, no dejes que el sonido más fuerte te confunda.
Sol inhaló como si entrara en una meditación profunda. El traqueteo del micro empezó a desdibujarse para dar paso a los detalles.
— Oigo el tintineo de monedas, un hombre roncando... los cambios de marcha del chofer.
— Ahora ve más allá. ¿Qué oyes fuera del micro?
— Los cláxones. Una moto nos acaba de pasar. Oh, debemos estar cerca de un parque, escucho pájaros.
— Trata de hilar los sonidos y vuélvelos imágenes. ¿Las ves?
— Sí —susurró ella, sorprendida—, las veo.
— Así son mis películas. Capto los diálogos, la música, las reacciones del público y el aroma. Si bien la película carece de olor, las salas tienen uno particular: esa mezcla de golosinas, ambientador y la gente que libera emoción. Todo eso construye un mundo de imágenes; mi propia versión, manipulada a mi antojo. Como si fuera un sueño.
Sol y Pablo andaban tan abstraídos que, al llegar a destino, Rulos tuvo que despabilarlos.
— Apúrense, que están cerrando la puerta.
— ¡Bajen rápido, pe! —reclamaba el cobrador.
— Oye, ¿no ves a mi amigo? —respondió René, envalentonado.
Al advertir la condición de Pablo, el cobrador exclamó:
— ¡Tío Chuck Norris, aguanta el carro! ¡Están bajando!
Desde el espejo retrovisor se asomó el chofer, reflejando un rostro coronado por un poblado bigote naranja. En una calle oscura y con un poco de imaginación, podría confundirse con el mismísimo héroe de acción.
Fueron directo a boletería. El rostro de Jim Carrey, en primer plano, formado por infinitos televisores a modo de píxeles, dominaba el afiche luminoso que, con letras gruesas, anunciaba: EL SHOW DE TRUMAN.
Se quedaron contemplando el póster como un crítico de arte snob que mira extasiado una obra abstracta, buscándole sentido a un lienzo que muestra un cuadrado negro sobre un fondo blanco. René, más avispado, bajó la mirada hasta la esquina inferior derecha.
PG — Mayores de 14 años.
Sabiendo que Rulos no iba a tolerar que no la dejaran entrar, decidió tomar precauciones, y tras un breve entrenamiento preguntó:
— ¿En qué año nacieron?
— 1984 — respondieron Pato y Rulos con convicción.
Con eso, avanzaron hacia el mostrador.
— Cinco entradas para El Show de Truman. – dijo René con soltura
Pato en cambio sudaba culpa, la tenía impresa en la cara.
— Es para mayores de catorce —respondió el boletero, observándolos uno a uno, deteniéndose en Pato, que no sabía dónde esconder la mirada.
— Sí, claro —intervino René, sujetando del hombro a su amigo—. Justo la semana pasada cumplió años.
Volvió su mirada hacia Pato y con un tono inquisidor disparó:
— Año de Nacimiento
— ¡1984! —soltó Pato, sin dejarle terminar la pregunta.
Hubo un incómodo silencio. El boletero había visto la película el día anterior; quizá por eso —o por simple cansancio— decidió ir contra el sistema.
Meció la cabeza mientras tecleaba en la registradora.
— Cinco entradas… treinta y cinco soles.
El alivio se les dibujó en el rostro, era un triunfo con una pizca de malicia. Tomaron las entradas y se metieron a la sala, sin darle chance al boletero de pensarlo dos veces.
Irrumpieron alborotando a los espectadores mientras buscaban cinco asientos libres.
— ¡Allá! —señaló Pato, apuntando a la segunda fila.
Un coro de shhh los intentaba silenciar: los tráileres ya corrían y el cine estaba a oscuras.
— No tan cerca de la pantalla. Aquí mejor, solo nos separa el pasillo —corrigió René.
Aseguró los espacios de la quinta fila: tres asientos del lado izquierdo y dos del derecho. Pato, René y Rulos se acomodaron juntos, dejando atrás a Sol y a Pablo. Ellos iban con calma, tomados de la mano; en esa oscuridad, ambos eran guías.
Una tormenta hacía vibrar los parlantes de la sala. Cuando volvió la calma, el pequeño Truman había perdido a su padre. Esa escena llenó de brillo los ojos de la pandilla; de una u otra forma, todos ellos conocían esa penosa sensación. Sol notó una lágrima corriendo por la mejilla de Pablo y comprendió que, en la oscuridad, él estaba creando su propia película.
Así transcurrió esa montaña rusa de sensaciones. La película manejaba a los espectadores como Christof manejaba a Truman; todos eran parte de un mecanismo que los llevaba del llanto a la risa hasta que Jim Carrey alcanzó su libertad y exclamó desde la pantalla:
— ¡Buenos días! Y por si no los vuelvo a ver: ¡buenas tardes y buenas noches!
Hubo un consenso en el público, que aplaudió a la pantalla como si de una obra de teatro se tratara. Los chicos también aplaudieron, todos menos Sol y Pablo, que no querían despegar sus manos.
Recorrieron el centro comercial, aún absortos por la lección proyectada en la sala. Apenas tenían dinero para regresar a sus casas, pero necesitaban pasear, sentirse vivos, y recorrieron los pasillos disfrutando de los escaparates como si el mundo les perteneciera. Hasta que, de pronto, todo quedó en penumbras; recién ahí, el peso de la hora cayó sobre ellos.
— Pucha, hay que irnos. Dijimos que regresábamos a las diez —advirtió Rulos.
Se apresuraron al paradero. Cruzaron la avenida La Marina a tientas, llevándose un par de bocinazos de los choferes sorprendidos. En ese sombrío corredor, apenas se alcanzaba a ver; la iluminación urbana y uno que otro neón de los comercios eran insuficientes para disipar la oscuridad.
El grupo vigilaba los minutos. Pablo hizo una pausa, alzó el rostro y captó un estruendo que solo él reconoció:
— Tranquilos, que Chuck Norris está cerca.
Las risas se cortaron cuando un micro se detuvo frente a ellos con un chirrido.
— Ustedes de nuevo —dijo el cobrador al abrirles la puerta.
Ani, Teresa y el señor Álvarez coincidieron en el paradero. Aguardaban en un silencio expectante; Teresa había descubierto el engaño al cruzarse con él en el supermercado. No hicieron falta preguntas: al verlo solo, la mentira de los chicos se desmoronó.
La pandilla regresaba triunfante. En cuanto el micro alcanzó su paradero y vieron las siluetas esperándolos en la vereda, terminaron palideciendo. Sin embargo, mientras bajaban uno a uno, todos compartían el mismo pensamiento: el castigo inminente había valido la pena.
La pandilla regresaba triunfante. En cuanto el micro alcanzó su paradero y vieron las siluetas en la vereda, las caras palidecieron. Descendieron uno a uno bajo la mirada de sus padres; sin embargo, esa risa solapada lo decía todo: el inminente castigo había valido la pena.
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