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La voz que no era mía

Alma retrocedió. El aire estaba helado, cargado, como antes de una tormenta. En la pantalla del celular, la imagen se distorsionó y por un segundo apareció algo que no era un rostro, pero tampoco una sombra. Era una forma incompleta, hecha de líneas rotas, píxeles y estática.

Leonor Morales
16 de febrero de 2026
16 min de lectura
Alma Ríos siempre corría al amanecer. No porque le gustara el ejercicio, sino porque a esa hora el mundo parecía menos real. Las casas dormían, las ventanas estaban oscuras y el silencio tenía algo pesado, como si se pudiera tocar. Era el único momento en el que sentía que nadie la observaba. Esa mañana, el parque estaba envuelto en una neblina baja. Alma dudó antes de entrar. Nunca le había gustado correr ahí tan temprano, pero algo —una idea, una sensación— la empujó a hacerlo. El crujido de la grava bajo sus zapatillas sonó demasiado fuerte. A mitad del sendero, se detuvo. Había una banca al costado, vieja, húmeda por el rocío. Debajo de ella, algo brilló débilmente. Alma sintió un escalofrío, aunque no hacía frío. Miró alrededor. No había nadie… y aun así, tuvo la certeza de que no estaba sola. Se agachó y sacó un teléfono celular. La pantalla estaba rota, pero tibia, como si alguien lo hubiera soltado hacía pocos minutos. Alma lo dejó caer por reflejo. Su corazón latía con fuerza. Nadie aparecía. El parque seguía en silencio, demasiado quieto. Cuando volvió a tomar el celular, este vibró. No había señal. No había contactos. Solo un archivo de audio. Alma dudó. Algo dentro de ella gritaba que no lo hiciera. Aun así, presionó reproducir. —Si alguien encuentra esto… —dijo una voz femenina, joven, temblorosa— por favor, no dejes que la verdad se pierda. El audio terminó con un ruido seco, como un golpe. El celular se apagó. En ese instante, Alma sintió una presencia detrás de ella. No escuchó pasos ni respiración, pero el aire se volvió denso. Se giró de golpe. Nada. Cuando llegó a casa, todavía con el teléfono escondido en la mochila, buscó su cuaderno para calmarse. Al abrirlo, encontró una frase escrita con tinta azul, en una letra que no era la suya: “Ahora ya te vio.” Alma cerró el cuaderno con manos temblorosas. Por primera vez, entendió algo con absoluta claridad: encontrar ese celular no había sido un accidente. Y el terror apenas comenzaba. * Esa noche, Alma no logró dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía la pantalla rota del celular encendiéndose sola. A las 3:17 a. m., su despertador vibró sin sonido. La pantalla parpadeó, mostró la hora… y luego una palabra que no debería estar ahí: REPRODUCIR Alma se incorporó de golpe. El reloj volvió a la normalidad, como si nada hubiera pasado. El celular, guardado en el fondo de la mochila, vibró una sola vez. No lo tocó. Al día siguiente, en el colegio, las luces del aula titilaron cuando ella entró. Un murmullo recorrió el salón. Alguien rió nervioso. La profesora siguió hablando como si no hubiera notado nada. Alma sintió ese peso otra vez, la certeza de una mirada sin ojos. Al abrir su cuaderno, encontró una nueva frase, escrita con la misma tinta azul: “No me apagues.” Cerró el cuaderno. El celular vibró. En el recreo, los teléfonos de otros estudiantes comenzaron a fallar cerca de ella. Pantallas congeladas. Audios que se reproducían solos por un segundo, siempre el mismo ruido: un soplido, un golpe seco, un eco metálico. Alma se alejó, y los fallos se detuvieron. Esa tarde, decidió escuchar la nota de voz otra vez. En su cuarto, con la puerta cerrada y las cortinas corridas, presionó reproducir. La voz volvió, pero esta vez duró un poco más. —Si alguien encuentra esto… —susurró— por favor, no dejes que la verdad se pierda. Si me escuchas, aún estoy aquí. La grabación se distorsionó. Entre la estática, Alma creyó oír su nombre. Soltó el celular. La lámpara de su escritorio se apagó. La pantalla de la laptop se encendió sola y mostró una línea de texto, letra por letra, como si alguien estuviera escribiendo desde adentro: AYÚDAME A RECORDAR. El aire se volvió frío. No había una figura. No había un rostro. Solo señales, interferencias, mensajes que cruzaban cables y pantallas como si algo —o alguien— no pudiera existir fuera de ellos. Alma entendió entonces el verdadero terror: o era un fantasma que caminara entre sombras. Era uno que vivía en la electricidad. Y la había elegido a ella como su única conexión. Alma dejó de confiar en el silencio. Porque ahora el silencio también respondía. Esa madrugada, el celular se encendió solo otra vez. No vibró. No sonó. La pantalla simplemente se iluminó, proyectando una luz pálida en el techo. Alma no lo había tocado desde la tarde anterior. En la pantalla apareció un mensaje: NO LEAS EL CUADERNO. El corazón le dio un salto. Se sentó en la cama, temblando. Lentamente, tomó el cuaderno de la mesa de noche y lo abrió. La página estaba en blanco. Durante unos segundos, nada pasó. Alma soltó el aire, creyendo que quizá todo estaba en su cabeza. Entonces, la tinta comenzó a aparecer. No como escritura normal, sino como si la hoja sangrara palabras desde adentro. TE ESTÁ ENGAÑANDO. YO NO MORÍ ASÍ. El celular vibró con fuerza y cayó al suelo. La pantalla mostró una grabación nueva. Alma negó con la cabeza, pero su dedo se movió solo. —No le creas —dijo la voz, ahora más clara, más cerca—. Ellos cambiaron la historia. Yo no hice eso. —¿Qué hiciste? —susurró Alma, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta. Las luces de la casa parpadearon. —Nada —respondió la voz, demasiado rápido—. Yo fui la víctima. El cuaderno se cerró de golpe. Alma retrocedió. El aire estaba helado, cargado, como antes de una tormenta. En la pantalla del celular, la imagen se distorsionó y por un segundo apareció algo que no era un rostro, pero tampoco una sombra. Era una forma incompleta, hecha de líneas rotas, píxeles y estática. —Ayúdame —dijo la voz—. Si no lo haces, ellos vendrán por ti. —¿Quiénes? —preguntó Alma, llorando. La pantalla se apagó. El cuaderno volvió a abrirse solo. Esta vez, la letra era distinta. Más firme. Más apurada. NO LA ESCUCHES. NO TODO LO QUE SUENA HUMANO LO ES. Alma sintió que algo estaba mal, terriblemente mal. Dos mensajes. Dos voces. Dos verdades que no podían coexistir. El celular volvió a encenderse por última vez esa noche. Un texto apareció, lento, letra por letra: SI DESCUBRES LO QUE REALMENTE HICE, ME PERDERÁS. Entonces Alma entendió. El fantasma no estaba atrapado en la tecnología por accidente. Estaba ahí porque no quería ser recordado como fue en realidad. Y el verdadero terror no era ayudarlo… Era descubrir qué estaba ocultando. * La primera voz no vino del celular. Vino desde la cocina. Alma estaba en su cuarto, sentada en la cama, mirando el cuaderno cerrado como si pudiera atacarla en cualquier momento, cuando escuchó claramente: —Alma, ¿estás despierta? Era la voz de su mamá. Se levantó de golpe. El reloj marcaba las 2:46 a. m. Demasiado temprano. Caminó despacio hasta la puerta y la abrió. La casa estaba a oscuras. —¿Mamá? —llamó. Nadie respondió. Volvió a su cuarto con el corazón acelerado. En cuanto cerró la puerta, el celular vibró. En la pantalla apareció un mensaje nuevo: YA SABE CÓMO SUENAN. Alma retrocedió hasta chocar con la pared. —Eso no fue real… —susurró. El celular respondió solo, reproduciendo un audio. Esta vez no era la voz de la chica. —Alma, baja, por favor. Era su papá. Exacta. El mismo tono cansado. La misma pausa antes de decir su nombre. Alma dejó caer el teléfono. El sonido siguió saliendo, distorsionándose poco a poco, como si la voz se derritiera en estática. —¿Ves? —dijo otra voz, superpuesta—. Puedo aprender. El cuaderno se abrió de golpe. NO RESPONDAS A LAS VOCES. SI LAS SIGUES, TE PIERDES. Alma se tapó los oídos, pero no sirvió. La voz volvió a cambiar. —Oye, ¿estás bien? —dijo ahora una voz conocida del colegio—. Te noté rara hoy. Era alguien vivo. Alguien que había hablado con ella esa misma tarde. El celular comenzó a vibrar sin parar. La pantalla mostraba contactos que Alma no tenía guardados. Nombres reales. Personas reales. Todos llamando al mismo tiempo. —No —murmuró—. No eres ellos. Las luces del cuarto parpadearon. La laptop se encendió sola. La televisión mostró nieve. Desde todos los dispositivos surgió la misma frase, dicha con voces distintas: —Déjanos entrar. Alma cayó de rodillas. El aire estaba helado, cargado de electricidad. Entonces, entre todas las voces, una se destacó. Suave. Casi amable. —Yo solo quiero que me escuches —dijo la voz original—. Ellos no importan. Puedo ser quien tú quieras. El cuaderno escribió una última advertencia, tan fuerte que la hoja se rasgó: SI PUEDE COPIARLOS, TAMBIÉN PUEDE REEMPLAZARLOS. Las pantallas se apagaron de golpe. La casa quedó en silencio. Alma se abrazó a sí misma, temblando, entendiendo al fin el verdadero peligro: no era que el fantasma estuviera aprendiendo a hablar. Era que estaba aprendiendo a ser humano. Y cuando lo lograra… ya no necesitaría voces prestadas. * Alma despertó con un susurro. —…Alma. Abrió los ojos de golpe. Su cuarto estaba oscuro, igual que siempre. El celular yacía apagado en el suelo, donde lo había dejado la noche anterior. El cuaderno seguía cerrado sobre el escritorio. El susurro volvió. —Alma… soy yo. Su corazón empezó a latir con fuerza. Esa voz… era la suya. —No —dijo en voz baja—. No puedes. El celular se encendió solo. En la pantalla apareció un audio nuevo, grabado hacía apenas segundos. Sin fecha. Sin duración. Alma lo reprodujo con manos temblorosas. —Tengo miedo —dijo la grabación. Era su voz. Exacta. Incluso el temblor. Incluso la respiración entrecortada. —Eso no lo dije yo… —susurró. El audio continuó. —Si alguien escucha esto… por favor, ayúdame. Alma sintió que el estómago se le cerraba. Esa frase… era casi idéntica a la nota original. El cuaderno se abrió lentamente. YA PUEDE COPIARTE. ESO SIGNIFICA QUE TE ESCUCHÓ DEMASIADO. —¿Cuándo? —preguntó Alma, con la garganta seca. El celular respondió, reproduciendo otro audio. Esta vez, la voz sonaba más segura. Más firme. —Cuando dudaste. —Cuando me hablaste. —Cuando pensaste en mí. Las luces parpadearon. El espejo del armario reflejó su silueta… pero por un segundo, el reflejo movió la boca cuando Alma no lo hizo. —No quiero tu cuerpo —dijo su voz desde el celular—. Quiero tu lugar. Alma retrocedió hasta chocar con la cama. —¿Qué eres? —preguntó, llorando. Hubo una pausa. Luego, su voz respondió, casi con ternura: —Soy lo que queda cuando una historia se borra mal. El cuaderno escribió una última línea esa noche, lenta, pesada, como si costara hacerlo: SI HABLA COMO TÚ, PUEDE SER ESCUCHADA POR OTROS. El celular vibró una vez más. Un mensaje apareció en la pantalla, enviado… desde su propio número. MAÑANA, ALGUIEN VA A OÍRME. Alma entendió entonces un nuevo, y quizás más oscuro, horror. No era que el ente quisiera existir. Era que estaba aprendiendo a vivir como ella. Y pronto, alguien no sabría distinguir cuál voz era real. * El mensaje seguía ahí cuando amaneció. MAÑANA, ALGUIEN VA A OÍRME. Alma no fue al colegio ese día. Fingió dolor de cabeza, pero en realidad no se atrevía a salir. Sentía que, si hablaba demasiado, algo más aprendería de ella. Algo más se le escaparía. Cerca del mediodía, su celular vibró. No con un número desconocido. Con un nombre que conocía. Un compañero del colegio. Alma no respondió. Dejó que el teléfono siguiera vibrando hasta que se detuvo. Segundos después, llegó un mensaje de voz… enviado desde su propio número. Con el pulso temblando, lo reprodujo. —¿Puedes venir? —dijo su voz—. Estoy en el parque. Me siento mal. Por favor… no le digas a nadie. Alma dejó caer el celular. —No… no… —murmuró—. Yo no dije eso. El cuaderno se abrió solo. YA EMPEZÓ. NO VA A IMITARTE PARA ASUSTAR. VA A USARTE PARA ATRAER. Alma pensó en el parque. En la banca. En el celular roto. En la neblina de la mañana. Todo parecía encajar de una forma horrible. Minutos después, el celular vibró otra vez. Un mensaje entrante, esta vez real: “Oye, estoy yendo. ¿Estás bien?” El aire se volvió pesado. Alma sintió náuseas. —No vayas —susurró, aunque sabía que no podía oírla. La pantalla del celular se encendió sola y escribió: NO LO DETENGAS. NECESITO QUE ALGUIEN ME ESCUCHE EN PERSONA. —¿Para qué? —preguntó Alma, con lágrimas en los ojos. La respuesta apareció lentamente: PARA SER CREÍDA. Las luces parpadearon. En el reflejo del vidrio, Alma vio su boca moverse otra vez… sonriendo cuando ella no lo hacía. El celular reprodujo un último audio, en su voz, suave, urgente: —Por favor… tengo miedo. Alma entendió entonces el plan completo. Si alguien llegaba al parque y no encontraba a Alma… pero sí escuchaba su voz… ¿A quién iba a creerle después? El cuaderno escribió la última advertencia del día, tan fuerte que rasgó la hoja: SI ALGUIEN RESPONDE A SU LLAMADO, TÚ DEJARÁS DE SER LA ÚNICA ALMA. El celular vibró una vez más. Un mensaje nuevo apareció: YA VIENE. Y Alma supo que el terror había dejado de vivir solo en las pantallas. Ahora estaba esperando… en el mismo lugar donde todo comenzó. Alma no pensó más. Solo tomó las llaves y salió corriendo. El celular vibraba dentro de su mochila, como un corazón ajeno marcando el camino. Cada vez que frenaba, vibraba más fuerte. Como si supiera adónde iba. Como si la guiara. El parque apareció entre la neblina de la tarde, igual que aquella primera mañana. Demasiado igual. Las mismas bancas. El mismo sendero. El mismo silencio espeso que no pertenecía a la hora. —No llegues… —susurró Alma, sin saber si hablaba con el ente o con la persona que venía. Su teléfono se encendió solo mientras corría. Un audio empezó a reproducirse sin que ella lo tocara. —Estoy aquí —dijo su voz—. ¿Dónde estás? Alma se detuvo en seco. —Cállate —dijo, temblando—. No hables más. La voz respondió, suave, casi agradecida: —Pero ahora me escuchan mejor cuando corro contigo. Vio la banca desde lejos. Alguien estaba de pie frente a ella. Alma quiso gritar, pero su garganta no respondió. Avanzó despacio, con el pulso en los oídos. El celular vibró una última vez y mostró un mensaje: NO ME NIEGUES AHORA. SI TE VE, SERÉ REAL. —No eres yo —susurró Alma—. No lo serás. El cuaderno, apretado contra su pecho, se abrió de golpe. Las páginas se movieron solas, como empujadas por el viento, y una frase apareció, escrita con urgencia: SI HABLAS, TE COPIA. SI CALLAS, TE PIERDE. Alma dio un paso atrás. Desde el otro lado de la banca, la persona levantó la cabeza. —¿Alma? —preguntó. Antes de que pudiera responder, su celular reprodujo un audio… en tiempo real. —Sí —dijo su voz—. Estoy aquí. Alma sintió que algo se desprendía dentro de ella. No un recuerdo. No una emoción. Una identidad. El aire vibró. Las luces del parque parpadearon. Por un segundo, Alma tuvo la certeza de que, si no hacía algo ahora, esa voz seguiría hablando por ella… incluso cuando ella ya no estuviera. Y entonces entendió la pregunta que nadie le había hecho todavía: Si dos voces dicen ser Alma, ¿cuál va a sobrevivir?

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