Volver al blogTallerista - Grupo presencial
Rojo vulgar
Intentó absorber un poco el aire húmedo. Miró su celular: faltaban trece minutos para las siete. Cerró los ojos. Pensó que todo aquello era quizás solo una pesadilla. Los abrió. Las manchas seguían ahí, más frescas y vivas. Su corazón era un puño golpeando las costillas con tal violencia que hacía vibrar el collar de mariposas tornasoladas que resplandecían en su garganta. Cada aleteo metálico le dejaba una marca rojiza.
Gabriel Granda
27 de febrero de 2026
16 min de lectura
El rumor llegó hasta los oídos de la Wedding Planner a través del chirrido de la radio que llevaba en la cintura. —Hay un muerto en la entrada —escupió el aparato.
Ella impuso un decreto de silencio absoluto entre sus empleados; el show debía continuar. Se comunicó con su asistente favorita, esa muchacha de labios rentados con la que solía aliviar la tensión entre sobrantes de champán y secretos de alcoba tras culminar su labor.
La asistente llegó al arco nupcial. El cadáver ya no olía a fiesta; despedía un aroma que no le pertenecía a la vida. Con los dedos húmedos sobre el botón de transmisión, contactó a su empleadora y recibió la orden de buscar a la mujer que los había contratado.
La chica caminó rápido por el zaguán. El olor a muerte en su nariz se mezclaba ahora con el dulce empalagoso de las trufas y los alfajores, provocándole náuseas. Cruzó la pista de baile como un espectro y se detuvo frente a Lucrecia, lista para vomitar la noticia que nadie quiere escuchar en la boda de su único hijo.
—Señora Lucrecia, buenas noches.
Lucrecia giró la cabeza. Frente a ella, la asistente temblaba dentro de su uniforme negro, apretando la radio contra su cintura.
—¿Podría acompañarme un momento, por favor? Tenemos una situación que debe resolverse. —Sus ojos estaban dilatados, suplicando una respuesta.
Lucrecia soltó una exhalación de incomodidad.
—¿Qué situación, niña? ¿Acaso no ves que estoy ocupada?
—Sí, señora, lo sé. Pero… se trata de…
—¿De qué se trata? ¡Ay, Dios, habla sin tartamudear!
—Del señor Josephus, señora.
El nombre "Josephus" flotó dentro de los pensamientos de Lucrecia hasta arquear una de sus cejas.
—¿Qué tiene? ¿Está borracho? ¿Vomitó sobre alguna invitada?
—No es eso. Por favor, acompáñeme —la asistente tragó saliva con dificultad—. Es urgente.
Lucrecia estaba dispuesta a negarse. ¿Qué podría pasar si al final estaba con sus semejantes? Josephus era un problema con el alcohol, sí. Pero un problema predecible, fácil de resolver con dinero y abogados. Pensó en decirle que iría en diez minutos, que no molestara. Sin embargo, algo en el rostro de la chica la detuvo. No era miedo a ser despedida; era un terror que ella estaba a punto de descubrir.
—Iré en un segundo, Maritza —concedió Lucrecia, suavizando el tono con una dulzura falsa—. Gracias.
Maritza, la asistente que llevaba ese nombre en el solapero dorado, asintió con espasmos, agradecida de no tener que dar más explicaciones. Se retiró unos pasos, llevándose la radio a los labios con las manos aún empapadas de sudor.
—Ella va en camino.
—¿Le indicaste lo que pasó? —respondió la Wedding Planner al otro lado.
—Aún no lo sabe, jefa. Había mucha gente alrededor.
—Está bien, no te preocupes. Te veo allá y cierra la puerta del zaguán. Discreción al cien, por favor.
—Sí, jefa, descuide.
La palabra "zaguán" resonó en la mente de Lucrecia como una alarma de incendios. El corredor estaba lejos de la mesa central, cerca del jardín de la entrada. ¿Qué hacía Josephus allí, tan lejos de nosotros?
Lucrecia dirigió la mirada hacia su hijo. Julio César reía con la boca llena, ajeno al drama que se gestaba a sus espaldas. Ella se inclinó sobre él con la ternura feroz de una leona que huele el peligro y debe proteger a su cachorro. Le dio un beso en la frente y le acomodó el saco blanco, alisando una arruga invisible.
—¿Deseas que ordene ya el whisky Macallan o prefieres seguir con el vino, darling?
—Por ahora estoy bien con el vino, viejita —respondió él, alzando la copa de novio decorada con un esmoquin blanco y un lazo de moño.
Frente a ellos, la tuna universitaria tocaba "España Cañí". Uno de los pardillos gritaba y saltaba con la pandereta, tratando de seguir el ritmo frenético de las castañuelas de un tuno con capa. El ruido era ensordecedor; la conversación apenas se hacía audible.
—¿Dónde está tu esposa, cariño? —preguntó ella, escaneando la silla vacía a su lado.
—Debe haber ido al baño. Qué sé yo... cosas de mujeres —respondió Julio César con desinterés, buscando a algún amigo con la mirada.
—Seguramente, cariño. Voy por ella y vuelvo en unos segundos.
—Las espero viejita.
Lucrecia fue en búsqueda de aquella “situación”. Caminó entre los murmullos sin preguntar, aguzando el oído para saber si todo estaba en orden. Por dentro pensaba en qué carajos había pasado; tal vez el bribón de Josephus había golpeado a alguien o hecho otra de sus cojudeces con alguna mujer. En fin, no importaba; estaba dispuesta a callar las putas habladurías si alguien se atrevía a comentar algo irreverente que manchara el honor de la familia.
Caminó lentamente, alejándose del gentío. Pasó por el zaguán y todo parecía en orden. Buscó salir al jardín. La puerta estaba entreabierta y cruzó. Sus pasos dieron con las baldosas de mármol, casi húmedas por la brisa. Dio un giro hacia la derecha para ir primero al tocador que se ubicaba a unos metros. Al llegar, un aire frío subió por sus vértebras hasta helar sus manos frente a la manija. La tocó y sintió que estaba pegajosa, una humedad tibia que le recordó a la carne cruda que sus perros devoraban en el jardín.
En el suelo, un rastro de manchas casi secas y amorfas la invitaba a seguir un camino que nunca había recorrido. Sus suelas chirriaban, rompiendo un silencio que se sentía peligroso. No quería mirar, pero sus ojos estaban encadenados a la ruta de manchas oscuras. Avanzó un paso. Retrocedió dos. Volvió a avanzar tres. Con cada metro hacia adelante, las manchas se encendían con el brillo líquido del desangramiento.
Intentó absorber un poco el aire húmedo. Miró su celular: faltaban trece minutos para las siete. Cerró los ojos. Pensó que todo aquello era quizás solo una pesadilla. Los abrió. Las manchas seguían ahí, más frescas y vivas. Su corazón era un puño golpeando las costillas con tal violencia que hacía vibrar el collar de mariposas tornasoladas que resplandecían en su garganta. Cada aleteo metálico le dejaba una marca rojiza.
El rastro se cortó de golpe ante un muro de espaldas negras. Eran los mozos, formando un círculo hermético alrededor de algo en el suelo.
—¿Qué pasó aquí? —su voz temblaba—. ¿Dónde están los invitados?
—Todos están dentro —respondió uno de corbatín negro.
Entonces vio el cadáver, tras abrirse paso a empujones.
Lo primero que sus ojos rescataron del caos fue el oro de dos gemelos flotando en medio de un lago de laca roja. La sangre brotaba del tórax destrozado, acompañada por el ritmo frenético de "España Cañí" que llegaba desde el salón. Las castañuelas ya no sonaban festivas; replicaban con precisión el crujido de un animal que acababa de ser embestido por la muerte.
Sintió un ardor salado en los ojos. Su garganta se contrajo, lista para aullar la palabra "¡Mi Hermano!". Iba a caer de rodillas. Pero al ver cómo la sangre oscura violaba la blancura del suelo, se tragó el nombre del muerto y escupió con indignación:
—¡Qué mancha tan difícil de sacar de estas baldosas de mármol!
La sangre colonizó las juntas del suelo y avanzó hacia el brillo charol de sus tacones Romanov. El fluido era una sentencia acusadora e imparable. En ese instante, ejecutó unos pasos hacia atrás con una frialdad ensayada, horrorizada ante la sola idea de que la muerte de su hermano se atreviera a manchar la basta de su vestido de diseñador.
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