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Tus plumas, sus colmillos
Fue corriendo hacia su baño, ni siquiera molestándose en revisar la hora o guardar silencio para no despertar a nadie. Tanteó con la pared de baldosa hasta encontrar el interruptor de luz e inmediatamente escupió en el caño.
Camila Valderrama
26 de enero de 2026
13 min de lectura
Ochenta y cinco pasos, luego una vuelta a la derecha y luego otros sesenta y cinco. Eso fue lo primero que aprendió después de mudarse, la primera cosa que logró memorizar en aquel entonces. Cruza la pista y camina recto hasta que veas una casa de tres pisos pintada de rojo brillante, luego da un giro a la izquierda. En ese tiempo ni siquiera había sido capaz de recordar los nombres de las calles, pero estaba mejorando en esa clase de cosas. Ya deberías poder ver el edificio, tiene una enorme cruz de madera en el techo, obviamente.
Hace tan solo un mes se le había pedido comenzar a venir como voluntaria los domingos por la mañana para ayudar a las hermanas, había dicho que sí porque realmente no tenía mucho que hacer en estos días, visitaba la iglesia casi todos los días de todas formas. Había agarrado la tendencia de llegar temprano y aun así quedarse sentada en la última fila, antes, es por eso que las hermanas la notaron en primer lugar. La pobre jovencita con la mirada distante, parece haber perdido la razón. Luego se le habían acercado y le habían ofrecido algo de comer y bombardeado con preguntas hasta que ella les contó sobre su madre. Después de eso su relación con ellas se volvió casi amistosa, al menos lo suficientemente amistosa como para que se sintieran cómodas pidiendo su asistencia.
Las puertas se abrieron lentamente, pesadas contra sus manos y crujiendo con antigüedad. El techo del lugar era intimidantemente alto, creando ecos que retumbaron contra sus oídos cuando entró y se saludó con la hermana Clara.
“¿Iniciando el día con buenos ánimos?”
“Supongo que sí”
“Dios te bendiga, chiquilla, y a todo el trabajo que haces aquí”
Su trabajo era, francamente, bastante simple. Barrer, desempolvar, sacar ornamentos de cajones y colocarlos en los lugares seleccionados para la ceremonia. Pasaron varias semanas antes de que confiaran en ella para movilizar tan sagradas posesiones sin supervisión. Los pasillos eran confusamente idénticos y se enredaban los unos con los otros en su mente al punto en el que perder el rumbo y acabar abriendo la puerta incorrecta era aún un suceso habitual. Ocasionales grietas cubriendo las paredes y faltantes tablas de madera en algunas partes del suelo siendo los únicos detalles que la ayudaban a ubicarse.
Se sintió aliviada de que en este particular día no se vio topada con este inconveniente y consiguió terminar sus tareas con relativa rapidez. Aún trataba de sentarse a escuchar la misa cada que podía, realmente no prestaba ninguna atención a las palabras que conformaban el sermón, pero estar en la habitación la hacía sentir segura. Además, no atender le dejaba una sensación desagradable que la seguía por el resto de la tarde, pizcas de culpa carcomiendo su piel hasta hacerla picar, acabando enrojecida y con sangre debajo de las uñas.
Entró a la sala casi al mismo tiempo que las puertas se abrieron y dejaron pasar a su congregación de fieles. Rostros conocidos, en su gran mayoría. No fue hasta el momento en el que tomó asiento que la noto.
Una mujer joven a la que nunca había visto antes — eran del tipo que son difíciles de olvidar, por lo que estaba bastante segura de esto a pesar del cúmulo borroso que solía ser su memoria estos días — haciéndose camino entre los bancos. Cabello voluminoso y ondulado cayendo de sus hombros, cubriendo parte de su escarchada chaqueta denim y posicionado detrás de sus orejas para dejar ver sus pendientes de aro plateados. Había algo en la manera en la que se movía, como si el aire a su alrededor se despejara para darle paso, como si el espacio mismo se doblara en su forma.
No podía parar de mirarla. Mientras todos los demás se mantenían atentos al sacerdote, persignándose y respondiendo a su oración, su vista permanecía fija en ella como un clavo. En su espalda, específicamente, pues estaba sentada unas cuantas filas detrás. Se preguntaba cómo se vería su cara, desde la forma de sus mejillas, a través de la punta de su nariz, hasta la curvatura de sus labios—
Esa última idea le causó un escalofrío de vergüenza. Volteo su mirada hacia el piso y la mantuvo allí hasta que todo se hubiera acabado, mordiendo el interior de sus mejillas. Una vez el padre se retiró, ella siguió tras de él tan rápido como le fue posible y se dirigió directamente al jardín.
La iglesia contaba con un precioso jardín interior, posicionado en el centro de la construcción y adornado con amapolas, salvias, girasoles y una estatua de la virgen María. Usualmente no era ella quien se encargaba de regar, solo lo había hecho un par de veces como favor a alguna de las hermanas, pero necesitaba una tarea en la que distraer su mente ahora mismo.
Extendió sus brazos y se paró de puntillas para alcanzar el gabinete en el que se encontraba la regadera, había una escalera plegable recolectando polvo en alguna esquina del lugar, pero tenía prisa — por alguna razón — y, siendo medianamente alta, estaba acostumbrada a estirarse hacia lugares elevados completamente inaccesibles para la mayoría. Una vez sintió el asa metálica que buscaba y sostuvo el objeto en sus manos, dio la media vuelta y aceleró a través del laberinto de corredores y puertas, un insoportable tic-tac tic-tac rebotando dentro de su cabeza. Estoy cerca, se repetía a sí misma, solo un poco más.
Y allí estaba, en todo su esplendor, verde brillante y floral y hermosamente teñido por la luz del sol.
Y allí estaba ella, en todo su esplendor. Aros plateados relucientes, las lentejuelas de su vestimenta parpadeantes y sus marrones rulos delicadamente iluminados por la luz del sol. Mirándola directamente.
“¿También estás perdida?”
Sus ojos eran de un tono muy particular, un café-amarillento-verdoso, la clase que la gente describe como avellana o miel, zumbidos de abeja comenzaron a invadir sus oídos.
“Um, no, vine a regar las plantas”
“Oh…entonces tú…trabajas aquí?”
“Soy voluntaria”
“Voluntaria! eso tiene más sentido” — rio, su voz era melódica y dulce — “en ese caso puede que puedas ayudarme”
“Tal vez…”
Sus manos comenzaron a jugar con un hilo suelto en la manga de su blusa, enredándolo y desenredándolo en su dedo anular. Mientras tanto, las de ella divulgaron en su bolso hasta sacar un pequeño monto de papeles unidos con un clip.
“Básicamente, soy actriz, y estoy trabajando en una película” — Le paso los papeles, que ahora asumía eran un guión, el título ‘CONFESIÓN LETAL’ ocupando toda la primera hoja — “La protagonista es una monja, o al menos inicia la historia siéndolo, y me gustaría poder hablar con algunas de las hermanas aquí para, ya sabes, poder representar el personaje más auténticamente”
Le dio vuelta a la página, encontrando una lista de personas con distintos roles en la producción asignados, pasando por ‘DIRECCIÓN’ y ‘SONIDO’ hasta ‘ELENCO’, sección bajo la cual estaban acreditados tan solo cinco nombres, deslizó sus dedos a través de cada uno mientras leía, pero se detuvo en el tercero: Victoria Gallegos.
“Me encontraste”
Cuando levantó la mirada para responder se vio sorprendida por la proximidad que causaba el que ambas estuvieran agachando sus cabezas leyendo de un mismo papel. Por alguna razón no podía soportar la imagen de los ojos de Victoria — ahora sabía su nombre —observándola tan de cerca.
Dio dos pasos atrás, casi que por instinto.
“Perdón”
Regresó su atención al guión, inspeccionándolo más a detalle. Haciendo que comenzara a notar una serie de particularidades…preocupantes. Primero que nada, las páginas no estaban numeradas, y algunas de estas tenían errores de impresión. Añadido a esto, había series inconsistencias con el formato de los encabezados, así como con las diversas fuentes utilizadas, ninguna de las cuales era la estándar recomendada. Volvió a la página con los créditos de producción y analizo los nombres más atentamente. No reconoció ni uno solo, quedando completamente desconcertada cuando vio que un tal Patrick Trevor estaba acreditado tanto como ‘Cura’ como ‘Criminal #1’, y que este no era el único actor interpretando un papel doble, había algunos que hasta tenían roles de producción como camarógrafos.
“No parece muy confiable…”
“Disculpa?”
“No, no, es solo que…hay varios errores en el formato del guión, y no parece que ninguna de las personas envueltas en la producción tenga una trayectoria previa en la industria—”
“¿Cómo sabes eso?
“Estudiaba cine” — Aunque sintió como las palabras dejaban su boca, su cabeza no las lograba procesar. Sabía que lo que acababa de decir era un simple y objetivo hecho sobre sí misma, pero parte de eso no terminaba de registrar. Se sentía como si estuviera relatando la vida de alguien más, memorias completamente ajenas a ella, escenas que conocía solo a través de fotografías o videos, no de primera mano.
“Oh, bueno, no es nada de alto presupuesto o renombre, pero el equipo es dedicado”
Regreso en sí.
“Si, si, por supuesto…”
“No pareces convencida”
“Bueno…” — No había leído mucho de la trama en sí, pero creía que era suficiente para juzgar el poco mérito artístico de esta — “No es un muy buen proyecto, ¿no?”
“¿Qué te hace decir eso?” — Había algo hostil en el tema de la conversación, pero por alguna razón se sentía menos como un ataque y más como genuina curiosidad.
“Un mal guión suele significar una mala película, y, lo lamento, pero, incluso fuera de los problemas de formato…vi dos individuales escenas en las que tu personaje levanta su hábito y saca una pistola de su ropa interior, y eso que solo le di una hojeada”
Victoria suspiró.
“Se todo eso, desafortunadamente, pero aun así quiero tu ayuda. Porque yo tengo la intención de dar la mejor actuación posible. Aunque sea en una película de cine B que no esté ni cerca de ser la mejor oportunidad posible y que…sea bastante mala”
"A esas películas se les llama Cine B con ‘B’ de ‘Basura’”
Sintió un momentáneo pánico cuando la única respuesta que obtuvo su comentario fue silencio. ¿Fuí demasiado lejos?, ¿Fue un chiste insensible?, ¿Estuve fuera de lugar? y otras similares preguntas comenzaron a invadir sus pensamientos. Hasta que Victoria cubrió su boca con una mano y comenzó a reír descontroladamente, con más fuerza aún cada que trataba (y fallaba) de calmarse. Era algo diferente a las pequeñas carcajadas que había soltado en momentos previos, perfectamente cronometradas y sutilmente melódicas. Era algo más real, y era extremadamente contagioso. Les tomó varias decenas de segundos a ambas recobrar la capacidad del habla.
“¿Eso significa que no me vas a dar la mano con lo de las monjitas?”
“Nunca dije eso”
“¿Entonces estás dispuesta a depositar tu confianza en un proyecto de cine basura?”
“Supongo, más que nada estoy depositando mi confianza en ti”
“No tengo la menor idea de porque alguien en sus potestades mentales haría algo así”
“Tampoco dije que estuviera en mis potestades mentales”
Esta vez la risa de Victoria llegó a ella tan rápido que no le dio tiempo de sobrepensar si tal vez había expuesto mucho de sí misma con ese chiste.
“¿Cómo te llamas, por cierto? Siento un ligero imbalance de poder con que tu sepas mi nombre completo y yo aun no tenga ni una inicial”
Los rastros de una sonrisa aún estaban teñidos en su rostro cuando respondió.
“Francesca”
*
*
*
Francesca estaba cubierta, hundida, enterrada de pies a cabeza en algo frío y suave, tal vez nieve.
No sentía claustrofobia, solo estaba algo confundida, trato de abrir sus ojos para poder entender mejor su situación pero descubrió que no podía. Fue entonces que la invadió un abrumante olor, un olor imposiblemente dulce y apetecible.
Comenzó a morder el aire, excepto que no era aire, era cereza, y era azúcar, y era miel. Podía sentirla entrar en su boca. Podía sentirla bajar por su garganta. Y estaba deliciosa, absolutamente deliciosa, hasta que comenzó a arder.
Se estaba ahogando, movía desesperadamente sus brazos y piernas y trataba de nadar, sin éxito. No podía salir, no podía respirar, no—
Despertó empapada en sudor, con el corazón acelerado y con un terrible sabor de boca.
Fue corriendo hacia su baño, ni siquiera molestándose en revisar la hora o guardar silencio para no despertar a nadie. Tanteó con la pared de baldosa hasta encontrar el interruptor de luz e inmediatamente escupió en el caño.
Antes de poder enjuagarse con tanta agua fuera necesaria para volver a sentirse limpia, se vio distraída por la imagen de su reflejo en el espejo.
Sus dientes estaban cubiertos de sangre.
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