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Milagro en diciembre
Mientras freía las papas en la sartén, escuché un ruido tan fuerte que me dio miedo. Como si una tostadora gigante estuviera tostando maíz perlita. Dejé todo y salí de la cocina asustada. Una nube de humo se acercaba por el pasadizo.
Roxana Hoces
25 de noviembre de 2025
3 min de lectura
Diciembre siempre fue mi mes favorito. En casa celebrábamos los cumpleaños de mis dos hermanos menores. Guardaba mi uniforme del colegio y, al fin, podía cocinar mis platos preferidos. En diciembre vendíamos más que en cualquier otro mes. Nunca faltaban los fuegos artificiales. El ruido de los cohetes anunciaba que la Navidad estaba cerca.
Desde los primeros días del mes, los niños del barrio venían a comprar palitos de rascapiés. La mayoría los raspaba en la pared. Una vez prendido, lo llevaban a una pequeña ollita que hacían con las manos. Y a eso le llamaban "canchita". Me sorprendía ver a algunos jugar con los rascapiés en la boca y a otros prender cohetes como si fueran expertos.
A mí solo me gustaban las luces de bengala. Los otros fuegos artificiales me daban miedo, y a veces corría cuando alguien tiraba un cohete cerca.
A dos semanas de Navidad, me dieron ganas de hacer pollo saltado. Me encantaba freír las papas en tiras y comerlas recién hechas. Aunque me demoraba en cocinar, al final me quedaba delicioso. Mis hermanos siempre pedían aumento. La boca se me hacía agua solo de imaginar lo jugoso que saldría el pollo saltado.
Mientras freía las papas en la sartén, escuché un ruido tan fuerte que me dio miedo. Como si una tostadora gigante estuviera tostando maíz perlita. Dejé todo y salí de la cocina asustada. Una nube de humo se acercaba por el pasadizo. Vi a mi hermano Manuel correr desesperado desde la tienda. Me quedé quieta, sin saber qué hacer. Quería hablar, pero no pude. Sentí que todo a mí alrededor temblaba. Y escuché gritos en la calle y dentro de la tienda.
—¡Agua, agua! ¡Tierra, tierra!
Entre el humo, se movían sombras que no conocía. Todo pasó tan rápido. No entendí nada. Mi mamá bajó casi volando del segundo piso, muy asustada.
—¡Corre, avísale a tus tíos! —ordenó.
Temblando, volví a la cocina y cubrí las ollas con un mantel. Imaginé lo peor y después no pensé en nada. Sentía mi cuerpo pesado, moviéndose de aquí para allá.
Salí a la calle. Había vecinos en todas partes. Algunos cargaban baldes de agua, otros latas de arena. Todos se voltearon a mirarme. Nerviosa y desesperada, pasé entre ellos y corrí hacia la casa de mi tío.
Toqué varias veces, pero nadie respondió. Busqué a mi otra tía y tampoco estaba. Me atendió su esposo, y apenas lo vi, le conté lo que pasaba. Casi me pongo a llorar. Él me escuchó con cara de preocupación. Me dio un vaso de agua y me pidió que me calmara.
Tomé un poco de agua. Sin perder tiempo, regresé a casa acompañada por mi tío y su primo. Todavía temblaba.
Cuando llegamos, el fuego y la explosión ya habían sido apagados. La tienda parecía una gran caja oscura, llena de humo, y el olor a pólvora quemada todavía rascaba la garganta. Los vecinos se retiraban con pasos lentos, con cara de cansancio y alivio.
Algunos recién llegaban, atraídos por la curiosidad y las ganas de chismear. Mamá agradeció a todos los que habían ayudado. Sobre todo a los jóvenes que, a veces, les llamábamos “los vagos”.
Mi tío y su primo entraron a la tienda y revisaron el piso y las paredes. Se acercaron a la caja de electricidad, que estaba cerca de los fuegos artificiales. Más allá estaban los licores; al frente, dos cilindros llenos de kerosene. Los dos se quedaron mirando en silencio, con una expresión de susto. Ambos, movieron la cabeza y salieron con un largo suspiro.
En la sala, trataron de consolar a mamá. Mi tío la ayudó a sentarse en el sillón; su corazón latía tan rápido que parecía querer escaparse de su pecho. Estaba a punto de desmayarse.
Mi hermano Manuel tenía el rostro pálido y no levantaba la mirada del piso. Con voz temblorosa, y llena de culpa, confesó que había agarrado un cohetecillo, lo prendió y tiró el fósforo sin fijarse dónde cayó… y luego corrió.
Los cinco hermanos nos quedamos en un silencio largo y pesado. Miramos a Manuel con enojo, tristeza, miedo y bastante alivio por saber que estaba vivo. Mi tío Teodoro lo miró fijamente y lo regañó:
—¿No entiendes lo peligroso que es jugar con cohetes? —Su voz se escuchó en toda la casa—. ¡Pudiste haber muerto! ¡Deja de dar problemas a tu madre!
Luego vino una sarta de groserías, advertencias, frases duras que nos dejó abrumados.
Mamá suspiró, su voz se quebró:
—Menos mal que el fuego no avanzó… ha sido un milagro.
Al final, en un silencio suave y tenso, mamá, mi hermana mayor y yo limpiamos la tienda. La caja de fuegos artificiales estaba casi destruida. Solo quedaban trozos de papel rojo y verde, algunos retazos de mechas de pirotécnicos. Era como si la Navidad que yo tanto esperaba se hubiese deshecho en pedacitos.
Con el tiempo, el olor a pólvora se fue. El humo poco a poco se despedía. El humo se llevó mi apetito y la chispa de alegría de aquel diciembre. Sentía calor, tenía la boca seca. Solo quería agua. Regresé a la cocina y terminé de preparar la comida. Aquel día, el pollo saltado me supo diferente. Nunca volvió a salir tan jugoso como antes. Manuel se puso más callado de lo normal.
Al año siguiente, en la tienda solo se vendieron chispitas mariposa. Aun así, el ruido y el olor de la pólvora seguían por ahí, como un recuerdo que no quería irse. Sobre todo a medianoche de cada Navidad. Mientras todos celebraban y hacían brillar sus fuegos artificiales, yo pensaba en el milagro de aquel diciembre.
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