Volver al blogTallerista - Grupo online

Mírame bailar burlesque

Creí que todo había terminado. Cerré los ojos, esperando lo peor, pero un ladrido firme los ahuyentó. Era un perro grisáceo, de ojos marrones, que se acercó a lamer mis lágrimas. Lo abracé. Ya no estaba sola.

Majo Silvera
11 de febrero de 2026
13 min de lectura
Siempre me gustó el escenario, la noche, bailar sobre las mesas. Era maravilloso ver a mi madre hacer su número, aunque a mi padre no le gustara. Ella no era una stripper, era una bailarina de burlesque. Tenía tantos talentos que yo la admiraba. Una vez, siendo niña, me puse su peluca rubia y unos tacones frente al espejo. —¿Qué haces con mis cosas, Cristy? Ya te dije que no puedes usar mi labial —me lo arrebató, aunque le parecía gracioso verme tomar sus cosas. —Pero mamá… ¡Yo también puedo bailar y cantar como tú! —protesté. Me miró seria. —Cristy, basta. No quieres esta vida. Los reflectores no siempre te salvan de la codicia de los hombres… —susurró lo último. Yo no entendía bien sus palabras. Solo anhelaba los aplausos, moverme en el escenario. Hasta que una noche, mi padre llegó ebrio al camerino. Me escondí detrás de mamá, temblando bajo una mesa, rogando que no la golpeara. Pero la vi caer, un charco de sangre bajo su cuerpo. Miré a mi padre, horrorizada. —¿Por qué le hiciste eso? ¡Te odio! —intenté golpearlo, pero la mano débil de mi madre me detuvo. Sus dedos tocaron mi mejilla, donde las lágrimas empezaban a caer. —No lo hagas, Cristy… Llévate la caja y no dejes que tu padre te encuentre. Tomé la caja escondida y salí corriendo. Las otras bailarinas intervinieron, dándome tiempo. Escuché a mi padre gritar. —¡Maldita zorra, eres igual que tu madre! ¡Ojalá te mueras como ella! Corrí hasta un callejón lejano, abrazando la caja con los ahorros de mamá. Pero unos hombres me acorralaron. Ofrecí el dinero a cambio de que me dejaran ir. Lo tomaron y me soltaron. Sin un centavo, pasé la noche en otro callejón, hasta que tres perros callejeros se me acercaron gruñendo. Creí que todo había terminado. Cerré los ojos, esperando lo peor, pero un ladrido firme los ahuyentó. Era un perro grisáceo, de ojos marrones, que se acercó a lamer mis lágrimas. Lo abracé. Ya no estaba sola. Con los años, sobrevivimos robando y estafando. Nadie contrataba a una joven sin papeles. Llamé a mi compañero “Tim”. Él era mi única esperanza, mi familia. Pero el tiempo pasó factura, y Tim ya era viejo. Yo debía cuidarlo. Un día, encontré un afiche pegado en la calle: “Buscamos una nueva estrella: Canta y baila”. Recordé a mi madre, la sangre, el miedo. Pero también recordé las plumas, los tacones, la música… El escenario me llamaba como una polilla a la luz. Tim ladró, pidiendo comida. —¿Qué haría sin ti? —sonreí, acariciándolo. A la mañana siguiente, Tim desapareció. Lo vi cruzando la calle con el afiche en la boca. Corrí tras él, pero una mujer me tomó del brazo frente a un teatro. —La audición está por comenzar. Apúrate, estás hecha un desastre —me empujó a los vestidores. Al mirarme en el espejo, volví a ser la niña con los tacones de mamá. Pero también vi su sombra, su advertencia. Subí al escenario petrificada. Un juez gritó. —¿Vas a hacer tu número o no? ¡Tenemos prisa! Iba a huir, cuando un ladrido familiar resonó desde el fondo. Era Tim, observandomé desde la puerta. Respiré hondo. La calle me había enseñado a improvisar. —Tranquilo, cariño. El talento toma su tiempo —dije con una sonrisa, lanzando un beso al jurado. Giré sobre mis tacones, no los prestados de mamá, sino los míos y caminé hacia el centro. Los focos me cegaron, pero ya no quemaban: me abrazaban. Bailé contando mi historia, la de una sobreviviente. Al final, incliné la cabeza ante el silencio, luego escuché los aplausos. Fui seleccionada. Los meses siguientes fueron un sueño: el teatro, el reconocimiento, los aplausos. Hasta que conocí a Arthur. Elegante, poderoso, decía amarme. No le importaba mi pasado, decía admirar mi arte. Pero con el tiempo, sus comentarios se volvieron cortantes, sus celos, una jaula. Arthur me miró con gesto firme. —Cariño, te dije que no usaras ese vestido. Necesito cerrar este trato con ellos. Asentí a regañadientes. —Sabes que no me gustan esos colores… son muy básicos. Pero buscaré algo intermedio, amor —sonreí levemente. Él me tomó del brazo con fuerza. —Te dije que te cambiaras de vestido, no que buscaras algo intermedio. Su tono me heló la sangre. No quise discutir. —Está bien —dije, y me retiré rápidamente a cambiarme. Al día siguiente, planeaba reclamarle su actitud, pero Arthur me llevó el desayuno a la cama, junto con una carta de disculpas. Su gesto dulce hizo que lo de la noche anterior pareciera insignificante. Creí, otra vez, que era un hombre capaz de reconocer sus errores. Que estaba segura con él. Esa era, al menos, la fachada que me hacía creer. Después de la boda, me mudé a su mansión. Todo parecía perfecto, hasta que comenzó a llegar tarde, a distanciarse. Me apartaba para hablar con “gente importante”, decía. Pero lo peor fue cuando Tim desapareció. Una tarde, abrí la puerta de su estudio. —Arthur, ¿estás seguro de que no sabes dónde está Tim? Él levantó la vista, molesto. —Ya te he dicho que no entres cuando estoy trabajando. Deberías aprender a ser una esposa modelo, en vez de andar tras ese perro pulgoso. Había desprecio en su voz, como si el “perro pulgoso” fuera yo. —Él no es solo un perro. Es mi amigo. Tú lo sabes. Me acerqué, ya enfadada. De pronto, Arthur lanzó su copa al suelo. Los cristales saltaron y un fragmento se clavó en mi brazo. —¡Ay! ¿Por qué hiciste eso? —grité, intentando sacar un pedazo de vidrio. Él avanzó hacia mí. El aire se volvió pesado. En su mirada ya no vi a Arthur, sino a mi padre, borracho y violento, aquella noche en el camerino. Mis piernas flaquearon. Caí al suelo, la respiración se cortó. Tim no estaba para salvarme. Solo estaba el pasado, envolviéndome, ahogándome. Oí otra vez el susurro de mi madre, y todo se volvió negro. No supe cuánto tiempo pasó. Desperté en mi cama, el cuerpo dolorido, moretones en los brazos. Quise creer que había sido una pesadilla, pero el vidrio clavado era real. Fui a la cocina por agua, recordando de pronto: Tim aún no aparecía. Entonces, en la madrugada, seguí a Arthur. Lo vi inyectar algo a Tim, que yacía inconsciente en una mesa. Tomó un cuchillo de la cocina. Corrí, tomé a Tim y me encerré en una habitación, apilando cosas contra la puerta. —¡Sal, maldita! ¡Arruinaste mi campaña política! Tu baile vulgar me hundió en las encuestas —gritaba Arthur, golpeando la madera—. ¡Mataré a ese perro! Abracé a Tim, temblando. Entonces lo entendí: no era el burlesque, ni los reflectores. Era elegir ciegamente, como mi madre. Repetir el mismo error, confundir obsesión con amor. —No somos como ella, Tim —susurré—. Esta vez, escaparemos. La puerta cedió. Arthur entró con el cuchillo en mano. Pero Tim, débil, despertó y ladró con fuerza, distrayéndolo. Agarré una lámpara y lo golpeé en la cabeza. Cayó al suelo, aturdido. Cargué a Tim, su cuerpo ligero y tembloroso contra mi pecho, y salí a la noche. Corrí sin mirar atrás, con el latido de ambos ahogando el sonido de la ciudad. La casa de refugio para mujeres me recibió con silencio y una manta sobre los hombros. Allí supe que no podría volver atrás: Arthur conocía mi apartamento, mi rutina, mis cuentas. El divorcio fue una batalla larga, pero al final la justicia puso palabras a lo que yo ya sabía: yo era dueña de mi vida otra vez. Pero Tim no estaba para celebrarlo. Se fue en calma, una mañana de otoño, con la cabeza sobre mis piernas. Lo enterré en un jardín tranquilo, con su collar y un listón rojo, del color del vestido que Arthur nunca quiso que usara. Después de enterrar a Tim, me mudé a un apartamento pequeño, con ventanas al sol. Como si fuera un presagio de que algo bueno iba a ocurrir. Poco tiempo después fui a terapia, ahí aprendí a nombrar lo que sentía: no era “culpa”, era “dolor”. No era “debilidad”, era “necesidad” debido a que vivía en un hogar disfuncional, donde lo único que conocía era esa adrenalina de sobrevivir día a día, nunca me di la oportunidad de explorar mis emociones y buscar lo mejor para mí. Un día, cuando salí de mi última sesión, me fui al parque para disfrutar del aire fresco mientras veía a los niños correr. El eco de sus risas era como un bálsamo en mis oídos. Vi a la niña que fui: la que amaba los reflectores, pero no distinguía entre amor y posesión. No la odié. La abracé. Le dije: “Ya no estamos solas.” Desde aquí, puedo ver el teatro donde ahora enseño burlesque a otras mujeres. No para escapar, sino para sentirse libres. A veces, antes de subir al escenario, miro hacia el cielo y susurro. “Lo logramos, Tim … Mamá.”

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil