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Liturgia del Silencio (3)
Osorio y ella se dirigieron al lugar donde yacía el cuerpo. Él recordó el viejo mito sobre los perros y la pérdida del olfato en la vejez; una falsedad popular que se desmoronaba ante sus ojos. Lo único tangible allí era Mengele, encadenado, montando una guardia sin ladridos y con los ojos velados por unas cataratas que le hacían ver otro mundo.
Gabriel Granda
19 de marzo de 2026
19 min de lectura
Las flores, calcinadas por el sol de aquel día, marcaban la lumbre de las horas, los pétalos ya estaban decolorados y la decencia había abandonado la mansión de los Mendizábal, cuando llego el detective Lumberto Osorio arrastrando su sombra y un mensaje enviado por Lucrecia que le pesaba en el bolsillo como la piedra de una tumba.
A una cuadra de distancia estaba estacionada la patrulla de dos comisarios que esperaban la respuesta de un intercomunicador en el portón de la casa. Osorio descendió de su camioneta blindada apretando la mandíbula hasta hacer tronar sus dientes. Los pensamientos le dolían y eran ratas royendo los cables de su cordura.
—Buenas noches, soy Lumberto Osorio.
—Detective privado de la familia Mendizábal —respondió uno de los comisarios con una sonrisa que no era cordial, pero pretendía serlo. Llevaba una bomber jacket negra sobre un polo de tono amarillo que había perdido la blancura.
—Lumbertito, ¿Qué haces por acá? —respondió el otro policía, que tenía la oreja y los dedos pegados al intercomunicador.
—¿Nadie responde? —La mirada de Osorio barrió a los comisarios y sus pensamientos dejaron de dolerle.
—Nadie, Lumbertito. Mi oreja ya me arde con este pitido de mierda.
El aparato del cual venía el pitido de mierda estaba incrustado sobre un trozo de mármol, en el cual había una placa de acero: un caldero tiznado sostenido por una cadena, flanqueado por dos perros negros que reptaban para alcanzarlo.
—Ya viniste a lamer la olla, seguro —señaló el policía con la oreja caliente, apuntando a uno de los perros en la placa.
—Dejemos trabajar a la gente, muchachos. Acá tengo un cariñito para ustedes. Osorio sintió el impulso de lavarse las manos con lejía. Sacó unos billetes de cincuenta dólares con la intención de no sobornar, sino como quien tira trozos de carne a una jauría para que no muerdan. — Zafa, zafa, si quieren más. —Les dio un guiño que le dio un punzón sobre el parpado. Osorio sintió que el aire alrededor de los oficiales era rancio. Al entregar los billetes, sus dedos rozaron la mano de uno de los policías y un calambre de asco le recorrió el dedo meñique. No era solo suciedad lo que sentía; era la alergia física que le provocaba la miseria ajena.
—Adonde ordene la ley, mi capitán —señaló el comisario de la bomber jacket, que salivaba viendo el billete posarse sobre su mano.
—Lo dejamos trabajar, mi coronel.
—Gracias, mi patrulla. ¿Cómo llegaron hasta acá, si se puede saber?
—Escuchamos un disparo, pero al parecer todo está en orden.
—Debió haber sido un cohete.
—Seguramente, pero si pasa algo ahí nos tiene —señaló el oficial de la oreja roja, apuntando la mandíbula hacia el celular de Osorio.
—Les aviso. Por acá cerca hay una buena pollería, vayan a relajarse, mi patrulla.
—Carajo, usted sí sabe de trabajos de rutina.
—Buena, Lumbertito.
—Listo, muchachos, se agradece la estadía. Vamos arrancando. —Aplaudió Lumbertito.
Los oficiales se alejaron lateando cerca de la pared de color barro, ensuciando sus botines con el polvo del camino mientras recordaban haber trabajado con el siniestro capitán Osorio hace unos años, antes de su retiro.
—Mantengámonos por acá cerca —comentó uno. El rostro se le iluminaba con la codicia tensada en los ojos al ver que podría ganar más de cincuenta cocos.
—También queremos lamer esa olla —respondió el otro, agitando la mano contra su oreja para enfriarla. El labio superior se le curvaba dejando ver la lengua seca que destilaba ironía.
—Qué peste —fueron las palabras de Osorio, que veía alejarse a los oficiales como perros infectados por el hambre.
***
A Osorio tampoco le respondieron por el intercomunicador. A él le abrieron la puerta de estacionamiento; estacionó el vehículo y fue a dar con el portero.
—Buenas noches, jefazo.
—¿Y la señora Lucrecia? Buenas noches. —Cada palabra era lenta y terminaba en un jadeo que necesitaba sorbos de aire.
El portero, que estaba enterado de la situación y conocía a Osorio, alzó la mirada para ver si la patrulla afuera ya se había ido:
—Está adentro, capi. ¿Y esos dos de afuera?
—Ya los despaché. Pero dale un ojo a la cámara porque los veo hocicones. Osorio se pasó la lengua por los dientes, tratando de raspar el sabor de la pobreza que los policías habían dejado en el aire con su perfume barato.
—Adelante, jefe. Ahí nos comunicamos.
—¿Todo bien con las cámaras?
—No se ve nada.
—¿Alguien salió de la fiesta?
—Uno que otro auto, máximo tres o cuatro.
—Apunta la placa y que nadie entre ni salga. Indica que se han cerrado las rejas de la calle o que se han soltado a los perros para ahuyentar a los indigentes.
—Correcto, mi capi, la señora lo debe estar esperando.
—Gracias.
El detective atravesó el cerco. Las flores tenían algunas salpicaduras que brillaban por la iluminación tenue de las luces led instaladas en el suelo. Los pistilos ya estaban marchitos. Intentó ver si por ahí estaba el rastro de la “cosa” señalada en el WhatsApp. No había nada. El instinto lo invitó a caminar cerca del zaguán; la noche no estaba estrellada y la oscuridad era plena. Aquello le daba paz. Así le era más fácil apretar el gatillo cuando la sombra de su conciencia no se lamentaba de pertenecerle a un hombre destruido por los vicios morales que escandalizan a la sociedad. Trabajando con los Mendizábal podía sentir la calma que tienen los demonios que danzan en el averno.
El silencio en aquel rincón de la mansión era casi total, solo acompañado por el bullicio de la celebración que decía: «Salud, vivan los novios, suavecito para arriba, sensual, un movimiento muy sexy».
Un palo seco se quebró bajo sus pies y entonces escuchó a lo lejos un pequeño jadeo que se hacía oscilante. Sujetó su pistola Sig Sauer por precaución; se concentró en el sonido del gemido noctámbulo, se ubicó a unos metros del tocador y se escondió tras una pared que era cómplice de la oscuridad.
Ahí estaba Lucrecia arañando una puerta. Sus uñas acrílicas se desprendían, pero eso no le importaba:
—¡Ábreme la puerta, carajo!
Detrás de aquella puerta alguien intentaba sofocar su llanto. Lucrecia bebía con grandes sorbos de una botella de champán que había dejado en el suelo.
—Ábreme, maldita sea —continuaba ella, alternando los arañazos con los sorbos de la bebida.
—¿Qué le voy a decir? —respondió una voz con lamento desde adentro.
—¡Ábreme la puerta, estás en mi casa!
El llanto resonaba dentro del tocador. La manija, manchada de sangre fresca, vibraba, pero no se abría.
—Carajo, niña, ábreme la puerta. —Lucrecia dio otro sorbo largo que le daba una figura lunática en medio de la oscuridad.
—Está frio—balbuceo con una voz trémula, arrastrando las vocales.
—¡Cállate!
—El tío… está
—¡Dije que te calles! Aquí no hay parientes solo invitados.
—Lucrecia. Lo pise...no respira.
—¡Silencio por un demonio¡¡Ponle actitud Miriam!
El nombre Miriam fue un taladro en la memoria del detective. Bajó el brillo del celular. No necesitó navegar por webs ni galerías. Ahí estaba la invitación online, brillando con una ironía cruel:
“Julio César y Miriam”.
Osorio guardó el teléfono. No necesitaba ver fotos de playas paradisiacas; tenía el infierno montándose frente a él. Supo al instante que Lucrecia debía consolar a la novia a para luego silenciarla, con la misma firmeza con la que se aplasta a un insecto molesto. Giró la vista para ver que nadie más estuviera merodeando, se frotó las manos y continuó su labor de espía:
—Sé lo que hay, cariño. —Lucrecia apoyó la frente en la puerta—. Es el tío, que ha bebido hasta perder el sentido. Qué vergüenza.
—No, Lucrecia... no se mueve. Yo lo vi. Estuve ahí.
—Miriam. No seas dramática.
—¡Hay sangre! ¡Está muerto!
—Se habrá golpeado al caer, yo acabo de verlo. Está borracho. — Lucrecia mintió sin parpadear, reescribiendo la realidad a su conveniencia. — Escúchame bien. —Lucrecia endureció la voz—. ¿Alguien más te ha visto entrar aquí?
—No... no sé. ¿Cómo puede pasar esto en mi boda?
—Exacto. Es tu boda.
—Tengo que decirle a Julio César.
—¡No! —El grito de Lucrecia fue un latigazo. Luego, bajó el tono a un susurro cargado de ira—. No vas a arruinarle el día más feliz de su vida a mi hijo por un viejo borracho. ¿Me oyes?
—Pero está muerto... —Miriam sollozaba, golpeando la pared y el espejo.
—Si sales de ahí gritando, esta boda se acaba. La prensa, la policía, el escándalo. ¿Eso quieres para tu matrimonio? ¿Empezar con un funeral?
—No... no puede ser.
—¿Amas a mi hijo o no?
—Lo amo...
—Entonces límpiate la cara. —Lucrecia sentía su lengua seca—. Voy a pedirte una copa de agua helada y Machu Picchu bien cargado.
—Cerca de él... había pastillas en el suelo.
—Olvida lo que has visto, niña, carajo. Esas pastillas no existen y él no está ahí.
—No puedo volver a salir.
—Saldrás y sonreirás. Yo me encargo de todo el lio. Ábreme la puerta. Te lo exijo.
Miriam tardó unos segundos, hasta que el seguro cedió. Lucrecia entró, la abrazó sin soltar la botella.
—Está frío —la voz de Miriam era un hilo de baba—. Lo toqué, Lucrecia.
Lucrecia no gritó. Su furia fue un glaciar derrumbándose. Se acercó a la novia y le limpió una lágrima con el pulgar, presionando hasta casi hacerle daño.
—Los muertos no importan, Miriam. Lo que importa es que el fotógrafo de “Cosas” está esperando en la sala desde hace diez minutos. Si sales con esa cara de viuda, te juro que te maquillo con tu propia sangre y te siento en la mesa principal junto a Julio Cesar. ¿Entendido?
Miriam solo afirmo entre sollozos y Lucrecia cerró la puerta con fuerza para que Miriam se continuara arreglando. Arrojó la botella por ahí cerca y escribió a la wedding planner:
¡Bloqueen el incidente en la entrada con una mesa de arreglos florales y bocaditos! Ya.!
Sirvan varias rondas de pisco sours. Necesito un cigarro y unos guantes bordados.
Recordó que aún faltaba el discurso de la “unión eterna” y que cerca del cadáver había píldoras tiradas. Sintió un escalofrío y dio unos pasos largos para ver si las pastillas eran las que ella conocía.
Al atravesar el pasadizo que dividía el tocador de hombres y el de mujeres encontró la mirada de Osorio, que hizo un gesto de haber aparecido recientemente tras atravesar la bruma del jardín.
—Deprisa, Osorio. ¿Usted ya lo vio?
—Aún no, señora Lucrecia.
—Está junto a Mengele.
—¿Mengele? —respondió él alzando una ceja.
—Es el dóberman más viejo. Siempre tuvo buen olfato para los curiosos.
Osorio y ella se dirigieron al lugar donde yacía el cuerpo. Él recordó el viejo mito sobre los perros y la pérdida del olfato en la vejez; una falsedad popular que se desmoronaba ante sus ojos. Lo único tangible allí era Mengele, encadenado, montando una guardia sin ladridos y con los ojos velados por unas cataratas que le hacían ver otro mundo. El perro solo lamía las manos del hermano muerto, con la devoción de quien lava las copas de cristal antes de guardarlas. A su alrededor, la escena del crimen quedaba sepultada bajo una liturgia grotesca: Camareros que iban montando barricadas de lirios, hortensias y bandejas de plata. Una nube de incienso se trenzaba con el hedor amoniacal de la orina del muerto y la dulzura de unas magdalenas de nata y vainilla. La muerte olía a azúcar quemada.
Osorio observó que una lágrima furtiva intentaba escapar de los ojos de Lucrecia, pero fue detenida a tiempo por el gesto severo de quien ha aprendido a esconder su dolor como si fuera un pecado social.
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