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Tomatitos Murder
No hablaron el resto del camino; de un momento a otro Tommy paró en seco, habían llegado a su destino. Repitieron el mismo proceso, solo que esta vez para salir de la alcantarilla; respiraron el aire fresco, Cebollín se tiró un pedo, Tommy le pegó, se quitaron las bolsas, las botaron y sin más se pusieron en marcha.
Tamara Assayag
19 de marzo de 2026
16 min de lectura
Estaba mudándose de hogar, su mamá manejaba el carro rumbo a la vivienda de su ahora padrastro; en el auto se escucha un reporte de asesinatos sin resolver, no saben cuánto ama ese tipo de cosas. Conoce a su padrastro y le parece alguien decente. Solo bastaron unas 4 horas para agradecerle a Dios que solo va a pasar los veranos ahí; tiene ganas de vomitar, pero no lo hace, piensa en el perro, pero eso solo la perturba más. Ella baja a cenar y se lo encuentra de nuevo, no al perro sino a él. Cenan por una hora; por buena educación empieza el interrogatorio sobre la vida del otro disfrazado de un interés genuino.
—Cuéntame, ¿qué te gusta hacer?
—No lo sé —dice con dulzura el niño.
El padre interviene y le dice que no sea tímido.
—Bueno, me gustan los cachorros.
El padre lo patea bajo la mesa, el niño se ríe y cambian de tema. Ella evita pensar en la posible razón de la patada. Ayer había leído un link sobre el zoosadismo, por morbo únicamente; ella aún se acordaba de muchas cosas: es un tipo de sadismo que implica placer derivado de la crueldad hacia los animales. También puede ser una parafilia, en la que las personas se excitan sexualmente al torturar animales, pero estaba segura, y rezaba, que no sea eso.
—A mí también me gustan los cachorros —respondió la mamá—, aunque yo no tengo 10 años sigo sin resistirme ante su ternura.
Si la memoria no le fallaba, el zoosadismo forma parte de la tríada de Macdonald, un conjunto de tres comportamientos considerados precursores de la psicopatía. Lo más probable, pensó ella, es que la única loquita aquí fuera ella; no debería sobrepensar tanto, solo vio eso… y ya.
—Bueno, propongo un brindis para esta nueva familia que se acaba de formar —la mira a ella—, sé que mi Tommy y tú serán grandes amigos a pesar de su diferencia de edad.
Diez versus diecisiete.
—Me alegro de tenerlos a todos ustedes, salud.
Su mamá lloró, el padrastro lloró, a ella le dio igual, pero de todas formas sonrió y Tommy… le clavó los ojos.
Llevaba menos de 24 horas conviviendo con su padrastro y su hermanastro; su madre juraba que era lo mejor que la vida le había dado hasta ahora, ella le creyó. Cuando llegaron pensó que era buena idea recorrer los alrededores de la morada, así que caminó y en su primera esquina vio a un niño chiquito de pelo castaño, delgado; estaba de espaldas así que no le vio la cara. Iba a pasar por ahí, pero cuando bajó sus ojos observó la mano del niño metida en la boca del perro, ni siquiera la mano, literalmente su codo, porque todo lo demás estaba metido en esa pobre boquita canina. El perro obviamente se defendió, pero luego de aullar por auxilio le empezó a salir sangre de la boca gracias a que el niño jaló salvajemente lo que sea que se encontró adentro. Ella no aguantó la escena y se regresó por donde vino; la segunda razón para pensar que ella era la única loquita era el hecho de que se quedó mirando sin hacer nada, ¿le habrá dado gusto?; la tercera es que cuando regresó se equivocó y saludó al amigo de su hermano pensando que era él, un mocoso gordito y un poco alto. Cuando encontró al verdadero se quedó en shock: mismo pelo, polo, short, zapatilla; era delgado, pero sin ninguna mordedura en el brazo. En resumen, ella estaba tan resentida con su familia que se empezó a imaginar cosas con el inocente de su hermanastro, simplemente ignórenla.
11 pm
Se levantó, no podía dormir. Cuando uno ya tiene años siguiendo la misma rutina, uno puede llegar a un punto en que la costumbre se convierte en necesidad; el asunto era que su acompañante no tenía ni idea de cómo era el proceso, el riesgo de arruinar una linda tradición nocturna era inminente.
Salió de su casa sigilosamente y como de costumbre nadie lo notó; lanzó una piedra a la ventana de la casa de su amigo, se abrió la ventana, entendió la señal, salió de la ventana, se tropezó al caer, se cayó, ambos rieron, pero sin sonido; comenzaron a caminar.
Al llegar, Tommy abrió la tapa de alcantarilla que se encontraba convenientemente en un rincón muy oscuro; con una herramienta muy específica que había en la mochila del amigo la abrieron. Él bajó, Cebollín bajó, aunque con miedo; ya dentro, Tommy se paró en los hombros de Cebollín y finalmente devolvieron la tapa a donde pertenecía.
—Tu hermanastra me recuerda a alguien —comentó Cebollín mientras lo seguía por los túneles con olor a popó.
—No me digas —respondió con sarcasmo. Tenían bolsas de basura cubriendo ambas piernas y otra protegiendo la parte superior de los pantalones.
—¿Te cae mal?
—Obvio no.
—¿Entonces?
—Simplemente me estorba, ahora tengo que asegurar todo lo que hay en mi habitación, es molestoso.
—¿Cerraste tu habitación con llave?
—Sí.
—¿Puedo preguntar otra cosa?
—Adelante, pero ya no hay vuelta atrás.
—Lo sé, solo tenía curiosidad de saber cómo es que sabes moverte por las alcantarillas y no eres capaz de aprenderte la tabla del 7 —comentó dramático en tono de indignación.
—Mi mamá me enseñó, siempre iba con ella a esta hora por este medio a diferentes lugares en…, bueno, en el lugar al que vamos a llegar. Además, la tabla del 7 está sobrevalorada.
—Ok.
No hablaron el resto del camino; de un momento a otro Tommy paró en seco, habían llegado a su destino. Repitieron el mismo proceso, solo que esta vez para salir de la alcantarilla; respiraron el aire fresco, Cebollín se tiró un pedo, Tommy le pegó, se quitaron las bolsas, las botaron y sin más se pusieron en marcha. Los dos mejores amigos caminaron en la conocida “cracolandia” durante unos minutos; llegaron hasta una construcción abandonada que Cebollín no reconoció, ¿tanto habían avanzado?
—¿Dónde estamos? —preguntó algo desconfiado.
—Ni idea, pero conozco el lugar.
—Claro —respondió de forma sarcástica.
Entraron al edificio en ruinas, había varios drogadictos tirados por ahí, tuvieron mucho cuidado. Cuando llegaron al piso más alto la idea original de primero descansar un poco se deshizo en segundos.
Había un hombre, inconsciente, grande; era alto, flaco, no tan pesado. Cebollín lo arrastró por las piernas y Tommy por los brazos; lo llevaron dentro de una pequeña habitación, obviamente no había luz así que sacaron una velita que venía con una especie de carterita para colgarla, el niño se volvió a subir a los hombros de su amigo y la pegó al techo con cinta gruesa, finalmente la encendieron.
Tommy había pedido cosas muy específicas dentro de la mochila que llevarían, cosas que Cebollín o sacó de lo más profundo de su sótano o directamente sacó de la basura.
—Maldición, me olvidé de poner la toalla debajo del cuerpo.
—Yo te ayudo, pero ¿para qué quieres la toalla?
—Para comer.
1:30 pm
Tenía náuseas, no sabía si olía fuerte puesto que tenía la nariz algo constipada, pero con la vista era suficiente. Tommy disfrutaba su carne cruda perfectamente cortada en tiras dignas de un carnicero; tenía la boca manchada de un color rojo que prefería imaginar que era salsa de algún tipo. Ahora entendía el porqué su amigo saltó de alegría cuando, tras verificar el cuerpo y los alrededores, no se encontró rastro de agujas, cigarrillos o polvito mágico, solo una triste caja de cerveza que al parecer fue consumida en soledad.
—¿Quieres? —preguntó Tommy ofreciéndole dos ojos negros separados de su cuerpo.
—No, gracias —respondió en tono amable, despreocupado y pícaro. El de siempre.
—No entiendo cómo todavía no me denuncias.
—Para qué, definitivamente no comparto tus gustos exóticos, pero no es para tanto.
—No podemos seguir siendo amigos si me mientes en la cara.
Cara era lo que el ahora cadáver tirado en el suelo ya no tenía.
—En serio no te miento, seguiremos siendo amigos siempre.
—Soy un canuta.
—¿Un qué?
—¡Me acabo de comer la cara de un hombre!
—Caníbal ignorante, y solo te comiste la cara, no es para tanto.
—Soy un psicópata —dijo decepcionado y algo sobreactuado.
—No lo eres.
—¿Entonces qué se supone que soy? —cuestionó con frustración de la más exagerada.
—Un niño de diez años con hambre.
—Y qué acabo de comer.
—Carne de animal.
—Dime el animal —ordenó con un cambio de tono brusco.
—Uno que lo merece más que los lindos perritos...
Ambos rieron, luego conversaron acerca de superhéroes, autos y fútbol. Tras terminar de comer surgió una duda.
—Ahora que me acompañarás a hacer estas cositas, ¿cuáles serán nuestros códigos?
El nuevo cómplice se levantó, bajó la cabeza, luego de tres segundos la levantó y miró la vela, otros tres segundos después finalmente le miró a los ojos.
—Bueno, si yo soy Cebollín, tú te quedas como Tomatito.
—Ridículo.
—Qué tiene, como todo el mundo sabe que nos disfrazaremos de eso para la presentación de talentos, nadie sospechará.
Tommy volteó los ojos.
—Bien, ¿y cómo llamaremos a esto? —dijo señalando al hombre sin cara, ni garganta valga la redundancia, que se encontraba tirado en el suelo.
Dos segundos después, Cebollín respondió:
—Antojitos de medianoche.
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