Volver al blogTallerista - Grupo presencial
Abdúceme que soy realidad (Capítulo 5)
Me puse de pie y fui a la ventana de la habitación. Vi los cielos de Huánuco. Eran las cuatro de la mañana, pero algunas estrellas todavía fulguraban agonizantes. Había nubarrones azulados hacía el fondo y algunas luces se movían por la carretera. Eran mototaxis y colectivos que, incluso antes de que saliera el sol, iban atiborrados de personas...
David Vidal
08 de julio de 2026
19 min de lectura
Ese día, después de despedirme de Ruth, no pude dormir. Volvieron, como antes. Como hacía años no volvían. Sentí un pequeño pitido en el oído. Recordé que ese era el preludio de todo. De todo lo que no me gustaba. Por inercia abrí los ojos. Estaba en mi cuarto de hotel, medio iluminado por una lámpara que adrede había dejado encendida. Solo estaba yo. Mi alivio duró poco: no me podía mover. Traté de abrir la boca, girar la cabeza. Era imposible. Todo mi cuerpo estaba atenazado por algo que no podía ver, todavía. Sabía lo que venía. Cerré los párpados con todas mis fuerzas y lo sentí. Unas manos de dedos largos y callosos envolvieron mi cuello. Eran fríos. No podía respirar. Traté de gritar, pero no había voz. Hice fuerzas con el torso, con los hombros, las piernas y los brazos. Intenté despertar, pero fue inútil. Por un instante, sin quererlo, lo vi. Allí estaba de nuevo. Una sombra sobre mi, de cabeza grande y abultada. No había ojos, y si los había, eran tan oscuros como la noche. Me miraba inexpresivo. No sonreía, pero parecía disfrutar de mi agonía. El ser acercó su rostro al mío. Cerré los párpados. No, no quería verlo. No de nuevo. Empezó a hablarme en voz baja. No le entendía, aunque tampoco hacía falta. Su voz fue en incremento, hasta convertirse en un grito gutural que parecía reventarme los tímpanos. En ese instante, salí del trance. Mi cuerpo se liberó y todo mi torso se levantó de la cama. Miré a mi alrededor.
Estaba solo de nuevo. La luz de la lámpara parpadeaba, una y otra vez. Era una mosca que volaba alrededor del foco.
Suspiré aliviado.
Vi mi reloj, eran las 3:30 am. Mera coincidencia, pensé.
Fui al baño y me miré al espejo. Mi cuello estaba intacto, pero sentía un dolor sordo. Un adormecimiento inusual, como si me hubiera ejercitado. Me lavé el rostro.
Sabía que volver a dormir sería imposible.
Un pensamiento se me cruzó por la mente: el mensaje. Todo me resultaba tan confuso que por un instante creía que lo había soñado. Caminé hasta mi pantalón y saqué una bola de papel. La desarrugué. A pesar de los pliegues del papel el mensaje era claro.
VERDAD.
Solo eso. Pero era más que suficiente, según Ruth.
VERDAD. Verdad era lo que yo como periodista buscaba en cada historia. Verdad era lo que quería averiguar en torno a Kenneth. Verdad era la palabra que pululaba por mi cabeza desde que llegué a Huánuco para entrevistarlo. Solo eso. Era mi subconsciente y no necesariamente un mandato orionita. Era yo, recordándome que debo buscar la verdad.
Pero, ¿y si era algo más?
No, imposible. Una idea se me vino a la cabeza. Era imposible que ellos lo supieran, aunque el artículo ya había sido escrito para cuando recibí el supuesto mensaje. ¿Eso era? La luz de la lámpara titiló una vez más.
Fui a mi pequeña mesa de noche. Espanté a la mosca. Al costado de la lámpara se encontraba mi cuaderno de notas. Lo abrí y la observé: la versión manuscrita del artículo que tendría que enviar a Lima en cuestión de horas. Estaba incompleto, a propósito. No quería terminarlo. Había muchos borrones, con hojas enteras tachadas. Me detuve en una de ellas. Pasé mis dedos por las líneas. ¿Por qué la había eliminado? La leí.
Hablaba de una fotografía que, de acuerdo a las fuentes, databa de 1934. Se veía a un hombre en terno mirando al lente de una antigua cámara. Con una mano en la cintura, y otra en el cerco metálico, el hombre de la foto te observa a través del tiempo con un rostro serio, imperturbable, pero que parece esconder un secreto. Te reclama que mires bien la fotografía. Detrás de él hay una pileta, y más atrás un cerro inmenso, como un animal dormido. Sobre la pileta está lo que el hombre te invita a observar. Se ve difuminado, pero es más que obvio: un platillo volador. Cualquier persona espabilada, con solo ver tal objeto, lo hubiera bautizado de tal manera. No se tendría que haber esperado todavía hasta 1947 a que un tal Kenneth Arnold bautizara a tales objetos como lo que son, platillos volantes. Pero la mirada del hombre enternado todavía nos esconde un secreto más. Te invita a que mires otra vez la pileta. A que mires el cerro. ¿No los reconoces? Te lo dice a sotto voce. Escucha bien. Es Huánuco. Y esa imagen: la fotografía más antigua de un OVNI en Perú. Huánuco siempre fue una zona importante, al menos para los platillos voladores. Y no es coincidencia que ese tal Kenneth Arnold, sin pretenderlo, inspirara el nombre de quien varias décadas más tarde sería el primer alcalde presuntamente abducido.
Esta era mi verdad, ¿por qué lo había tachado?
Era obvio.
Por vergüenza.
¿Qué pensaría mi jefe de que en vez de investigar el pasado corrupto de Kenneth había malgastado mi tiempo mirando una fotografía de 1934? Se reirían, de seguro. Me sorprendí riéndome al pensar en todo ello. ¿De qué me reía? No, no de mi. Me quedé en silencio. La sonrisa se esfumó. ¿Me estaba riendo de ellos?
No.
Imposible.
¿Cómo sabían los orionitas que había ocultado mi verdad?
No. Ellos ni existían. Solo era mi subconsciente.
Me reí de nuevo.
Pero..¿y si..?
Me puse de pie y fui a la ventana de la habitación. Vi los cielos de Huánuco. Eran las cuatro de la mañana, pero algunas estrellas todavía fulguraban agonizantes. Había nubarrones azulados hacía el fondo y algunas luces se movían por la carretera. Eran mototaxis y colectivos que, incluso antes de que saliera el sol, iban atiborrados de personas, algunos con papas sobre la parrilla, otros con frutas y vegetales. Ninguno miraba al cielo. Solo yo paseaba la vista en el inmenso panorama para ver si aparecía alguna luz, alguna señal, algún movimiento. Pero no. Por más que mi hotel estaba relativamente cerca al Pillco Mozo, a pocos metros del cerro Marabamba, esa madrugada no vi nada.
Cuando salió el sol me sentí estafado, en cierta manera.
Me fui a lavar la cara de nuevo cuando mi celular vibró. Era mi jefe de redacción.
—¿Qué tal las “vacaciones”?
Reí, incómodo.
—El clima es bueno, la verdad. De noche se ven muchas estrellas…
—Tuviste buen olfato eh. Nadie se esperaba que el loco desapareciera así por así. Tu nota tuvo un buen rebote en X.
—Gracias.
—¿Ya terminaste el artículo? Me dijiste que ayer lo ibas a enviar.
—Sí, ya está, solo lo estoy puliendo, es que…
—Tienes que volver urgente a Lima. Tenemos que cubrir el senado, se están cocinando leyes bien pendejas hasta para mí, imagínate.
—Sí, me hago una idea, con Keiko a la cabeza…
—Sí. Me dijiste que solo ibas a entrevistar al alcalde loco ese. Ahora que desapareció tienes que volver cuanto antes, ¿me entiendes? Te estamos comprando un pasaje de regreso en GM a las 8 de la noche, ¿te queda perfecto?
Me quedé en silencio. Caminé hasta la ventana. Supongo que esperaba ver algo en los cielos, darme algún motivo para quedarme.
—¿Me escuchaste?
—Sí. Mire jefe, no…no creo poder. Hoy es la lectura de sentencia de Kenneth y tengo que estar…
—Sabes que va a salir culpable. Es obvio, es un farsante. Es un loco estafador con buena labia, nada más.
—Sí, solo que…
—Tienes que volver. La verdad es más que evidente.
VERDAD. Mi mano estaba convertida en un puño. La abrí. El papel estaba más arrugado, pero el mensaje se entendía mejor que nunca.
VERDAD.
—No—mi voz resonó en mi habitación.—No, lo siento. Me…me tengo que quedar.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—¿Sabes que significa que tendré que buscar un reemplazo para cubrir mañana el senado, no?
—Sí. Sé lo que significa. De veras lo siento, pero tengo que quedarme, tengo que…
—Envía tu artículo con imágenes de apoyo cuanto antes. De seguro recursos humanos te llamará durante el día.
—Sí…
Nadie dijo nada por unos segundos.
—Creo… creo que aquí se esconde algo más que solo un alcalde de buena labia…—dije con miedo.
Escuché risas.
—Bueno, bueno…espero que no te conviertas a la religión del loco ese. Mira, tengo que colgar.
—Gracias. Cuando retorne a Lima espero volver a tu equipo, fue muy…
—De allí vemos…
Y me colgó.
Me quedé con el teléfono pegado al oído escuchando el silencio, de allí el viento, los bocinazos de los colectivos y el murmullo de los universitarios que cruzaban la calle rumbo a la UNHEVAL.
Caminé al baño una vez más para darme una ducha antes de ir a escuchar la sentencia de Kenneth. La luz se había quedado prendida toda la madrugada. Titilaba, como lo había hecho la lámpara. Entré enojado, en busca de la maldita mosca. No había ni rastro de ella. El foco seguía parpadeando. Lo apagué.
Me miré al espejo y lo vi. Mi cuello estaba enrojecido. Me palpé la piel y estaba caliente. Me picaba, pero también me dolía.
Debe de haberme picado un zancudo, pensé.
Se veían como arañazos. Como si dedos largos me hubieran estrujado el cuello. O como si yo, durante mi sueño, me hubiera rascado con violencia.
Un sonido me perturbó. Era la alarma de mi celular. Tenía que partir ya a la lectura de sentencia.
***
La ducha no surtió efecto.
Camino a la corte, en un mototaxi adornado con calcomanías abigarradas y frases bíblicas en sus ventanas, dormité un par de veces a pesar del volumen de la música. Cantinero, llegó el cervecero, me gritaba la radio. Sin embargo, mi cuerpo no quería esperar al cervecero y ya se rendía como lo hacen los borrachos, con la cabeza apoyada en la puerta.
Llegué tarde, para variar. Vi un tumulto de gente en el frontis, con pancartas que no llegué a distinguir. Gritaban fraude, una y otra vez. Me escabullí entre las personas, y sorteando hombros, brazos y torsos, llegué a la entrada. Allí le mostré mi gafete de prensa al guardia, quien luego de escanearme de pies a cabeza, me dejó ingresar. Por un instante pensé que sabía que había renunciado a mi trabajo y que, oficialmente, no tenía ningún motivo aparente para estar allí.
Al caminar por los pasillos de la corte mi corazón palpitaba con fuerza, al compás de mis agitados pasos. Mi boca estaba seca y sentía el sudor resbalar por mi espalda. Era como si estuviera asistiendo a mi propio juicio.
La sala se encontraba atiborrada de gente. Algunos traían cámaras, y otros no, solo estaban allí, expectantes. Tal vez eran orionitas, o tal vez curiosos, como yo. Pensé que tendría que escuchar la sentencia de pie, pero en una esquina de la sala vi un asiento vacío pegado a la pared. Me senté y, sin pretenderlo, reposé mi cabeza sobre el muro.
Ya recostado me perdí en los detalles de la sala. Adelante, sobre el estrado, unas letras doradas recitaban en silencio CORTE SUPERIOR DE JUSTICIA DE HUÁNUCO. La pared del frente se encontraba revestida por una madera barnizada que brillaba como si recién la hubieran lustrado. Los sitios designados a los tres jueces se encontraban todavía vacíos sobre la plataforma tapizada de color rojo. Un nivel abajo, a la derecha de los jueces, se encontraba Wenceslao Flores. A pesar de estar sentado, tenía una posición erguida y su rostro se veía más afilado que hacía tres días. En la otra esquina, con las palmas juntas y mirando hacia las letras doradas, estaba el abogado defensor y, a su lado, un asiento vacío.
Pestañeé un par de veces, perdido en el brillo de la madera barnizada, cuando sentí que todos, por algún motivo, se ponían de pie.
Venían caminando cuatro personas: unos pasos por delante, el especialista judicial, y detrás, los tres jueces. Iban vestidos de terno oscuro y corbata, como el cortejo fúnebre de un velorio sin cuerpo presente.
Cuando los cuatro tomaron asiento, yo los imité, pero para mi sorpresa, todos continuaron de pie. Fingí que se me había caído algo al piso y me levanté de nuevo.
El especialista judicial probó el micrófono y rompió el silencio.
—Pueden sentarse.
Acaté la orden con mucha complacencia.
—Audiencia de lectura de sentencia del expediente número 03322-2023-27-1201-JR-PE-01, seguido contra—el especialista volteó la hoja, mientras yo trataba de mantener los párpados abiertos. La voz del letrado tenía una cadencia lenta y suave—Kenneth Villanueva Quispe, por los presuntos delitos en contra de la administración pública, en las modalidades de colusión agravada y negociación incompatible en agravio del estado.
Mis párpados caían ingrávidos. Ahora ya no solo mi cabeza se encontraba recostada en la pared, sino mi cuerpo entero.
—Se deja constancia de la presencia del representante del Ministerio Público, el fiscal Wenceslao Flores Yauri, y de la defensa técnica del acusado, el licenciado Jorge Torres Torres. Pese a que el acusado no se encuentra presente…
Cerré los ojos, aunque todavía podía escuchar al especialista, cuya voz actuaba como un potente somnífero.
—...el artículo 396 del Código Procesal Penal faculta al magistrado a igualmente emitir la sentencia respectiva, asimismo…
Antes de quedarme dormido, vi que uno de los jueces, el del medio, tomaba la palabra. No recuerdo más del juicio, pero sí que me desperté en una habitación inmensa, con el techo y las paredes blancas.
Achino los ojos para ver mejor. La luz es demasiado intensa, y no parece venir de una sola fuente de luz. Proviene de todos lados. Trato de moverme, no puedo. Veo mis brazos, pequeños y lampiños. Mis pies, infantiles, con mis dedos límpidos, casi impolutos. Mi espalda está fría. Estoy desnudo sobre una plancha metálica. Es más que suficiente, reconozco el lugar. Escucho pisadas acercándose. Aprieto los párpados lo más fuerte que puedo. Sé lo que viene.
Los pasos se detienen a pocos metros, o así parece. Escucho una respiración serena, que contrasta con la mía, ansiosa.
—Hola. No tengas miedo, me conoces, aunque nunca nos hayamos visto. Hace mucho que tienes interés en mi. Vamos, abre los ojos, amiguito.
Nadie dice nada por unos segundos.
—Vamos, confía, amiguito.
Reconozco ese tono de voz. Esa cadencia huanuqueña. Abro los ojos, los enfoco. Veo, para mi sorpresa, a Kenneth de pie, mirándome a pocos pasos. Me sonríe.
—Bueno, puedes hacer las preguntas que quieras. ¿No vinistes para eso?¿Para entrevistarme?
Trato de hablar, pero no puedo.
—Ah, tranquilo, ya pasará, tienes que rela…
Una voz grave se escucha a la distancia y resuena en toda la habitación.
—El juzgado precisa que la presente causa tiene como objetivo determinar si la adquisición del terreno destinado posteriormente para la construcción del Parque temático OVNI defraudó patrimonialmente a la Municipalidad de Huánuco…
Kenneth ríe en voz alta. Su carcajada rebota en las paredes y la multiplica.
—Veo que ya me están sentenciando. Bueno—me mira—de seguro piensas que soy un mentiroso, ¿no? ¿Que he engañado a los huanuqueños?
Lo miro extrañado. No sé qué decir.
—El terreno en cuestión fue adquirido por la constructora Pillco S.A.C. por 12 millones de soles el miércoles 2 de noviembre de 2022. El propietario de la constructora es el señor Augusto Villafuerte Dasso, el mismo que actuó como financista del movimiento regional MOVNI, aportando con hasta 200 mil soles para la campaña del alcalde…
—Ah, Augusto, claro, excelente persona, ¿sabe usted?—Kenneth se desplaza hasta el otro lado de la plancha de acero.—Fue muy astuto al comprar ese terreno. Sabía del potencial, era innegable, cualquier persona con ojos de ver lo hubiera sabido. Justito está a las faldas del cerro Marabamba, fíjese, el cerro favorito de los hermanos mayores. Él solo hizo lo que un verdadero empresario hubiera hecho…
—Luego, el terreno fue adquirido por 33 millones de soles por la Municipalidad Provincial de Huánuco el día 22 de septiembre de 2023, con la firma del contrato número…
Kenneth ríe de nuevo a carcajadas. Veo que las comisuras de sus labios empiezan a craquelarse.
—Ese terreno, amiguito, ya valía oro para cuando yo era alcalde. Todos sabían de su potencial. Todos sabían que era allí y en ningún otro lado en donde debería de erigirse el Parque temático OVNI. Era el lugar perfecto, ¿dónde más, sino?
—El colegiado, asimismo, considera relevante la declaración del exjefe de catastro de la Municipalidad Provincial de Huánuco, el señor Jaime Falcón Castro, el cual indicó que el alcalde priorizó con mucha insistencia la adquisición del predio, a pesar de que el informe de tasación presentaba serias irregularidades…
—El Jaime. ¿Sabes que me pidió una coima para que me aprobara el informe de tasación? Es un esperpento, un mal funcionario. Y uno que ya está muchos años enquistado en el estado, y aún así quería su parte. Se vende como moralista pero es, como le dicen ustedes, limeñitos…un caviar. Eso es el Jaime…
Kenneth vuelve a reír. Las fisuras ahora invaden gran parte de su rostro.
—Por ello el presente juzgado concluye que Kenneth Villanueva Quispe intervino de manera indirecta, pero decisiva en la operación de compra del terreno, a pesar de estar sobrevaluado y representar un perjuicio económico para el estado…
—Vamos, digan lo que creen que es la verdad. Pero no lo es, ¿sabes? No lo es, el Parque Temático es un éxito, mire todos los turistas que vienen a Huánuco…
—Y por estos fundamentos, administrando la justicia a nombre de la nación, el presente juzgado penal colegiado de Huánuco resuelve…
Kenneth sonríe con exageración. Parte de su piel empieza a desprenderse. Caen algunos retazos, como si solo fueran cáscaras. Debajo, una piel gris y rugosa aparece.
—Condenar a Kenneth Villanueva Quispe como autor del delito de colusión agravada y del delito de negociación incompatible en agravio del estado…
—¡Lo sabía!¡Sabía que me condenarían injustamente! Por eso tuve que irme—Kenneth se acerca y coloca su resquebrajado rostro sobre el mío. Su piel sigue desgajándose con cada movimiento suyo.—¿Tú les crees? Mi pequeño Josef…¿tú les crees?
Su iris empieza a oscurecerse. Sus ojos son ahora dos oscuras lagunas que, insondables, auscultan mis pensamientos.
—Se le impone la pena de 9 años y 6 meses de pena privativa de libertad efectiva…
—VERDAD, ¿te acuerdas, no, mi querido Josef?
—...inhabilitación para ejercer la función pública…
—VERDAD
—Habiéndose declarado reo contumaz, se dispone su ubicación y captura…
—¡Busca la VERDAD!
Kenneth me enrosca el cuello con sus dedos. Son fríos, y grises. Me empieza a arder la piel. Me pica. Cierro los ojos con fuerza y trato de despertar.
—Se levanta la audiencia
—¡VERDAD!
Abrí los ojos. Estaba de nuevo en la corte. Todos estaban poniéndose de pie. El juicio ya había terminado y los magistrados se iban retirando uno a uno.
Respiré, agitado.
—¿Nueve años? Buischa, ojalá que los hermanos mayores no le cobren por día…
—No hables tonterías oye, si Kenneth es el profeta. Ese va a estar bien en allí. Yo mismo he visto los OVNIs con mis propios ojos…amigo, hola, ¿te quedastes dormido ah? Casi te hago despertar, menos mal no roncas.
Le pedí disculpas con la mirada.
—Sí, lo siento, es que tuve una mala noche…
El desconocido me sonrió.
—¿Seguro amigo? Esas marcas en el cuello dicen lo contrario ah. Aquí las huanuqueñas son mujeres indomables, ¿si o no compare?
—Claro pues…—respondió el otro hombre.
Les devolví una fingida sonrisa. Me toqué el cuello.
—Ojalá algún día lo compruebe. De momento solo sé que sus zancudos son indomables…
Reímos, como si fuéramos conocidos.
—¿Ustedes son orionitas?—les pregunté.
—Solo yo, amigo. Mi compare todavía no. ¿Usted es periodista, no?
Señaló con un dedo hacia mi credencial. Asentí con la cabeza.
—Ah mire. ¿Usted cree que Kenneth es culpable, como la mayoría de la prensa vendida?
Me quedé en silencio unos segundos. Su rostro era similar al de Wenceslao. Traía una camisa blanca sobre un Jean azul holgado.
—Para serle honesto, eso estoy investigando—hice una pausa. Miré al asiento en donde debería de haber estado Kenneth durante la lectura.—De momento solo conozco al Kenneth político, pero todavía no sé cómo es la persona detrás de…
—Me salvó la vida.
Entorné la mirada.
—¿Co…cómo dice?
Me miró sin vacilaciones.
—Lo que escuchó, amigo. Kenneth me salvó la vida. Y no solo a mi, a muchas personas más.
Su rostro se iluminó.
Y el mío también.
VERDAD, escuché a la distancia.
¿Te gustó este artículo?
Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil