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Aniversario

Josué piensa que la mayoría que anda con suspensor tiene algún trauma con su pito: o lo tienen muy chiquito o son impotentes como él. Los problemas coronarios le impiden tomar Viagra. Rara vez consigue resucitar a su pene alicaído; para colmo, solo sucede cuando caga o cuando duerme. Nunca cuando lo desea.

Ricardo Flores
08 de mayo de 2026
14 min de lectura
Y subió la escalera roja con miedo. «En verdad vas a usar el suspensor, loca, se te va a ver el poto arrugado». No importa, soy un tío divino, intentaba reforzarse la osadía. Empujó la puerta. Arriba, en el mostrador, el mismo joven de siempre viste un bividí rojo y lleva la misma sonrisa cómplice en su rostro. —¡Feliz aniversario! ¿Te registraste con el QR? Josué, ¿no? —Sí, Josué Rodríguez. El joven del mostrador revisa en la tablet y le extiende la mano con las llaves del locker. Le roza la palma de la mano con las yemas de los dedos; un aroma cotidiano se percibe en el ambiente. —¿Trajiste tus toallas? Hoy no damos el servicio, lo recordaste. —Sí: mi toalla, mi ropa interior, mis sandalias y mis condones. Sonríe mirándolo a los ojos; el muchacho suelta una carcajada y le dice: —Eres un terrible. Toma las llaves, se da media vuelta y camina unos pasos. Mira de arriba para abajo y murmura: «setenta y tres». Se agacha; las rodillas le crujen y apoya las manos en el piso para no caerse. Se mantiene de cuclillas y pone su mochila delante. Abre el casillero, saca una toalla azul marino y la deja colgada en la puerta. Se incorpora; le crujen las rodillas y frunce el ceño, vuelve a murmurar: «concha su madre». «Hoy estreno mi suspensor nuevo en el sauna, estamos de aniversario», se había dicho esa mañana frente al espejo posando para todos lados. «Hoy voy a tirar como una perra sinvergüenza, voy a rallar», se gritaba a la cara sacando los dientes con rabia, riéndose como un loco poseso. Un espíritu peneal mora en su cabeza. Guarda su ropa en la mochila. Saca los condones del bolsillo delantero y los mete en la parte frontal del suspensor. Coge su vaporizador y le da un par de hits que lo llenan de alegría. Mete todo dentro del casillero, se coloca la llave como un brazalete en el brazo derecho y empieza su periplo arrastrando los pies con sus sayonaras marrones. No le incomoda mostrar sus rollos, ni las cicatrices en sus pies, ni la de su vientre; más bien se mantiene erguido, sabe que tiene un porte imponente. Avanza en dirección al baño, llega al urinario y, mientras mea, mira hacia las duchas y observa el panorama. Dos jóvenes con abdómenes de campeonato bajo las duchas de la derecha se frotan el cuerpo, deslizando sus manos sobre sus miembros. En la ducha del frente, un tío grande y peludo, con gesto adusto, al que apenas se le pueden ver los testículos. Josué se acerca al lavatorio y se lava las manos. No deja de mirar el pene arqueado de uno de los muchachos y la panza del gordo. Ambas cosas lo excitan. Se lame los labios y se dirige a la cámara seca. Tras cinco pasos, empuja la puerta de madera, entra y deja que se cierre detrás de él. Se siente observado; usar el suspensor lo incomoda. Mueve la cabeza, mira a todos lados y se apoya en la pared, tapándose el culo, colorado de vergüenza. «Puta, vergüenza das, con ese culo arrugado en suspensor, das pena huevón». Fija la mirada en un chico joven delante suyo, sin pestañear, como si quisiera poseer su esencia. Está sentado encima de su toalla con las bolas al aire mientras su mano agita con ternura su criatura. Su pecho es lampiño, también sus piernas y su pancita cervecera. Josué no pestañea. El chico sigue en lo suyo disfrutando de exhibirse mientras todos lo observan. En un arranque de confianza, Josué intenta tocarlo, pero el joven le quita la mano. Se retira derrotado, frustrado por ese primer intento fallido. «Solo a ti se te ocurre que Dios se va a fijar en ti, viejo huevón», se decía. Ingresa a la cámara de vapor con un valor inusitado; pareciera que la derrota lo empoderó a lograr a toda costa el propósito de la noche, tirar, tirar hasta reventar antes que la vida se apague. Sabe que algo le queda a su cuerpo viejo, una sonrisa cálida y una presencia que se impone y engancha. «Si no es un chico lindo, al menos una buena verga», se repetía como un mantra. El olor del vapor se mezcla con el del sudor y el eucalipto generando un estallido de zozobra en su nariz. Los distintos especímenes que pululan la fauna saunera se disuelven en imágenes desenfocadas de cuerpos desnudos. Un conglomerado de carne entre el vapor, buscando contacto, placer y quizá, ¿cariño? Tras unos minutos, va a la cabina contigua y empuja la puerta. Allí el vapor es menos denso y produce menos calor. La sala es más pequeña. Hay una banca que termina donde comienza la ducha y un par de regaderas. Josué se mete debajo de una de las duchas, cuelga su toalla en la del costado y un chorro apretado de agua empieza a caer sobre su espalda. Dos individuos sentados en la banca al lado de las duchas se masturban delante de todos los que entran. Josué los observa desde las duchas; ninguno le resulta atractivo. Se coloca enfrente de los dos onanistas. Se queda mirando sus falos rectos y delgados; parecen como si quisieran decirle algo, gordo huevón. Un chico ingresa a la sala. Los dos onanistas se tapan en el acto. El muchacho se coloca al costado de Josué. Los onanistas retoman sus actividades. El chico se descubre; lleva una erección luminosa. Mira a Josué fijando sus ojos sin pestañear. Josué le devuelve la mirada. Mientras se arrodilla, le crujen las coyunturas, no importa nada, se precipita a iluminar su garganta. Sale de la sala de vapor frotándose la boca con la mano derecha. Detrás suyo va el muchacho con una toalla tapando sus atributos. Josué avanza hacia las escaleras del segundo piso. Sube haciendo un movimiento raro con la cintura, como si estuviera bailando. Llegan al descanso y, sobre la derecha, está la barra. Unas mesas y unos bancos blancos todos apiñados. Tres comensales desnudos, cada uno en una mesa diferente, toman algo mientras miran y escuchan el video de Pink que suena: «Right, right, turn off the lights. We gonna lose our minds tonight». Josué ojea la barra, mira sobre el hombro a la gente en las mesas y sigue su paso. El muchacho lo sigue por detrás. Llegan al final del pasadizo. Unas tiras de cuero negras descienden de la columna que divide en dos el ambiente. Un pasadizo horizontal con cubículos de dos por tres metros, uno al lado del otro; las puertas negras con vidrios pintados de rojo impiden a los curiosos mirar dentro. Entran en la única que quedaba abierta y cierran la puerta. Dentro, sentado en la camilla, continúo iluminando su garganta, el muchacho de pie delante suyo. Sus manos se deslizaban como garras envolviendo sus tetillas. El muchacho lo coge del cuello. Lo levanta; él se incorpora y lo envuelve con su lengua en un beso que desfigura sus rostros. Josué lo mira a los ojos y le pide con un susurro desesperado: «Métemela». —¿Tienes condón? —pregunta el muchacho. Josué saca uno de su suspensor y se lo entrega. Luego se escupe la mano y se lubrica el ano con su saliva. Se cuadra contra la pared; el muchacho arremete sin piedad, se la mete toda. Josué forcejea intentando zafarse, pero el muchacho lo empuja contra la pared con fuerza y lo contiene, mientras se la sigue clavando y le dice al oído: «Aguanta, perra, tú puedes». Veinte minutos después, Josué está sentado en la barra tomando un gin-tonic. Se encuentra solo. El muchacho se fue una vez que se vino dentro. Se despidió con un: «Buenazo, brother». Se enroscó la toalla mientras se limpiaba, le dio la espalda, abrió la puerta y desapareció para siempre, como una sombra blanca que nunca estuvo dentro, pero sí. «Pobre, aún no sabes que todo el placer no viene de la pinga, básico de mierda». Se quedó mirando cómo se derretía el hielo en la copa. Sin más. Como él por dentro. Josué tomó casi de golpe todo su gin-tonic, miró la copa llena de hielo y le pidió al barman que le preparara otro. —¿Tu número de casillero? —preguntó el barman. —Setenta y tres —respondió Josué. El barman anotó los datos en la tablet y se dispuso a preparar otro gin-tonic. Una vez listo, se lo sirvió con una sonrisa. Josué le guiñó el ojo. Recordó nostálgico cuatro aniversarios atrás — la última vez que eyaculó, justo el fin de semana antes de perder la próstata. No se le paró más. El barman estaba solo en el cuarto oscuro, esperando. Josué ingresó de pronto tambaleándose, a tientas, estirando los brazos hasta que tocó su miembro y, antes de decirse una sola palabra, se enlazaron hasta chorrearse de placer entre las piernas. Josué suspiró recordándolo. «Cáncer de mierda». Tomó de golpe el segundo gin-tonic. Se dio la vuelta de espaldas a la barra y empezó a sonreírle a la gente. El barman preparaba su tercer gin-tonic. Empezaron a aparecer más personas; todos desfilaban mostrando sus atributos. Algunos, como Josué, llevan suspensores, otros llevan toallas y algunos andan con las bolas al aire. Josué piensa que la mayoría que anda con suspensor tiene algún trauma con su pito: o lo tienen muy chiquito o son impotentes como él. Los problemas coronarios le impiden tomar Viagra. Rara vez consigue resucitar a su pene alicaído; para colmo, solo sucede cuando caga o cuando duerme. Nunca cuando lo desea. Toma su último gin-tonic con la misma velocidad que los anteriores. Se pone de pie y abandona la barra. Cruza entre el tumulto de hombres desnudos que están parados entre las mesas. Llega a las escaleras y desciende en dirección a las duchas. Se cruza con algunos que suben a la fiesta. Josué no se siente cómodo con la bulla ni con la gente que está arriba; se siente muy solo. Va en dirección a su casillero; ahí saca su vaporizador y da un par de caladas que harán su existencia más agradable el resto de la noche. Omite el tour por la cámara seca y se va directo a la sala de vapor. El vapor está menos denso, la temperatura ha disminuido un poco y se pueden ver los rostros de la gente. Se queda parado en el centro unos segundos, inhala profundo y tose fuerte un par de veces. Se vuelve en dirección a la cámara pequeña y encuentra a un grupo de gente divirtiéndose. Se queda observando, intenta acercarse a uno y le quitan la mano de inmediato. Se incomoda y abandona la sala de vapor, empujado por el impacto de todas esas vergas paradas gritándole: «lárgate, viejo de mierda». Empieza a sentirse tonto, viejo y gordo. Ni su éxito temprano le devuelve la seguridad y empieza a cubrirse con la toalla; abandona de pronto su pose de autosuficiencia y vuelve al segundo piso a intentar confundirse con el tumulto. Se encuentra con un muchacho conocido con el que solía jugar, pero este ya no le da bola. —¿Cómo estás, bebé? —lo saludó tocándole el poto. Josué sonríe y se deja manosear. Se aburre rápido y entra al pasadizo de los encuentros, donde un muchacho parado en una de las puertas abiertas empieza a tocarse ni bien lo ve entrar. Josué se acerca, lo coge de la verga, se lo lleva dentro de la cabina y cierran la puerta. El muchacho abandona la cabina diez minutos después; Josué se queda sentado en la camilla. Esa mañana había salido de casa apurado con el rostro iluminado por una mueca de esperanza lejana, como esperando llenar eso que lo tiene retenido en su propio vacío, su nada. «Qué mal viaje», pensaba. Se paró con el rostro ensombrecido y caminó en dirección al bar. Allí se pide una cerveza y se la bebe de pie mirando al barman, tan rápido como los gin-tonics. Se le caen los hombros y su piel se pone pálida. Deja la botella sobre la barra, trastabilla al empezar a caminar. Josué necesita desesperadamente sentirse deseado, como si su existencia misma dependiera de ello. Va en dirección al cuarto oscuro y se disuelve tras las cortinas de tiras negras. Josué, confundido entre la masa de cuerpos que lo penetran, parece un espectro; sus ojos abiertos como dos sombras ciegas con resplandor de afuera. Ajusta el ano y lo abre; ajusta y abre. Un ir y venir perpetuo, insaciable, inagotable. Ajusta y abre. Uno a uno, los cuerpos se retuercen y explotan borbotones de esperma. Josué, echado solo en la oscuridad de la camilla, se siente profundamente insatisfecho, abandonado a su exceso. «Mi única posibilidad de estar vigente es siendo el pasivo prometido». Bajo la regadera, frotándose el cuerpo, piensa en desollarse vivo; se conmueve con los movimientos violentos de sus brazos mientras frota su cuerpo en silencio. Tiene los ojos cerrados. Siente el agua en su rostro son gomitas de alivio para su cuerpo desestimulado. Se seca. Va al casillero; se cambia rápido sin mirar a nadie al rostro. Su exceso lo avergüenza. Guarda su toalla envolviendo su suspensor en ella. Baja las escaleras rojas; una vez afuera succiona cinco veces seguidas su vaporizador y tose asfixiándose unos instantes, agita la cabeza para todas partes y se sube al taxi. Atrapado sin salida en un loop interminable de nostalgia por lo que fue y hoy sigue desapareciendo, Josué se había encaminado al único lugar donde se atreve a verse desnudo. El taxi se diluye en la noche entre las luces de la Vía Expresa.

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