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Un sitio donde no hay nadie (Capítulo 1)
A la media hora de pisar el lugar vi desde la recepción mi número de cita parpadeando y al poco rato se abrió una puerta por el pasillo izquierdo que da a los baños y salió una flaca, enana, pero apetitosa mujer. Tenía los ojos sombreados de negro y un vestido de flores primaverales. Caminaba como un enérgico soldado. Los labios tiesos y bien pintarrajeados de guinda.
Angelo Martínez
15 de junio de 2026
11 min de lectura
Tenía una sola certeza a lo largo de mis treinta años: los demás siempre parecían existir, únicamente parecer; esa era la central revelación. Lucían una mente y un corazón que, a lo mejor, de vez en cuando, podían dar la sensación de complementar al mío. Pero eso no era cierto, según yo, claro. Para mí los demás eran inventos automatizados que justamente carecían de esos dos puntos, que sus formas de comportarse, sus formas de hablar y de enfrentarme, eran movimientos que estaban predestinados y sistematizados, nunca estaban del todo vivos ¿sabes? Iban por ahí compartiendo momentos y actuando idénticos a cualquier radio que pulsas cierto botón y te lleva a cierta emisora deportiva o política o chisme vergonzoso. Eso era. Eso era exactamente lo que pensaba de los demás. Masas de carne y hueso que tenían dentro un interruptor que era muy distinto al mío. Por supuesto que ellos podían pensar lo mismo al conocerme. Incluso considerarme un tipo arrogante, pobre e imbécil. Pero lo importante de esto era que yo era consciente de este punto de sus existencias y ellos no. Creo que ahí flotaba lo más verdadero que me apartaba del resto. Por lo tanto, si yo era el único que pillaba estás farsas, ¿porque no podía gozar de ciertos privilegios?, ¿porque no era tratando como una especie de individuo sumamente específico entre hombres y mujeres trazados con un plan y obrando siempre, sin falla de cálculo, de acuerdo a sus programaciones?
Llevaba sobreviviendo así, con un peso como éste, desde la adolescencia, es por eso que, si bien es cierto no busqué aislarme en alguna montaña, frustrado de que era la Extraña Criatura que contrastaba, tajantemente, entre tantos Seres Robotizados, porque en verdad los otros, de alguna manera, servían para ciertas charlas experimentales; siempre había uno que otro que lograba hacerme debates que me hacía un Ser de intelecto más actualizado y flexible, aparte que yo también tenía necesidades fisiológicas y debía, de cuando en cuando, acercarme a una mujer entre comillas que se creía dueña de un alma y demás y según sus conexiones interiores, se vea tentada a aceptarme en su vida o no. Ahora el hecho de que yo tenga esta forma de mirarlos, en verdad no cambiaba mucho las cosas, porque sus mecanismos eran muy variados, era casi lo mismo que no poseer una estructura técnica bien ensamblada, todo aquí era tan surtido. El único hecho es que le conversaba o le daba la mano o le besaba el cuerpo, a alguien que si lo mataba era como haber apuñalado a un pedazo de fierro con piel y cables, ese era unos de los detalles más escalofriantes. Que, si lograba herirlos o ellos creían haberme dañado, no tenía sentido sentirme afectado o culpable, el mundo era una compañía tremendamente curiosa, asunto de locos, ¿no les parece?
Hace poco ahorré unos cuantos billetes y saqué cita con una siquiatra que me recomendó un primo lejano mío no puede dejar de beber, me dijo que desde que empezó terapía con esa cosa femenina ya no vomitaba tan seguido, que bebe con más calma, que ella es una señorita atractiva y cruda al expresarse y le abre los ojos y lo abofetea con palabras, pero al siguiente instante, cuando el baja la mirada y llora con ganas, la doctora le recita frasecitas motivadoras, frasecitas potentes de Sartre o Hermann Hesse. Así le di una llamada a la clínica dónde la mujer trabaja y me senté frente a ella hacía dos semanas.
En primer lugar, el sitio estaba lleno de gente maltratada de entre veinte y cuarenta años, con tatuajes mal hechos, y estaban, la mayoría, sudorosos y alterados; supuse que era por los exámenes toxicológicos que suelen enviarte a penas empiezas un tratamiento más largo e intenso y debes ir la vida con la sangre limpia y el cerebro (lo que te queda de conexiones neuronales) no tan inútil, pero yo no iba por eso, yo iba a hablar con ella, exclusivamente, para que me combata el por qué y para qué fin, yo había seleccionado y tragado toda la teoría de que siempre estaba solo, a pesar de que a veces no fuera tan sensorial ese concepto.
*
A la media hora de pisar el lugar vi desde la recepción mi número de cita parpadeando y al poco rato se abrió una puerta por el pasillo izquierdo que da a los baños y salió una flaca, enana, pero apetitosa mujer. Tenía los ojos sombreados de negro y un vestido de flores primaverales. Caminaba como un enérgico soldado. Los labios tiesos y bien pintarrajeados de guinda. Me puse de pie y ella se cuadró rígida, viéndome venir, la saludé con un apretón de manos y sin hablarme, con la cara inexpresiva, me señaló su puerta. Entré. Me saqué la casaca. Ella tenía una cafetera escondida por un rincón que yo logre ver y una vez estuvimos frente en silencio uno frente al otro, me dijo:
—Empezaremos por los pilares, ¿de acuerdo?, ¿puedes decirme qué consumes y desde cuándo?
Solté un resoplido burlón y le dije:
—El hecho que usted sea una cafeinomana no quiere decir que… olvídelo. No tengo problemas con eso, no vine aquí por un enredo de dependencia, vine porque quiero pagar para tener un fluido de ideas sin que el receptor sea necesariamente un sacerdote o una prostituta que te acaramela con un servicio completo de chachara casual.
—¿Acaso quieres quejarte sobre las mujeres que te engañaron, es eso?
—Quiero que me diga porque fui enviado a vivir a un sitio donde no hay nadie.
—Date una vuelta por un buen bar y siempre habrá alguien.
—Quiero decir que busco gente excepcional y no aparecen.
—¿Qué es para ti, alguien excepcional?
—Una mujer que se pinta los labios como usted y mantiene los labios así de firmes.
—¿Qué te transmite eso?
—Que busca, todo el tiempo, que alguien la atrape con indudable ingenio, pero ya lo han hecho antes y no resultó bien, entonces, su engranaje de autodefensa, le ordena que mantenga muy junta la boca, que quien sea que la habrá y la acaricie, deberá ser alguien como lo que yo justamente busco, un Ser salvajemente extraordinario.
En ese momento me apuntó con profunda dulzura a los ojos y sonrió. Luego evadió seguir con eso, al decirme:
—¿Has pensado en la posibilidad de que debas poner un poco de tu parte, ir por la vida con los brazos abiertos por un tiempo, es decir, sin tratar de examinar a la gente por cómo te gustaría que fueran?
—Sí. Pero no puedo. Suelen soltar frases o acciones que me dan ganas de aventarlos de un puente e irme totalmente feliz a prisión.
—Amar a los demás es enrevesado y aterrador, lo sé demasiado bien. Hace un tiempo conocí a un chico que quise mucho y el parecía hacer lo mismo conmigo. Y finalizamos la relación porque yo no podía aceptar la intranquilidad de saber que poco a poco iba dependiendo tanto de él, que, mi vida, le pertenecía de un modo escandalosamente abismal.
—Entonces escapaste de él— le refuté— entonces inventaste cualquier argumento y te fuiste sabiendo que lograrías más logros académicos, pero no emotivos en términos generales, ni en tus cumpleaños ni en las noches de insomnio cuando te tocas recordándolo, ¿no es así?
Volvió a hacer lo mismo, lo de tratar de atravesar mis ojos con melosidad y ver de qué estoy hecho. Reviso un expediente la pantalla de la computadora y me llamó por mi nombre.
—Tom, ¿Cuál es tu religión?
—El absurdismo.
—Yo soy cristiana, Tom. ¿Te parece algo tonto en mí?
-Sí.
—¿Crees que no necesitas a Dios, que los hombres más fuertes son los más solitarios, es así?
—Creo en que no agacharé la cabeza ante nadie, que no dejaré que ninguna entidad perfecta y, por lo tanto, estúpido de reconocer, decida qué tan buen muchacho soy. Me basta con saber que lo que das recibes.
—Pero hace poco me hablaste de matar, que crees que a veces sería una excelente alternativa.
—Los demás, doctora, son trozos de cables y carcasa, ¿usted acaso no arrastraba y despedazaba por los suelos sus muñecas de niña?
—¿Sigues siendo un niño a veces, entonces?
Cerré los ojos, y solté una risa muy satisfactoria, la tipa ésta había dado en el clavo que no lograba palpar. Seguía siendo un niño. Eso era.
Me levanté sin responderle, ella se quedó observando cómo me aproximé a su cafetera escondida con dos vasos sucios por un rincón y me serví media taza, siguió sin decirme ni una sola palabra para cuando me bebí todo el líquido y salí de ahí. En recepción separé y pagué para la siguiente consulta que me toca esta tarde.
Esa mañana, en el colectivo, de regreso a casa, examiné esa idea, lo de cómo, a pesar de todo, nunca muté en un completo adulto, en cómo necesitaba jugar con alguien que todavía, con treinta y tantos años o más o poco menos, busqué cualquier tipo de diversión que enganche más que un divino antidepresivo. Los que todavía siguen siendo niños, simulan mejor su condición robotizada, me repetí toda esa tarde.
Necesitaba niños adultos y… ¿ellos me necesitaban a mí? ¿Esa venía a ser también una orden en sus razonamientos esquematizados?
Y, hasta el momento, yo solo conocía a esta aparente mujer verídica que se fugó del matrimonio o de la casi inevitable obsesión y por tal razón se maquillaba lo justo y necesario para el siguiente y pisaba con semejante rigidez sus días y noches, pero guardaba en ella la inteligencia que yo… ¿ahora debía evitar? ¿pegotearme a ella era un riesgo, me tumbaría la certeza de que no todos eran pura fachada humana, sino que algunos eran honestamente humanos?, se puede decir que estaba a tiempo de evadirme, pero no hice eso; pagué por adelantado para volverla a ver y escuchar su voz y servirme de su cafetera: que cuando lo hice, su silencio, me dijo que también, tal vez, en cierto momento, bebería de ella. Aunque, en realidad, lo único que bastaría para contentarme sin necesidad de aflojarme los pantalones y aproximarse, es se le ocurra susurrarme suavecito, pero muy nítido, al oído: tranquilízate un poco, no estoy hecha de alambres y metales.
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