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Abdúceme que soy realidad (Capítulo 3)

Miré una y otra vez el video. Al inicio y casi durante toda la transmisión no se ve el cielo. La clave debería de estar en los últimos minutos. Adelanté el video hasta la parte en la que Kenneth sale del vehículo. Detuve la imagen repetidas veces.

David Vidal
21 de mayo de 2026
13 min de lectura
—No pueden pasar hasta que venga el fiscal. Resultaba casi imposible, hasta risible, imaginar que hace solo algunas horas, en este mismo lugar, en una trocha sin nombre y bajo la sobria mirada del Pillco Mozo, un alcalde había sido abducido. Ahora, junto al vehículo abandonado, dos policías, con los ojos vidriosos y mal cubiertos por un par de gafas de sol, acordonaban la zona. Muy de cerca, unas diez personas clamaban con voces roncas que los dejaran inspeccionar la camioneta. —¡Es de suma importancia! ¡Nuestro líder se fue con los hermanos mayores! Los policías trataban de ignorarlos, mirando al cielo, como buscando un OVNI que los abdujera y los trasladara a sus camas. Miré a las personas. Se veían como gente normal. Algunos vestían short, otros pantalones. Algunos polos tenían estampados, otros no. Si no fuera por los gorros con las siglas de MOVNI sobre las viseras nunca los hubiera tomado por Orionitas. Me impresionó la coordinación de sus movimientos, siempre con el puño derecho apuntando al cielo. A pesar de tener claras muestras de haber celebrado hasta altas horas de la noche gritaban con entusiasmo el nombre de su desaparecido líder, como si tuvieran la certeza que desde algún recóndito lugar del espacio él los escuchaba. —¡KENNETH! —¡PRESENTE! —¡MOVNI! —¡PRESENTE! —¡ORIONITAS! —¡PRESENTES! Me fui a sentar a un costado, sobre unas rocas. Observé con un ligero temor en el cielo. Todo estaba despejado, azulino como nunca lo estuvo el cielo limeño. No me sorprende que aquí se vean OVNIs, me repetí en voz baja. De repente yo también vea uno. Me di cuenta que, sin buscarlo, estaba sonriendo. —Jefe, por favor. En un ratito traen el contador geiger. Solo queremos verificar un datito nomás… El policía más bajo volteó la cabeza, aguantando una sonrisa. El otro se ajustó los lentes y se acercó a uno de los Orionitas. —No estimado. ¿No ve que debe permanecer intacto el vehículo? —Pero jefe, a nuestro líder sí se lo llevaron los hermanos mayores. ¿No vio la transmisión? ¿Transmisión? Era la primera vez que lo mencionaban. Pero, ¿quién había transmitido? Me levanté. No recuerdo los pasos que di, solo el rostro perturbado del Orionita al escuchar mis cuestionamientos. —Amigo, sí. Hay una, como se llama, transmisión por el feis. Entre a la página del líder, allí verá—me miró con extrañeza un par de segundos.—Con permisito… Retornó el rostro hacia los policías. Ya no me importaba lo que decían. Saqué mi celular y empecé a buscar la página de Kenneth. Caminé hacia un rincón, me tropecé con un par de orionitas que me dijeron algo que no distinguí. Allí estaba otra vez, su muro de facebook. Debajo de su biografía encontré un video transmitido hace 9 horas. Mis dedos temblaban. Hice click. Aparece Kenneth sonriente, con una barba perfilada y el pelo despeinado. Se encuentra manejando. Sus manos están en el timón, aunque el brazo derecho sale de la toma cuando maniobra la palanca de cambios. Solo lo alumbra la luz cenital de la camioneta. La chaqueta es la misma que narró Oswaldo en su testimonio, con la textura y el brillo de las prendas ostentosas. Kenneth mira por intervalos hacia la cámara. A pesar de la sonrisa se le nota cansado, con algunos surcos pronunciados sobre el nasogeniano. —Hola amigos, hoy me vine a dar una vueltita. Ya casi no tengo batería, pero me gustaría transmitir para interactuar con ustedes, pues—vira el timón de la camioneta.—Antes de llegar a la fiestita. Sigue manejando. El asiento no vibra mucho sobre el asfalto de la pista. Hay muchas luces a su alrededor y se escucha el clamor de algunas bocinas. —Si, estoy tranquilo amigos. El que no la debe no la teme—Kenneth sonríe. Mira por momentos a la pantalla. —Saludos, estimado Rodrigo, saludos a tu mami. Gracias, muchas gracias por el apoyo. Saludos, amigo Kerry Capinga, sa…ah—Kenneth ríe sin achinar los ojos—vivo eres, vivo… Kenneth hace un giro prolongado con el timón y su asiento empieza a tambalearse, junto al resto de la camioneta. Se escucha el piqueteo de las llantas sobre las piedras de una trocha. El todavía alcalde manda saludos, agradece a su público por su apoyo, y a sus adversarios, por hacer más grande su propósito. —No estimado, no tengo miedo. Ya les dije que no. Yo seré declarado inocente, porque lo soy… Sigue manejando. Ahora todo está oscuro a su alrededor y solo el crujir de las piedras lo acompaña. —Si, miren, yo estoy tranquilo. El parque temático OVNI ha sido un proyectazo, quien quiera negarlo está loco. Ese proyecto ha traído consigo trabajo, y turismo. Antes todos los que venían a Huánuco se iban de frente a Tingo María. Ahora no amigos. Ahora visitan el Parque OVNI. ¿No querían eso? ¿Quieren trabajar? ¿O son vagos? O peor, ¿comunistas? ¿No creo no?—Kenneth mira a la cámara. Su rostro se encuentra enrojecido.— Yo les prometí más trabajo y he cumplido. No como los políticos de siempre, esos mentirosos. Yo he cumplido. Por el rostro de Kenneth se deslizan un par de gotas de sudor y atraviesan sus rulos. Se limpia con la manga de su chaqueta de cuero. —Ay esta calor, dios mío. El asiento de Kenneth vibra más. El piqueteo se escucha con más intensidad. —Sí amigo, ya iré al aniversario. Solo vine aquí a ver las estrellas, y si tengo suerte a los hermanos mayores, a los Orionitas—Kenneth sonríe con cierto alivio.— Los cielos de Huánuco son mágicos, siempre se ve algo. Kenneth resopla. Su cara brilla por el sudor que ya no se puede disimular en su rostro. —Amigos, hace sofocación ah. Sí, sí, ya iré. No me pierdo por nada del mundo la fiesta. Vayan disfrutando ustedes, que desde la municipalidad armamos algo bien bien bonito. Ya ahora debe de estar el grupo Kandela Amarilla. Los brazos de Kenneth hacen un movimiento que no se puede distinguir, pues sus manos salen de cuadro. El vehículo se detiene en seco. Kenneth parece presionar el botón de encendido de la camioneta varias veces. En ese instante la luz de la camioneta se apaga. Ahora solo la luz del celular ilumina su rostro. Tiene el ceño fruncido y está empapado en sudor. —Amigos, el carro se detuvo. No…no enciende. Qué raro. Sí, sí, bajaré a ver qué pasa. Kenneth se quita la chaqueta y la deja en el asiento. Abre la puerta mientras que con la mano derecha sostiene el celular, que le enfoca siempre la cara, que ahora ocupa toda la pantalla. Sus labios están medianamente abiertos. Con los ojos inspecciona la zona. Los entrecierra una y otra vez, como tratando de distinguir algo bajo la oscura silueta de la noche. Eleva la mirada. Sus párpados se relajan. —El cielo está hermoso, y eso que no hay estrellas ah. Sí, voy a llamar a que me recojan para ir a la…¿qué es eso? Kenneth arruga la frente. Ahora esos surcos de piel ocupan toda la pantalla. La imagen se distorsiona un poco. El celular cae y la pantalla se oscurece. Se escucha la voz de Kenneth a lo lejos. No se distingue lo que dice, pero parece preguntar algo varias veces. Ahora ya no hay ruido. El video dura dos minutos más y termina abruptamente. No podía creerlo. Aquí estaba la prueba. La prueba de la desaparición. Pero no había ninguna luz, ni algún otro rastro de un OVNI. ¿Dónde están esas pequeñas luces? No, no podía rendirme. Tal vez la respuesta estaba allí. Miré una y otra vez el video. Al inicio y casi durante toda la transmisión no se ve el cielo. La clave debería de estar en los últimos minutos. Adelanté el video hasta la parte en la que Kenneth sale del vehículo. Detuve la imagen repetidas veces. Segundo por segundo. Frame por frame. Y allí estaba. En el minuto 30:51, detrás del rostro de Kenneth, una mancha blanca, casi imperceptible, del tamaño de un pixel, aparece en el cielo. Se encuentra en la esquina superior, casi al borde. Acerqué la imagen. Se ve otra luz a algunos píxeles de la primera. Eran dos luces. La tercera, por obvias razones, salía del cuadro. Pero con ello era suficiente, a pesar de que la aparición duraba menos de un segundo. Me percaté, una vez más, que estaba sonriendo. Todo calzaba, ¿podría ser una abducción de verdad? Empecé a respirar con agitación. Recordé de nuevo las pesadillas. El cielo gris, las nubes atravesadas por un brillo, y detrás…el OVNI. Un pitido me devolvió a las faldas del cerro Marabamba. Era agudo, como de un detector de metales. Sonaba una y otra vez. El cerro rebotaba el pitido y este a su vez se mezclaba con el siguiente. Simulaba ser un coro de aves artificiales. —¿Ve? Se lo dije, jefe. Se lo dije. Reconocí esa voz. Era más grave que la última vez que la escuché. Ahora estaba más rollizo. Las canas habían ganado terreno sobre sus cabellos. Ya no vestía un terno de botones recios. Ahora solo traía un polo azul holgado, con arrugas que desdibujaban su ventruda cintura, y un estampado de Bob esponja al frente. Pese a todo, no había dudas. Era Mariano Donayre, el actual Director del Parque Temático OVNI. —Vean, amigos—dijo Mariano en voz alta, hablándole a todos los presentes.—¿Saben por qué suena el contador?...Porque la camioneta tiene radiación. Todos lo mirábamos con atención, incluso los dos policías. Uno de ellos se quitó las gafas de sol y evidenció un par de ojos enrojecidos. Al costado de ellos había una silueta nueva, vestida con un terno. Traía el pelo engominado con una raya al costado, como si ignorara que hoy era domingo y que ayer había sido el aniversario de Huánuco. Era, claramente, el fiscal. Pero no cualquiera. Era Wenceslao Flores Yauri. Lo reconocí por sus facciones angulosas y ese rostro de expresión sobria, la misma que tenía en las pocas fotos que había de él. Era el mismo que acusaba a Kenneth por el caso del Parque temático OVNI y que en solo tres días escucharía, junto al alcalde, el fruto de su trabajo. Su vestimenta, la frescura de sus ojos y la ligereza de su andar eran la prueba de que no festejó la noche anterior junto con el resto de la ciudad. Eso, probablemente, había sido el motivo por el que solo él estviera disponible para certificar la desaparición de Kenneth. —Amigos, el carro tiene radiación. Escuche, fiscal. Radiación—Mariano miró directamente a Wenceslao.—Los Orionitas estuvieron aquí, los hermanos mayores. Ellos bajaron y se lo llevaron. ¿Qué más pruebas quiere? El fiscal lo miró sin decir nada, mientras que el contador Geiger seguía sonando. —¡Se lo llevaron los extraterrestres!—sentenció Mariano. Los orionitas levantaron el brazo derecho hacia el cielo al mismo tiempo. —¡KENNETH! —¡PRESENTE! —¡MOVNI! —¡PRESENTE! —¡ORIONITAS! —¡PRESENTES! Ambos policías se habían quitado las gafas y miraban el contador, que seguía sonando. Esta vez las arengas ya no daban risa.

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