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Abdúceme que soy realidad (Capítulo 4)

Sus palabras parecían honestas. Me dieron tranquilidad y lograron calmar mi ansiedad. ¿Aquí estaba la respuesta que tanto buscaba? Solo tenía que agarrar el lápiz y esperar el mensaje. Miré alrededor. Nadie nos miraba. Ruth había escogido el lugar idóneo para este experimento.

David Vidal
08 de junio de 2026
15 min de lectura
¿Cuándo empezó esta locura? ¿Cómo es que un presunto contactado logró convencer a toda una región de que su mensaje es real? Fueron preguntas que me obstiné en responder, pero no necesariamente para llegar a la verdad. No. La verdad era que yo le tenía envidia. ¿Cómo logró el contacto? ¿Cómo puedo lograrlo yo también? Esas eran verdaderamente mis preguntas. Las que buscaba camuflar con el disfraz de periodista imparcial, que me quedaba sumamente holgado. Y disfrazado me dispuse a buscar el principio de su legitimación. Solo habían imágenes borrosas de aquel día histórico para los Orionitas. Ese día fue el mismo que un joven Kenneth ya había anunciado en el programa de Mariano Donayre: el sábado 26 de junio del 2010. En la página de facebook de MOVNI estaban las fotografías. El cielo se veía oscuro y detrás se notaba la frondosa vegetación del monte. Arriba, sobre el oscuro firmamento, una luz azulada resaltaba. Era redonda, algo distorsionada probablemente por la velocidad del obturador de la cámara. La otra imagen era casi idéntica, pero la luz se encontraba en otra posición, más hacia la izquierda. El objeto ya no parecía un círculo, sino una estructura tubular y luminosa. Eso era todo. Ambas imágenes formaban parte de una publicación que tenía más de tres mil likes, acompañado de comentarios en apoyo al desaparecido líder. Aquí comenzó todo, decía uno. Esta es la prueba de que todo es real, replicaba otro. Yo estuve allí. Me detuve un momento. Vi su perfil. Era una mujer que rondaba los 40 años. Solo tenía fotos familiares, y varios reposteos de publicaciones orionitas. Le envié un mensaje. Quería saber la verdad. Quería saber cómo lo logró. Qué pasó ese día. En menos de dos horas me respondió. —Yo no sabía quiénes eran los orionitas. Pero sí creía en los OVNIS. Ruth Carhuas ahora tiene 43 años. Es una contadora y dueña de su propia empresa, la cual lleva su nombre. Tiene el pelo recién alisado, que resplandece por la luz natural que entra por las ventanas del café en el que nos hemos citado. A pocos pasos se encuentra la plaza de Armas y todavía se escucha el barrido de las escobas intentando revertir el desorden producto de la celebración de hace dos días. Ruth mira hacia los árboles de la plaza, como tratando de recordar el día en el que decidió hacerse Orionita. —Llegué tarde, me acuerdo. Con dos amigas que también se hicieron Orionitas. El llamado de Kenneth no resonó como el joven contactado había querido. Solo habían unas trece personas, contándolo a él, a Mariano Donayre y un par de amigos que lo habían acompañado. Y ya eran casi las 10 de la noche. Por aquél entonces no habían erigido el muro perimetral del Centro Arqueológico Kotosh y solo había una rústica caseta peatonal con un tejado a dos aguas. Nueve de las trece personas conversaban en voz baja, sentados debajo de la caseta. Se quejaban del frío y reían de vez en cuando mirando el horizonte. Una de esas personas era Ruth. A ella no le costó mucho identificar al joven Kenneth. Estaba de pie, a un costado de la caseta, mirando el cielo, que ese día se encontraba despejado y simulaba ser un inmenso velo. —Recuerdo que podías ver en el cielo clarito el cinturón de Orión. Esas tres estrellitas alineaditas casi a la perfección… A las diez y cuarto kenneth dio un par de palmaditas al aire y pidió al grupo entero que lo siguieran. Caminaron quince minutos en dirección al fundo San Germán. Una vez pasaron el rústico perímetro hecho de postes de madera que les impedía entrar a la vegetación, Kenneth se detuvo. Miró al cielo. Todos lo imitaron. Se veían cientos de estrellas, todas dispersas, pero todas inmóviles. Algunas titilaban con más violencia que otras, pero ninguna parecía tener la inquietud de la vida. Síganme, por aquí es el camino, dijo Kenneth. Ya estamos cerca. Atravesaron algunos magueys, gramíneas y arbustos hasta llegar a un terreno más plano. Primero se sentó Kenneth, y de allí le siguieron las otras 12 personas. Unos ladridos alertaron a Ruth. Había un perro en el grupo, de color rojizo y pequeño, de pelaje denso. Kenneth, ya sentado, lo acariciaba con una inmensa sonrisa. El corazón de Ruth se conmovió. —Tenía a su perrito con él. Si alguien ama a los animales es imposible que sea mala persona… es imposible que sea solo un charlatán… Compañeros, futuros hermanos, vamos a comenzar, dijo Kenneth. Necesitamos meditar y despejar nuestras mentes, solo así haremos contacto con los Orionitas. Kenneth cerró los ojos, e invitó a todos a hacer lo mismo. La luna creciente se veía en todo su esplendor e iluminaba a las 13 personas que, sobre el pasto, respiraban casi al mismo compás. Inhalaban por la nariz, expiraban por la boca, con los ojos cerrados, imaginando lo imposible: el contacto con una raza inteligente proveniente de otro planeta. Llenen sus pensamientos de amor. Ensanchen el pecho y sus corazones, solo así los hermanos mayores los escucharán… El cielo estaba infestado de estrellas, pero ninguna se movía. Solo titilaban a la distancia, algunas con más vehemencia, otras más perezosas, pero ninguna se movía. El hermoso firmamento simulaba ser solo un lienzo congelado en el tiempo. —Yo y mis amigas ya íbamos perdiendo la esperanza. Hacía harto frío y nada, los hermanos mayores no hacían su aparición. Pero Kenneth no se rindió. Nos pidió seguir meditando, con más concentración. Nos dijo que si las dudas incrementaban el contacto sería imposible. Y estuvimos así, sentados sobre el césped, inhalando y expirando, hasta que a eso de la medianoche nuestras vidas cambiaron para siempre… Un ladrido turbó la meditación. Era el perro de Kenneth, que ladraba hacia el firmamento. Todos alzaron la vista, pero el cielo seguía siendo el mismo. Kenneth acarició a su perro, pero este volvió a ladrar. Ahora con más vehemencia. Calma, Mister, ¿qué ves?¿Por qué ladras? Mister seguía ladrando. Avanzó unos pasos hacia el cerro Marabamba y se sentó. Miró a Kenneth, luego miró al cielo. Kenneth, mira, dijo Mariano exaltado. Los pocos que todavía meditaban salieron de su trance voluntario. Las estrellas parecían brillar con más vehemencia. Todas eran blancas, algunas más rojizas, pero solo una era azul. Esa estrella era nueva, y centelleaba con más fuerza que las demás. Simulaba ser un farol, todavía estático. Kenneth señaló a esa luz azulada. Los ladridos de Mister ahora se combinaban con ligeros gemidos de terror. Allí están, amigos. Allí están los Orionitas, nos dicen hola… La luz empezó a moverse. Se escuchó un resuello general, combinado con algunos gritos y proclamas hacia los hermanos mayores. Mariano reaccionó rápido y logró capturar algunas fotografías de la luz durante su parsimonioso recorrido, con un garbo impropio de la inteligencia humana. La luz descendió hasta posarse sobre el pico del cerro Marabamba. Desde las alturas simuló saludar a los orionitas, que guiados por Kenneth, les devolvieron los saludos con proclamas y arengas de éxito. El gozo se hacía evidente en cada una de las 13 personas que allí se encontraban. Algunas lloraban, como Ruth, otros miraban mustios, como abducidos de sí mismos, como Mariano. La luz empezó a moverse de nuevo. Se elevó ligeramente y con impetuosa velocidad zigzagueó sobre los cielos huanuqueños hasta desaparecer sobre ese velo brilloso que simulaba ser el firmamento. Todo no había durado más de tres minutos, pero los suficientes para cambiar la vida de las 13 personas que allí se encontraban y que todavía seguían mirando a las estrellas, a la espera de otra señal, de otro mensaje. Cuando los resuellos se calmaron, Kenneth tomó la palabra. Hermanos, y hermanas. Hoy todos hemos visto la prueba irrefutable de los Orionitas, nuestros hermanos mayores. Pero eso no es todo. Ustedes pueden hablar con ellos así como yo con ustedes. Ustedes han recibido el mensaje, ya lo tienen dentro, solo tienen que sacarlo. Kenneth abrió su mochila y repartió papeles y lapiceros a todos los presentes. Ahora cierren sus ojos, piensen en algo que les inspire amor…y escriban lo que les viene a la mente. —Todos escribimos el mensaje que teníamos aquí, en la cabeza—Ruth se tocó la sien con el índice derecho.—Yo…yo no soy poeta, soy totalmente opuesta a las letras, mírame, soy contadora. Y en la universidad no leía libros, excepto los contables, claro. Pero mira, todavía guardo este mensaje que ellos me transmitieron. Ruth sacó de su cartera un papel enmicado. Me lo entregó. Protegido por la mica había una hoja de papel bond recortada con un mensaje de varias líneas escrito con tinta azul. —Eso es lo que me dijeron los orionitas. Dime si no te parece hermoso, hasta casi un poema… Lo leí. Sobre los cielos de Huánuco detrás de las pupilas que brillan del oscuro infinito nosotros observamos. Y aunque seamos invisibles a tus ojos a tus sentidos y hasta tu intuición no lo seremos nunca a tu corazón. Era bueno, para alguien que se jactaba de no leer libros. Lo leí una vez más. El trazo de las líneas era limpio, no había borrones. Parecía que lo escribió sin sobre pensarlo demasiado, como si, en efecto, alguien le hubiera dictado tal poema. —Los demás también escribieron mensajes, pero ninguno un poema. Mariano Donayre, por ejemplo, solo escribió una frase: nosotros existimos. Nada más, pero qué más quieres, con ese mensaje todas nuestras dudas desaparecieron al toque. Seguí viendo la hoja enmicada. Tenía sentido. Había testimonios, fotografías y ahora hasta un poema que parecía haber sido dictado por una inteligencia ajena a una contadora que no lee poemas. Miré a Ruth a los ojos. Brillaban. Estaban tranquilos, como si su líder no hubiera desaparecido. —¿Tú crees que tu líder de veras fue abducido por los orionitas?—pregunté. Ruth me sonrió, como si esperara esa pregunta. —Yo sé que él está donde debe estar. Yo creo que los hermanos mayores se lo llevaron, él ha hecho mucho por Huánuco. Ahora hay más turismo, tenemos más trabajo, yo tengo más clientes. —¿No cree que él está mintiendo? ¿Que fingió su abducción para escapar de la justicia? Ruth continuaba sonriendo. Hasta parecía que su sonrisa brillaba más. —No. Él tiene enemigos, como todo político. Sus enemigos lo quieren encarcelar, y era un peligro que él conocía bien cuando decidió ser alcalde. Su mensaje, los orionitas, las fotografías, la transmisión, todo es cierto. La miré en silencio, asintiendo con la cabeza de forma involuntaria, o al menos eso quiero creer. —Sé que tienes dudas. Yo también las tuve, y muchas, pero ese día cambió mi vida. Este poema es la prueba. Este poema es su mensaje. Le devolví el poema. Di un sorbo al café que ya casi se había enfriado cuando me percaté que Ruth me miraba con ternura. —Dime, ¿tú crees en los OVNIs? —La pregunta no viene al caso. Si creo en los OVNIs no significa que crea en Kenneth… —Da igual, amigo. Pero, ¿tú crees en ellos? La miré en silencio, rogando a mis adentros porque no se me notara mi afición por los extraterrestres. —Creo que hay vida en otros planetas. Y quisiera creer que ellos están aquí, pero no tengo evidencia de ello… —¿Quisieras una evidencia? Sentí el palpitar de mi corazón incrementándose. Mi pecho retumbaba. Había un espejo a mi costado pero preferí no verme el rostro, que de seguro estaba ruborizado por tamaña oferta. Simulé una escueta y disimulada sonrisa antes de responder. —¿La tienes? Ruth sacó de su cartera un lápiz y un papel. —Cierra los ojos. Concéntrate y escribirás el mensaje de los hermanos mayores. La miré con escepticismo. —Yo sé que tú quieres creer. Nadie, ningún periodista todavía muestra el interés que usted tiene de este caso. Todos solo publican las investigaciones de Kenneth, pero tú eres el único que preguntó en torno a las evidencias que nosotros, los orionitas, tenemos. Tú eres diferente. No me veía al espejo, pero estaba seguro de que mi rostro evidenciaba mi entusiasmo, mi debilidad. Sentí la sangre recorrer mis mejillas y mi piel de gallina. —¿Tuviste una experiencia con un OVNI? Mierda. Allí estaba de nuevo el platillo brillante detrás de las nubes. Las pesadillas, las sombras, el ahogamiento y…y el dolor. Apreté la mandíbula. Una gota de sudor se deslizó por mi sien. Mi respiración se agitó. Traté de disimularlo. Ruth aprovechó y colocó su mano en mi brazo izquierdo. —Créeme. Solo cierra los ojos y escribe el mensaje. Sé que ellos quieren ayudarte a creer. Ellos ya te eligieron… Sus palabras parecían honestas. Me dieron tranquilidad y lograron calmar mi ansiedad. ¿Aquí estaba la respuesta que tanto buscaba? Solo tenía que agarrar el lápiz y esperar el mensaje. Miré alrededor. Nadie nos miraba. Ruth había escogido el lugar idóneo para este experimento. No sé por qué, o tal vez sí, pero le hice caso. No tenía nada que perder, solo mi disfraz de periodista imparcial, que claramente no era. Agarré el lápiz, cerré los ojos y esperé. —Escucha mi voz, concéntrate. Yo seré tu guía. Estás calmado, en paz. Ahora piensa en ellos… Oía el pitido de algunos mototaxis a la distancia. El gorgojeo de algunas palomas. El pasar de un avión que resonaba a la distancia. —Inhala… expira. Piensa en ellos, libérate de las dudas. Para mi sorpresa, mi mano empezó a moverse.

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