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Otra amiga

Marissa no tenía siquiera DNI, solo utilizaba su libreta militar para no poder ser rastreada. Me contó que eso fue lo que la salvó de pasar más meses en prisión; eso y que su hermana Marlene empezara a salir con el fiscal que veía el caso. Su hermana mayor aún seguía en prisión pues encontraron más antecedentes...

Alicia Torres
08 de mayo de 2026
13 min de lectura
Ese día llegué tarde al almuerzo de los cumpleaños del mes. Pensé que ya casi todos estarían por terminar o habrían terminado de almorzar; para mí fue casi un milagro haber podido salir viva de la presentación de resultados trimestrales a la casa matriz. Al entrar al restaurante, exactamente al pasar la puerta, me topé con un grupo de inspectores de INDECI. Entre ellos, un rostro femenino me pareció familiar y, al parecer, el mío también le resultó conocido, pues me miró fijamente por unos incómodos diez segundos para luego bajar la mirada. Ella tendría aproximadamente entre 35 y 38 años y medía 1.65 m de estatura; ojos marrones grandes, cabello teñido tipo balayage, nariz y labios estéticamente perfilados. Traté de recordar dónde podía haberla conocido pero no pude; finalmente sonreí, asentí con la cabeza y pregunté dónde estaba ubicada la mesa que había reservado. Cuando me senté, aún intrigada por no poder recordar el nombre de ese rostro, empezaron las bromas: —¿Qué pasó? ¿Acaso viste un fantasma en la reunión? —dijo uno de los analistas. —Cuenta, cuenta, cuéntalo todo —repitieron a varias voces. —Uy, se viene la poda —dijo alguien en voz baja. —No, para nada —respondí—. Por favor, ¿puede traerme una carta? —le pedí al mozo que se acercó a la mesa. Al leer la carta, de pronto y sin saber por qué, sentí frío. Me quedé helada, casi pasmada y pálida. Lo había recordado. Era ella. Cambiada, pero sin dudarlo, era ella. La primera vez que la vi fue en la academia; estaba sentada dos carpetas delante de la mía. Ciertamente, lo que me llamó la atención fue su mochila verde, que me gustó tanto que, al final de la clase, le pregunté dónde se la había comprado. Ella cada día iba con un outfit distinto; me encantaba todo su estilo y hasta tenía tiempo para peinarse, totalmente diferente a mí, que por esas épocas andaba tan obsesionada con ingresar a la universidad que, digamos, mi máximo acto de vanidad era bañarme de manera interdiaria. Nos hicimos amigas. Empezamos a sentarnos juntas todos los días, almorzábamos juntas; ella me llevaba estofado y yo, de vez en cuando, algún postre para compartir. Normalmente nos quedábamos por la tarde para seguir estudiando junto con un par de amigos más y, los fines de semana, estudiábamos en su casa o en la mía. Ella vivía con su mamá y dos hermanas; su hermana mayor ya estudiaba en la universidad y la menor en un instituto. Con esa rutina pasaron varios meses y nos sentíamos cada vez más unidas; inclusive nos contábamos de todo. Finalmente lo logramos e ingresamos juntas a la universidad, pero a distintas facultades. Durante el primer ciclo tratamos de vernos una vez por semana; luego, cada vez que se podía. Debió ser a inicios del cuarto ciclo cuando fui a buscarla a su facultad, pues ese verano no había tenido noticias de ella. Pregunté a nuestros amigos en común sin éxito; busqué a su ex y él tampoco sabía nada. Ya habían pasado dos semanas. Por un amigo pregunté en registros académicos si se había matriculado ese ciclo y confirmaron lo que ya venía sospechando: no lo había hecho. Estuvo matriculada en los cursos de verano, pero se retiró y luego no se supo más. Para este momento, yo ya tenía loco a mi enamorado de ese entonces hablándole todo el día de ella; le pedí que me acompañara a su casa. Fuimos un domingo temprano a Surquillo, a la altura de la cuadra 15 de la avenida Angamos. Caminamos aproximadamente cinco cuadras a la derecha y llegamos a una quinta de quincha deteriorada. Tocamos la puerta de la quinta y el timbre de su casa, el interior D1, pero nadie salió. Después de quince minutos tocando, una persona salió y yo aproveché ese instante para entrar. —Buenos días, venimos a ver a la familia Contreras —dije con voz firme. Entré y, bastante ansiosa, toqué la puerta por treinta minutos. Nadie abrió. Resignados y sin respuestas, decidimos irnos, pero al salir una vecina nos dijo: —Hace semanas que solo vemos a Marlene. Hoy domingo salió muy temprano para el cementerio. En ese momento temí lo peor. ¿Cómo era posible que no estuviera enterada de nada? En ese instante hice lo que muchas hacemos: culpar a mi enamorado de que, por estar con él y sus amigos todo el verano, me había alejado de mi amiga. Pensé que ella estaba muerta y empecé a llorar. Él me abrazó y me dijo: —Déjale una nota debajo de la puerta; si quieres le das mi número celular. A inicios de los 2000 yo no tenía celular. Así fue como, con espasmos por el llanto, regresé a la puerta y dejé la nota debajo. Después de aproximadamente tres días, mi enamorado me dijo que había recibido un mensaje presuntamente de mi amiga, porque decía: “Estoy bien, te escribiremos pronto. M. C.” Lo enviaban desde una página web de Claro; por ese entonces podías enviar un SMS desde la web de tu operador sin necesidad de tener un equipo propio. Así pasaron más de tres meses sin noticias, hasta que un día, aproximadamente al mediodía, justo una semana antes de los exámenes finales, entré a la biblioteca de mi facultad y allí estaba ella. Estaba sentada, con el cabello mal teñido de un color rojizo y mucho más delgada. "Parece paciente de paludismo", pensé para mis adentros. Me acerqué y la abracé con algo de temor, porque sentía que podía romperse. Me miró y lloró. —Vamos a conversar a otro lado —le dije, mientras caminábamos a uno de los jardines de la universidad. —Pensé que te habías muerto —le confesé. Se rio y me dijo: —Casi. Alguna vez me comentó que era bulímica y eso siempre rondó mi cabeza, pero luego me confirmó que su ausencia no fue por eso. —¿Entonces fue lo otro? —le pregunté. —Sí —me respondió, mirando al suelo. Tanto ella como su hermana suplantaban postulantes en exámenes de admisión. Ambas habían ingresado a casi todas las universidades del Perú, públicas y privadas, en épocas donde no había ingreso directo ni por entrevista; por lo que, al no tener muchas opciones al salir del colegio, muchos padres buscaban a estas mafias con la idea de "ayudar" a sus hijos, porque ellos finalmente eran quienes pagaban. Tanto mi amiga como su hermana estaban respaldadas por su mamá; es más, su madre viajaba con ellas para las suplantaciones en provincias. Marissa no tenía siquiera DNI, solo utilizaba su libreta militar para no poder ser rastreada. Me contó que eso fue lo que la salvó de pasar más meses en prisión; eso y que su hermana Marlene empezara a salir con el fiscal que veía el caso. Su hermana mayor aún seguía en prisión pues encontraron más antecedentes; supusimos que fue porque era suplantadora para la facultad de Medicina y, debido al seguimiento policial, presumieron que lo había hecho muchas más veces, lo cual era cierto. Le pregunté si en la universidad sabían algo o si le habían puesto condiciones para su matrícula; me dijo que hasta el momento solo había suspendido el ciclo y que se reincorporaría al siguiente. —La carceleta es el peor lugar del mundo —me dijo, tomando mi mano y apretándola fuertemente—. Dejar a mi hermana ahí me ha destruido. No puedo comer pensando en lo que ella está padeciendo; siento que yo debería estar en su lugar —añadió con voz entrecortada—. Mi mamá nos pidió perdón; ahora ella también está investigada. La jueza la incluyó en el caso como responsable intelectual del delito —comentó con voz bastante más calmada. —Desde esa vez que me lo contaste, hace casi tres años, ¿cuántas veces más lo volviste a hacer? —le pregunté. Me respondió que fueron varias veces más, siempre mirando al suelo. Recuerdo que me juró que, si ingresábamos, ya no tenía sentido hacerlo. Aquel día nos abrazamos y, mientras llorábamos, comíamos Casino de menta con Chisitos. Mencionó que las presiones en su casa eran fuertes y que estudiar Arquitectura era más caro de lo que había pensado. —Además, no puedo trabajar mientras estudio. En el caso de mi hermana, ella ayuda en la casa y está juntando para su consultorio. En los primeros ciclos Edwin me ayudaba comprándome materiales y con los gastos de las amanecidas... y siento, sabes, que a veces no podemos solas. La abracé y le dije: —Sí, yo también siento lo mismo. Siento que me abruman las cosas y que me falta tiempo. Encima están los problemas en casa; mi casa tampoco es un lugar maravilloso. Quiero irme pronto, por eso todo este verano lo pasé en casa de Max y solo iba a la mía de visita. Un par de meses después, al inicio del siguiente ciclo, coincidimos en el comedor. Nuevamente la vi con otro look; sonreí y ella también, pero no me acerqué. Yo estaba con Max y, al parecer, ya era un secreto a voces lo que había pasado. Él me preguntó y se lo negué, pero después de varias peleas terminé por contarle todo. Ya no podía ser tan cercana a ella. Ahora la tenía casi frente a mí, pero tampoco era ella; y de la persona que ella conoció quedaba poco o nada. Sin embargo, algo en mí quería cuidar ese cariño, ya fuera por ella o por el tiempo compartido. Me levanté de la mesa con la excusa de ir a los servicios y caminé con dirección a la cocina, donde estaba el grupo de INDECI. Ella se dio cuenta y percibí amabilidad en su rostro. A casi dos metros se sintió una explosión que salió de la cocina. Todo el lugar se llenó de humo. Sacaron los extintores, pero al parecer era algo más grave; nos evacuaron. Uno de mis analistas me fue a buscar con mi bolso en mano diciendo: "Ya salieron todos". La miré y alcé la mano para hacer un gesto de saludo o despedida; de ella solo vi subir su dedo pulgar.

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