Volver al blogTallerista - Grupo presencial

Obasión Caliente

La sociedad cocainómana y estratosférica, acababa de despojarse de sus máscaras. Todos sentían que la sangre había dejado de circular por sus venas. Fue entonces cuando Mc Fire disparó la respuesta desde su consola...

Gabriel Granda
28 de mayo de 2026
14 min de lectura
Obasión Caliente, el DJ de la fiesta, fue el primero en recibir el interrogatorio del detective Osorio tras su regreso del laboratorio de peritaje. Oby MC Fire —como se hacía llamar en sus lives de redes sociales— dejó escapar un bostezo digno del cansancio extremo y de la oscuridad de la noche. El DJ, comprendió entonces que era el único testigo clave que aparecía en las cámaras de seguridad en el momento exacto del estruendo; un sonido que a él le pareció un petardo, similar a los que solía reventar en las calles de su barrio Atahualpa durante las fiestas de fin de año. La grabación mostraba a su cuerpo invadiendo aquel rincón solitario de la mansión como un esperpento. Vestía un saco con diamantes que flameaban en tonos rojos y naranjas, desde los ribetes de la solapa del pecho hasta los hombros. La languidez de la tarde no podía devorarlo ahí. Se le veía además con prisa. Su mirada delataba otras prioridades, pues la casa estaba dispuesta a bailar y él tenía la misión de desenredarle el cabello tras los vítores con los que se despedía la Tuna Universitaria, tras interpretar Morena de mi copla. —¿Qué hacía usted por ahí? —preguntó Osorio al notar que el fan page de Mc Fire decía: Cometa Halley incluido en la hora loca. —Volvía por un cable que dejé en mi auto, jefazo—respondió Oby MC Fire. La mirada de Osorio era la de alguien intentando resolver un cubo de Rubik. De hecho, los fotogramas captaban un rollo de cables desordenados en las manos de MC Fire. Aquel «revoltijo de tallarines negros» lo había acompañado en su trayectoria, impregnándose de sudor al retornar a la casa por el pasadizo extenso por el que, horas después, sería sustraído el acribillado Josephus Mendizábal. Obasión recordaba haber recorrido no solo aquel pasadizo extenso. El laberinto circundaba la casa, ramificándose en otros pasillos que desembocaban en una acequia de aguas profundas, al borde de un abismo. Al transitar por allí, MC Fire observó ambientes inhóspitos donde sus pasos se perdían entre puertas encadenadas, bacinicas con costras de óxido que olían a berrinche y ventanas con rejas que padecían lepra y habían perdido el color del acero. La mansión de los Mendizábal era un monstruo bicéfalo. Por delante, el mármol, los muebles y los utensilios de plata deslumbraban; por detrás la putrefacción mostraba unas tripas de quinchas escarbadas a arañazos, defecando sus más oscuros delitos en la acequia que corría a suicidarse en el río seco. MC Fire continuó el trayecto hasta que, al ver sus zapatos escarchados opacados por el polvo, incendió su ingenio de barrio chalaco y aligeró la marcha en búsqueda de una salida. Sentía que la brisa ya no lo acompañaba y, de repente, se encontró frente a unas estatuas de santos mutilados, estampitas en el suelo y manchas de sangre en una pared que había abandonado la blancura. Dio un par de vueltas, en un estado catatónico, hasta que por fin notó que sus pasos daban con unas baldosas de mármol; aquello le devolvió la sensación de civilización y fiesta. Sin embargo, al percatarse de ello, un grito lo hizo estremecerse, obligándolo a poner los embragues en las pantorrillas mientras contemplaba un horizonte que se inundaba con la oscuridad de la tarde. Frente a él, un hombre de bigotes espesos parecía desvanecerse mientras forcejeaba con otro. La penumbra no le permitió ver nada más, a excepción del brillo de los diamantes en su saco, una mano con una pistola escabulléndose tras un muro y otra arma de fuego oculta entre los muslos de quien identificó como la novia de la fiesta. «—¿Y dónde putas está el DJ? —escuchó a lo lejos. Aquello evitó que capturara el momento en el que la muerte mostraba sus ojos; se centró, en cambio, en desenredar la maraña de cables que llevaba en la mano y en dar pasos agigantados hacia el lugar donde había instalado su consola. Corrió hasta ingresar por la puerta falsa del salón de gala. Logró deshacer la maraña de fideos y al ingresar el Maestro de Ceremonias coreó: —¡Con ustedes, el DJ del momento: Oby MC Fire! —escuchó entre vítores y flashes que le pedían alzar las manos como un rock star. Los invitados más jóvenes levantaban las manos con entusiasmo y repetían: —¡Halley, Halley, Halley!. Él se encontraba entre luces estelares que nacían desde la tierra como un geiser de plata líquida. Para poder alzar las manos, se vio en la necesidad de arrojar los cables hacia el altar de música, que resplandecía con un aura de magia incandescente. *** Osorio llevaba clavada la mirada del difunto en el entrecejo antes, durante y después del interrogatorio con Mc Fire. En el laboratorio, al destapar aquel rostro, los ojos lucían tan vivos que le provocaron la insoportable sensación de que el cabrón lo juzgaba desde el mismísimo infierno. Al retornar a la fiesta, no tuvo un solo instante de paz. Solo al revisar personalmente las cámaras de seguridad comprendió que el Dj era el único capaz de responder la pregunta que le ardía en la frente: —¿Qué mierda más viste? —Eso fue todo, jefe. —No te creo. —Se lo juro. Osorio no alzó la voz. Se inclinó sobre la mesa, con el aliento oliendo a un frappe sin azúcar, rozó la mejilla de Mc Fire: —Deja de mirarme la bragueta y responde Mc Fire tenía la intención de responder pero sus labios no se despegaban — ¿Sabes lo que mierda le pasa a un DJ de cono cuando los Mendizábal deciden que es un estorbo? — comentó, franeleando con ternura el gatillo de su arma que llevaba en la cintura—. No te matan, Mac. Dejas de ser humano. Te sembramos coca, tu madre amanece con moscas en la mitra y tu hermanita termina siendo una culisuelta en la Arequipa. Ahora, mírame a los ojos y dime qué mierda más viste en el pasillo. —No vi nada más Jefazo, debo regresar a la fiesta. Por favor. —De acá no se mueve nadie, piltrafa. —Se lo juro, jefazo. —Juro que, si no dices nada más, de esta no sales vivo. Osorio se sacudió el saco, pateó la silla vacía al costado de Mc Fire y extrajo su arma para apuntarle a la cabeza. —¿Sabes por qué esta arma se llama matachola? —Por favor, jefe, yo solo vine por un jornal... —Tu jornal, mis pelotas. Te lo pregunto una vez más: ¿qué mierda más viste? El chasquido del seguro de la pistola trono sobre su sien y Mc Fire, el DJ, empezó a humedecer su boxer gucci y vociferó: —¡La vi a ella, la vi a ella! —¿A quién? ¿A quién mierda viste? —¡A la novia! Dio un grito de susto y fue a esconder un arma tirada en el suelo entre su vestido. Después salió disimulando una cojera. Se lo juro, jefe, ella no disparó, pero sí cogió el arma y se fue al baño a llorar. —¿Qué más, granuja? —Me llamaban desde adentro preguntando por el DJ. Solo corrí y me indicaron que siguiera con las rolas un par de horas más, porque el discurso de la señora Lucrecia demoraría un poco. Eso fue todo, jefazo, se lo juro por mi Sarita. Eso fue todo. —No te creo. —Había dos hombres peleando, el que cayó fue el más viejo y eso fue todo se lo juro. Ya era casi noche. No vi nada más. Por mi Sarita se lo juro. —Lárgate, porquería. Mc Fire había sido contratado en varios eventos de familias adineradas, en los cuales la mafia tenía la ñanga bien metida. Nunca había tenido problemas, pero este maldito evento era distinto. La sola ubicación de la casa, y su exclusividad en medio de la nada, ya le había parecido extraña. Por eso, mientras se incorporaba tras la agresión, sintió el ardor de la marca que el cañón del fusil le había dejado en la sien. Juró que nunca más volvería a pisar ese lugar de mierda. Y que en un par de días se haría una escarificación de Bill Bala sobre la sien. Dio una raqueteada para terminar con valor la labor de su mejor fiesta pagada hasta ahora. Aquella inhalación le recordó que su carrera había empezado muy lejos de allí, improvisando con una consola frente a su smartphone. Transmitía en vivo desde su barrio. Soltaba rolas sabrosas que encendían a su audiencia durante la madrugada, hasta que empezó a trabajar de la mano de organizadores de bodas de alta sociedad debido a sus servicios exclusivos durante la hora loca. —Chorréate algo de coca antes de salir piltrafa. —Sí, jefe, cómo no. —Ni una palabra de esto a nadie. —Sí, jefazo, descuide. —Lárgate. Él no quería hablar más con el wachimán de los Mendizábal. —Te buscaré para un par de preguntas más, porqueria —Lo que usted diga Jefazo Con los ojos sobre las estrellas, el perro de la música abrió la puerta y salió al frío de la madrugada. Por dentro, la conciencia le dinamitaba las sienes: «¿En qué te metiste, pendejo? Si yo solo hice lo que me pidió la wendy planner, o como chucha se diga»». Cerró los ojos. El aire helado de la madrugada, cargado con olor a pirotecnia, le devolvió de golpe a las horas previas, a la falsa inocencia del atardecer. Lo único que recordaba de aquel inicio era que, al llegar a su altar alumbrado, se había bajado de golpe un vaso de Machu Picchu que le dejaron en la mesa. Después, realizó un par de submarinos con unos Marlboros rojos que había dejado al lado de su consola y unas latas de cerveza que también le habían dejado bajo su altar. Así entró en ambiente. La pasó de la refurinfunflay. Hasta que el Maestro de Ceremonias le indicó que la hora loca empezaría después del discurso atrasado de la señora Lucrecia. —Tengo todo listo, mi brother —le aseguró Mc Fire—. Tú dame la orden y ponemos a la gente a volar. El maestro de ceremonias se alejó asintiendo con un «chévere» que apenas se pudo escuchar. Mc Fire bajó el volumen del sintetizador y un grupo de violinistas aparecieron detrás de una mesa de invitados cercana a la del Barman interpretando My Heart Will Go On. El murmullo del salón se fue apagando hasta convertirse en un silencio expectante. Lucrecia llevó una de sus manos libres al pecho para tomar un largo aliento. Las luces de tono frío caían sobre ella, dándole un aura cósmica en medio de la noche. Su sonrisa brillaba y su voz sonó rasposa pero cargada de emoción: —Buenas noches con todos. Hoy se casa mi pequeño... Las lágrimas intentaban brotar con tenacidad, pero ella logró controlarlas. Sin embargo, dos pequeñas gotas cedieron cuando dejó de ver a los invitados y clavó la mirada en los ojos de Julio César. Un mozo se acercó con un vaso de agua y Lucrecia dio un largo sorbo. En las mesas la gente suspiraba, mientras ella se secaba con cuidado las lágrimas que se habían mezclado con el rímel. Desdobló la hoja que llevaba en la mano y continuó, sin apartar la vista de su hijo: —Mi pequeño Julio César, mi único hijo, hoy dejas el lecho de mamá. Hoy te vi dar el «sí» con esa energía feroz que te caracteriza, la misma que tenías cuando eras un bebé y te aferrabas a mi pecho. Eres un ser lleno de luz que siempre supo a qué casta pertenece. Y eso es lo que haces hoy: perpetuar nuestra sangre junto a Miriam. Sabes que esta casa siempre respirará para ti—Lucrecia apretó el micrófono, uno de sus párpados tenía un tono rojizo bajo la luz blanca—. Siempre tendrás a tu madre. Siempre. Porque a veces las decisiones son pasajeras, Julio César, pero el vientre que te formó es una basílica de la que nunca, escúchame bien, nunca se terminará de salir. Vengan a darme un abrazo mis engreídos. Los invitados al igual que Julio Cesar y Miriam estallaron en aplausos. Las cámaras hicieron lo que más sabían: Inmortalizar el momento para lucirlo al día siguiente en la portada del “Somos” junto a un titular que dijera “El Sí para siempre del diputado Mendizabal”. Un brindis continuó el acto. Todos sonreían, exhibiendo sus mejores muecas. Obasión, con las manos aún sobre el dial, optó por sentarse unos minutos al notar que el espectáculo ahora les pertenecía a las cuerdas del violín y a la cucufatería. —En diez minutos arrancamos, Mac —le indicó el maestro de ceremonias. Sus ademanes rápidos contrastaban con la intensidad de su mirada que no dejaba de dar vueltas sobre el festín para ver si todo estaba en orden. —Dale, bro. Necesitado de euforia, Mc Fire se abrió paso hacia la barra y pidió un vodka. Observó cómo el líquido caía en cascada hasta morir en el fondo de un vaso de cristal. Se tomó uno, luego otro, y un tercero, hasta que notó que el suelo se movía bajo sus pies. En medio de ese tambaleo, su mirada se fijó sobre la novia. Notó que ya no cojeaba a diferencia de cuando la vio horas antes mientras él tenía el revoltijo de cables. «Debe estar bien sazonada, para no sentir dolor», pensó. Ignoraba por completo que ella había tenido que domesticar su infierno para no colapsar y lucir: radiante y sensual para la alta sociedad y para su marido. Ella mandaba besitos volados y alzaba una de sus manos a medio corazón como si fuera un saludo a la bandera del amor que triunfaba en el colectivo social. —¡Boney M, Mac! —le hizo una seña el maestro de ceremonias. Mc Fire se tronó los dedos y corrió hacia su tótem cibernético. Encendió la bola de luces con sus miles de ojos de cristal. El aparato cobró vida, era un vigía que escrutaba la noche, dispuesto a dictar el ritmo de los cuerpos sudorosos. Sunny, yesterday my life was filled with rain Sunny, you smiled at me and really eased the pain La pista se transformó en un tablero de Twister con decenas de discos luminosos que brotaban como nenúfares de neón, salpicando la oscuridad con charcos de luz púrpura, azul eléctrico, ámbar y turquesa. Todos, hasta los más viejos, volvieron a ser unas ñañas reducidas a siluetas danzantes en la penumbra. Ra-Ra-Rasputin... Lover of the Russian queen... Obi Mc Fire sabía que había llegado el momento de irrumpir las canciones de lenguas extranjeras. Tenía preparada una mezcla letal que arrancaba con: Gimme, gimme, gimme a man after midnight. Se alisó el remolino del cabello y arrojó quetes de cocaína envueltos en bolsitas fosforescentes. La multitud inhalaba, gozando desde lo más profundo de su subconsciente. El tiempo despuntaba con navajas las estrellas de sus sueños, haciéndolos sentir, por un instante, libres de las cadenas de su propia esclavitud. Al fondo, una pantalla gigante proyectaba a un jinete negro bajo un cielo preñado de tormentas eléctricas que estallaban al ritmo de la música. Era un Nazgûl, vigía del poder del Anillo y de la riqueza necesaria para que se creyeran de una raza distinta y superior. Todos aspiraban con caras de paiches blancos, aún ocultos entre las sombras. Mc Fire cortó la música de tajo. Una quietud letal se apoderó del recinto. En medio del vacío sonoro, la masa gritaba: «¿Quién soy? ¡¿Quién soy?!». La sociedad cocainómana y estratosférica, acababa de despojarse de sus máscaras. Todos sentían que la sangre había dejado de circular por sus venas. Fue entonces cuando Mc Fire disparó la respuesta desde su consola: —Cholo soy... y no me compadezcas. Como si se hubiera roto un hechizo, todos, desde los más viejos estallaron en lenguas babelianas, prohibidas desde la extirpación de idolatrías, y empezaron a corear a gritos: —¡Soy peruano, concha tu mare! —¡Mi nombre es Perú! —¡Yo también soy peruano! Desde su rincón, Obasión Caliente sonreía. Sabía que el clímax de la noche, el instante por el que más le pagaban, había sido ejecutado con una pulcritud mesiánica. Después de esa catarsis, ya podía soltar rolas de cumbia, huaynos y ritmos shipibos. Todos bailaban, sintiéndose peruanos en la seguridad de su burbuja. El eco de ese ritmo folclórico e hipócrita rebotaba en los muros de la mansión y se arrastraba por la carretera oscura, siguiendo el rastro de los neumáticos que había conducido Francis. Él había huido a más de cien kilómetros por hora, con los nudillos blancos sobre el volante. Para él, esa casa nunca fue un salón de fiestas; siempre fue un claustro de psicóticos , y él logró escapar de los internos, cuando se fue del país. Hace unas horas volvía a huir con una certeza clavada en la nuca: el único hombre allí capaz de mezclar su piel con la piel de la servidumbre era Josephus Mendizábal y estaba muerto.Aquello no era solo un ardor en la sangre, era una patología clínica. Francis lo había visto de niño, espiando por la rendija: tras arrinconar a las criadas en la lavandería, su tío corría al baño a frotarse las manos con alcohol bencina y cepillos de cerdas duras hasta sacarse sangre, murmurando rezos en latín para limpiar la "mancha" cobriza de su linaje. Su deseo era, en el fondo, un acto de supremacía y asco. Antes de llegar al hotel,pensó en detenerse en una gasolinera, pero prefirió no hacerlo. Su único objetivo era encerrarse en el baño de la habitación, bañarse bajo el agua hirviendo, arrancar la ropa de Lucia con una urgencia animal, hacerle el amor, vaciarse de todo ese terror heredado y no salir de allí hasta la hora de partir hacia el aeropuerto. Solo entonces, como un noctámbulo entre las nubes, se preguntaría en qué maldito momento había empezado todo. Conocía muy bien aquel virus que perseguía la historia de su familia desde las tardes inhóspitas de Cieneguilla, las aniquilaciones en los bosques de la Amazonía y los envenenamientos en los cultivos de los abuelos. Tragedias que lo habían dejado varado bajo el cielo gris de una ciudad cosmopolita, que danzaba con crueldad sobre el sonido chispeante de la matanza. Aquel virus los había perseguido hasta São Paulo, materializándose en una insistente invitación nupcial que lo acompañaba desde la mañana hasta la noche insomne, bajo un viejo remordimiento en el que la muerte asomaba su mirada. Francis recordaba aquella mansión no sólo como un ambiente de encuentros familiares, sino como un antiguo manicomio clausurado en los ochentas. Su tía Lucrecia lo había comprado justo en el año en el que falleció la madre de Francis, condenándolo a vivir entre el yugo del tío Josephus y el de ella. Aceleró a fondo, sabiendo que, aunque el velocímetro marcara más de ciento cuarenta, uno nunca puede escapar de las paredes acolchadas de su apellido y su genética.

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil