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Fuego

Don Eusebio desenfundó unos cigarrillos guardados en una lata de metal. Ambos fumaron. Sus miradas se mezclaban en un solo recipiente, mientras el aderezo del discurso que tenía preparado don Eusebio aún se cocinaba a fuego lento.

Gabriel Granda
08 de junio de 2026
12 min de lectura
La túnica en su maleta no era blanca. Tenía el color de años de procesiones bajo la luz del fuego. Cuando llegó al Perú como misionero, su agenda era simple: debía formar una sede de su organización que pudiera captar novicios y, desde aquí, como una provincia consagrada al servicio de la luz, empezaría a expandirse hacia las otras regiones de América Latina. Habían pasado algunos días desde que no veía a Doménica. Él caminaba lentamente hasta que se detuvo en una bodega a escuchar la pelea entre el boxeador Mauro Mina y Eddie Cotton en el Estadio Nacional. Para él, hasta ese momento, lo único para lo que servían los negros americanos era para dar buenas trompadas y dejar en alto el amor por los Estados Unidos de América. Así lo había decidido desde que vio un nocaut propinado por la diestra de Ray Robinson contra Sammy Angott. Sin embargo, esta vez, al igual que ahora, su perspectiva rotaria unos grados más en sentido antihorario. «No hay nadie en el sur que pueda contra Sammy», solía pensar por aquellos años. Ahora el tiempo lo había llevado más al sur, y su frase se adaptaba a las nuevas condiciones geográficas: «No hay país en el sur que pueda contra el búfalo fornido de Eddie Cotton». —¡Gancho de media vuelta y martillazo contra las costillas! ¡La campana pita, pita y pita junto con los manotazos del árbitro! Cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡Tenemos campeón, tenemos campeón, tenemos campeón peruano! El bombardero de Chincha ha demolido al gigante de Norte América. Radio La Crónica, mil trescientos veinte AM. —Chutazo que le ha dado Mauro a tu paisano, ¿eh? gringo—decía un norteño que tomaba una Inca Kola en una botella de vidrio. —Chutazo respondió otro que encendía unos cigarrillos Berg estaba perplejo. Habían pasado cuatro años desde que aterrizó en el aeropuerto de Limatambo y su organización no prosperaba. Más jale tenían los Hermanos Misioneros de los Últimos Días o los bautistas en el norte del Perú. Es por ello que, a pesar de recibir solventes fondos desde California, había decidido montar una farmacia en Breña para entretenerse y tener algún pretexto para usar su túnica. Tenía que refregarla con fuerza, pues el moho limeño le había arrebatado su blancura supremacista; de ella solo quedaban recuerdos de fantasmas alrededor de cruces iluminadas en Fontana. Bastaron tres imperdibles oxidados a la altura de la cadera para profanar el manto sagrado. Con un doblez, la túnica de su logia se convirtió en un guardapolvo con el que vendía ungüentos a las viejas reumáticas del barrio y estupefacientes a jóvenes universitarios. Al principio, cuando le llegaban postales de la sede gubernamental de su organización, las recibía con euforia, tratando de descubrir si contenían algún mensaje encriptado que le indicara alguna misión especial. Pero poco a poco le fue perdiendo el apetito a esa correspondencia y empezó a engreír la mirada con las piernas bronceadas de Doménica, la estudiante de farmacología que siempre aparecía con la intención de hacer experimentos usando los únicos químicos que él le podía proporcionar en el barrio. A cambio, ella le traía dulces del sur de Lima. Él, absorto, solo decía gracias. Nunca les echaba un bocado y los terminaba arrojando a la basura. No la amaba; la padecía. Sus piernas, del color de la tierra húmeda, eran un insulto a la blancura que él había jurado defender con sangre. Cada vez que la miraba, Berg sentía que estaba profanando las tumbas de sus abuelos, y esa traición le provocaba una erección dolorosa e incontrolable. No fue hasta dos años después de montar la falsa farmacia, en el que un viernes destinado a ser sábado entre las sábanas, que Doménica no apareció. «Hoy no jugará Perú», pensó. Esperó unas horas hasta que el timbre de botón por fin sonó. Pensó que era una emergencia y se puso la túnica, como de costumbre. Al salir, vio que Doménica llevaba una ligera inflamación purpura en el pómulo que latía bajo la bombilla de la fachada crema. Berg se dejó invadir por la rabia de un perro al que le han pateado el plato. Pues alguien había tocado su propiedad: —¿Qué ha pasado, Doménica? —La fanfarrona de la Josefa les ha dicho a mis padres que me han visto en amoríos con el viejo de la botica. —¿Viejo yo? ¡Apenas tengo veintisiete años! —Y comentan que ya estás en edad de casarte. —Pero ¿con quién lo haría? Yo estoy aquí desde hace cuatro años solo por trabajo. —Conmigo, gringo idiota. ¿Por qué crees que me han lapeado? —Ah, contigo...Pero si nosotros solo… —¿Solo qué? Berg Brown sabía que protestar era una locura, la deseaba con fuerza, pero también sabía que si su familia en California se enteraba, pensaría que se había vuelto un hippie o, peor aún, que había perdido la batalla de Sammy Angott contra el bufón de Ray Robinson. En esencia sí la había perdido, porque era Doménica la que lo hacía caer sobre la lona mientras Radio La Crónica encendía el silencio de su casa. —¿Dirás algo, gringo? —Hablaré con tus parientes —le comentó, pero por dentro se decía: «¿Y yo con quién hablo? Mis únicos amigos son los mandaderos que me traen clientes». —Mañana a las doce del mediodía en mi casa. —Mañana será. Ella lo besó. Sus labios sabían a canela, a clavo de olor y a bofetada fresca. Berg sintió que estaba bebiendo cicuta, y tragó hasta la última gota, rindiéndose al veneno que lo contaminaba desde adentro. Aquella noche el sueño no llegó, y eso hizo que unas ojeras se dibujaran alrededor de sus ojos. Cuando se presentó ante los padres de Doménica, fue visto como una persona pulcra, mientras su nariz quería escaparse a la cocina, desde donde se salteaban unos trozos de carne junto unos tomates y tajos de cebolla. La casa apestaba a vida, ají panca, rocoto y flores. Aquel hedor asfixio en un instante el recuerdo del olor a incienso, pólvora y bosques de pino en California. —¿Y a qué te dedicas? —preguntó don Eusebio, el padre de Doménica. —Es el boticario, papá, ya te lo había dicho. Berg quería sentir el peso de la antorcha en su mano derecha y el calor del fuego iluminando los rostros aterrorizados de los negros clavados en la cruz para presentarse. Pero al abrir la boca poseída, le salió un castellano trozado: —Sí, don Eusebio, soy boticariu. Don Eusebio dejó la guitarra que llevaba sobre la mesa. Era un negro inmenso parecido a los que colgaban de un roble antes del amanecer pero que ahora le estaba dando la mano. —Vaya, vaya, boticario... A puros medicamentos me enamoraste a la señorita. —Señor, mis intenciones para con su hija son las mejores. —Hablaremos luego, pasemos por unas cervecitas. ¿Te gustan las cervezas negras? —No las he probado. Don Eusebio magullo la chapa de la cerveza con los dientes. La espuma oscura se derramó sobre sus manos capaces de cavar tumbas. 'Toma, gringo', dijo, empujando la botella. Berg tomó un trago. El líquido amargo le bajó por la garganta como un huayco. Era el cáliz que condenó a Judas —¿Fumas? —Tabaco o pipa. —No te pases pues, gringo, acá no hay plata para eso. Don Eusebio desenfundó unos cigarrillos guardados en una lata de metal. Ambos fumaron. Sus miradas se mezclaban en un solo recipiente, mientras el aderezo del discurso que tenía preparado don Eusebio aún se cocinaba a fuego lento. —Está servido. Pasen, papá, Berg. —Ahí vamos, hijita. Un par más y tu gringo me empieza a decir suegro. Ambos rieron a carcajadas y, por un momento, Berg sintió el alivio del día, pudiendo por fin fumar tranquilo. El almuerzo continuó con normalidad, entre risas, anécdotas y cuchicheos, hasta que llegó la hora del primer round: —¿Qué intenciones hay con la niña? Berg no sabía qué responder y solo atinó a decir: —Vamos en serio. Doménica sonreía llena de ilusión. Berg no sabía si hablaba de más por borracho o por enamorado; solo quería que aquella reunión terminara para poder confesarlo todo y rondar por la avenida con su túnica blanca y una antorcha encendida en la mano, demostrando que la devoción se debe ver en medio de la oscuridad. Eso había aprendido desde sus primeros campamentos y así debía ser, cuando salía en caravana en búsqueda de negros forasteros para amarrarlos a una cruz y gritar: «White Power, White Power, White Power!». Pero ahora no era así, el ají panca le quemaba las entrañas. Prefería ser un extranjero, un boticario invitado a una casa criolla en la que todos, en la cotidianidad, reían, comían y charlaban. Es por eso que, al terminar la tarde de aquel sábado, le dijo a Doménica que descansaría un poco y que la vería, como de costumbre, el próximo viernes. Se inventaría algún pretexto para no verla. Necesitaba organizar el equipaje de la razón y la carne para saber si debía abandonarse a los placeres cotidianos o ser el misionero que tendría un busto en la entrada de la logia de California, para que, cuando pasaran los años, sus semejantes dijeran: «Este es Berg Brown, el misionero que llegó hasta América del sur y nos engrandeció». Pasaron unos días, hasta que, al pasar por una bodega, la duda aun le ardía. Escuchó en la emisora local que Mauro Mina, “El Bombardero” le ganaba al americano que creció en las calles de California. La campana de la radio pitó tres veces. Berg miro una botella de Inca Kola y unos cigarrillos. Recordó las piernas de Doménica rozando las suyas. Y cuando el árbitro terminó de contar se dio cuenta que él tampoco se levantaría. Estaba sobre la lona y tenía las ansias de morir sobre ella.

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