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Lorena
Un día, Gustavo fue a la casa de su mejor amigo para llevarle unas pastillas que le había pedido porque estaba resfriado. En los siete años que llevaban de amistad, nunca antes había ido a su casa. Tocó la puerta y esperó. Después de varios minutos, la puerta se abrió de golpe.
Thalía Correa
08 de julio de 2026
11 min de lectura
A Lorena le gustaba refugiarse en su cuarto, jugando en la computadora. Solo salía de casa cuando era estrictamente necesario. Era hermosa: tenía la piel canela, un corto cabello castaño que caía como pequeñas olas y una nariz pequeña y perfilada. Pero lo que más resaltaba de ella eran sus grandes ojos verdes.
En realidad, era casi imposible que Lorena y Gustavo se conocieran. Gustavo era extrovertido y aventurero. Disfrutaba escalar montañas, salir de fiesta, comer en nuevos restaurantes y conversar con cualquier persona sobre política, tecnología o cultura general. Además, trabajaba con su padre desde muy joven.
Un día, Gustavo fue a la casa de su mejor amigo para llevarle unas pastillas que le había pedido porque estaba resfriado. En los siete años que llevaban de amistad, nunca antes había ido a su casa. Tocó la puerta y esperó. Después de varios minutos, la puerta se abrió de golpe.
—¡Dámelas, rápido! Estoy en una batalla importante.
Lorena tomó la caja de pastillas, le saco la lengua de forma infantil y le cerró la puerta en la cara.
Gustavo permaneció unos instantes frente a la puerta, inmóvil. Mientras caminaba hacia la salida, escuchó una voz ronca.
—Perdón por mi hermana.
Era Daniel. Tenía una taza de té en la mano y el rostro cansado.
—¿Tu hermana? Pensé que…
—Sí. Cuando juega, desaparece del mundo. Si hubiera una invasión extraterrestre, primero terminaría la partida.
—Interesante.
—No es odiosa. Solo… le cuesta relacionarse con la gente.
Gustavo se quedó callado, algo raro en él. La imagen de Lorena le quedó dando vueltas en la cabeza. No sabía por qué, pero no dejaba de pensar en aquellos grandes ojos verdes que apenas había alcanzado a ver.
Las semanas pasaron y Gustavo comenzó a visitar a Daniel con más frecuencia. Siempre encontraba alguna excusa: devolver una herramienta, llevar comida o simplemente pasar el rato con su amigo.
Lorena apenas se limitaba a saludarlo, pero una tarde le preguntó, apoyada en el marco de la puerta:
—¿Otra vez tú?
—Hola, Lorena. ¿Cómo est…?
—¿Vienes por mi hermano o por el café que prepara mi mamá?
—Supongo que un poco por los dos.
Ella sonrió apenas y volvió a su cuarto.
Las conversaciones comenzaron siendo torpes. Ella hablaba de videojuegos, programación y novelas de ciencia ficción. Él hablaba de caminatas, montañas y viajes. Poco a poco, ambos empezaron a probar el mundo tan diferente del otro.
A veces, él lograba convencerla de salir a caminar. Otras, era Gustavo quien terminaba sentado en el suelo de la habitación mientras ella le enseñaba a jugar algún videojuego.
—¿Cómo puedes perder en nivel principiante? —se reía ella.
—Estoy explorando todas las posibilidades.
—¿La posibilidad de ser malísimo?- Y ambos rieron.
Durante un tiempo, su amistad funcionó porque los dos se esforzaban. Pero el esfuerzo, cuando es constante, pesa y además cansa. Gustavo soñaba con viajes, terminar su carrera, mientras que Lorena no sabía, ni quería, vivir fuera de su cuarto.
Una noche, Gustavo y Daniel llegaron con una pizza para compartir mientras veían una película. Sin embargo, al entrar encontraron a Lorena besándose con un muchacho. Cuando ella los vio, sacó rápidamente la mano del pantalón del joven que de la vergüenza no pudo ni saludar. Gustavo sorprendido solo pudo decir:
—Vean ustedes la película. Recordé que tengo asuntos pendientes. Buenas noches.
Se fue sin comprender lo que acababa de pasar. No eran novios, pero habían compartido tanto que comenzó a dolerle la cabeza de tanto pensar y recordar.
Al día siguiente, la citó para hablar. Apenas la vio, le preguntó:
—¿Quién es?
—Se llama Martín.
—¿Te gusta?
—Con él no tengo que explicarlo todo. Nos entendemos y me hace reír con facilidad.
—Pensé que nuestras diferencias nos iban a hacer crecer.
—Yo no quiero crecer, Gustavo. Ahora solo siento que paso más tiempo intentando convertirme en alguien que no soy.
—Entiendo. Pues quédate jugando para siempre en tu cuarto de tres por dos. Me voy.
Lorena se quedó gritando, un poco alterada, pero Gustavo no volteó.
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