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Aire

Fuaneco alzó la mirada, el cielo se llenaba de nubes negras y moradas que estrangulaban al sol. Dio con la pared a la distancia. Brillaba. Intentó inhalar aire, pero se topó con el filo del machete destellando a su lado.

David Granda
19 de junio de 2026
18 min de lectura
La antena parabólica brillaba como un ovni de aluminio en medio de la arboleda de la comunidad nativa de Río Momón. Don Eleuterio, el presidente, había contratado dos peones para instalarla en aquella jungla. Desde la mañana ellos habían lidiado con un pesado poste de madera que fue clavado con dificultad. La tierra estaba compacta a pesar de la lluvia de anoche, y bajo la superficie, una red de raíces blancas se había resistido a tragar la estaca que sostendría el aparato. Perú había clasificado al Mundial de Futbol y esa ilusión era lo único que refrescaba el aliento de todos en la aldea frente a las ráfagas de aire hirviente de aquel mes de junio. La ubicación elegida era estratégica para captar la señal y asegurar una proyección digna de aquel evento mundialista, a espaldas de la casa del hijo predilecto de don Rupertico y de Río Momón. Aquella era la única vivienda con una pared blanca que aún no había sido violada por ninguna pinta política, ni por el barro y el estiércol de los chanchos. La pantalla perfecta para que el pueblo entero viviera los partidos de la selección sin interferencias atmosféricas. —El hijo de don Rupertico envió esta antena. —Don Rupertico siempre quiso lo mejor para Río Momón. Lástima cómo murió. —Lástima, cumpita, pero su hijo no se olvida de nosotros. Fue él quien le depositó el dinero a don Eleuterio para que compre el equipo. —Sí, sí, yo mismito lo escuché el mes pasado, cuando le dijo con una San Fuan en la mano: "Yo les compro la antena para que todos vean el mundial". —Don Eleuterio lo vio con cara de mono enamorado. —Hasta ganas de invitarle más cervezas le dieron. Aunque se limitó porque el hijo es medio amanerado. —No, esas son sonseras. Le dicen amanerado porque regresó de Lima con las manos limpias y sin olor a selva. Pero tú no le has visto los ojos. Ese muchacho no es maricón. Es un cascarón vacío. Camina por el fango y parece que no pisa la tierra. Te mira sin parpadear, igualito a las anacondas cuando están a punto de tragarte. —Pendejo al igual que el don, di. —Pendejazo y pichicatero —respondió el Tigre. Clavó un machete que parecía ser una espada en la tierra y lo usó de bastón para enderezarse lentamente. Se llevó una mano a la parte baja de la espalda, arqueándose hacia atrás hasta que las vértebras le traquearon como ramas que crujen en la candela—. Por eso, cuando él don hacía la fiesta, todos los monos venían de todos los árboles. Hasta el alcalde de Iquitos le tenía más respeto que a una culebra, cumpita. —Con esos ojos de sapo, ¿quién no iba a tener miedo? Si parecía el Chullachaqui escondido entre las hojas. Y su hijo mayor, el que fue a estudiar a Lima y nos regaló la antena, tenía la misma mirada a pesar de parecer maricón. —Cierto. Por eso, cuando murió don Rupertico, su mirada se volvió más profunda que la del río Amazonas. —Profunda y brava, eh. —Así es, cumpita. —Pobre don Rupertico, lástima cómo murió por ese lío de calzones. —Lástima cumpita. El sudor chorreaba por la frente del Tigre, picándole los ojos hasta dejarlos rojos. Apretó los párpados. Los abrió, con el dorso del puño se restregó la cuenca de un ojo, y con la hoja plana del machete se raspó la humedad de la frente. El viento hervía, pegándole la camisa mojada a las costillas y trayendo el olor del caucho vulcanizado. —Ya, ya, Tigre, deja el chisme de los muertos y pásame tu machete para tumbar estas ramas. El Tigre lo lanzó con fuerza, pero el sudor en las manos le traicionó el agarre. El arma giró con maña en el aire espeso por el calor. La hoja zumbó como un avispón a un milímetro de la oreja de Fuaneco y fue a clavarse con un golpe seco en el poste sobre el que iría la antena. Fuaneco se apoyó contra el madero por puro instinto con el corazón queriéndole salir por la garganta y las piernas resbalándose del susto. —¡Bestia de mierda! —gritó desde arriba, con la voz hecha rabia. El Tigre se quedó paralizado, con las manos vacías orando en el aire y tragó saliva de forma audible: —Se me resbaló, cumpita... Es el sudor. Se me fue la mano, te lo juro por la virgencita Purísima. Fuaneco se tocó el lóbulo de la oreja; le ardía más por el susto que por la fricción del aire cortado. Miró el machete, que se tambaleaba clavado en el madero: —Gracias, Papá Lindo —murmuró, persignándose y mirando hacia el cielo—. Casi me desnucas igualito que a don Rupertico. Tigre lanzó un escupitajo al suelo hasta convertirse en un conjunto de burbujitas que resaltaban sobre el lodo negro. Se sacudió el cuerpo lleno de susto y vio como su colega arrancaba el machete del poste de un tirón: —Discúlpame, cumpa. —Maldito machetazo que me ibas a dar. ¡Casi me vuelas la cabeza! —A ese viejo no lo mataron de un simple machetazo por accidente —dijo Tigre. Clavó la mirada en el barro, incapaz de sostenerle los ojos a su compañero. Su voz había perdido cualquier rastro de burla alegre y ahora sonaba oscura como el barro que pisaba—. Ni por un simple lío de calzones. —Por eso, so animal, ni que tú y yo tuviéramos problemas de hembritas para que me lances así el machete. Me ibas a dejar sin ver mi Perú contra Francia —comentó Fuaneco soplando fuerte. Alrededor de aquel poste de madera, clavado a casi dos metros bajo tierra, se alzaban las copas de árboles frondosos que dificultaban la instalación del aparato. El aire asfixiaba. El sudor de los jornaleros se había vuelto gotas de aceite hirviendo. —Está difícil, Tigre. Mejor será con motosierra. —¿Quién va a tener acá, si ya nadie tiene desde la muerte de don Rupertico? —respondió el Tigre. Pateó la base del poste, pero el madero ni se inmutó. Estaba anclado como un diente podrido. —Eso mismito, pe. —Si no, tendremos que ir lancha arriba a Iquitos, mañana por la mañana. Ya va a llover de nuevo también. Intenta al menos unas ramas más. ¿Muy feo está? —Muy feo cumpa. Como la cara del difunto después de que le sacaron el pellejo. —Ay, puchasito, no hables del muerto por acá. —murmuró el jornalero. Se secó la frente con el antebrazo lleno de astillas de madera, mirando de reojo las sombras de los árboles —. Su alma aún pena y yo casi te dejo como las gallinas de la Liliana. La noche pasada, la comadre escuchó que unos zorros aullaban por su gallinero. Cuando llegó no había nada, pero sí encontró dos gallinas sin cabeza, igualitas a don Ruperto. —Pobre don Ruperto, su alma se habrá vuelto una culebra, sin brazos ni piernas. —Fuaneco se estremeció, aplastando un mosquito contra su propio cuello. Sintió la humedad de su sangre en los dedos. —Pobre don Ruperto, ojalá su hijo no hubiera venido de Lima con tremendo mujerón. —Tremendo, no. —Eso acá, así nomás no se ve. Hay que ir a Iquitos para encontrar así, pero cuidadito si viene con sorpresas o es de algún pichicatero. —¿Qué va a ser, Tigre? —Uno primero se fija en la garganta para saber si viene con sorpresa o para sacar la huaracha e irse con una mujer de verdad. —Eso mismito dijo don Rupertico, dicen, por eso cuando vino el mujerón de su hijo, no se pudo controlar. Necesitaba la liberación. —“Así no jue oe”. —Ni el Ayahuasca que repartía el curandero de Shashapollo, ni el pastor de la Pentecostal, le quitó el gusto por ese tipo de mujeres. Hasta que llegó su hijo con ese mujerón y quiso curarse. ¡Solo una mujer como esa libera, Tigre! —Eso dicen. Pero no sabes más —respondió el Tigre—. Abrió las manos, mostrando unas ampollas reventadas que supuraban agüita por la presión de haber enterrado el madero en la mañana. —¿Qué más se va a saber? Si todos dicen que la última mujer de verdad con la que acostó el don fue esa, la de su hijo. —Yo estuve ese día por ahí. Así no jue... Fuaneco dejó caer los brazos a los costados, olvidándose del trabajo y del machete. El viento se estancó. Las hojas de los árboles no se movían, volviendo todo tan denso que a él le pareció oler sangre que se evaporaba desde el fondo de la tierra. —Ay, Mamacita, no sabía. —Ay, Mamacita, era cuando su hijo los vio. Sus ojos de sapo no pudieron controlar al animal y ¡chaaa!, machetazo en la nuca. Luego lo dejó más limpio que gallina para juane. —Asu, es que el tío se pasó de pendejo, di. —No era por pendejo, cumpita. La verdad que la gente siempre habla sonseras. Que lo mataron por pendejo, que un lío de faldas... Pura boca de loro chismoso nomás —dijo el Tigre al observar el tajo que había dejado el machete sobre el poste—. La verdad de esa despellejada, es que el viejo fue víctima de la mala suerte, cumpa. —¿Qué mala suerte? El viejo siempre fue mujeriego, esa es la verdad. —¿Qué verdad vas a saber tú, oye? Si todo Río Momón solo decía que el don se metió con esa mujer por la liberación. —Se metió con la mujer equivocada, sí, pero para sanarse. —Pero no por mañoso pues cumpita. Todo fue culpa del chuchuhuasi que tomó. —¿Chuchuhuasi? Ya te está haciendo daño el sol en la cabeza, cumpa. Hablas huevadas nomás oe. —Escucha, pues, animal. —El Tigre hundió su bota en el lodo, aplastando un escarabajo con una fuerza innecesaria—. El viejo Rupertico por aquella época se había vuelto vicioso de las mujeres con sorpresa. Hasta que la mañana de su muerte encontró un mate a medio terminar en la mesa de su casa. Lo que el finadito ignoraba era que su hijo, la noche anterior, había hecho un menjunje de los bravos, pero bien bravos. —¡Maldita sea oe! ¿Y el viejo se la tomó? —Se empujó el trago. Y para colmo, le invitó un sorbo a su nuera, sin saber lo que era. La mujer ya andaba con el cuerpo revuelto, porque la noche anterior había probado el brebaje con su marido. Ella misma decía que tenía un vigor que no se le apagaba ni después de la carnicería. Y que permaneció así con el marido por unos días más, hasta que a la limeña se la tragó la selva. —Pucha, oye, eso no sabía. —Cuando el viejo y ella tomaron esa vaina juntos... se les prendió un volcán por dentro que los quemaba vivos. Ese día el aire ardía, cumpa. Hasta los loritos dejaron de cantar por la vergüenza. —Asu mare... —El viejo, desesperado por la calentura, corrió al riachuelo para aplacar el fuego de su carne. Pero cuando regresó, la mujer estaba ahí, hirviendo a la espera de su marido, que se había ido tempranito a Iquitos a buscar carne de lagarto para hacer chicharrón. Ese afrodisíaco no solo calienta, cumpita. Te hace ver huevadas. Convierte a cualquier pez en un delfín rosado. Fuaneco lo miraba, olvidándose de los zancudos que le chupaban la sangre. —¿Y el hijo llegó en ese momento? Fuaneco tenía la garganta llena de polvo y tragó saliva. Los monos aulladores callaron en las copas de los árboles. El único sonido era el zumbido de los insectos y la respiración agitada de Fuaneco. —Llegó con su carne de lagarto. Y cuando entró y contempló todo el acto... vio a su propio padre hecho un delfín montando sobre su sirena. Se le nubló la mente. El arrebato le pegó tan fuerte como el mismo afrodisíaco. El viejo nunca supo que el trago tenía esa mezcla. El machetazo le partió la nuca como a un coco podrido, antes de que el viejo pudiera bajarse de la mujer. La sangre chisgueteó hasta la pared que da a la plaza. Le echaron tres manos de cal blanca, pero si te acercas, cumpita, todavía se ve la sombra de la salpicadura. Fuaneco alzó la mirada, el cielo se llenaba de nubes negras y moradas que estrangulaban al sol. Dio con la pared a la distancia. Brillaba. Intentó inhalar aire, pero se topó con el filo del machete destellando a su lado. Su voz empezó a ahogarse en sus labios. —El hijo agarró el mate de chuchuhuasi —continuó Tigre—. Bebió de un golpe lo que quedaba, chapó lo primero que encontró a su alcance y le dio al viejo hasta dejarlo irreconocible con un machete. Lo volvió trozos de carne, igualito al chicharrón de lagarto que iba a preparar. Los labios de Fuaneco temblaron, dibujando un "por la virgencita purísima" que jamás llegó a sonar. El terror le había pegado la lengua contra el paladar. Se persignó con torpeza, incapaz de escupir una sola palabra para detener el chisme. El Tigre también se quedó callado un momento. Miró fijamente el poste de madera que en la mañana clavaron a dos metros bajo tierra, rodeado por las copas de los árboles frondosos. Le dio un golpecito al tronco con los nudillos, sonriendo de medio lado. —¿Dónde crees que lo enterró, cumpa? —continuó el Tigre, señalando el lodo bajo sus botas—. Por algo el hijo mandó tanta plata. Quería asegurarse de que le clavemos esta estaca justito sobre el pecho de su padre para que la arrechura no lo haga volver del más allá. Fuaneco soltó el poste, dio un salto hacia atrás y cayó de rodillas. Sintió que chapoteaba sobre la sangre del muerto. Se levantó temblando y echó a correr por la trocha, hasta tragarse el grito. Cuando la selva le dio tregua, miró por encima del hombro. A la distancia, la antena a medio atornillar le pareció una cruz clavada en el infierno, resistiendo las sacudidas del aire verduzco y caliente que traía la lluvia.

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