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Inmortalízame (Capítulo 11)
Entraron los demás y en menos de lo que estimo fueron cuatro largas horas todas las entrevistas ya habían terminado. Aparecieron Bukowski, Houellebecq, y un Vargas Llosa junto a un García Márquez, se situaron al medio y solo leyeron cuatro nombres, entre los que nos encontrábamos yo y Jonás, y nos invitaron a otro ambiente que se encontraba detrás de una puerta oscura, casi imperceptible.
David Vidal
16 de marzo de 2026
31 min de lectura
Este concurso me llevó a límites insospechados. Ya no sé qué se necesita para ser un escritor o, al menos, uno bueno. No basta con escribir todos los días, leer como un desquiciado o matricularte en cuántos talleres quieras. No. E incluso tener un apellido conocido y ser apadrinado puede ser tan baladí como ser marrón y escribir todos los días si no se tiene el talento, ese fuego que para muchos nos es inasible. Entonces, ¿dónde se puede encontrar ese fuego? ¿Dónde está y por qué solo unos pocos lo conocen? Creo que la respuesta la descubrí hace poco, tonteando en el avión que me trajo aquí, a la cuna de Cervantes.
William Burroughs, un escritor americano de la generación Beat, atestado de problemas legales relacionados a las drogas se mudó a México con su esposa, y también bohemia escritora, Joan Volmer. En ese país latino ese par de norteamericanos hicieron de las suyas y no escatimaron en buscar pasatiempos licenciosos, disolutos, liberados de las reglas tácitas e inquisidoras de sus hogares, y se entregaron a un caos alicorado, alucinante y hospitalario de un país extranjero. En una de esas bohemias noches, al futuro famoso escritor se le ocurrió jugar al Guillermo Tell, juego nombrado así con mordacidad al tratarse de una obligación impuesta a un pobre arquero llamado, justamente, Guillermo tell: lo conminaron a dispararle a una manzana en la cabeza de su desdichado hijo.
Al no tener un arco, Burroughs usó una pistola, y al no tener un hijo, utilizó a su esposa. Los invitados no lo creían capaz, y un coro de muchos latidos se escucharon antes del fatal desenlace. Luego del fogonazo, un resuello conjunto fue la prueba palmaria de que la bala había impactado en la cabeza de Joan. Cayó ingrávida y no demoró en desangrarse. Murió poco después y Burroughs, gracias a la gran fortuna y contactos familiares, logró salvarse de ir a prisión por muchos años.
Años después, en el prólogo de su novela Queer, Burroughs diría que nunca se hubiera convertido en escritor si no hubiera matado a Joan.
¿Es ese el fuego que nos falta? ¿Es que Burroughs, sin quererlo, descubrió cómo crear ese fuego?
No lo sé, y espero no tener que saberlo.
***
Me encontraba cabizbajo, con la mirada en la nada, y sometido a un incesante vaivén plantar. Trataba de no pensar en ello, pero era imposible no ver el inmenso elefante en la habitación. Miraba mi celular, una y otra vez, a la espera de ese mensaje que me liberaría del tremendo peso que traía encima. Prendía y apagaba la pantalla del celular, imaginando el veredicto del jurado. Ya lo había dado todo y ahora lo único que me quedaba era ese maldito mensaje. Por un instante o, mejor dicho, por muchos instantes, tuve inmensa envidia de Lorena. Al menos ella ya tenía la certeza de haber perdido.
Por la noche no pude dormir bien. Despertaba en la madrugada, sin recordar qué había soñado o si lo había hecho, y siempre, con cada despertar, dos segundos de calma, y de allí nuevamente esa insufrible ansiedad.
Por suerte solo demoraron 3 días en darme el veredicto: felicidades, cumpliste con el reto… Respiré aliviado, los había engañado (y a ustedes también). Me quedé un momento en silencio, dejé pasar los segundos, mientras los jadeos de Bob parecían incrementarse. Sentí una calentura aparecer en mi sien, y desplazarse por la frente, el occipucio, el cuello, el torso, mis manos, todo mi cuerpo. Me levanté de mi silla y golpeé la mesa con fuerza. Bob se asustó, dejó de jadear y me miró con ojos confusos. Mi ira era endémica. Todo era una maldita farsa. No ser insincero nunca significó cumplir el reto al pie de la letra, no ser insincero siempre fue una invitación a mentir bien, a crear un texto verosímil, aunque no por ello veraz. Era obvio, ¿cómo pude ser tan estúpido? Si hasta las memorias son ficciones, ¿cómo no se me ocurrió simplemente mentir y ya? Bob seguía mirándome extrañado, como si estuviera muy cerca de entender lo que había pasado, como si comprendiera que, por un momento, realmente pensé en envenenarlo.
En ese instante, como si me leyera la mente, Jonás me Llamó. Su número parpadeaba en mi pantalla, mientras yo dudaba si contestar o no. El celular siguió vibrando, y el brillo en la pantalla parecía hacerse más y más fuerte. Recordé nuestra última conversación en la estación del tren, recordé a Takeshi despedazado bajo los rieles, a Lorena y esos gélidos ojos, y cómo la había estrangulado. No. Si le contestaba tendría que contarle lo que había hecho, cómo había traicionado y eliminado a la única mujer que, al menos por varios instantes, creí haber amado. Le colgué sin dudarlo.
Los retos que vinieron fueron algunos más nimios que otros. En uno me pidieron escuchar una conversación ajena, inspirarme y crear un relato. En otro, iniciar una charla con un completo desconocido, y así lo hice. El más retador, probablemente, fue aquel en el que me invitaron a pelear con un extraño. En todos pude negarme a hacerlo ahora que ya sabía que el truco yacía en crear una historia verosímil, un chisme bien contado, pero no, opté por no ahorrarme la molestia y hacer los retos igualmente. Y es así que pululé por las calles del centro de lima como buen chismoso, atento a las historias y diálogos ajenos; conversé con una desconocida y me enteré de que el precio del pollo estaba por las nubes; e inicié un rifirrafe con un borracho al que no me costó mucho derribar, aunque no sin golpes de por medio ni ajeno de miradas inquisidoras que cuestionaban, con justa razón, la legitimidad del pugilato. No sé por qué hice los retos, quién sabe, al final me di cuenta de que una vida sin anécdotas no vale la pena ser vivida.
Y todo iba así hasta que llegó el desafío final: un vuelo a España con pasaje incluido, aunque solo de ida. Si no aceptaba ir me eliminaban automáticamente del concurso. No me demoré mucho en pensarlo: acepté, aunque solo fuera por la anécdota.
***
—Ahora que tus ojos están cerrados, quiero que sientas una ola de relajación recorrer tu cabeza, cuello, pecho, brazos, manos…hasta tus pies. Respira hondo.
Se escucha un gran suspiro en la habitación.
—Estás en calma total. Ahora, quiero que retrocedas hasta esa noche, en donde tuviste esa pesadilla que hizo que tú quisieras venir a tratarte.
El paciente mueve su cabeza, de un lado a otro, hace morisquetas con la boca, frunce las cejas.
—Estoy… estoy en mi cama, es de noche, estoy durmiendo. Siento un zumbido en el oído, el cuerpo… el cuerpo se me paraliza, sí… no puedo moverme, no… trato de moverme, pero siento que algo me restringe, es… es oscuro, son sombras.
—¿Cómo son las sombras?
—Son…son como…como nosotros, parecen humanas…
—¿Cuántas son?
—Son… parecen varias… no, no, solo es una… sí, solo es una y está sobre mí… me… me está ahorcando. No pued… no puedo respirar. Oh no, me estoy asfixiando…
—Tranquilo, estás en un ambiente seguro, recuérdalo, eso ya pasó, es un recuerdo.
—La sombra… la sombra me ahorca… me… me lastima. Está punzándome las costillas, duele… ¡ah!, duele.
El paciente se retuerce en el sillón y constriñe el rostro.
—Me pincha el brazo, está bajando…¡no! ¡Está bajando!
—Tranquilo, es un recuerdo.
—Está… está en la entrepierna, ¡me está tocando!… ¡duele! —el paciente tensa los brazos y las piernas, aprieta los dientes.— ¡No! ¿Por qué? ¿Por qué me haces daño?
El paciente grita de dolor y levanta la cadera, buscando un refugio que, de momento, es inasible.
—¿Qué te está haciendo?
El paciente solo grita, y sigue levantando la cadera.
—Ve al origen, ve a aquél trauma que creó la sombra. Retrocede a ese momento.
El paciente se detiene en seco y empieza a respirar pausadamente.
—Soy… soy un bebé, estoy en los brazos de alguien, es un perfume conocido, veo su rostro.
—¿Quién es?
—Mi mamá. Me acaricia, me está meciendo, me río, me siento seguro —el paciente está sonriendo.— Espera —frunce el ceño.— Viene alguien. Mi mamá se tiene que ir, no, no quiero que se vaya. Ella tampoco quiere irse. Viene alguien, escucho pasos, ¡oh no! —el paciente se estremece en la silla.— Es la sombra. ¿Por qué nadie se da cuenta de que es una sombra? Hablan con ella… es… tiene voz de mujer, pero no puedo distinguirla…
—¿Qué más sucede?
—Mi mamá se fue, estoy solo con la sombra.
El paciente empieza a respirar con agitación.
—La… la sombra me tiene en brazos, me… me mece, me acaricia, hasta canta, pero yo le tengo miedo, tengo miedo —el paciente resuella.— La sombra me pincha las costillas, me duele… está… está bajando… ¡no! ¡no!, no otra vez —el paciente grita.— ¡no! —levanta la cadera y se retuerce en el sillón.
—Es un recuerdo, no lo olvides. Dime lo que ves.
—Me duele, me duele mucho. Trato de gritar, pero la sombra me tapa la boca, no puedo morderle, no puedo, mis dientes, no tengo mis dientes, no puedo gritar, no…me rindo, solo lloro, me duele, nadie me puede ayudar, estoy solo —el paciente llora.— Escucho risas, es…es la sombra, la sombra se está riendo y… y tiene una mirada, una mirada que parece disfrutar…
—¿Qué más ves?
—Sus ojos… son negros, veo… veo arrugas, tiene arrugas, tiene… el pelo hasta el hombro, es negro, lacio, con algunas canas, tiene… arrugas en la frente…
—¿Puedes reconocerla?
—No sé… se está aclarando, veo sus labios… morados, un lunar… ¡No! ¡No!… ¡No quiero ver!¡Despiértame!¡Hazme salir del trance!
—Vamos, tú puedes…
—¡NO! —el paciente se retuerce.— ¡Sácame!
El terapeuta mantiene la calma y respira con pausas.
—Esteban, cuando trone mis dedos, despertarás.
Se escucha un chasquido en la habitación. Esteban despierta, con la frente empapada y, sin decir palabra, y a pasos lerdos, sale de la habitación.
***
Tomé el vuelo a España. Fue un viaje largo, el más largo que tomé en mi vida, y en las nubes, muy lejos de casa, se me ocurrió esclarecer una duda que rondaba por los recodos de mis pensamientos: el reto Tell. Este era el extraño título del mensaje que me informaba acerca del último reto. Me impresionó mucho saber que un escritor medianamente conocido había optado, voluntariamente, a replicarlo con su esposa y, para sorpresa de nadie, fracasado en el intento. Por un momento me imaginé disparando a la cabeza de un desconocido, cerré los ojos, vi su silueta ennegrecida, oculta, y esa sombra adquirió formas femeninas, su pelo corto creció, se fueron aclarando esas formas duras, suavizándose, hasta que apareció un pelo rojizo, largo, indómito, una piel blanca y esos únicos e irrepetibles ojos, gélidos como los recordaba. Ahora Lorena estaba frente a mí. ¿Podría disparar el arco, como lo hizo Guillermo Tell? ¿Podría jalar el gatillo como Burroughs? “Estimados pasajeros, bienvenidos a Madrid, España…” La voz del piloto me forzó a dejar mi mundo nefelibata y darme cuenta de lo bello y minúsculo que se veía todo desde las alturas. Desde tan alto no me costaría disparar, me dije. El problema radicaba en hacerlo frente a frente, pensé.
El avión aterrizó sin problemas y afuera, junto a un tumulto de rostros pálidos, un cartel con mi nombre me dio la bienvenida. Mi guía estaba vestido de negro en su totalidad, tenía el pelo al ras y unas gafas con lunas amarillas. Solo me hizo señas y me guió a un vehículo a pocos metros del terminal T4. Me sorprendió el tamaño del aeropuerto y agradecí por un instante el tener a un mustio desconocido de acompañante. Mi alivio duró poco, puesto que el carro al que me iba a subir se veía extrañamente intimidante, con lunas polarizadas, y un armatoste lóbrego y sibilino. Dentro, el mustio finalmente habló, aunque solo para pedirme que me cubra el rostro hasta llegar al destino.
El carro se detuvo luego de varios minutos, que bien pudieron ser horas. Me guiaron a ciegas a través de pasillos largos, en donde el único sonido era el eco de mis pasos, que rebotaban en un piso áspero. Nos detuvimos y me sentaron en una silla. Podía sentir el calor de otros cuerpos, sus respiraciones, sus ligeros movimientos. Me quitaron la máscara. Mis ojos se entornaron por inercia y mis pupilas no demoraron mucho en adaptarse a la tenue iluminación del ambiente. El habitáculo era un cuadrado, diría que perfecto, de paredes oscuras y piso gris, de textura áspera, como la del cemento frotachado. Pude distinguir algunos rostros y verificar que en total éramos 8 personas, todos sentados, todos callados y con la misma expresión de perplejidad en nuestras facciones. Sentí una mirada en una esquina, en una de las aristas del cajón oscuro que parecía haberme tragado. Fue sencillo reconocerle, había perdido peso, pero su pelo frondoso, sus ojos claros y su amoisesada barba retumbaron en mi memoria como una campana. Era Jonás. Nuestras miradas se cruzaron y, como si fuera telepatía, escuché un saludo al que respondí de la misma forma.
Aparecieron dos personas enmascaradas de pasos lentos y movimientos distensados. Parecían mirarnos a través de esas máscaras con envanecimiento, con el poder que a uno le da la anonimidad. Uno de ellos caminó al centro, donde lo iluminó una luz cenital que permitió que notara su máscara de Bukowski sonriente, con expresión socarrona, que parecía tan viva que por un instante dudé si todo esta no era más que un tonto y absurdo sueño. Bukowski, en silencio, se acercó a uno de nosotros y lo invitó a pasar a una habitación contigua. Se levantó de la silla, pude verlo y reconocí esa mirada, esos ojos caramelos, sus mechones rojizos y una barba canosa y poblada. Su andar fue lento y demoró en atravesar toda la habitación hasta llegar a la puerta y desaparecer detrás de ella.
Demoró algunos minutos en salir y el siguiente, para mi sorpresa, fui yo. Bukowski me guió hasta el otro ambiente, que era un círculo perfecto, con un foco colgante, las paredes oscuras y dos sillas en medio. Una de ellas ya se encontraba ocupada por un enmascarado, que me esperaba junto al ansioso e incontenible vaivén de uno de sus pies sobre el áspero piso. Me invitaron a sentarme y, mientras me acercaba, noté que la máscara era de Michelle Houellebecq, con un rostro apático, las cejas tristes y sus característicos ojos caídos y saltones que ya de por sí, sin palabra alguna, transmitían la desesperanza de sus libros.
Escuché el rasgado del velcro y una presión en el brazo izquierdo, dos tubos de goma encorsetándome el pecho, el frío de los sensores acolchados en los dedos, y unas almohadillas hipócritamente cómodas en el asiento.
—No te preocupes, solo es un detector de mentiras.
Tragué saliva y asentí con la cabeza rebosante de dudas.
—No te asustes, no hay respuesta mala. Solo respuestas.
A través de los ojos caídos de Houellebecq sentí una sonrisa, socarrona, un disfrute burlón cargado en el color y la cadencia de su voz.
—¿Cuál es tu tendencia política?
Hubo un silencio y solo se escuchaba el tic tac del reloj de Bukowski.
—No… no entiendo…
—Solo responde.
—Soy de centro.
Se escuchó un suspiro.
—¿De centro qué?
—Centro, tengo ideas de izquierda y derecha.
—Pero, ¿cuál es tu sesgo?
—Creo… creo que derecha.
Houellebecq hizo algunos apuntes en un cuaderno.
—Disculpe, ¿esas preguntas qué tienen que ver con…
—Solo cíñete a responder.
Asentí, ligeramente avergonzado.
—¿Cuántos libros has publicado y escrito?
—Ninguno publicado, pero tengo varios textos escritos en mi…
—¿Tienes enemigos?
—N… no creo.
Houllebecq se tomó algunos segundos para hacer anotaciones. El rasgueo de su pluma se tornó insoportable, hasta incómodo, solo comparado con las insufribles respiraciones de Bukowski.
—¿Eres religioso, crees en Dios?
—No, soy agnóstico.
—¿Qué opinas de las otras religiones?
—Las respeto por igual.
—¿A todas?
—A cualquiera que no sea violenta.
Houellebecq se quedó en silencio, mientras veía fijamente el monitor del detector de mentiras. Bukowski le señaló algo y ambos asintieron al unísono.
—¿Qué opinas del matrimonio homosexual?
—Estoy a favor.
—¿Es usted homosexual?
Sentí que mis latidos se aceleraban.
—N… no, no creo.
—¿Seguro?
Entorné la mirada por inercia.
—Sí… sí —dubité una vez más.— No…no estoy seguro.
—¿Le gustan las mujeres?
—Pero, ¿eso que…
—Responda, por favor.
—Sí —respondí con firmeza, recordando a Lorena, su piel, sus pezones, sus ojos, su todo.
—¿Darías todo por escribir?
Escuchaba mis respiraciones, mis latidos, un tic tac, y un siseo en el aire.
—Sí… no, no… creo que no.
Houellebecq volteó a verme directamente.
—¿No?
Bukowski también me miraba y, por un instante, los confundí con los reales, y a través de esas máscaras pude sentir su decepción, su vergüenza. Quería decirles que sí, gritarles que lo daría todo por ser como ellos, un borracho empedernido y un putero depresivo, ¿porque no?, pero solo se hizo más evidente que el “no” era lo más sincero que había dicho hasta ahora.
—N… no. Si digo que lo daría todo estaría mintiendo, porque si doy hasta mi razón para escribir —pensé en Lorena, Jonás y Bob— es decir, a mi mejor amigo, mi amor imposible, o a mí mismo, escribir ya no tendría sentido. Dejaría de escribir, porque ya no los tendría conmigo.
—¿Podrías recordarlos, no?
—Sí, pero mi escritura solo reflejaría una sombra de lo que una vez fueron. Los prefiero vivos, porque las historias que saldrían de mis recuerdos solo serían pobres imitaciones.
Houellebecq escribió algo en su cuaderno.
—Pero, ¿ya diste mucho, no?
Miré un momento al foco que estaba sobre nosotros, mientras daba un largo respiro.
—Sí, di mucho, pero no todo. Si lo hubiera dado todo no estaría aquí—confesé, con pudor en el rostro.
Sentí que Houellebecq me auscultaba a la distancia, a través de esos ojos tristes, depresivos, de párpados caídos, que se paseaban por todos mis recodos. Se quedó en silencio un momento, hizo algunas anotaciones, mientras Bukowski me retiraba el detector con inusitada delicadeza. Ambos compartieron diálogos inaudibles y me invitaron a retirarme del habitáculo circular.
Después entró Jonás, que demoró un poco más que yo, y salió con la cara tan confundida que atinó a mirarme, a transmitirme a través de sus enrevesados gestos la misma pregunta que todavía pululaba por mi cabeza: ¿Darías todo por escribir? Traté de decirle que no, que no todo, que en especial no a ti, nuestra amistad, pero solo le devolví un par de ojos temerosos, fríos y acomplejados.
Entraron los demás y en menos de lo que estimo fueron cuatro largas horas todas las entrevistas ya habían terminado. Aparecieron Bukowski, Houellebecq, y un Vargas Llosa junto a un García Márquez, se situaron al medio y solo leyeron cuatro nombres, entre los que nos encontrábamos yo y Jonás, y nos invitaron a otro ambiente que se encontraba detrás de una puerta oscura, casi imperceptible. Caminamos con miedo, con la duda de si esto era una buena señal o significaba que ya nos encontrábamos eliminados de Empyros y esto era el final, la despedida.
Este nuevo ambiente era mucho más frío que los anteriores, o al menos yo así lo percibía. Nos impidieron hablar y nos dijeron con el más gélido de los tonos que aquí, en esta fase, se terminaba todo.
Gabo llamó a Jonás con una sonrisa que se me hacía hipócrita. Cerré los ojos, suspiré y apreté los dientes. ¿Cuánto tiempo más tendría que esperar?
—Esteban —escuché.
Era Gabo que había regresado por mí. Su mirada me parecía incluso más burlona de lo que recordaba, con los ojos techados por un par de pobladas cejas. Con una de sus manos señalaba justo la puerta por donde hace instantes había entrado Jonás, cabizbajo y con el rostro pensativo.
La habitación era similar a la anterior, circular, más pequeña, con solo dos sillas y una mesa en medio, sobre donde había un paquete. Jonás ya se encontraba sentado y un enmascarado se acercó y me guió hasta la otra silla. Jonás y yo estábamos frente a frente, solo separados por una pequeña mesa y ese extraño paquete. Nos miramos una vez más y sonreímos, aunque ambos sabíamos que eran sonrisas insinceras, pusilánimes, que cobijaban nuestro terror por la incertidumbre del siguiente reto.
El enmascarado caminó hacia nosotros. Bajo la luz fría y cenital pude reconocerlo: sus ojerosas órbitas, su prominente frente, esas entradas plegadas, y esa explícita delgadez, no había dudas, era William Burroughs. Abrió la caja. Al principio no la distinguí bien, pero Burroughs la empuñó en su mano derecha para que no hubiera duda alguna: era una pistola.
—Hace 700 años un tirano obligó a Guillermo Tell a disparar a una manzana ubicada sobre la cabeza de su hijo. Tell, a pesar de su rebeldía, obedeció y cumplió el reto…
No me costó mucho darme cuenta lo que venía, el porqué de la pistola y la razón de que la máscara fuera de Burroughs, era más que obvio. Traté de mirar a Jonás, de advertirle, de pedirle que renunciáramos, pero antes de que volteara, Burroughs siguió con su perorata.
—Y hace poco más de 70 años un escritor descubrió el verdadero fuego de la escritura recreando el mismo reto. Y ustedes, ahora, tendrán que buscar ese fuego haciendo lo que Burroughs hizo y lo que, de acuerdo a él, lo consolidó como escritor —hizo una pausa. Quería gritarle a Jonás, pero nada salía de mis labios, como si una parte de mí quisiera ejecutar el reto.— Tendrán que dispara a la cabeza de la persona que tiene al frente— Jonás y yo intercambiamos miradas, entre incrédulas y trémulas, absortos por lo que acabábamos de escuchar.—La pistola solo dispone de una bala y ya está cargada. Aleatoriamente a uno de ustedes le tocará disparar primero, y si este no lo hace, será el turno del otro. El que dé en el blanco gana el reto. Si ambos fallan, o desisten, lo pierden y serán eliminados.
Burroughs se paseó y nos circundó, en silencio, a pasos lentos rebotando sobre el áspero cemento. Se detuvo en seco, cogió la pistola y me la ofreció.
—Te toca primero a ti, Esteban…
Me quedé turulato, sin palabras, viendo la pistola. Nunca había estado tan cerca de una. Admiraba sus formas, los pliegues del acero, el reflejo de la luz.
—Esteban, agarra la pistola.
Obedecí. Miré a Jonás, ensimismado en su silla, con ojos incrédulos, y recordé lo que hablamos por primera vez, ese primer y bohemio viaje canábico juntos, de ese casi primer beso, y de cómo me animaba a escribir y mostrar mis relatos. Reinaba un silencio estruendoso, solo escuchaba el respirar ansioso de Burroughs y mis latidos, acelerados, retumbantes en mi pecho, preso de golpes de un corazón que urdía por salir, abrazarlo y decirle lo que siento. Sin mirarle a los ojos empecé a levantar la pistola y apuntalar a donde creía se encontraba la cabeza. No pude resistirlo y lo vi, esta vez inexpresivo, silente de emociones. La pistola empezó a temblar, y Jonás, para mi sorpresa, esbozó una tímida sonrisa, una que no parecía burlona, sino sincera, honesta, escoltada por ojos inundados y cejas tristes, como las de Houllebecq.
—Lo… lo siento… No… no quiero… no quiero…
—Hazlo —me dijo con ojos trémulos, y sin pestañear.— Ya no importa… llegamos muy lejos.¿Cómo vas a rendirte ahora?
—N… no puedo…
—Vamos, ya no importa. De todas formas no es que sigamos siendo amigos.
Emití un resuello por inercia, sin voluntad.
—Seguimos siendo amigos.
—Los amigos no tienen miedo de hablarse, Esteban. Los amigos confían el uno en el otro…
—Yo… yo sí quería hablar contigo, y no sabes cuánto, pero…pero a veces…a veces eres…insoportable.
Ambos reímos.
—Lo sé, soy inmaduro, pero eso ya lo sabes desde que nos conocimos, desde esa primera charla que tuvimos acerca…
—De los huevos de tu perro —sonreí, todavía con la pistola temblando en mis manos.— Pero… pero esperaba que… no sé, me hablaras diferente, que me escucharas, que no redujeras nuestras conversaciones a este concurso…
—No… no te entiendo.
—No… tú nunca lo entenderías—lo miré a los ojos.—Nunca entenderás lo que significaste para mí.
—Esteban, no… no te sigo.
—Es que en esto vamos por rumbos muy diferentes. No… nunca lo vas a entender.
Jonás quiso hablar, trató de mover los labios, pero, como si por primera vez me leyera la mente y entendiera el mensaje, se quedó en silencio, con la mirada atenta, los ojos abiertos, prestos a escucharme, animosos por que lo contara todo.
—Yo… yo… no sé. No sé, de veras que no, pero siento… siento que me gustas, ¿sa… sabes? —tragué saliva—No… gustar se queda corto. Yo… yo —lo miré a los ojos— Yo siento… siento que te qui… quie—ro, te amo, ¿amor? Sí, tal vez. Mucho más que tal vez. Lo repetí en mi cabeza, mas no pude articular mis ideas, pero estoy seguro de que las entendió. Levanté la pistola.— Y… y por eso…
El láser del revólver fue desde su cuello, lentamente hasta sus mejillas, y llegó a su frente, en donde se quedó temblando, inseguro. Él me miraba, y en sus ojos vi que aprobaba lo que fuera que yo hiciera. Cerré los ojos y me lo imaginé muerto, con los sesos desparramados, inerte sobre el piso y con los ojos vidriosos de Takeshi. ¿Podría seguir escribiendo después de hacerlo? Tal vez sí, y mejor que nunca, como le pasó a Burroughs, pero ¿valdría la pena matar a Jonás para después inmortalizarlo en todas mis futuras obras? Para los lectores sí, ellos gozarían de mis recuerdos, de él sin el dolor que tendría que sufrir yo para traerlo a la vida. Pero para mí no, yo nunca podría gozarlo, ni escucharlo, ni verlo, ni nada, nada de nada. No puedo… no.
Se escuchó un sonido en la habitación.
Jonás abrió los ojos con sobresalto. Me vio con la mano abierta, temblorosa, y el brazo enhiesto. Había soltado la pistola. Él la observó, en silencio, dando grandes respiros a través de sus dilatadas fosas nasales.
—Hazlo —le dije.— Hazlo… tú sí puedes…
Jonás solo me miraba, con ojos luminosos que simulaban ser Caronte y me invitaban a cruzar mi Rubicón. Vi su brazo estirado, ya con la pistola quieta, segura, con el puntero ya en su sitio.
—Vamos… hazlo…
—Escribiré sobre ti —dijo Jonás, con la voz aliquebrada.
—Hazlo, inmortalízame… conviérteme en un bonito recuerd…
Un sonido estruendoso retumbó en la habitación.
Y de pronto, oscuridad…
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