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Confesión (Capítulo 12)

Y sí, como se lo imaginan, gané mucho dinero, pero la editorial que me publicó mucho, muchísimo más. Se lo merecen, de seguro dirás, y sí, pero no. No, porque el premio del concurso no es un “premio” como te lo venden. Es un anticipo. Lo que cobras por ser el ganador luego te lo descuentan de las regalías que obtienes por la venta del “mejor libro del año”.

David Vidal
17 de marzo de 2026
6 min de lectura
De seguro, estimado lector, esperas el ensayo que siempre veía de preludio en cada capítulo. Lamento decepcionarte, o alegrarte, pero ya no tengo más material disponible, y no es que se me agotaran las ideas, no. Uno no puede quedarse sin ideas si estas, para comenzar, nunca fueron suyas. Y es que esos ensayos en cursiva, esas palabras, esas oraciones son los únicos pensamientos reales del que en vida fue Esteban. Esos pensamientos los pudiste escuchar gracias a que la escritura es, en parte, telepatía, y también porque su madre, con ojos caídos, llorosos e ignorantes de que yo era el asesino de su hijo, me entregó su diario durante su funeral. Confesar una mentira siempre es difícil, y es que, estimado lector, como bien ya supones, yo te mentí. Yo, el que escribió la mayoría de este libro (a excepción de los ensayos) soy Jonás, el que ganó Empyros, el bohemio, el abogado fracasado y, por supuesto, el pérfido que no dudó lo suficiente al momento de dispararle a su mejor amigo. Siempre fui yo fingiendo ser él. Debo confesar también que la vida, luego de que le volé los sesos a mi amigo, se hizo más que disfrutable. Todo lo que me prometió Empyros fue real: aparecieron de la nada críticos literarios que no escatimaron en elogios y alabanzas hacia mi primer y fracasado libro de cuentos. Todo fue muy rápido y en menos de un mes ya había dado entrevistas, conferencias en ferias de libros y era considerado una de las mayores promesas, no solo de mi país, sino también del continente. De la nada se contactó conmigo el editor principal de una de las cadenas de libros más grandes a nivel internacional y me pidió escribir un libro, el que fuera, ya sea uno de cuentos, una novela, de cualquier temática, cualquier género, solo quería que escribiera algo. Yo, como siempre, no tenía nada, o eso es lo que creía. Para mi sorpresa, después de ganar el concurso me compartieron un link en donde se encontraban, sin exagerar, más de 300 textos. No tuve el tiempo de leerlos todos, aunque no hizo falta: estaban rankeados de mejor a peor con puntajes que iban de 0 hasta 100. Es gracias a esta base de relatos que pude reconstruir todo lo que vivió Esteban durante este concurso, conocí a Lorena, a Takeshi y me robé, o mejor dicho inspiré, de algunos de sus cuentos y los de otros para crear el nuevo libro. Tal y como el editor me lo prometió, la novela fue un rotundo éxito, y no porque fuera buena, no. La verdad dudo que lo fuera ya que lo escribí prácticamente porque la coyuntura así me lo demandaba. Cuando la terminé, y sin mi conocimiento, el editor envió el manuscrito a uno de esos prestigiosos concursos literarios en donde supuestamente se oculta el nombre del autor y de la obra y prima, o debería primar, la meritocracia del talento. Pero, como lo predijo el editor cuando le reclamé por haber enviado mi manuscrito sin mi permiso, gané yo. Con esos galones me fue muy fácil hacer una gira de varios meses dando conferencia tras conferencia, mentira tras mentira, explicando cada uno de los metamotivos que me conminaron a crear cada personaje, e inventé recuerdos, traumas, historias y reescribí parte de mi pasado para darle mayor veracidad a esa novela que prometía desnudarme. Nada que ver. Terminé vestido con capas y más capas de mentiras que no sabía si sería capaz de sostener. Y sí, como se lo imaginan, gané mucho dinero, pero la editorial que me publicó mucho, muchísimo más. Se lo merecen, de seguro dirás, y sí, pero no. No, porque el premio del concurso no es un “premio” como te lo venden. Es un anticipo. Lo que cobras por ser el ganador luego te lo descuentan de las regalías que obtienes por la venta del “mejor libro del año”. Ellos nunca pierden, ¿pero sabes quién sí? Esteban. Él perdió porque no hizo lo que el concurso consideraba indispensable para escribir fuego. Él se rindió y me dio la oportunidad de demostrar que yo sí estaba dispuesto a hacer lo que fuera para ganar y disfrutar del éxito. Yo sí, lo estaba, pero todo cansa, en especial aquello que sabes que no te mereces. Por eso ahora lo confieso todo y cumplo con la promesa que le hice en su momento a Esteban. Cumplo con escribir acerca de él, recordarlo y, de alguna manera, inmortalizarlo. Cumplo con ello, aunque me cueste todo lo que he ganado, pero como todavía, a pesar de los años, sigo siendo un cobarde, y solo por si acaso, aquí va un pequeño disclaimer: todos los acontecimientos narrados en este libro solo sucedieron en la cabeza del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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