Volver al blogTallerista - Grupo presencial
Preciosos maniquís (Capítulo 1)
Esta noche salí del trabajo antes de las siete y fui por un café a una juguería para gente con sueldos bromistas y desalmados, ya sabes, precios algo regalones, un cuchitril con mala decoración, pero que todavía tenía notable limpieza y no se ven ratas o insectos bailando a mitad de las mesas simplonas y baratas. Así que me senté y miré la carta y me decidí por un americano.
Angelo Martínez
08 de junio de 2026
11 min de lectura
Espectador:
Te hablo a ti, ya seas un ser humano aparentemente respetable o todo lo contrario; te lo digo fantaseando con percibir a dos centímetros de distancia la textura y el olor de tu piel, y asegurarte que, además, tu tipo de preferencia sexual, pues eso es algo que siempre me ha importado poco. Lo que más me concierne de tu mundo actual es que ya estás aquí, ya abriste este libro y, si te interesas lo suficiente, todo se te será divulgado sin delicadezas inútiles. ¿Por qué? digamos que confío en que nunca hará mucho deterioro leerlo de un desconocido que teclea unas páginas. Pero sí lo haría tantearlo a fondo y luego seleccionar lo más agridulce que tienes arraigado en la memoria y arrojarlo en una sola frase exacta; certera: yo aún seguía algo así como trastornado y al mismo segundo asqueado de la misma mujer. Así es. Exactamente así, con meditaciones de esa calaña me comportaba seguido desde hace ¿casi dos años? Y ya hasta había perdido la necesidad de sentir un poco menos de locura y de náuseas al recordar a esta bonita y dolorosa muchacha que, durante una preciosa época, que quede mil veces subrayado, fue de mi entera posesión. ¿Que fue también de otro antes? Sin duda. Te respondo esto sin lamentos o reclamos o versos llorones, a pesar de que ella nunca me lo confirmó. No recuerdo que me dijera “antes de ser tuya fui de otro”, una frase que nunca fue exigida porque no hacía falta, nos conocimos ambos ya con más de veinte años, ¿sí entiendes que debió maravillarse, igual que yo, con otras pasionales posturas realizadas, verdad? ¿Fue de otro después de mí? Ahí entran a cuajar mis ideales más recónditos y no los de ella, porque mentalicé arto con que ese día nunca llegaría, pero… ¡ja!; llegó.
Lo nuestro se había roto hacía tanto y yo solía fijar una redoblada, luego absorta, a los instantes de crispante atención en ciertos letreros, grafitis, o conversaciones que oía a medias al cruzar los parques, bares, restaurantes y, hasta le daba un sentido a cualquier dígito, ilustración, ya sea perfectamente nítido o solo un atisbo de información, el cual se podía curiosear y tantear un significado desde el primer vistazo; ya sea también, a través de la intensidad en la escala de las tonalidades o, en todo caso, lo más recurrente solía ser que un surtido de contornos y colores me conducían a nuevos planteamientos que se confeccionaban hasta en las difuminaciones del cielo al atardecer, o en realidad, en cualquier estupidez o esplendor entendible. Siempre explotaban dentro de mí, (recalentándome el corazón con todo lo demás, lo cual me producía una tensión o pésimo sabor arterial que debía calmar examinando simpáticos asesinatos reales y amateur colgados en la Deep Web) las hipnotizantes señales que, sin poder evitarlo, sin poder escapar de decodificarlas, eran recibidas y analizadas como si fueran mensajes mágicos y ocultos que me enviaba esta veinteañera desempleada, siempre emanando esa clase de sensualidad que te enferma de gusto con cualquier tipo de ropa, llamada Olivia Martina. Seleccionaba tal palabra ruidosa que captaba mi intelecto, como “pieza relevante”, y la fusionaba, ensamblaba, con tal frase que vi estampaba en tal pared al salir a trabajar o cualquier otro sitio tal día a tal hora. Y así, poco a poco, iba sujetando el trasfondo que mi cerebro debía clarificar y anotar y mi desquiciado presente volvía a arrastrar, volvía a rajarse mi vida, sentía cómo todo dentro de mí se recrudecía y me volvía una persona malvada, y hasta podría afirmarse que demoníaca la mayor parte del tiempo.
Yo trabajaba en una pequeña pero respetada tienda de ropa pretenciosa e importada, llamada “Blow”, irrebatiblemente inspirada en ese excitante film no tan comercializado del triste drogadicto (como todos, como fue siempre), pero muy encantador de Johnny Depp. Ya era momento que sepas que no soy uno de esos veneradores de la pereza, a pesar de que, repetidas veces, mi vida apuntaba y se dirigía, en torno a ciertos acertijos neuróticos, a armar los mensajes que esa mujer, de alguna mística manera de la que, seguramente, ni ella era consciente que las expresaba, así, en esa exacta forma que tenía yo de masticarlas y vivir soportándolas y a veces amándolas de lejos, sabiendo que de lo nuestro ya había pasado hacía más de un año y se supone que ella debía estar ya amamantando en la cocina, en la ducha, en el salón, en el sótano, durante el desayuno o a media tarde, y al medio segundo de despertar de cualquier pesadilla a las tres de la mañana, a otro hombre que le prometía un futuro más cómodo, confortable, seguro de sobrellevar, algo que, de seguro, al correr los años, tiene un buen chance de hacer que salgas forrado si apuestas a que será visible. Y no estoy jugando, solo poseo mucha cabeza para aterrizar el más hipotético futuro. Una hermosa lista de satisfacciones que yo también podría haberle repetido (no jurar, ni cumplir) sin embargo, eso sí, la hubiera atrapado con radicales sacrificios, con el objetivo de enlazarnos más pacíficos, de amansar nuestras bestialidades y no todo lo contario (al llevar una vida limpia de amanecidas turbulentas), sí, lo sé, qué escandalosamente sentimental me comportaba para ser un hombre que ya se aproxima a calzar sus treinta años. Por otro lado, lo que se dice mendicante sexual sin que la ventura sea generosa y me acompañe y me suministre una gratificación honda y pasajera a través de nuevos y refrescantes orificios femeninos meses después de… ¡Jo! ¿obsesionarme con los de Olivia Martina?, no era un detalle problemático desde que quebramos. De hecho, había rondado alrededor de siete mujeres en solo los últimos seis meses y ninguna de ellas me provocó alguna alteración o dependencia emocional, alguna pena o felicidad extrema. Se puede decir que solo eran mujeres de turno, mujeres que no estaba terrible desnudarlas y desnudarme frente a ellas, pero más allá de eso, pues la historia era otra, yo seguía haciendo la cola de retorno en la vida de esa lejana y cercana vagabunda.
Es duro profundizar tanto en el golpeador enamoramiento y luego… ella se informa lo justo y necesario y te quedas atascado y solo en el centro de ese pantano; pues ahora abundan las mujeres que logran despertar del dilema que se podría llamar “romance de poca escalada cultural, éxito empresarial, espiritual, pero no carnal”, dado que nuestros genitales siempre estuvieron tratando de engancharse y fundirse. He ahí un problema sencillo de resolver: se necesita un experto y forastero clavo eficaz, lo suficientemente compacto y puntiagudo para que zapatee al obstinado en quedarse, es ahí cuando cualquier mujer vanguardista abre bien los ojos y con mucha sabiduría y coraje registra en sus planes que debe abrirse camino. Todo parte de que lleva largo tiempo reconociendo lo concreto, lo innegable, hasta aceptar sin vacilación que no la mejorarás ni con tu casi sueldo mínimo y ni con tu vicioso aspecto, demos por hecho que pasé a ser, por temporadas, alguien cada vez más complicado de tragar como hombre de apariencia aceptable o que posee lo indispensable para ser señalado como un tipo estropeado frente a los demás (si mencionamos de pasada aquí a todos esos que llevan una vida con proyectos luminosos, cuando la gente ya crece y necesita solo embolsar fajos y fajos de efectivo y focalizarse en esa familia saludable centellando a la distancia, todos ellos pisando fuerte hacia ese sendero y avanzando muy recios contra viento y marea), tampoco aportarás en cualquier otro punto de su vida ni ella en la tuya, ¿bajo qué me guio para decir todo esto? Porque, siendo realistas, Olivia Martina y yo no estábamos hechos para eso, desde el primer día en que despedazamos nuestra ropa a solas, para ser precisos. Ya no me daba nervios aceptar que siempre fue así; que solo estábamos forjados para enredarnos en cualquier cuarto donde nadie interrumpa, eso es todo, no hay más, nunca hubo más. Además, Olivia tarde o temprano estaría algo nostálgicamente al tanto de que, en términos de existencia social, ambos nos acercábamos bastante en pisar y estancarnos en esta línea: éramos casi lo más inepto en la población instruida, y como si eso fuera poco, lucíamos así en un país tan nefasto como ESTE. Puesto que solo poseíamos estudios escolares y ninguno de los dos pisaría una universidad en los siguientes años, ni nunca, porque cuesta más dos mil fichas al mes en un sitio agradable (mi padre rara vez me suelta buen dinero desde hace años, puede que desde hace casi una década; me descartó sin titubeos desde que me vio llegar a casa con los ojos cada vez más desorbitados y rojizos, y a ella le pasaba lo mismo) y porque estábamos medio brutos luego de tantas trasnochadas, con una serie de narcóticos que, varios de esos caprichos ya no consumimos, pero una embarrada de todas un tiempo sí, y todo eso bastó para arruinarnos la mitad de la red neuronal de cualquier ser humano corriente y rendidor. Pero brilla, aún a tiempo, a la distancia, una maniobrable y audaz salida para ella. Siempre la hubo. Casarse y darle un formidable hijo a algún sujeto entre torpemente gracioso y bien posicionado, es decir, todavía algo provechoso y aguantable, uno que escaló hasta la clásica cima del paraíso de lo sufrible porque siempre hay muchos puntos que no se resumen al don del carisma y la estética, (me refiero a un tipo portador del famoso y ventajoso estilo estándar, que a veces la hace reír con mucha agitación y a veces le hace sentir una vergüenza que desaparece rápido y aun así duerme tranquila) y, en el mejor de los casos, eso sí, un destacado profesional en su área (tampoco era indispensable que le dé un mejor subidón de adrenalina con solo saber y recordar: ¿cómo era ese excelente numerito dónde, más tarde, se pondrá tieso y sudoriento gracias a todo lo que mi anatomía representa?): lo más próximo a un útil e insaciable gerente bancario o de cualquier transnacional de automóviles o, incluso, algún cirujano que recién empieza a alzar su clínica y necesita todo tipo de motivación para finalizar el proyecto con aires risueños. Cualquiera de ellos sería una gran elección: algo mayor a ella, por nueve o doce años o unos cuantos más, todavía con abundante cabellera, pocas canas, bien rasurada la barba y la madurez suficiente como para tener interesantes pláticas con la suegra que tampoco fue la universidad pero le tiembla el clítoris cuando tiene ante ella gente con facha importante. Por lo tanto, mujeres como Olivia Martina se quedan mirando a ese hombre en su imaginación noche tras noche y también plantan una desalentadora mirada en mí y van armando poco a poco la manera en cómo apartarse de raíz. Fue así como se largó de mi vida. Oh, lo lamento Leo, lo lamento de veras, pasa que debimos conocernos en otra temporada o algo así, las cosas como están ahora me dicen: chica, esto nunca va a funcionar, no lo fuerces tanto, no funcionará porque nada de lo que haces junto a él tiene el menor sentido.
Esta noche salí del trabajo antes de las siete y fui por un café a una juguería para gente con sueldos bromistas y desalmados, ya sabes, precios algo regalones, un cuchitril con mala decoración, pero que todavía tenía notable limpieza y no se ven ratas o insectos bailando a mitad de las mesas simplonas y baratas. Así que me senté y miré la carta y me decidí por un americano. Antes de devolverle la carta a la nueva mesera que no era un espécimen horrendo, pero tampoco alguien que aporte… no sé, ¿soberbia calentura a mi miembro?, me detuve a mirarle el apellido bordado en la camiseta de trabajo, que decía: “Mariela García”, y al principio, por la rapidez y falta de enfoque (estaba a la altura de sus pechos abultados pero deformes, sin la firmeza que yo necesito de verdad, que me es fundamental para preguntarle su número y cuándo es su día libre), pues por razones obvias no podía quedarme fijo leyéndolo sin que ella pensara que estoy buscando encarnar a una muy peculiar criatura, a un medio alienígena bebé que a ella se le antoja engreír, mecer, besar, un momentáneo y atípico bebé que ante cualquier descuido, apenas comienza a correr un mínimo momento de distracción, se le ocurre afilarse los cortos pero prodigiosos dientes y le perfora la ropa de trabajo, la ropa interior y le propina una suculenta y evolutiva estrujada en todo el pezón derecho, para luego, por entendible instinto, pasar al izquierdo y sacar un rápido examen al contrastar las temperaturas, los sabores y valores proteicos de cada extremo, retomando tal vez, sin mucha demora, hacia el pezón derecho hasta que, de repente, empieza a crecer más y más y ya no es para nada un bebé exótico, sino todo un viejo degenerado con la sonrisa y los ojos hambrientos, listo para una infinidad de abusos, para dar lecciones, sabiondo en todo lo bueno y malo que le interese a ella preguntarle y a él responder, con mucho amor y ternura y malicia, todo trastocándose, sin saber qué tanto mejorarle y arruinarle la vida a la vez, pero que, al final, decide enrumbarse en una lucha interior para, sobre todo, mejorársela porque… bueno, porque eso fue lo que menos logré con Olivia Martina.
En fin, que leí despistado y capté: “Gracia” en vez de “García”, y entonces deduje que el mensaje oculto era “Gracia”, así, sin más, eso deduje en pocos segundos y me quedé desentrañando la correcta apreciación, mientras esperaba el americano. Lo que, para cuando llegó, descifré que “una boba gracia” la tenía yo cuando le dije a Olivia Martina que postularía a una beca en arquitectura en la Universidad Católica, y eran ciertas mis intenciones y lo dije, además, porque quería saber qué tanta comedia tenía decirlo. Ya que siempre fui el último de la clase en la secundaria y la mitad del salón solía hablar de postular a beneficios de esos, yo nunca lo solté frente a ellos, porque me conocían medianamente bien, estaban muy al tanto de que echaba siestas de tres horas todos los días, apenas veía cruzar al profesor de cualquier curso frente a mí. Así que creí que Olivia Martina, al no estar enterada de esos puntos de mi pasado, pensaría: “¡OH, AMOR MÍO!, ¡PERO QUE ESCUCHAN MIS OÍDOS!, ¡OH, AMOR MÍO!, ¡POR SUPUESTO, MI BABY! No veo rareza en esto, lo que es nada de nada, eres un hombre muy hábil al hacerme el amor cada día, cada noche, ¿porque no podrías cogerle el necesario amor a la universidad y medio masturbarte leyendo libros?”.
Pero, lo cierto es que cuando se lo comenté se atoró de tanto de reírse. Así que sí, todavía seguía manifestándose de alguna manera y todavía lograba atacarme con apreciable tenacidad y al mismo tiempo negociarme fácil la carcajada, porque eso de ser becado, palpado con mucha seriedad en estas últimas líneas del capítulo, a mí también me hacía convulsionar en medio segundo, en cualquier lugar, producto de tanta, tanta, pero TANTA payasada que se me antojaba definir así: una provocativa actuación tan desternillante como conmovedora.
¿Te gustó este artículo?
Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil