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El orador pornográfico

A ver, muchachos. Empezaré con cierto formalismo. Me llamo, en esta ocasión, con solo ustedes, André Martínez, se entiende que podría tener otro nombre y otro apellido, ¿verdad?

Angelo Martínez
25 de junio de 2026
12 min de lectura
Acababan de expulsarme de una escuela de monjas a mitad de año y, luego de aparecerme con mi padre en diferentes sitios y haber sido rotundamente rechazados, conseguimos un sitio dónde me aceptarían sin dramas. La gente del distrito titulaba a esta escuela como Blas Pastel, (su nombre verdadero es Blas Pascal en honor polifacético francés), ya que el público que solía aparecer por aquí, eran gente, así como yo, eliminados de lugares medianamente decentes y aventados hasta acá, el paraíso de la vagancia más natural y entendible de Chaclacayo. ¿Por qué entendible y natural?, lo resumiremos en que, desde sus primeras camadas de promociones, solían ser gente adicta a algo que los ponga cada día más estúpidos, (empezaron con drogas legales y fueron resbalando hasta tropezar con la pasta básica de cocaína y nunca escaparon de ahí), luego, finalmente, pasaron una temporada en prisión o estaban prófugos por toda una maraña de delitos; es decir, eran viciosos de las más bajas esferas y polícriminales con mucha honra, pues sus vidas eran contadas y respetadas entre las futuras amenazas sociales que todavía cursaban clases en el Blas Pastel. Yo entré a un salón para “gente especial”, que venía a ser la jaula dónde clavaban los que “por el momento no tenían ni un poco de solución razonable”, puesto que bebían alcohol desde el desayuno y aparecían a mortificar a cualquier adulto que decían que era un “casi profesor”, ya que había varios viejos que entraban a dictar clases y, desde el primer día que estuve ahí, me aclararon que habían estudiado sí y habían terminado sus cinco años, pero nunca presentaron su tesis final porque no es tan sencillo hacerlo y tenían un conocimiento de la materia “avanzado”, pero no “completo”. Nos solían soportar, a los de esa jaula, solo hasta el mediodía; decían que a esa hora podíamos irnos a cualquier sitio. En resumen, la gente de nuestro pabellón se aparecía a eso de las nueve de la mañana porque sí, porque nadie se iba a quejar si aparecían o no, y se iban luego de tres horas al sitio que se les ocurra. ¿Qué hicieron durante las tres horas? mortificar a alumnos menores e indefensos de otras aulas, o sencillamente beber más y fumar más en el rincón solitario de las carpetas rotas aventadas por un rincón de la escuela. Yo, en ese entonces, era un hombre que apreciaba muchísimo el vagar y el divagar a tiempo completo, me sentía como si hubiera ido por la vida sediento de “merodear sin rumbo ni sentido” y por fin había venido a mí un gran frasco de líquido dichoso que me causaba un orgasmo diario y constante al levantarme cada mañana a cualquier hora y aparecerme en mi pabellón a cualquier hora e irme temprano a donde quisiera. Fue en una de esas tantas salidas al mediodía, cuando las demás instituciones educativas iban a mitad de sus lecciones programas en un horario normal o entendiblemente favorable, (para los jóvenes que desean lograr algo en la vida), cuando estaba a media cuadra de la bodega que está a un par de calles de distancia de mi escuela, que iba feliz de la vida porque, esa precisa bodega, nunca se hacía problema alguno en venderle tabaco a un joven de quince años y estaba acompañado de Alvaro Vigo, un amigo que desde hace seis meses ya fumaba marihuana y, debo resaltar y apreciar, nunca me presionó para que profundice esos antojos en ese tiempo, porque luego lo hice muchas veces, pero él ya no estaba en mi vida. Bueno, como decía, todavía estamos en la época que deambulaba al mediodía con sólo cigarros de sandía en la boca y Alvaro Vigo ya era un vicioso respetable, lo que se hunden solos y no suplican un auxilio y una vez les estrechas la mano te arrastraran junto a ellos; no, Alvaro Vigo era, sobre todo en este sentido, un tipo excelente; sabía joderse muy por su cuenta. Cuando llegamos a la bodega, vimos que habían ambientado un espacio con periódicos nacionales y empezamos a revisar de todo menos política, porque como éramos gente indocumentada y con poca hambre de conseguir cambiar ese aspecto, la política era como letras chinas y poco atractivas y todo lo que se conducía así, indescifrable y soso, apestaba demasiado. En eso, Alvaro Vigo me dice: mira esto. Dobla tu escuálido cuello y mira esto. Yo estaba fijo en una noticia de chisme ordinario, cierta infidelidad dónde una actriz reconocida decía que no había perdonado a su marido, pero todavía seguía viviendo de él y no descartaba que podría hacer un esfuerzo en absolverlo si se comportaba económicamente mejor de lo que llevaba medio año haciéndolo. Volteé hacia mi derecha y vi el anuncio: Orador pornográfico profesional. Solo gente que busca detalles traviesos y bien articulados (ideal para fechas especiales o antidepresivo femenino permanente y constante). Nunca dudes o temas en contactarme al: 970647182. Levante la mirada y me quedé mirándome fijamente con mi viejo amigo y nos transmitimos lo mismo, nos dijimos cada letra con solo enganchar sus pupilas con las mías, por lo tanto, pagué los cigarrillos y anoté el número en mi teléfono y cuando íbamos camino al banco del parque público más próximo, le dije que sería más agradable la escena si bebíamos un poco, él dijo que prefería cargar su pipa de metal y colocarse sin dañarse tanto la tonificación muscular (llevaba unos cuatro meses inscrito en un gimnasio y le habían dateado que fastidiar los pulmones siempre caerá mejor hacérselo al hígado), así que compré para mí y una vez en el banco, el ese humo apestoso manándole la boca y yo con el tabaco en la izquierda y la lata de Smirnoff en la otra, le marque al Orador Pornográfico. —¿Buenas, buenas? ¿Con quién tengo el gusto? —dijo él, su voz era inclasificable, parecía de alguien que podía estar loco, como podía ser alguien muy prudente. Sorprendentemente, no nos reímos y arruinamos la llamada, porque yo, recién ahora, estoy seguro que empezamos así, el tipo nos colgaría de golpe. —Tiene el gusto con dos jóvenes universitarios, señor—dije yo. —Así desean un paquete doble, ¿quizás? —Maestro, si nos detalla de que van sus servicios, pues, lo escucharemos atentamente— intervino Alvaro Vigo. —A ver, muchachos. Empezaré con cierto formalismo. Me llamo, en esta ocasión, con solo ustedes, André Martínez, se entiende que podría tener otro nombre y otro apellido, ¿verdad? Sigamos; soy licenciado por la Universidad de Boston en Comunicaciones Recreativas, y actualmente, hace tan solo cuatro meses, conseguir sacar un Master en la Universidad de Nueva York, con una tesis sobre “Ludismo profundo y armonioso”. Bien, ya saben todo esto y supongo que empiezan a sentir un poco de respeto por mí, lo entiendo; es cosa corriente, absolutamente comprensible. Empezaré por dirigirme al punto central, no entraré a especificar toda la infinidad de paquetes que ofrezco para ya sean hembras sumamente exigentes o delicadas o ambas revueltas (que, si me permiten opinar, son las que más me agradan), iré directo a lo que, ustedes al parecer, piden, que viene a ser en pocas palabras: un paquete simple, pero lucrativo y doble por el precio de uno y medio, y así ahorrar el veinticinco porciento que no conseguirían si llamaran por separado. Eso me da que pensar sobre ustedes. Quiero decir que son unos muchachos muy astutos, yo haría lo mismo si fuera ustedes, ¿entienden cómo desde un inicio ya los aprecio así, sin más, al comprarlos conmigo y sentirlos partes de mí? En ese momento hubo un silencio, Alvaro se tapaba la boca y yo respiraba con mucho esfuerzo, porque quería manifestar en el mundo una avalancha de risotadas que, si no hubiera sido consciente en todo momento que podía joderme toda esta situación, me hubiera dejado seducir por ese cosquilleo tan intenso, pero aquí estaba ya, frente a al Orador Pornográfico André Martínez, así que inteligentemente, le dije: —Muchas gracias, señor, Orador Pornográfico. —Perfecto, solo eso necesitaba escuchar de uno de ustedes, solo eso le pedía a Dios en este momento. Seguiré, entonces. El paquete doble viene con una carta de papel liso y grueso, dónde se almacenará un manuscrito de seiscientas palabras redactadas a mano y con letra fosforescente dónde se le platica a la amada sobre la fantasía favorita que tú crees que ella tiene, me explicaré ahora mismo: tan solo debes contarme que piensas que ella piensa cuando te ve con ropa y en su mirada se entiende que desearía que no tuviera ni una sola tela encima. Solo pido tres puntos de documentación para resolver mejor el texto: los susurros que dijo esa mujer apreciada cuando tuvieron el primer enlace sexual, cual fue el primeras tres o cuatro palabras legibles que expreso una vez estuviste en su interior, luego también necesito que me digas que tipo de humor tiene, si acaso es acido o torpe, eso me ayudara más de lo que te imaginas y por último qué gestos pone cuando estás molesto y parece que la vas a golpear; eso es importante para figurar un momento de tensión dónde parece que la vas a aporrear a palos, pero finalmente, le bajas la falta y profundizas magistralmente. Con eso tengo resuelto buena parte de mi trabajo por escrito y básicamente lo demás es enviarte una cinta dónde está grabado en un cassette la potencia de mi voz al narrárselo, por algo me público como “Orador”, porque el verdadero arte se focaliza, sobre todo, en el poder de mi lengua al soplárselo todo por la oreja. En ese momento se me filtro una carcajada, pero Alvaro me dio una bofetada y yo se la devolví porque a él también parecía pasarle lo mismo, comenzamos a respirar agitadamente y al final Alvaro consiguió coger el teléfono sin que le tiemblen las manos y le dijo: —¿Hay algún problema si no es mujer, pero; claro, casi siempre parece serlo?

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