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Lunada

Corrí a tu encuentro, mamama. Corrí veloz, más veloz que nunca. La voz siguió retumbando en mi cabeza, cada vez más fuerte. ¿El lobo me seguía? Ya no oía nada más, el bosque había desaparecido. Éramos el lobo y yo. O solo yo y esa voz vibrando en mis dientes.

Analena Castañeda
30 de abril de 2026
13 min de lectura
Querida mamama Escribirte es mi manera de sentirte cerca. Fuiste la única con la que podía hablar sin miedo, a quien podía contarle todo sin que me juzgara. Nunca me ocultaste la verdad, por eso no puedo confiar en nadie más que en ti. Ahora mismo quisiera que estés aquí conmigo. Te extraño. Tú me enseñaste a coser, a leer, a preparar las hierbas cuando dolía el vientre. ¿Recuerdas cuando preparábamos esos pasteles y luego hacíamos un picnic a la orilla del lago? ¡cómo quisiera retroceder el tiempo! Estoy sensible, tal vez porque estoy en esos días. ¿Recuerdas cuando me decías que nuestro cuerpo cambia con los años, que hay épocas del mes donde todo duele más, donde una siente que algo se desgarra adentro? Yo pensaba que exagerabas. Mamá me decía que solo era parte de hacerse mujer. Aunque a ella no le gustaba hablar de estas cosas. Aún ahora no lo hace. Ya crecí y por fin entiendo que tú sabías de qué hablabas. Lo sabías desde el principio. Mamama Inés, ahora que ya no soy niña tengo miedo de dormir, cuando cierro los ojos recuerdo esa tarde en que mamá me pidió que te llevara pan fresco y miel. Estaba feliz, porque pasaría todo el fin de semana contigo. Papá quería que me quedara en casa y discutió con ella. Recuerdo que mamá me riñó porque estuve a punto de salir sin el abrigo puesto, ese rojo que me regalaste en mi cumpleaños número 13, el que se parece al tuyo y al de mamá. “Para mi niña grande” dijiste, yo me creía muy mujer por tener uno también. No hacía frio, aun así, me lo puse a regañadientes. Al adentrarme en el bosque un halo de libertad me envolvió, una libertad distinta, cómo si el bosque me llamara, como si supiera mi nombre. Lo sentí húmedo, más de lo habitual, caló hasta mis huesos que empezaron a crujir con cada movimiento. “Dolores de crecimiento”, pensé, de los que hablaba el médico en ese programa de televisión. Pero no dolían, mamama, crecían. Caminé rápido al principio, quería llegar antes de que oscureciera. Pero el calor empezó a subirme al rostro, la piel me ardía, necesitaba quitarme el abrigo. Me detuve por un momento para quitármelo lo doblé con mucho cuidado y recuerdo pensar: “me lo volveré a poner antes de entrar a la casa”. Respiré profundo. En ese instante algo cambió. No puedo explicarlo. El aire olía distinto. Yo olía distinto. Retomé mi camino y fue cuando vi al lobo. Te lo juro, mamama, estaba frente a mí. Era negro, enorme. Me habló. O tal vez no lo vi, empiezo a dudar un poco, pero definitivamente lo oí. Una voz intensa pero no venía de afuera, podía sentirla en el pecho, en las sienes, cómo si se moviera dentro de mí. Me dijo que tomara el atajo, que tú estarías feliz de verme pronto. Corrí a tu encuentro, mamama. Corrí veloz, más veloz que nunca. La voz siguió retumbando en mi cabeza, cada vez más fuerte. ¿El lobo me seguía? Ya no oía nada más, el bosque había desaparecido. Éramos el lobo y yo. O solo yo y esa voz vibrando en mis dientes. Cuando llegué a tu casa, la puerta estaba abierta. Como siempre. El fuego encendido. Me estabas esperando. Entré. Te llamé: “¡¡¡Mamama Inés!!!”. No contestaste. ¿No me escuchaste, mamama? Aunque tal vez no llamé, solo recuerdo que avancé en silencio. Lento. Había algo en el aire, lo sentí en mi paladar... como metal, como sangre. Luego... luego las cosas se mezclan. Recuerdo el espejo. Recuerdo mis ojos: ¡qué ojos tan grandes tengo! Mamama, ahora lo sé, no eran míos. Esos eran dorados, salvajes. Quise advertirte, lo juro. Grité por dentro: ¡mamama corre! lo veía acercarse a ti, mientras sus garras… no, mis manos, sí, mis manos se alargaban. Pero tú no te alejaste. Me miraste con los ojos flotando en un charco de tristeza. Me esperaste calmada, serena, como si ya lo supieras. Como si hubieras esperado este momento. Te oí preguntarme por mi abrigo y los charcos se rebalsaron en cascadas. Después, todo se volvió rojo. En el pueblo dijeron que fue un lobo. A la mañana siguiente encontraron las marcas de sus garras en la puerta. Dijeron que tu cuerpo estaba… que apenas pudieron reconocerte. Un leñador me salvó, me encontró sola, desmayada. Cuando mamá llegó me abrazó fuerte. No dijo nada. Aún ahora no hablamos de ti. No me mira a los ojos. Con el tiempo entendí que, así como tú, ella también lo sabía. Papá se fue de casa. Somos solo ella y yo. Me obliga a usar el abrigo rojo en esa época del mes. Me da infusiones para dormir, y me encierra en mi habitación cada luna llena. Sé que tiene miedo, lo puedo oler. Y aunque nadie lo diga en voz alta, hay un momento en que dejamos de ser niñas. Un momento en que el bosque nos llama por nuestro verdadero nombre. Perdóname, mamama. O entiéndeme. Tu nieta que te ama. C.

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