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Capítulo 1: El futuro

Querido Adrián: Este verano ansiaba volver a verte para responder aquella propuesta que me hiciste el verano pasado...

Juana Rosales
29 de mayo de 2026
11 min de lectura
La Navidad en el pueblo era sencilla, pero mágica: Los niños recorrían las calles cantando villancicos, con panderetas y sonajas hechas a mano. Isa miraba las estrellas brillando en el cielo oscuro y pensaba en todo lo vivido aquel año, agradecida y llena de sueños por cumplir. Esa noche, después de la cena navideña y de escuchar los villancicos que aún resonaban en la plaza, Isa se encerró en su cuarto. Encendió una pequeña vela gastada y tomó en sus manos su cuaderno forrado en tela roja, ese que llamaba su diario. Con el corazón apretado y una mezcla de esperanza y tristeza, tomó una hoja en blanco y comenzó a escribir una carta para Adrián. Con cada palabra sentía que su alma hablaba: “Querido Adrián: Este verano ansiaba volver a verte para responder aquella propuesta que me hiciste el verano pasado. Soñaba con decirte todo mirándote a los ojos, pero el destino quiso que estas palabras viajaran por mí. Hoy te escribo desde lo más profundo de mi corazón. Desde aquel día en que te vi por primera vez, cuando llevaba mi lazo rojo y nuestras miradas se encontraron entre la gente, supe que algo en nuestras vidas quedaría unido para siempre. Desde entonces, cada noche bajo la luna y las estrellas se volvió un recuerdo eterno para mí. Compartíamos sueños cumplidos y sueños imposibles, reíamos hasta quedarnos sin aliento y jurábamos, como dos niños llenos de esperanza, que algún día cambiaríamos el mundo. Ahora me toca partir para perseguir el sueño más grande de mi vida: convertirme en escritora. Y sé, con la misma certeza con la que sé que existe el amanecer, que tú serás un gran fotógrafo. Siempre imaginé que algún día mis palabras y tus fotografías contarían la misma historia. Quiero que sepas que mi corazón siempre será tuyo, aunque la distancia nos obligue a caminar por distintos caminos. Tengo la esperanza de que el destino vuelva a unirnos algún día, cuando ambos hayamos cumplido aquello que soñábamos mirando las estrellas. Te dejo mi remitente por si alguna vez decides buscarme. Y deseo, con toda mi alma, que cuando volvamos a encontrarnos, mi respuesta siga siendo la misma. Con amor eterno, Isa.” Al terminar la carta, Isa permaneció en silencio unos segundos, contemplando las palabras como si fueran un pedazo de su propia vida. Luego dobló la hoja con infinita delicadeza y la guardó dentro de un sobre. Antes de cerrarlo, colocó unas pequeñas hojas de retama seca que había conservado desde el último abril, para que su aroma acompañara aquellas confesiones llenas de amor y melancolía. Las lágrimas descendieron lentamente por sus mejillas mientras dejaba la carta junto a la que Adrián le había enviado meses atrás. Ambas quedaron guardadas como un pequeño tesoro: dos corazones latiendo entre tinta, recuerdos y promesas que ninguno se había atrevido a pronunciar en voz alta. Al día siguiente, Isa entregó la carta a Inti, su amigo de infancia, el cómplice silencioso de aquel amor profundo y secreto. Inti la recibió con cuidado, consciente de que no llevaba solo unas hojas de papel, sino el peso inmenso de un primer amor verdadero. Y así, aquella carta se convirtió en la única declaración de amor que Isa y Adrián compartieron en silencio; un amor que sobrevivió entre la distancia, los sueños y el eco eterno de aquella Navidad que jamás olvidarían. Después de varios veranos, Adrián regresó al pueblo donde había pasado su niñez y parte de su juventud. Apenas descendió del autobús, sintió cómo el aire fresco acariciaba su rostro trayéndole recuerdos que creía olvidados. Todo seguía igual y, al mismo tiempo, distinto. El aroma a café recién tostado y madera húmeda aún flotaba en las calles, mientras el sol radiante iluminaba las montañas que tantas veces había contemplado junto a Isa. Su corazón latía con fuerza. Habían pasado demasiados años, demasiados silencios y demasiadas heridas, pero aun así no dudó en dirigirse a la casa de Inti. Necesitaba saber de Isa. Necesitaba verla, aunque fuera una sola vez. Cuando Inti abrió la puerta y lo vio frente a él, quedó inmóvil por unos segundos. Luego lo abrazó con fuerza, como quien recupera a un hermano perdido. —¡Por fin apareces! —le reclamó con una mezcla de alegría y enojo—. ¿Sabes cuánto tiempo esperamos noticias tuyas? Pudiste escribir, mandar una señal… algo. Adrián bajó la mirada. Sus ojos ya no tenían el brillo despreocupado de antes; ahora cargaban el peso de alguien que había vivido demasiado. Con voz cansada comenzó a contarle lo ocurrido. Su padre había enfermado gravemente y, antes de morir, le pidió que continuara su legado convirtiéndose en detective, tal como él lo había sido toda su vida. Adrián se negó durante meses. Discutió, escapó, se rebeló contra aquel destino que no deseaba. Como castigo, aquel último verano no le permitieron regresar al pueblo. Finalmente, vencido por la culpa y el deber, viajó a Estados Unidos para seguir la carrera de su padre. Entre entrenamientos, misiones y peligros, el tiempo comenzó a consumirlo todo. No pudo escribirle ni a Inti ni a Isa, aunque cada noche pensaba en ellos y en el pueblo que había dejado atrás. —Lo único que me mantenía en pie era la idea de volver… —confesó—. Apenas terminé la misión que me asignaron, vine a buscarla a ella. Inti guardó silencio unos segundos antes de responder. Le contó que Isa había partido a España tras ganar una beca para estudiar escritura, el sueño que siempre había llevado en el corazón. Le dijo también que antes de irse dejó una carta para él y que, durante años, la había conservado esperando aquel regreso que parecía imposible. Las manos de Adrián temblaron al recibir el sobre. Reconoció de inmediato la letra delicada de Isa y el tenue aroma a retama seca que aún sobrevivía entre el papel envejecido. Sin decir una palabra, caminó hasta la plaza del pueblo. El atardecer comenzaba a teñir el cielo de tonos dorados y naranjas, mientras las risas lejanas de algunos niños se mezclaban con el sonido del viento. Se sentó en la vieja banca donde tantas veces había conversado con ella y abrió la carta con extremo cuidado, como si temiera romper los recuerdos guardados en esas páginas. A medida que leía, las lágrimas comenzaron a deslizarse silenciosamente por su rostro. Cada palabra de Isa era un viaje al pasado. A los veranos eternos, a las noches bajo las estrellas, a los sueños ingenuos que compartían creyendo que el mundo podía cambiarse con amor y esperanza. Cuando terminó de leer, cerró los ojos con fuerza y guardó la carta dentro de su bolsillo, cerca del corazón. Entonces, mirando al cielo vacío, murmuró con la voz quebrada: —Ay, Isa… si supieras cuánto te busqué en mis recuerdos todos estos años. El mundo no resultó ser como lo soñábamos. Ya no soy el mismo muchacho que prometía cambiar el mundo contigo bajo las estrellas. Hizo una pausa, mientras el viento movía suavemente los árboles de la plaza.

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