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Fantasías surreales
Entré en su casa. Pensé que no iba a regresar luego de habernos despedido llorando ríos en la puerta del Pan de la Chola un par de años antes. Ni el guionista de la Rosa de Guadalupe se atrevió a tantos giros inesperados.
Alejandra Infantes
27 de mayo de 2026
5 min de lectura
S. me preguntó, con torpeza, si quería regresarme de la fiesta con él.
Dije que sí. ¿Lo necesitaba? No, pero mi pulsión kamikaze contestó por mí.
Tres horas en su carro escuchando a Coldplay. Gracias, tráfico de la Javier Prado.
-¿Tienes planes? Me preguntó. Le dije que no.
Vino su propuesta indecente en cámara lenta: Ven - a-mi-casa-a-jugar-con-D. (su
hijo).
Mi fantasía más salvaje, en tres años de relación intermitente, se hizo realidad. Me vi en mi
vestido blanco Vera Wang.
Entré en su casa. Pensé que no iba a regresar luego de habernos despedido llorando ríos en la
puerta del Pan de la Chola un par de años antes. Ni el guionista de la Rosa de Guadalupe se
atrevió a tantos giros inesperados.
Esa noche S. preparó la cena mientras que D. y yo jugamos con sus ratones mexicanos. Le
siguió la exhibición de juguetes: guitarras eléctricas, discos de vinilo y la máquina de café.
Solo nos faltó el selfie para Instagram.
Después, el juego de billar. Les dejé ganar. Mentira. Fue un show patético de mi torpeza
motora. Esa que, por suerte, D. no heredará.
El siguiente round, partida de Uno.
Mi instinto materno se arriesgó: es tarde, mañana tienes que ir al colegio ¿Qué te parece si
jugamos una sola ronda? Guardó las cartas en el cuarto matrimonial, y regresó con una
sonrisa.
-Tienes razón -me dijo.
Punto para mi rol de mamá interina. Pensé.
-Échate a descansar con nosotros en la cama de papá añadió. Perdí cinco puntos en el
juego de la vida.
En una realidad alterna lo hice y vivimos felices para siempre.
Pero en la vida real, los recuerdos vinieron al rescate de mi dignidad. Su papá me había roto el
corazón varias veces. Esa claridad detuvo mi pulsión de autodestrucción. No podía
maternarlo esa noche, ni nunca. Aunque me hubiera encantado, y sé qué a él también.
Lo abracé, y salí. Esta vez sin llantos, ni con el vestido blanco.
S. cerró la puerta con firmeza.
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