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El cuaderno rojo
Pasé días intentando descifrar el misterio. Pregunté a mis vecinos si habían visto algo extraño; preocupados, me decían que no habían visto nada y preguntaban si me habían robado. Cuando les explicaba, me miraban raro. “Debe ser tuyo o alguien que te lo ha regalado”, me decían.
Mara Vega
24 de marzo de 2026
12 min de lectura
¨Siempre he añorado el tiempo de los relojes rotos, pero ando descalza porque se desprende la suela de aquella vieja chancla.¨
El dorado se filtra por tu ventana mientras hojeo el cuaderno en mi mano, paseando mi dedo lentamente por sus filos tiernos y su lomo gastado.
Hace unos meses que lo encontré, sobrepuesto en mi escritorio. Un cuaderno rojo oscuro del largo de mi mano, con la caratula un poco rota y una dedicatoria corta en la primera página:
¨Con amor, para tí¨
Despreocupada, lo abrí. Pasando sus hojas blancas encontré trazos sueltos plasmados entre ellas. Pensé que quizá era un viejo cuaderno mío, y me senté a leerlo.
Cada escrito resonaba en mi pecho, como una vieja canción olvidada. No en mi memoria. No. En mi mente no existía recuerdo alguno de estos. Sin embargo, aparecían historias o matices que colisionaban con mi vida. Pequeñas referencias ocultas entre los rincones de mi conciencia. Palabras que yo solía escribir, entre llantos. El apodo que le puse a mi hermana. La sensación de ser olvidada. Aquel amor perdido. El conflicto eterno por ser, por vivir.
No había nombres. Ni fechas. Solo pensamientos desvariados. Imágenes familiares retratadas a puño y letra. Cúspides de emociones secretas.
El eco, la duda y la curiosidad no me permitían soltarlo mientras rozaba los bordes frágiles de sus pliegues. Rojo, como la costra de una herida, como su carátula partida.
Me senté al borde de mi cama y los leí todos, como quien se deleita de la caricia del sol, rezando por su calor para combatir el beso del aire frío de la montaña. Los conté, como guardián de un tesoro. Diez escritos. Diez vaivenes del alma, repartidos en caos entre sus páginas.
Todos compartían similitud en la letra, a excepción de pequeñas diferencias. Las m que se elevaban más al inicio. Algunas mayúsculas particulares.
¿A quién podría pertenecer? ¿Quién me lo habría dejado?
En ese entonces, apenas llevaba tres meses viviendo en aquel apartamento. Tendría que ser alguien a quien había invitado.
Les pregunté a todas las personas que se me ocurrieron. Envié varios mensajes y llamé a mi familia, amigos, y a mi enamorado, pero terminé más perdida que antes. Nadie sabía nada del cuaderno, nadie lo dejó, nadie lo había visto.
¿De dónde salió?
¿Se habría metido alguien a mi apartamento? Un extraño? La idea me recorrió como un escalofrío y me empeñe en buscar por que lugares alguién podría haber entrado. La puerta siempre estaba con llave y no parecía que alguien la hubiera forzado. La ventana estaba abierta, pero era el tercer piso con vista a la calle.
Recordé que tuve una reunión unos días antes. Esa noche, la puerta si estaba entreabierta por momentos, pero quien se pondría a esperar para entregar un cuaderno. No tenía sentido.
Pasé días intentando descifrar el misterio. Pregunté a mis vecinos si habían visto algo extraño; preocupados, me decían que no habían visto nada y preguntaban si me habían robado. Cuando les explicaba, me miraban raro. “Debe ser tuyo o alguien que te lo ha regalado”, me decían.
No entendían.
Empecé incluso a llevarlo conmigo a todas partes, y cuando veía a un amigo o conocía a alguien nuevo, sacaba su maltrecha silueta roja para mostrarselos.
-¿Tú me lo diste? -intentaba, con la esperanza en la garganta, pero la respuesta siempre era la misma. Una rotunda negativa. Una mirada extraña.
A veces pedían leer los escritos. A eso, por alguna razón, siempre me negaba.
Desde que lo recibí hasta este día no he dejado que nadie lea lo que habita dentro. Como si alguna fuerza invisible me atase al secretismo.
Lo llevaba tanto, que dejé de sentir su peso en mi bolsillo. Aunque lo sacaba de vez en cuando: cuando me encontraba la tormenta, cuando me sentía sola. Ahí, donde sea que me hallara, lo volvia a leer: heridas abiertas. Lo olía: lágrimas guardadas. Lo apretaba: frustración latente.
Un día, durante ese apreciado ritual, lo sentí: en mi pecho, en mis manos. Como un impulso olvidado, como cenizas de fuego: el llamado a escribir en él.
Una frase.
A quien me encuentre, que me guarde,
como el misterio a ti.
Desde ese día, aquel cuadernito rojo pasó de ser misterio a consuelo de mis fragmentos. Un diario disperso. Un ataúd de secretos. Un maestro invisible.
Continuando con la esencia del mismo, nunca puse nombre, ni fechas, incluso el órden deje que lo dicté el destino: un día en la tercera página, al siguiente en una del medio.
Hoy, es con una pena dulce que me despido de él. Dándole el fúnebre y orgulloso adiós que se merece. Una releída. Una última entrada.
Tú,
con tu contrariada luz,
con tus pasos viejos,
con la desdicha de creer,
con tus ojos grises.
Que el destino te encuentre,
que el camino te levante.
Con tu tierna voz,
acallada en el silencio,
donde deslumbran tus miserias,
en eterno movimiento.
Revélate con calma,
pasajero del alba
Forja tu alma,
con palabras,
moradas.
El sol me indica que pronto llegarás a casa. A las seis de la tarde, como todos los viernes. Sin falta. Con tus ojos cansados, por un día atareado.
Cierro el cuaderno y lo colocó en la mesa al lado de tu cama.
No me conoces. No sabes mi nombre. No importa.
Yo te ví a tí. Tus gritos de silencio. Sentí el peso en mi bolsillo y comprendí.
Fiel al cuaderno, no dejó pistas.
Es tuyo ahora.
Tu misterio.
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