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Last Chance (3)
Desganado, me dirijo a la puerta. Tomo una bocanada de aire. Recupero fuerzas. Logro salir; por suerte el lugar no está tan lejos, así que decido ir caminando. Recorro el parque, algo cálido al ver a las familias reunidas… sus mascotas, los niños. Todo me hace eco en la cabeza hasta que llego a la puerta de vidrio del local de la psicóloga Selene.
Majo Enciso Silvera
19 de abril de 2026
22 min de lectura
Salgo de mi casa con prendas ligeras. Pienso en si volver con la psicóloga, aunque mi razón puede más. Espero un taxi mirando en mi celular en qué parte del camino está. Cuando finalmente llega, tomo asiento observando los paisajes urbanos que adornan este pequeño lugar que llamo hogar. Ahora que tengo cáncer, se me hace casi inevitable no poder encontrarle algo maravilloso a cada cosa que veo a través de mi ventana. Me da algo de esperanza, pero al mismo tiempo me hace sentir miserable.
Cuando por fin llego al hospital, bajo despacio. Aunque siento un leve mareo que hace hormiguear todo mi cuerpo. Veo mi reflejo en el vidrio del auto y suspiro. Cada vez pierdo más peso. Estoy hecho un desastre.
—Cuídese, joven —es lo último que me dice el taxista, como si supiera que estoy pasando por algo malo.
—Gracias… aunque creo que es muy tarde. —Tomo valor y respiro hondo.
Subo cada escalón hasta empujar la puerta con todas mis fuerzas. Me duele el cuerpo ante ese esfuerzo. Recorro todo el lugar viendo todas las especialidades hasta que llego al consultorio del doctor. Me echo sobre la camilla esperando su diagnóstico para empezar con la quimioterapia.
—Espérame un momento —el doctor sale de su consultorio.
Miro el techo blanco, tocándome la cabeza al sentir un dolor. Respiro hondo hasta que llega el doctor; logro calmarme un poco.
—Debes tomar estos medicamentos. No tienes que hacer mucho esfuerzo. Te voy a administrar electrolitos, luego proteínas, porque ahora tu sistema inmunológico tiene que responder. —Trata de darme ánimos, aunque yo ya doy esta batalla por perdida.
—Está bien, doctor. —Administro las proteínas a través de mis venas.
El proceso tarda mucho, así que decido ir por los pasillos con esa bolsa a mi costado. Hasta sentarme algo lejos del consultorio anterior. Suspiro pesadamente, frotándome la cara. ¿Cuánto tiempo más voy a estar así? ¿Volveré a trabajar? Es tan desgastante.
“Me frustro solo. No tiene sentido. ¿Por qué me pasa esto a mí?” Son los pensamientos rumiantes que rondan por mi mente una y otra vez, como un círculo vicioso. Hasta que la última gota cae y tengo que volver al consultorio para mi quimioterapia con el doctor, que toma toda la tarde. Vuelvo a casa y me tiro sobre el sillón. Las llaves caen por cualquier lado.
Es un día agotador. No tengo ganas de nada, de nuevo. Hasta que recibo una notificación en el celular. Es uno de esos canales de hipnosis a los que me suscribí. Publicó un nuevo video hace unas horas.
Decido ponerme los audífonos y dejarme llevar por la voz del youtuber. Es tan calmada, casi como un bálsamo para mis oídos. Lo único bueno que me queda. Cada vez entro más profundo a la hipnosis, pero justo cuando pienso que estoy en otra vida, aparezco en un lugar completamente blanco. Con ángeles a los lados, como dándome la bienvenida. Me veo de pies a cabeza. Este no soy yo. Parezco muy joven.
Por inercia empiezo a caminar hasta llegar a un pequeño altar celestial dorado rodeado de nubes blancas y un cielo hermoso. Camino al medio de ese círculo. Aparece nuevamente la luz que hace resonar esa voz gruesa por toda mi cabeza.
—Tu nombre será Mikaela. Vuela junto a tus hermanos, hijo mío. Siempre serás amado.
Mi cuerpo se mueve solo hasta llegar a los cielos junto a otros ángeles. Uno de ellos me toma de la mano mostrándome todo el lugar. Es tan hermoso, pero de pronto todo este paisaje cambia a uno totalmente tétrico. ¿Otra vez una batalla? Aunque es desde otro ángulo. ¿Otro ángel? ¿Mi hermano?
—Tienes que decidir, Mikaela. ¿Ella o nosotros? —Su mirada denota algo de tristeza, pero mi cuerpo se lanza al abismo para seguir a aquella chica. Tiene alas y cola… como un demonio, aunque es linda.
Todo se pone negro. Despierto de golpe. Me duele la cabeza, así que me saco los audífonos buscando mis medicamentos.
Todo esto es un rompecabezas, no puedo entender nada. ¿Ángeles? ¿Otra vez? Debo de tener una mente con mucha imaginación. Debería escribir una novela sobre esto —me digo de manera sarcástica.
Tomo el frasco con las pastillas, abro el caño para llenar mi vaso. Agarro una pastilla y trago de golpe, luego el agua. Siento temblar mi cuerpo por el sabor desagradable. “Qué horrible”, pienso.
Me siento en la mesa del comedor. Tengo aquel panfleto frente a mí de nuevo. Saco mi celular de mi bolsillo y miro cuánto me queda en mi cuenta bancaria.
Solo logro observar un dígito de cinco números aún… es un alivio, pero no siempre va a estar ahí. Entonces será mejor que dentro de poco busque un nuevo empleo. Mientras, trataré de solventarme con esto y dar un salto de fe con la psicóloga.
Vuelvo a ver mis apuntes sobre todas mis preguntas acerca de las vidas pasadas que le haría en la sesión. Busco su nombre en Internet. Aparece todo su historial, lo cual me impresiona. Al parecer, la manera en la que encontró las regresiones fue algo accidental. Según sus propias palabras en un video de YouTube, relató que, mientras guiaba a Karen a su niñez recordando algunos sucesos que había olvidado para saber de dónde venían todas sus fobias, la paciente fue aún más atrás. Descubrió que era ella pero en otro siglo, lo cual le sorprendió.
Quedo algo intrigado por esto. Al parecer la psicóloga era escéptica como yo sobre esto. Aunque… ¿qué más puedo hacer? Me queda poco tiempo de vida. Las palabras del doctor nuevamente nublan mi juicio: “Aún hay poca probabilidad de que te cures por completo. Estás débil. ¿De verdad no le vas a contar a tu familia? Pasar tiempo con ellos te ayudaría mucho”.
Muerdo mis labios impacientes. Solo me siento como un observador de mi propia vida que ha sido arrinconado entre elegir el cáncer o una ilusión. “Qué ridículo”, “cómo de un día a otro mi vida dio un giro de ciento ochenta grados”.
Sigo maldiciendo. Lanzo algunas cosas por frustración: tiro algo liviano como mi almohada hasta que llego a romper un jarrón. Caigo al suelo nuevamente por un leve mareo; entra un pedazo del jarrón en mi brazo en el proceso.
Me levanto con cuidado de no rasgar mi brazo con otro pedazo. Tomo algo de alcohol cerca de la cocina. Me echo sobre la herida y ahogo mi grito por el ardor. Vendo la herida y suspiro. Vuelvo a sujetar mi celular, marcando al número de la psicóloga que conseguí en su sitio web.
—¿Hola? Con la psicóloga Selene. Quisiera saber sus costos y cómo podría reservar una sesión —logro pronunciar aún titubeando.
—Claro, dícteme su número y ahora mismo le envío toda la información.
Luego de brindarle mi número, espero unos minutos hasta que recibo su notificación. Veo los horarios disponibles. Elijo ir mañana por la tarde. Recibo un “OK” ante mi reserva.
Me tiro sobre mi cama observando el techo y susurro con la poca esperanza que me queda: que todo salga bien y no caiga en una estafa.
Sin darme cuenta me quedo dormido. Dentro del sueño no hay ángeles ni demonios. Solo un valle tranquilo. Respiro el fresco aroma de las flores, las cuales son adornadas por mariposas de diferentes colores, desde azules hasta amarillas, que denotan mi felicidad. Qué tranquilo.
Lamentablemente suena mi alarma sacándome de golpe de aquel sueño. Tiro la bendita alarma que no deja de sonar. Solo me causa frustración. Es como si la vida tratara de quitarme todo lo que me hace feliz o me hace sentir tranquilo.
Me levanto a regañadientes hasta mi armario, donde saco un pantalón holgado junto a un polo negro. Tan simple, melancólico o hasta pesado. Tal como es mi vida. Veo mi brazo de nuevo y cambio las vendas.
Desganado, me dirijo a la puerta. Tomo una bocanada de aire. Recupero fuerzas. Logro salir; por suerte el lugar no está tan lejos, así que decido ir caminando. Recorro el parque, algo cálido al ver a las familias reunidas… sus mascotas, los niños. Todo me hace eco en la cabeza hasta que llego a la puerta de vidrio del local de la psicóloga Selene. La recepcionista me recibe con una sonrisa.
—Buenas tardes, espere un momento, por favor. En unos minutos baja la especialista.
Asiento con la cabeza mientras tomo asiento en el frío despacho.
Saco mi celular, miro mis apuntes. Trato de decirme que todo está bien sin sonar desalentador. Una voz me saca de mis pensamientos. Es ella. La psicóloga está preocupada por mi situación.
—¿Eres el chico de la sesión de muestra de las anteriores semanas? Estás muy pálido. Parece como si fueras a desmayarte. —Me sujeta de los hombros.
—Eh… estoy bien, no se preocupe. —Mantengo mi distancia—. Quiero empezar con la sesión. Tengo muchas preguntas. —Evito responder.
Ella sonríe levemente, dejándome con más interrogantes. “¿Se burla de mí? ¿Ya no tengo salvación? ¿Qué demonios significa eso?”
Entramos a su consultorio y me echo sobre el pequeño sillón. Ella se sienta frente a mí. Saca su cuaderno de apuntes y un lápiz. En ese momento saco mi celular mostrándole mis preguntas. Toma el celular entre sus manos y pasa pregunta por pregunta.
—Sí que eres escéptico, pero ¿por qué estás aquí? ¿Quizás un problema grave que está arraigado a tu salud? —Veo cómo escribe en su cuaderno.
—Vi su video donde dijo que no creía en esto. ¿Por qué ahora es diferente? —Evito responder de nuevo.
—Porque quiero ayudar a personas escépticas como tú. Muchas veces están solos o se alejan de todos, solo por pensar que así estarán mejor. —Me da unas palmaditas en el hombro.
—¿Siempre da en el punto de dolor de sus pacientes en la primera sesión? —Me acerca un pañuelo.
—Es parte de mi trabajo, y creo que contigo hay mucho que mejorar. Me alegra mucho que hayas dado este paso. Reconocer que necesitas ayuda y no tienes por qué hacerlo solo.
No puedo más y rompo en llanto.
—No puedo llamar a mi hermano, ahora está pasando la mejor etapa de su vida. No voy a echarle esto encima. Mi mamá… supongo que aún me culpa por abrirle los ojos del engaño de papá, aunque ya pasaron varios años. —Uso el pañuelo para limpiar mis lágrimas y mocos.
—Está bien. No tienes por qué cargar aquí con eso. Tampoco te obligaré a usar la hipnosis si no lo deseas.
—Quiero intentarlo.
Ella sonríe como si fuera un alumno aprendiendo una nueva lección de su profesor, donde lo hizo bien. Me acomodo de nuevo en el sillón en una posición más cómoda. Selene empieza con los ejercicios de respiración: inhalar en cuatro tiempos, retener otros cuatro y soltarlo en seis. Me siento relajado luego de repetirlo tres veces. Me sumerjo en mi nuevo recorrido en otra vida. Quiero enfrentar todo. Ya no deseo escapar.
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