Volver al blogTallerista - Grupo online

El poder de la nada

¡Qué paja es ser nada! Cero preocupaciones, cero malestares, cero deseos, cero intenciones, cero acciones, cero consecuencias: cero todo, todo resuelto, eres nada. En ese momento, consideré preciso coger una piedra, la más robusta del centro del jardín al centro del parque y clavármela en la sien: sería nada de verdad.

Luis Fernando Pachacama
11 de mayo de 2026
11 min de lectura
Estaba, yo, Borai Sok, sentado en el borde del muro a la entrada del parque. Dicho parque estaba abierto, inusual para ese horario nocturno de casi media noche. Mi cara estaba recostada sobre mi mano izquierda, mi codo izquierdo flexionado y apoyado en mi muslo del mismo lado; cual la pose de la escultura del pensador. En efecto, tenía muchos elementos en los cuales reflexionar: había apostado el valor de mi casa por una “supuesta” ganancia de 3 millones de dólares en el póker; había perdido y no tenía de dónde pagar. Pero ello no era la peor, a mi padre le había informado que había sido diagnosticado de cáncer terminal por lo que moriría prontamente, y me había dado cuenta recién de que me habían robado mi pasaporte y mi billetera. Es decir, para el Perú, este camboyano, yo, no existía: no tenía pasaporte, no tenía identidad. ¿Qué significa ser un incógnito? ¿Qué significa ser nada? Por una parte, era bueno, ya que no tendría que pagar la apuesta: era la nada; sin embargo, era horrible porque dejaría de tener familia, desconocería mis orígenes: era la nada. Mientras me asaltaban esas interrogantes, decidí entrar en el parque para disiparme un momento. Caminaba en direcciones contrarias, iba a la derecha, luego a la izquierda; retrocedía, avanzaba; iba recto y luego en círculos. ¡Cuán cómodo es ser nada! Todo pasa y no perezco: no existo; mi cuerpo no pesa: no lo tengo: soy nada; mi estómago no cruje: no lo tengo; no orino: no tengo riñones; no tengo sed: no existo… Hermosura y deleite pleno, solamente me conformo con ser mero espectador de mi entorno: el hermoso jardín circundante, las violetas veleidosas con sus volubles presencias entre marchitas y rejuvenecidas, la calzada impregnada de huellas de diversas direcciones, el trinar de los grillos, las bancas con olor a barniz y en un estado que evidenciaba su desgaste por las inclemencias del clima que oscilaba entre veranos ardientes e inviernos gélidos. No me era preciso tener que afrontar alguna acción o enhebrar un hilo de acciones que conduzcan a la obtención de un objetivo; era la nada y solo nada podía hacer. Mi padre prontamente se me uniría en mi camino hacia la nada: su cuerpo finamente estructurado y acompasado se transformaría en vísceras inservibles y putrefactas cuyo destino indefectible era reducirse a polvo orgánico y unos huesos diminutos y corroídos. En efecto, todos tendemos a la nada: se denomina entropía, la segunda ley de la termodinámica. ¿Y cómo es posible nuestra existencia si somos seres complejos y ordenados en un mundo caótico y desordenado? Muy fácil de responder: los elementos complejos generan más desorden conforme más se complejizan, para muestra un botón. Yo, era un fiel ejemplo de ello: tenía un gran trabajo (era CEO de una empresa automotriz), mi casa estaba valorizada en 15 millones de dólares, vivía rodeado de lujos y excentricidades, podía comprarme lo que desease cuando lo quisiese y en el momento que ordenase, viajaba regularmente a lugares finísimos y exóticos, tenía amigos de mucho dinero e influencia; sin embargo, había apostado mi casa en un casino, mi padre (mi única familia ya que era hijo único, y tanto mi madre como el resto de mi familia habían fallecido a manos de los Jemeres Rojos) moriría por cáncer de colon avanzado porque nunca tuve la precaución de ponerle un seguro de salud o llevarle a un chequeo médico preventivo. ¿Quizás yo también tendría un cáncer dentro de mí y no lo sabía? Me enteraré cuando defeque con dificultad y con rasgos de sangre, eso es lo que recuerdo de la última vez que visité a un facultativo, hace más de 10 años. ¡Qué paja es ser nada! Cero preocupaciones, cero malestares, cero deseos, cero intenciones, cero acciones, cero consecuencias: cero todo, todo resuelto, eres nada. En ese momento, consideré preciso coger una piedra, la más robusta del centro del jardín al centro del parque y clavármela en la sien: sería nada de verdad. ¡Piiii! ¡Piii! La piedra se me cayó al suelo, me impactó en mi dedo meñique derecho. ¡Auch! Una camioneta de lujosa marca se aparcó a mi enfrente y con sus luces me encegueció, me sentí sumamente turbado. De él descendieron tres hombres, dos vestidos con saco oscuro, corbata negra, camisa blanca y zapatos negros; eran fornidos y llevaban audífonos tipo escolta en el oído derecho: eran los guaruras. El tercero era magro, lentes de sol lujosos, cara juvenil, pelo rubio, facciones caucásicas, ropa formal elegante de color guinda con naranja, zapatos color negro. Seguía en mi estado de turbamiento, los dos guardias me sostuvieron de los brazos y me golpearon las piernas; el tercero se me acercó al oído y me dijo: - Soy Joseph, papá, ya nos vamos. Descuida, yo pagaré tu deuda, irás a un centro de rehabilitación y te colocarán unas medicinas. Me dijeron que estarías medio confuso, así que opté por venir con Gabriel y Francisco, solo te golpearon para que no vuelvas a huir. Yo siempre estaré a tu lado y te apoyaré, aunque no lo comprendas. Eres mi padre. - Ah, y para que te quede claro que mi abuelo está bien, se confundieron en darles sus resultados. Me subieron a la parte trasera de la camioneta, Joseph se dispuso a conducir. En ese momento, entendí que “el poder de la nada” se había esfumado nuevamente.

¿Te gustó este artículo?

Compártelo con otros escritores que puedan encontrarlo útil