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Canción

Estaba frente al espejo escogiendo la camisa que iba a llevar puesta, se ponía varias encima, mientras veía con atención al pantalón y los zapatos. No entendía ese ritual. El solo usaba la ropa que estaba limpia.

Rafael Rojas
27 de mayo de 2026
9 min de lectura
—¿Qué hora es? —preguntó ella. —Diez para las siete —respondió él. —Mejor toma la autopista. —Tenemos tiempo. —Hazme caso. —Todo va a salir bien. —Pon música, eso me relaja. Encendió la radio y buscó la estación de rock clásico que a ambos le gustaban. Ella repasaba junto a él las cosas que dirían. Él se había memorizado el libreto de principio a fin. Ella temía que sus padres, sobre todo su madre, pueda detectar alguna imperfección. El aún dudaba si lo que estaban a punto de hacer era lo correcto o, más bien, lo que él realmente quería hacer. Los últimos días trató de no hablar del tema y se sumergió tanto en el trabajo que cuando llegaba a casa, ella ya estaba en la cama durmiendo. Su terapeuta le había dicho que no era bueno evitar la confrontación, que discutir con la pareja era saludable, pero para él las imágenes de sus padres gritándose, lo llevaban a esconderse debajo de la cama, abrazar a su osito de peluche y cerrar los ojos. Ella seguía hablando y él no sabía cómo pedirle que se calle, que no lo abrumara más. Bajó la ventana del auto para sentir el aire de la calle, estaba harto del aire acondicionado del auto, quería sentir algo real, algo verdadero. Ella dio un grito y le exigió que la cerrase. Él quiso detener el auto, bajarse, caminar y no volver. Fue entonces que empezó a sonar la canción. Los arpegios lo llevaron a ese primer beso, al momento donde empezó todo. No tenía muchas ganas de ir a esa fiesta, fue a insistencia de su amigo que estaba muy interesado en una nueva chica del colegio y esa fiesta era la perfecta excusa para poder conquistarla. Al llegar lo hizo pasar a su cuarto porque no estaba listo. Le sorprendió lo grande que era. Había una cama doble, un escritorio, un mueble con un equipo de sonido, televisor, reproductor de video y un sillón. Era el cuarto más grande que había visto. Estaba frente al espejo escogiendo la camisa que iba a llevar puesta, se ponía varias encima, mientras veía con atención al pantalón y los zapatos. No entendía ese ritual. El solo usaba la ropa que estaba limpia. Tiempo después en una clase de biología, entendió que ese comportamiento no es extraño, es algo propio de la naturaleza. En el reino animal, los machos tratan de llamar la atención de la hembra, básicamente por un fin reproductivo. Un modo de supervivencia para mantener viva a la especie. El pavo real eleva sus coloridas plumas, los pájaros construyen los nidos más llamativos, los lobos, perros y leones se pelean entre ellos y la hembra se queda con el vencedor. Es una opción estrictamente ligada a la selección natural, el más fuerte es el que se reproduce. Cuando pensó que ya estaba listo, lo vio abrir un armario y quedarse estático. Se acercó por curiosidad y vio en él varias botellas de perfumes. El las abría y las olía. «Esta no, ya la usé la semana pasada, muy a madera, algo más ligero». Señalaba con el índice cada una de ellas, como escaneando la adecuada. Para él todo eso era un espectáculo. La atención a que ropa ponerse o arreglarse en general lo había visto antes en sus hermanas, pero jamás en un chico de su edad. Le preguntó si quería usar alguna de ellas. Respondió que sí, escogió la botella que más me llamó la atención, una azul oscura con el logo y las letras de color gris. «Buena elección, veo que te gustan los cítricos» dijo. Estaba por rociárselo cuando lo detuvo inmediatamente. «No, así no». Le pidió que abriera las palmas de la mano y le roció un poco en cada mano. «Frota ambas manos lo y pásatelo por las mejillas y el cuello, nunca lo hagas directo sobre la ropa». El camino fue un monólogo de cómo iba a hacer su movida con la chica nueva. Él lo escuchaba, asentía o se reía. Antes de llegar le preguntó si alguien le gustaba a lo que respondió que nadie. «¿Cómo que nadie?» preguntó asombrado. «No sé, no me gusta nadie» respondió. «¿Ni siquiera para un agarre?» preguntó. Se quedó pensativo. Jamás había pensado besar a una chica simplemente por besarla, antes de hacerlo se imaginaba una vida al lado de ella. Cuando escucharon la música a lo lejos supieron que estaban cerca de la casa donde seria la fiesta. Antes de entrar le dijo: «No te preocupes, compare, eso se soluciona esta noche». Al entrar se fue directamente al baño. Nunca se había sentido muy cómodo en las fiestas. El volumen de la música, la mezcla de alcohol, perfume, sudor y la cercanía de la gente, hacía que se encienda su alarma claustrofóbica. Al salir su amigo lo llamó a lo lejos y le hizo señas con la mano para que se acercara. Después de saludar a todos, se recostó sobre la pared e intentó seguir la conversación. No escuchaba nada, la música estaba muy alta. Notó que la chica que estaba a su lado lo miraba. En un momento se inclinó sobre él y le dijo: «¡Que rico hueles!». Se quedó inmóvil sin saber que decir. Solo atinó a un nervioso «gracias, tú también». Ella empezó a hablar de algo y él se olvidó de lo que pasaba alrededor. Ella estudiaba en el otro salón, sin el uniforme de colegio no la había reconocido. Al cabo de un rato, su amigo se le acercó «Sácala a bailar, la siguiente canción será un lento» dijo y le guiñó un ojo. La canción que bailaron fue Hotel California de The Eagles. El conocía muy bien la canción, la había escuchado miles de veces, pero nunca antes lo había bailado con una chica. Ella recostó la cabeza sobre su hombro. Él le cantó la canción al oído, casi susurrándosela. Ella se sorprendió que se supiera la letra de memoria. Cuando llegó el solo de guitarra, ella le pidió que le explicase de que trataba la canción. Ahí tuvo que improvisar porque hasta hoy, incluso los eruditos en The Eagles, no saben de qué exactamente se trata esa canción. Los que la escribieron jamás lo revelaron. Ella lo escuchaba con atención y antes de que la canción terminase tomó su mano y le dijo «Vamos a otro lado». No sabía exactamente a donde iban. Caminaron entre chicos y chicas que bailaban, muchos de ellos amigos en común, pero en ese momento para él eran rostros borrosos. Después de entrar a una habitación oscura, que parecía ser un estudio, lo miró a los ojos, puso sus brazos alrededor de su cuello y le dio aquel beso que nunca pudo olvidar. Después de esos cinco minutos donde casi se arrancaron las lenguas, ella lo apartó y le dijo: «ya, basta, como juego estuvo bien». Se arregló el cabello y salieron juntos del estudio. Para su sorpresa, afuera los esperaban sus amigos. Todos gritaron apenas los vieron, como cuando un equipo de fútbol anota un gol. Vio como ella se alejó casi al instante, él quiso que se quedara, quería estar con ella toda la noche. Aún sentía el sabor de su boca, cuando escuchó a su amigo preguntarle: «Vamos, cuenta, ¿qué tal?, me debes una, al comienzo estaba media dudosa, pero la convencí, es que no te conocía, pero ni siquiera esperó a que terminase la canción, le debes haber metido un buen floro». —¡Esta es la salida! —gritó ella. —Mierda —dijo él mientras frenaba. —¿En qué carajos estabas pensando?

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