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Las hallacas
Me gustaba mucho tomarme fotos, pero ese día estaba distraída para la sesión de fotos que mamá nos hacía en ocasiones especiales con su cámara Canon Prima FB 800. Nos pusimos frente a ella y, mientras yo intentaba sonreír más que el Guasón, mi hermana estaba tan seria y pensativa como si estuviera resolviendo una ecuación matemática.
Thalía Correa
10 de marzo de 2026
4 min de lectura
Teníamos seis y cuatro años. Llevábamos puestos hermosos vestidos blancos, medias con adornos y zapatos negros. Yo llevaba una cola y ella el cabello suelto. Era Navidad y la primera vez que la celebrábamos fuera de casa. Era una fiesta como cualquiera, pero con muchas hallacas, pan de jamón, ensalada de gallina y Coca-Cola.
Nunca había visto tantas hallacas juntas; no podía ni contarlas. Desde que las vi, no quería separarme de la cocina. No me importaba jugar con otros niños ni bailar merengue, yo quería comer.
Me gustaba mucho tomarme fotos, pero ese día estaba distraída para la sesión de fotos que mamá nos hacía en ocasiones especiales con su cámara Canon Prima FB 800. Nos pusimos frente a ella y, mientras yo intentaba sonreír más que el Guasón, mi hermana estaba tan seria y pensativa como si estuviera resolviendo una ecuación matemática.
Yo solo quería terminar con las fotos, así que empecé a presionarla.
—Cami, tienes que sonreír, si no, no vamos a comer nunca.
—Pero ¿cómo hago?
—Solo tienes que estirar la boca de lado a lado, solo un poco. ¡Apúrate para ir a comer!
—Se me hace difícil y no entiendo ¿Por qué mamá nos toma tantas fotos y por qué tenemos que sonreír?
—Sencillo, Cami, con las fotos creamos recuerdos, y tienes que sonreír para que la gente piense que somos felices.
—¿Y lo somos, Dani?
Me encogí de hombros, la abracé y le dije:
—Mientras queden hallacas, sí.
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