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La madre en el muelle

Decenas de soldados rodeaban la estatua. Había gente invadiendo todo el muelle. Demasiada. Los soldados formaban un cerco. La multitud se apretaba cada vez más. Forcejeaban, se empujaban. Los rostros se desfiguraban bajo la luz tambaleante de las antorchas. Puños en alto, gritos a viva voz.

Analena Castañeda
23 de abril de 2026
22 min de lectura
La estatua cayó muchos años después de que llegáramos. Para entonces yo había comprendido que nada dura para siempre. A nosotros la felicidad se nos había escabullido muchas veces. Aun así, no podía dejar de pensar en la primera vez que la vi desde la cubierta del barco. Era una gran mujer de cien metros de alto, con un niño dormido en su brazo izquierdo y una lámpara levantada en la otra mano. Tenía los ojos vendados, como si no le importara de donde veníamos, ella nos acogería como una madre. En ese instante se disiparon todos mis miedos. Dejé de preguntarme si mi padre nos había mentido. Si la estrella realmente llevaba a algún lugar. A esa ciudad sorprendente donde nadie se acostaba sin comer. Corrí a los camarotes a buscar a mi madre y a mi hermana. Las encontré durmiendo, la tos de mi madre había empeorado en los últimos días y la pequeña Carmela no se separaba de su regazo. Diez semanas duró el viaje. Vimos nuestra tierra hacerse pequeña hasta desaparecer y luego mar, el infinito mar. Cada noche salía a cubierta para asegurarme de que la estrella siguiera ahí, en lo alto, guiándonos. Por fin, un día de abril, el barco llegó a su destino. Salimos a cubierta y respiramos aliviados; inhalé profundamente; quería descubrir cada aroma de esta nueva tierra. Observamos el cielo pintarse de colores cálidos dominados por el dorado intenso mientras una capa de oscuridad salpicada por estrellas diminutas lo iban cubriendo. Levanté la cabeza para buscar una certeza. Allí estaba, mi estrella, brillaba sobre la estatua como el diamante de una corona, asegurándonos que habíamos llegado al lugar correcto. Teníamos el corazón lleno de esperanza. Desembarcamos con las pocas pertenencias que teníamos: una bolsa de lona, una maleta vieja y un pequeño relicario de plata con la fotografía de mi padre. El muelle bullía con centenares de personas que lloraban y gritaban en lenguas que no conocía. Nos empujaban por todos lados. Gente de todas las edades y razas, arrastrando maletas y bultos; empujando, atropellando. Todo se movía con prisa, impaciencia. Nosotros no sabíamos hacia donde ir, ni con quien hablar, por donde empezar. Busqué la estatua con la miraba, suplicando un consejo, cómo si ella supiera qué hacer con nosotros. Mi madre intentaba mantenerse en pie, le temblaban las piernas que no había usado en más de un mes. La pequeña Carmela se aferraba a mi camisa, tan mareada en tierra firme cómo lo había estado en el mar. Yo solo tenía una cosa: un sobre arrugado entre mis manos, el último que recibimos de papá hacía más de un año. Mi única pista. De pronto, entre la multitud, escuché a dos hombres hablar en nuestro idioma. Sin pensarlo mucho, me acerqué a ellos inmediatamente, les tendí el sobre y les pregunté si conocían la dirección. Me miraron con desconfianza. Olían a pescado, sal y sudor, la piel cuarteada por el sol y los cabellos sucios. —No puedo ayudarte —dijo uno, con voz rasposa—. No sé leer. Quedé inmóvil y algo avergonzado. Temeroso de que mi solicitud los haya insultado o humillado de alguna manera, estuve a punto de retirarme, pero el otro hombre me detuvo. —Si lo lees tú en voz alta tal vez podamos ayudarte —me dijo con una voz amable. —Callejón de los astilleros, 5. Barrio de la Ribera. —La voz me tembló ligeramente, por un segundo sentí que leía palabras inventadas de un lugar que no existía. Me giré a ver a mi madre y a Carmela que me esperaban con una mirada expectante. La noche terminó de caer sobre el muelle, mi estrella brillaba más que nunca y lo único que queríamos era encontrar a papá. —Eso es en la posada de la tía Prudencia. Si sigues por este camino la encontrarás detrás de la capilla que está justo frente al pozo. No te perderás si sigues recto —El hombre mayor sonrío ligeramente. Pude notar que le faltaban dos dientes. Les agradecí con una leve inclinación de cabeza y tomé a mi madre del brazo mientras Carlota volvía a aferrarse a mi camisa. Avanzamos por el camino que nos habían indicado, dejando atrás el bullicio del muelle. Nos adentramos a la ciudad. La calle principal estaba iluminada por farolas con luces tan tenues que apenas podíamos distinguir el camino. Algunos locales permanecían a oscuras mientras otros se encontraban llenos de luz, gente y bullicio; de ellos salían aromas a humo, comida hervida y especias. Nosotros no habíamos tenido una buena comida en muchos días, pero yo no pensaba en comer, me preocupaba mamá porque no dejaba de toser. Carmela apretó la manga de mi camisa mientras presionaba su estómago como intentando acallar los rugidos de hambre. —No te preocupes —le dije tomándola de la mano —Cuando encontremos a papá comeremos hasta saciarnos. Recuerda lo que decía en la carta: “en esta ciudad nadie se acuesta sin comer”. —Los ojos de Carmela brillaron, enderezó la espalda y afirmó los pasos. Ella confiaba en mí. Al terminar esa gran calle empedrada, la capilla apareció de pronto, pequeña y oscura. La puerta estaba cerrada y una gran cruz parecía tambalearse en su única torre. Nos dirigimos al callejón que estaba detrás. La calle se estrechó considerablemente, hasta el punto de sentirnos asfixiados. Las casas parecían tocarse entre sí, las luces en su interior eran lo único que iluminaba el camino. Busqué con impaciencia, recorrí con la mirada puerta por puerta hasta encontrarlo, apenas visible junto a una puerta de madera gastada con una aldaba de león. —Número cinco. Aquí debe ser —murmuré. Golpeé la puerta tres veces con la aldaba, pero no obtuve respuesta. Insistí. Esta vez con los nudillos. Mi mano temblaba, podía escuchar mi corazón latir más fuerte que los golpes en la puerta. Una mujer mayor abrió a penas y asomó la cabeza con rostro de pocos amigos. Tenía una incipiente calva y era tuerta del ojo izquierdo. Desde el interior se filtró una luz intensa, bulla de risas y discusiones en diferentes idiomas y un fuerte aroma como a estofado. Nos observó con su ojo bueno y pronunció unas palabras en un idioma que no entendimos. Le mostré el sobre y pronuncié el nombre de mi padre. Guardó silencio por unos segundos que parecieron eternos. Nos dejó entrar. El chirrido de la puerta atrajo todas las miradas a nosotros. Había menos gente de la que parecía desde afuera. Mi madre y Carmela tomaron lugar en una mesa. La mujer me hizo señas para que la siguiera a la cocina. El olor a comida hizo rugir mi estómago. Intenté contenerme. La mujer habló en mi idioma, sin mirarme directamente, palabras cortas y mal pronunciadas. Dijo que mi padre había pasado por allí. Que trabajaba en el puerto. Que eso había sido hacía más de un año. Después mencionó el invierno, una enfermedad y… dejé de escuchar. No tuvo que decir nada más. No era necesario. Me giré sobre mis talones con la intención de buscar a mamá y a Carmela. Para mi sorpresa, mi madre se encontraba de pie detrás de mí, erguida, conteniendo la tos. Dio un par de pasos y se puso delante. Habló lento, pero con firmeza. Dijo que nos quedaríamos. Que ella podía trabajar y que Carmela ayudaría. Nunca habló de irnos. No mencionó a mi padre. La tía Prudencia nos dio de cenar estofado y nos alquiló un pequeño cuarto detrás del almacén. Tres semanas después, mamá murió. No sé por qué no logro recordar el momento exacto. Habían sido días difíciles. No entendíamos el idioma, los aromas y los sabores eran ajenos. La tía prudencia nos decía que nos acostumbraríamos pronto, porque el cuerpo se acostumbra a todo en tiempos de necesidad. Esa noche, estábamos los tres recostados en el colchón de la habitación de madera sin ventanas. Olía a redes húmedas y la única ventilación provenía de la puerta entreabierta. Con la vista clavada en el techo, observé por una rendija la estrella que nos había traído hasta aquí y pensé en mi padre. En la última noche que lo vi sobre el tejado de nuestra casa, observando el cielo. Observé su fotografía en el viejo relicario y lo escuché hablar de la estrella, aquella que guía a los navegantes y de la estatua que promete libertad. Entonces la tos de mamá se fue apagando. Hasta desaparecer. Carmela dormía. No la desperté. Tomé la mano de mi madre, aún tibia, y me quedé mirando el techo hasta que amaneció. *** Los años pasaron. La ciudad, a pesar de todo, nos dio lo suficiente para quedarnos. La vimos crecer velozmente y nosotros crecíamos con ella. Dejamos el cuartucho en la pensión de la tía Prudencia y alquilamos un pequeño departamento, no muy lejos del muelle. Carmela dejó de aferrarse a mi camisa y empezó a caminar a mi lado. Cada día más fuerte, bella y segura. Trabajaba con la tía Prudencia en la cocina por las noches y por las mañanas estudiaba para ser maestra de primaria. Algunas tardes dictaba clases particulares a niños del centro. Aprendió rápido el idioma y se adaptó al estilo y las costumbres de la ciudad que nos había acogido. Yo trabajaba en el muelle, desde el amanecer hasta que el sol caía. Había logrado ascender a un puesto de oficina en el puerto, en el área de desembarque de pasajeros. Durante años vi gente llegar a la ciudad, cómo lo hicimos nosotros hace ya varios años: con nada más que una maleta vieja y la esperanza a cuestas. Vi la estatua recibirlos, como a sus propios hijos. Me preguntaba si también los había guiado una estrella. Pero con el transcurrir de los años algo cambió, un aire extraño recorría cada rincón del muelle. Al principio imperceptible, pero que con el tiempo se volvió más y más evidente. Empezó con algo tan sencillo como que el color del pasaporte cambió; luego se solicitó que los documentos tuvieran un sello adicional de la nueva oficina de control y permanencia. Después se redujo el tiempo de vigencia de los permisos y se endurecieron los trámites para su renovación. Cada año se agregaba un requisito más, una nueva regla. Algunas personas eran devueltas al barco por el más mínimo error. La primera vez que devolvieron a alguien nadie dijo nada, cruzamos miradas incrédulas en completo silencio, mientras el agente de migración increpaba al pobre hombre que intentó explicarse aún sin entender el idioma. No entendí lo que decía, pero reconocí el tono de súplica en su voz. El agente se limitó a negar y solicitó apoyo a un par de soldados que custodiaban el muelle. Separaron al hombre del resto de la fila. Venía con una mujer con un niño pequeño aferrado a su cuello. Sus papeles sí estaban correctos, aun así, caminó con resignación detrás del hombre. Subieron de regreso al barco. En el muelle empezaron los murmullos. Yo me limitaba a escuchar en silencio. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, pero todos entendían que algo ya no era igual. En la pensión de la Tía Prudencia se formaban grupos de personas que contaban los casos que habían visto o vivido. Intenté mantenerme al margen, hacer caso omiso, pero Carmela no. Ella permanecía atenta y sorprendida, con los ojos muy abiertos como si estuviera asustada. Luego en casa, a solas, me repetía cada historia con un claro tono de indignación. De pronto se detenía a mitad de una frase, como si dudara de cómo decirla. Una tarde me contó que en el centro la escuchaban hablar y sonreían antes de responderle. Desde entonces, empezó a corregirse sola o simplemente, quedarse callada. —No es justo —decía—. Ellos también vinieron como nosotros, buscando una nueva vida, un refugio. Yo la escuchaba en silencio mientras observaba el viejo relicario con las fotografías de mis padres, lo presionaba contra el pecho con tristeza y empezaba a entender que la ciudad no era para todos. Aún así, la madre en el muelle nos seguía esperando con los ojos vendados. En el transcurso de un par de meses el personal de seguridad del muelle había sido reemplazado por soldados y su número se duplicó. Algunos inclusive reemplazaron a personal civil administrativo. Concentré todos mis esfuerzos en no ser contagiado por el nerviosismo colectivo, pero la sensación de que éramos vigilados se había apoderado de todos. Carmela llegaba a casa con artículos y noticias sobre guerras, gente buscando un nuevo hogar, familias separadas. No quería escucharla. No quería aceptar que esta ciudad ya no podría ser el hogar de nadie. La primera noche de invierno de ese año algo sucedió en el muelle. Pareciera que los murmullos ya no eran suficientes. De súbito un ruido desconocido interrumpió nuestra cena. Gritos. Pasos apresurados. Salí a la calle. Un espasmo me presionó el pecho, como si me ahogara. La gente corría en una sola dirección: el muelle. Sentí a Carmela asomarse a la puerta detrás de mí y luego salir en pos de la multitud. Corrí a detenerla, pero la estampida me cerró el paso. Lo que vi al llegar al muelle me dejó inmóvil. Decenas de soldados rodeaban la estatua. Había gente invadiendo todo el muelle. Demasiada. Los soldados formaban un cerco. La multitud se apretaba cada vez más. Forcejeaban, se empujaban. Los rostros se desfiguraban bajo la luz tambaleante de las antorchas. Puños en alto, gritos a viva voz. Intenté abrirme paso. Hombro con hombro empecé a empujar, golpear, gritar su nombre —¡Carmela! ¡Carmela! La angustia no me permitió darme cuenta de lo que sucedía en la bahía. Algo cayó al agua con gran fuerza desbordándola, empapando a la multitud. Alcé la vista. El brazo de la estatua que sostenía al bebé... ya no estaba. El resto no tardó en ceder. Un crujido ensordecedor invadió el aire. La estatua se quebró cómo piedra hueca. La multitud retrocedió. Algunos corrieron lejos del muelle. Contuve la respiración. Me quedé inmóvil por dos segundos. Unos metros mas adelante, la figura de Carmela apareció con el vestido oscuro, pegado al cuerpo, pesado por el agua. No hablamos. La tomé del brazo, esta vez no se soltó. Caminamos en silencio. Toqué instintivamente mi cuello, mi viejo relicario no estaba. Esa noche entendimos que ya no había lugar para nosotros allí. Al día siguiente nos fuimos. Nos despedimos de las pocas personas que apreciábamos. Nadie nos detuvo. Desde la cubierta del barco observé la ciudad hacerse pequeña. Todavía quedaba algo de claridad diurna, pero casi no se distinguían los colores, el mundo aparecía en tonos de gris y negro. Levanté la vista. Busqué en el cielo. No era la misma estrella. Pero brillaba igual.

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