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Fecha 1: El "asombroso" llamado

A pesar de las circunstancias completamente adversas, el expremier, con aires de quien continúa detentando alguna alta encargatura, atravesaba el corredor con la cabeza erguida, los ojos entrecerrados, cejas levantadas, una sonrisa cortés, sutil y, por ciertos momentos, pícara o lobuna

Luis Fernando Pachacama
06 de mayo de 2026
18 min de lectura
Escribo en mi diario, el día en que mi vida tomó una transformación radical. Era 19 de enero de 1981, cuando mi cohabitante y amigo Roger Fulker me samaquea para despertarme. Realmente, me incomodaba cuando hacía eso, pero esa era la única manera de romper mi inercia para que acudiese a trabajar. Apenas entreabrí mi ojo derecho cuando llegué a ver los números rojos de la radio despertadora de General Electric: las ocho y cuarenta. ¡No puede ser! La entrada al trabajo era a las nueve. Me levanté raudamente, me puse mi camisa azul verdosa, toda arrugada; mis pantalones drill marrones; mi correa de tela, desgastada y corroída por las polillas; mis medias largas, marrones, y mis infaltables, mis Ray ban de lunas transparentes y marco marrón. Al salir del cuarto, me dirigí al comedor; mi amigo ya se encontraba en la cocina preparando unos huevos fritos con jamón y queso derretido, mi desayuno favorito; en la mesa, circular pequeña y con 4 sillas alrededor, se encontraba una botella de yogurt griego, sabor natural, y una caja de cereales Korn Glays, contenía avena, salvado de trigo y granola. Procedí a buscar en la cocina, en una de las alacenas, en la parte superior y más próxima al extremo derecho, un recipiente en donde servirme mi yorgurt con cereales. Casi al instante, mi amigo se aproximó a la mesa y me sirvió lo que había cocinado. Literalmente, me tragué todo en menos de cinco minutos. Mi reloj digital de pulsera, en mi mano izquierda, marcaba incesantemente: 8 y 55. Felizmente, mi local de trabajo se encontraba, literalmente, al frente de mi apartamento; la ventana de mi cuarto daba para la entrada al diario. Eran las nueve para cuando estuve parado, frente al pórtico de ingreso, una puerta de madera color marrón, de una altura de dos metros, enmarcada con dos columnas blancas a los lados y un ventanal en su superior, con letras de vidrio que reflejaban la frase: To Know, el nombre del periódico. Ni siquiera abrí mi boca cuando Marrtin Ohrl, mi “sacrosanto” jefe me llamó gritando: ¡Joseph, inmediatamente, comienza a redactar la noticia de la hora! ¡Apúrate, ya! Un acontecimiento sin precedentes está pasando, prende la televisión. Apenas la prendí cuando, casi me desmayo, al presenciar… El expremier Thomas Ulkheim Neil del vencido país Balhein, estaba esposado y siendo trasladado por la policía a las instalaciones del palacio de Justicia de Colkkein, en el centro de la ciudad, a unos 15 km de mi ubicación. Su ingreso a la dependencia parecía el del recibimiento de una celebridad al evento de una gala como los Óscar, plagado de periodistas, cientos de fanáticos y de harto bullicio. Personas de diverso género y con posiciones encontradas, se encontraban aglomeradas, flanqueando los extremos derecho e izquierdo del improvisado corredor, preparado por las fuerzas policiales quienes evitaban la posibilidad de colarse de alguno de los presentes. El señor Thomas Ulkheim pasaba con una pasividad digna de la reptación de un caracol, estiraba su mano para saludar a los simpatizantes que se encontraban a la mano derecha. Dichas personas exclamaban frases como Thomas, el mejor de Balhein; Thomas, presidente; Thomas, libertad; Balhein, dignidad; Balhein, se respeta, Thomas, libertad; por el pueblo de Balhein, Thomas libertad; entre otras. Mientras que a su mano izquierda, se hallaban los detractores: Thomas, asesino; Thomas, corrupto; Thomas, cárcel por los deudos de Ájuar; Thomas, devuelve los 18 mil millones de dólares que robaste del erario público de Balhein; Por la libertad de Balhein, Thomas nunca más; Por los desaparecidos en la dictadura, cárcel para Thomas; Pena de muerte para Thomas. Se percibía un clima de crispación cuya tensión escalaba a un ritmo peligroso; en cualquier momento, una reyerta multitudinaria podría estallar. Sin embargo, ello parecía que le resultaba indiferente al señor Ulkheim. Con una cara de satisfacción y gozo, miraba mientras vitoreaba y agradecía a sus fanáticos de la derecha. Era una cara negra sacalagua de forma rectangular, de frente amplia con entradas profundas, adornada con unas cejas rectas medianamente pobladas de color negro; sus ojos eran almendrados, negro penetrante de impacto mortal, con un centelleo hipnotizador; nariz roma de tamaño armónico con las medidas del rostro, de textura lisa; de pómulos medianamente carnosos y altos; su arco de cupido era no tan esbelto aunque armónico con las dimensiones del rostro y con una depresión marcada; sus labios eran pálidos, finos, perfilados y secos dispuestos a devorar con dardos fonémicos mortíferos en cuanto pronunciados; de barbilla puntiaguda que apuntalaba su acostumbrada postura altiva y orgullosa; su cabello era lacio de color negro carbón con unas manchas blancas las zonas circundantes a la sien, peinado hacia atrás. A pesar de las circunstancias completamente adversas, el expremier, con aires de quien continúa detentando alguna alta encargatura, atravesaba el corredor con la cabeza erguida, los ojos entrecerrados, cejas levantadas, una sonrisa cortés, sutil y, por ciertos momentos, pícara o lobuna (dependiendo la dirección de su mirada y el enfoque de la cámara), hombros tirados hacia atrás y relajados, pecho erguido, espalda recta como una flecha, braceo lento y con saludos acompasados que reflejaban una presencia majestuosa, deslumbrante e intimidante. Tanto así que los mismos policías que lo escoltaban, guardaban distancia prudente de él con una actitud temerosa y servil, ubicándose remotamente detrás. El exaltado mandatario de la república “democrática” de Balhein vestía sus mejores telares: un blazer Colloni Mantini, último modelo, de lino color gris, entallado, modelo cruzado, con acentuación en los hombros y solapas anchas, botones de nácar, de mediano tamaño, color beige claro, en su bolsillo izquierdo portaba un pañuelo azul marino con diseño de puntos de color blanco doblado en dos puntas; camisa modelo Vynchi, de seda de color azul marino, con botones blancos, con cuello de estilo inglés, de color blanco, con botones azul marino en dicho cuello flanqueando la corbata lechosa, estrecha, con diseño de puntitos azules marino dispersos; unos gemelos cuadrangulares de diamante blanco en el centro, con bordado de oro; pantalones de pinza y de talle alto, de algodón, color beige, con cinturón de cuero delgado color blanco; zapatos, modelo Oxford, de color marrón, de cuero brillante, bordado blanco y con diseño wingtip. Estaba tan absorto, era como ver un lumbreras televisado. Ni me había percatado que había botado al piso mi taza de café que estaba sobre mi minúsculo “escritorio” -en realidad, era una mesa de 50x30 donde tenía mi máquina de escribir en el centro, encima mis apuntes, mi taza de café al extremo derecho, mis lapiceros y mis resaltadores al lado izquierdo junto con mi walkman. Otro llamado de mi “sacrosanto” jefe: - Oye Joseph, ¡Tú eres bruto o qué! ¡¿Sabes cuánto me cuesta mandar a limpiar este piso alfombrado para que lo ensucies con tu café barato?! Gracias a Dios que la tasa era de plástico. - En fin, ¿cómo va el reporte? ¿Qué te han dateado? ¿Cuál es el motivo de su detención? ¿Dónde lo detuvieron? ¿Quiénes más están implicados? ¿Cuál es la fuente?… Y este imberbe seguía con sus preguntas para las cuales, yo no tenía ni la más mínima respuesta, ni las había buscado. Sabía que con mis contactos, seguramente ya me llamarían. Este se creía de mucho, porque como su papá era accionista del periódico lo habían colocado de jefe con solo un año de experiencia. Cuando él estaba gateando, yo ya había ido y venido de Roma 50 veces, novato estup***. Es que, de verdad, indigna. No había confundido, justo en ese momento; el teléfono a mi enfrente hace tilín tilín. Mi jefecito inmediatamente corre a responder, hablar por unos escasos segundos y me dice, es para ti. Lo chotearon por entrometido. Una voz en el auricular, toda temblorosa me indicó: - Corremos grave riesgo, reabrirán el expediente 312. Me quedé helado, no atiné a decir palabra, pero en estas circunstancias no era preciso desmayarme. Levantaría muchas sospechas. Respondí. - Pero si ello ya fue archivado hace 3 años, ¿por qué lo reaperturarían? - Están moviendo los hilos desde dentro, Tulkun está detenido y necesita escapar. Ese expediente es su boleto de retorno. Yo respondí: - ¿Eso quiere decir que… Y la voz me interrumpió. - Eso quiere decir que apenas salga moverán sus hilos para que nosotros perdamos todo, inclusive la vida. Debo colgar, cuando llegues, porque sé que tu novato jefe te enviará, me buscas urgentemente. Hay unos papeles que debo mostrarte. Ese llamado nuevamente había vuelto a cambiar mi destino.

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