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El cuaderno rosa
Esa noche no pudo dormir, lloró amargamente. Buscó entre todos sus papeles, y encontró sus borradores. Podría volver a escribirlo, pero tan deprimida estaba, que ya no le importó, y lo dejó allí. Pero algo le dijo que los pusiera en su bolso, en su mochila.
Pamela Rodríguez
24 de marzo de 2026
9 min de lectura
Martina tenía dieciséis años y cursaba el quinto año de secundaria en el colegio Nuestra Señora de La Merced.
Era tan tímida, que no hablaba mucho, pero había algo que le encantaba: escribir. Al terminar el colegio era su mayor anhelo postular a la carrera de literatura en la universidad San Marcos.
No era de las alumnas que levantaban la mano con rapidez ni de las que hablaban sin pensar. Su silencio no estaba vacío: era como un mar tranquilo que escondía historias en el fondo.
Cada tarde, al llegar a casa, abría su cuaderno rosa. Las hojas crujían suavemente, como si despertaran de un sueño. Allí escribía lo que no se atrevía a decir: miedos, preguntas y relatos donde los personajes aprendían a ser valientes. Para Martina, ese cuaderno era un refugio, una pequeña isla donde nadie podía juzgarla.
Una mañana, Lucía Alvarado, la recta pero justa profesora de literatura anunció con entusiasmo:
—Chicos, este mes participaremos en un concurso de cuentos. El ganador representará a la escuela en la feria literaria del distrito.
El aula se llenó de murmullos. Martina sintió que su corazón latía como un tambor apresurado. ¿Y si uno de mis cuentos pudiera servir?, pensó, pero el miedo le cerró la boca como una puerta con llave.
Durante el recreo, dejó su cuaderno sobre una banca del patio. El sol caía sobre la tapa rosa, haciéndola brillar como un pedazo de cielo. Al regresar, el cuaderno ya no estaba.
—¿Has visto un cuaderno rosa? —preguntó Martina con voz temblorosa a sus amigas Wendy y Patricia.
—No —respondieron ellas preocupadas—. ¿Lo perdiste? Te ayudamos a buscarlo.
—¿Ustedes vieron mi cuaderno? —Siguió preguntando a sus otros compañeros.
—No, no lo hemos visto. Seguro lo pendiste. ¿Por qué no te fijas dónde dejas tus cosas?
Varios de sus amigos la ayudaron a buscarla, incluyendo Wesly.
Esa tarde, la tristeza no solo caminó a su lado hasta casa, sino que la inundó y le dio desesperanza.
No se atrevía a contarle a sus papás, porque pensaba que encima, le iban a no solo gritar o llamar la atención sino aboyar o chancar.
En primer lugar, por no cuidar sus cosas, y luego por no presentar su cuento.
Esa noche no pudo dormir, lloró amargamente. Buscó entre todos sus papeles, y encontró sus borradores. Podría volver a escribirlo, pero tan deprimida estaba, que ya no le importó, y lo dejó allí. Pero algo le dijo que los pusiera en su bolso, en su mochila.
Al día siguiente, algo la dejó sin aliento. Wesly, un compañero, se levantó y dijo:
—Miss Lucía, ¿puedo leer mi cuento?
Apenas comenzó, Martina reconoció cada palabra. Era su historia. Sí, exactamente uno de sus cuentos de su cuaderno. Sentía que el corazón quería escaparle del pecho.
Si me quedo callada, nadie sabrá que es mío, pensó. Pero si hablo, todos me mirarán.
Era el momento de decidir.
Al final de la clase, Martina se acercó a la profesora Lucía.
—Miss Lucía… necesito decirle algo —susurró.
—Dime, Martina —respondió ella con una sonrisa tranquila.
Con manos temblorosas, explicó lo sucedido. Pensaba que la miss Lucía la escucharía atención, como quien cuida una llama frágil. Y que resolvería esto en un instante. Pero no fue así.
—¿Cómo sé que has sido tú quien ha escrito el cuento que presentó Wesly?
—¿Tienes tus anteriores borradores? ¿Tu plan de redacción algo? No podría hacer nada, si no me traes una prueba que tú escribiste la historia. ¿Tienes tus primeros borradores?
Martina recordó que traía sus anteriores borradores como pruebas. Y la maestra al fin le creyó, y por fin la verdad salió a la luz.
Sus amigas Wendy y Patricia buscando, al fin encontraron el cuaderno rosa. Ya era demasiado tarde para presentar su cuento al concurso. La fecha límite ya había pasado y ya.
Pero ella leyó otros de sus cuentos frente a la clase, más confiada, más segura. su voz ya no le temblaba tanto.
—Wesly fue descalificado del concurso, aunque ella ya no pudo ganar.
—No sabía que escribías tan bien —le dijo su amiga compañera Wendy al terminar.
Martina sonrió. Había aprendido que el valor no es la ausencia del miedo, sino la decisión de enfrentarlo.
Desde entonces, el cuaderno rosa dejó de ser solo un refugio y se convirtió en una puerta abierta hacia su voz.
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