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Last Chance (1)
Tomé la tarjeta que me dio entre mis manos, aún perplejo por lo que acababa de pasar. Ese pequeño pedazo de cartón con el nombre “Selene, psicóloga clínica, especialista en regresiones”. Era la única prueba tangible que todo lo que pase no había sido un sueño o una simple ilusión.
Majo Enciso Silvera
04 de marzo de 2026
18 min de lectura
"Una última oportunidad es lo único que busco al lograr recordar todas mis vidas pasadas, sé quien soy, para salvar a la persona que más amo". - Keith.
Aún pienso que este trabajo es demasiado sofocante para mí. Dentro de mis pensamientos, el arrepentimiento por mi ex novia y el rumbo que tomó mi vida no me dejan en paz. Un remolino de emociones me invade, pero, de pronto, el llanto de un niño cercano me arranca de mi ensimismamiento. Miro el reloj: es tarde.
Salgo corriendo desde la última estación del tren, pasando por dos paraderos por distracción. Mi mente sigue anclada en mis problemas. Sin percatarme, al cruzar la calle, un autobús aparece ante mis ojos. El impacto es inevitable.
Cuando despierto, estoy en un hospital. Todo mi cuerpo está entumecido y un dolor punzante recorre mi cabeza. Escucho un leve golpeteo en la puerta. Es el doctor. Me entrega los resultados de los exámenes, y aunque asegura que mis heridas físicas están “en orden”, sus siguientes palabras lo cambian todo:
—Lamento informarle que tiene cáncer de estómago en etapa III. Aun con tratamiento, las probabilidades de supervivencia son bajas.
Sus palabras flotan en el aire. Las escucho, pero no terminan de entrar. Como si hablara de otra persona. Asiento, no sé por qué. El doctor dice algo más sobre oncología, sobre sesiones, sobre opciones. Yo solo veo cómo se mueven sus labios, hipnotizado por la imposibilidad de lo que está diciendo.
Cuando se marcha, el silencio se vuelve pesado. Miro mis manos. Ayer estaban llenas de vida. Hoy son solo manos que sostienen un papel que huele a muerte.
*
Las semanas siguientes son un torbellino. Me despiden del trabajo y, sin un propósito ni dirección, simplemente existo. Al revisar mis pertenencias, descubrí que mi celular está inservible. Entre mis cosas encontré un folleto desgastado que dice:
“¿Te sientes perdido? ¿No sabes qué hacer con tu vida? Mediante la hipnosis podrás sanar tus heridas de la infancia, enfermedades… conoce tus vidas pasadas.”
Arrugó el papel con escepticismo y me dirijo a la ducha, buscando claridad.
En la tina, la música de fondo logra aquietar mi mente, al menos por un instante. Cierro los ojos y, por un momento, no soy un hombre con cáncer, no soy un desempleado, no soy alguien a quien su ex novia dejó de querer. Solo soy. La sensación de vacío y desesperanza se diluye entre el vapor.
Pero pronto el hambre me saca de mi ensueño.
Al salir pido comida a domicilio. La lasaña y el vaso de chicha parecen un consuelo. La comida sabe a la de mi mamá, hogar, calidez … mi infancia. Mastico con lentitud como si cada bocado fuera el último.
Minutos después, mi cuerpo la rechaza violentamente.
Vomito todo. La lasaña, la chicha, la bilis. Tosí y cuando veo mis manos, veo sangre. Hilos rojos mezclados con saliva. Mi mundo se derrumba.
Una crisis de ansiedad me golpea.
Termino en el suelo, en posición fetal, las lágrimas fluyendo sin control. El frío del piso de cerámica se cuela por mi polo hacia mis huesos, pero no lo siento. Solo siento el latido desbocado de mi corazón, el ahogo, el miedo. Uno primitivo, casi animal, dice que ahora mismo será mi fin.
Respiré hondo aferrandome a mi celular tembloroso como si fuera un “salvavidas”, "tranquilo", me digo. "Tranquilo". Pero no funciona. El pánico es más fuerte.
Me levanto como puedo, aferrandome al lavadero. Mis piernas tiemblan. El espejo me devuelve la imagen de un desconocido: ojeras, piel pálida, ojos desorbitados. Inspiro. Expiro. Una, dos, tres veces. Poco a poco el corazón deja de querer escaparseme del pecho. Coloco una mano sobre mi pecho masajeando un poco este ayudándome a calmarme.
Cuando lo logro, limpio el desastre. El olor a vómito impregna la cocina. Abro la ventana. El aire fresco de la noche llega a mi rostro como un alivio.
Al recoger los restos de la comida, el folleto arrugado reaparece, llamando mi atención. Está arrugado y húmedo. Por primera vez, algo en sus palabras despierta mi curiosidad. “¿Y si funciona?”.
Decidí asistir.
Con miedo al juicio de otros, me disfrazo: bufanda envolviendo mi rostro y gafas oscuras ocultando mis ojos. En el metro, me veía como un famoso queriendo ocultarse o un loco, ambas opciones eran válidas para las personas que pasaban.
Al llegar al lugar no disminuye mi escepticismo. La especialista parece un cliché viviente, como esos videos virales de autoayuda que inundan las redes.
Estoy a punto de marcharme cuando, para mi sorpresa, me invitan a pasar. Intenté negarme, pero mi resistencia es inútil. Me guían hacia una camilla. Me quité la bufanda junto con las gafas, y terminé acostado mirando un techo blanco.
—Cierra los ojos —me dice la psicóloga con una voz tranquilizadora. Tiene acento neutro, profesional. Nada que ver con su hablar de feria esotérica.
Respiro profundo, siguiendo sus instrucciones. Inhalo… exhalo… una, dos, tres veces. Siento mi cuerpo hundirse en la camilla, como si las paredes del lugar desaparecieran. El ruido de fondo -los autos, el murmullo de las personas, el eco- se desvanecen.
*
Poco a poco, imágenes de mi infancia comienzan a brotar.
Estoy en un parque. El de mi barrio. Los columpios, el arenero, ese árbol donde me gustaba esconderme. Soy un niño de cuatro años, sintiéndome invisible porque sus padres no llegaban a recogerme. Pasó una hora. Dos. El sol se pone. Ellos no llegan. La soledad me envuelve como una manta áspera.
El recuerdo cambia.
Ahora acaricio a un gato por primera vez, este es pequeño se apega a mi con cada ronroneo su cuerpo lo decora por una mancha marrón cerca del ojo y todo su cuerpo era blanco. Siendo aún más pequeño, experimenté una alegría pura que no había recordado en años. Todo es vívido, como si estuviera allí otra vez, viviéndolo por primera vez.
La psicóloga continúa guiándome. Su voz me lleva más allá, a lugares que no reconozco pero que siento profundamente míos. Los colores, los olores, las emociones… algo en mí comienza a cambiar.
Siento como si despertara en un cuarto cerrado.
Huele a hierbas secas, madera, a hogar. Apenas puedo abrir mis ojos; todo mi cuerpo está adolorido, como si me hubieran apaleado. Pero siento que alguien me toma de la mano. Una pequeña, cálida, casi familiar.
Con todas las fuerzas que tengo, le doy un apretón.
Veo como esa persona se levanta y me abraza con lágrimas en los ojos. Es una mujer. No la conozco, pero ese abrazo era tan natural como respirar. Logro escuchar que me llamaba con otro nombre como “Liam” o “Leo”. Mi cuerpo se mueve solo, abrazando a esa chica, pero encuentro un inexplicable confort en su abrazo.
*
Minutos después, ella dice que va a llamar a los niños. Me quedo con los ojos abiertos, sorprendido, pero mi cuerpo simplemente responde.
—Está bien, también los extraño.
De repente, escucho la voz que me pregunta:
—¿Dónde estás?
Comienzo a describir el lugar: una cabaña de madera, montañas de fondo, un horno de barro, todo pasó cien años después de Cristo.
—¿Qué ocurrió? -pregunta la psicóloga.
—Forajidos -susurro, sintiendo miedo de ese recuerdo- Vinieron una noche, querían llevarse todo. Yo… los defendí, pero resulté herido. Aún dolía. En esa época no había medicina efectiva. La herida se infectó. —Se movió en la camilla como si estuviera adolorido—. Tuvimos una vida tranquila en el campo con mi esposa, hasta que unos forajidos vinieron y morí por una infección en mi herida.
Algo me tira de vuelta y abro los ojos.
Estoy de nuevo en el auditorio. La luz flourescente me ciega un momento. Todo me parece tan irreal, aunque deseo saber más acerca de mi vida. En el fondo, algo se ha despertado en mí. Una certeza que no puedo explicar: esa mujer, esa vida, fue real. La sentí en los huesos.
La psicóloga me mira y me pregunta:
—¿Qué le ha parecido la experiencia?
Al principio, no sé qué responder. Finalmente, le digo:
—No creía en nada de esto. Vidas pasadas, hipnosis… me parecía absurdo o un invento. Pero gracias a esta experiencia he podido cambiar esa perspectiva y lograr empatizar un poco con el tema.
Vi cómo la psicóloga me miró con una sonrisa cálida.
Antes de terminar su presentación se dirigió a todo el auditorio y nos dijo a todos:
—Quiero compartir algo importante. En muchas ocasiones, el origen de nuestras enfermedades puede estar relacionado con heridas emocionales profundas o traumas de vidas pasadas que no han sido resueltas. En tu caso, la sensación de pérdida y la culpa que experimentaste en esa vida podrían estar manifestándose físicamente.
Sus palabras me golpean. Por un momento, siento el impulso de rechazarlas, de volver a mi escepticismo habitual, pero algo dentro de mí me detiene. Pienso en la inexplicable conexión que sentí con aquella mujer y los niños. Recuerdo el dolor de mi herida en esa vida, que aún podía sentir como si hubiera ocurrido ayer.
—Entonces… ¿Qué debo hacer? —pregunté con un hilo de incertidumbre.
—El primer paso es sanar esas emociones reprimidas. Aceptar lo que ocurrió, perdonarte y dejar ir. Si estás dispuesto, puedo guiarte a través de un ejercicio más profundo.
Tomé la tarjeta que me dio entre mis manos, aún perplejo por lo que acababa de pasar. Ese pequeño pedazo de cartón con el nombre “Selene, psicóloga clínica, especialista en regresiones”. Era la única prueba tangible que todo lo que pase no había sido un sueño o una simple ilusión.
Así estuve todo el camino de regreso a casa, perdido, pensando si era real o no todo lo que había vivido. Cuando llegué, dejé las llaves sobre la mesa de noche y me senté en el sillón de la sala, dejando la televisión encendida. Daban noticias de asesinatos, muertes o sobre el cambio climático, pero nada lograba sacar de mi cabeza la hipnosis.
Entonces decidí ir a mi computadora.
Comencé a buscar información acerca de las vidas pasadas. Entre los resultados, artículos científicos, foros esotéricos, encontré testimonios de otras personas y un video que me llevó a realizar una hipnosis profunda por mi cuenta, se llamaba:
“Hipnosis profunda autoguiada. Conecta con tus vidas pasadas". Tenía un millón de vistas.
Cerré los ojos y me dejé guiar por las instrucciones del video.
De repente, era una chica.
Lo sé por el cabello que caía sobre mis hombros, tenía un busto relativamente grande y la ropa era de la década de los 90, caminaba apresuradamente mientras miraba mi celular, esos que parecían ladrillos.
Llegué a un edificio abandonado. Hay grafitis en las paredes, olor a orín, cristales rotos. Escucho gritos de un forcejeo.
Me acerco.
En una esquina donde una chica está siendo acosada por un hombre. Es joven, morena, tiene los ojos llenos de lágrimas. El hombre la sujeta contra la pared. Ella forcejea.
Mi cuerpo se movió solo.
Interviniendo para defenderla. Gritando que la suelte. El hombre se gira, sorprendido al ver que lo descubrieron, pero de ahí los eventos transcurrieron muy rápido. Nos empuja ambas contra una ventana rota.. El cristal faltante se rompe. Ella grita.
Cuando logré sujetarme, veo que ella terminó desangrada en el suelo. Su cuerpo inmóvil. La sangre brota de su cuello, brazos y piernas formando un charco de sangre que se extiende lentamente.
Grito su nombre. No sé cómo se llama, pero lo grito igual.
Ella no responde.
Instintivamente, comencé a llorar bajando lo más rápido que pude entre la multitud que se había formado. Las lágrimas caían sin control mientras miraba cómo sus ojos perdían aquel brillo de vida.
Poco tiempo después los oficiales cubren el cuerpo con una sábana blanca.
Y entonces la veo, la reconozco.
Es la misma mujer de la cabaña. Mi esposa. La madre de mis hijos de mi anterior vida. La que me abrazó.
Desperté de golpe.
Agitado y con lágrimas en los ojos.
El cuarto a oscuras por las cortinas cerradas. El monitor seguía mostrando el vídeo. Lo apagué con manos temblorosas.
Sentía que esa persona era la misma que había aparecido en la hipnosis guiada por la psicóloga. Una certeza absoluta, irrefutable, se instaló en mi pecho: a lo largo de incontables vidas, siempre había estado con ella. Y siempre, siempre, la había perdido.
Poco tiempo después, sonó mi alarma. Eran las siete de la mañana. Tenía cita en el hospital para otro chequeo.
Me cambié para ir. Con algo casual, solo una camisa negra junto a mis jeans, al mirarme al espejo algo dentro de mí había cambiado. No era el dolor o el cáncer, que seguían ahí rondando, pero me sentía diferente, como si, poco a poco, algo dentro de mí alma empezará a sanar.
O quizás solo estaba comenzando a recordar.
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